No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

LAURA

Conocí a Laura un lunes a las cinco de la tarde. Yo llevaba una camiseta vieja de Casi Perfecto y sostenía una caja de luces LED. De haber podido elegir, habría preferido tener las manos libres para saludar a la exmujer de Álex y no estar pensando dónde podía dejar la caja sin romper nada.

Estábamos en su piso porque habíamos acordado que el proveedor de iluminación le dejara allí unas muestras.

Álex vivía cerca de la nave y la entrega nos ahorraba otro viaje.

Él entraba de turno al día siguiente por la tarde y yo había pasado por Valencia de camino al hotel para recogerlas.

Estaba terminando de cerrar una caja cuando llamaron al timbre.

—Hola.

—Hola.

Reconocí el pelo corto y la sonrisa de las fotografías, aunque al natural me pareció más rubia. Llevaba una carpeta debajo del brazo. Me vio detrás de Álex y se detuvo en la puerta.

—Perdón. No sabía que estabas acompañado.

—No pasa nada. Claudia, ella es Laura. Laura, Claudia.

Nos saludamos con normalidad, sin música dramática ni esa clase de mirada homicida que habría facilitado mucho mis prejuicios. Qué decepción para la parte menos digna de mí.

—Encantada —dijo.

—Igualmente.

Laura levantó la carpeta.

—Han enviado esto a mi oficina. Es del seguro. Siguen usando la dirección que dimos cuando llevábamos las pólizas juntas.

—Joder. Gracias.

—Deberías cambiarla de una vez.

—Lo hice.

—Pues alguien no se enteró.

—Gracias.

Álex cogió los papeles.

—¿Quieres tomar algo?

—No. Voy con prisa.

Laura me miró de nuevo.

—¿Eres la organizadora de la boda de Marco?

—Sí.

—Me ha contado Elena lo del hotel.

—Estamos sobreviviendo.

—Con esa familia, eso ya es éxito.

Álex hizo una mueca.

—¿Ves por qué nos divorciamos?

Laura se rio.

—Por esto exactamente.

Yo esperaba pasar un momento incómodo y resultó que ellos eran capaces de bromear sobre el divorcio en la puerta de casa.

—Bueno, me voy —dijo ella—. Encantada, Claudia.

—Igualmente.

Laura le dio un beso en la mejilla y se despidió. Álex cerró la puerta. Me quedé con una incomodidad que no podía atribuir a nada que ella hubiera hecho.

—¿Te ayudo con eso? —preguntó, señalando la caja que yo seguía sujetando.

La dejé en el suelo con más cuidado del necesario.

—Me he puesto un poco celosa. Ya está, ya lo he dicho.

Álex apoyó la espalda en la puerta.

—Gracias por decírmelo.

—No te alegres.

—Me alegra que lo digas. Lo otro preferiría ahorrártelo.

Cogí un cojín del sofá y lo moví para sentarme. Él se apartó de la puerta.

—Y no tiene sentido —añadí, mirando el cojín.

—Los celos no suelen tener mucho.

—No me gusta sentirlos.

—No tienes que hacer nada con ellos.

—Qué filosófico.

Cogió la caja que yo había dejado en el suelo y la llevó junto a la puerta.

—Laura no es un problema.

—No he dicho que lo sea.

—Lo sé.

—Y me cae bien.

—También lo sé.

—Me habría resultado más fácil que fuera desagradable.

Álex sonrió.

Se acercó al sofá, aunque esperó a que yo le hiciera sitio.

—Laura no viene a competir contigo —dijo.

—Lo que quiero entender es cómo acabasteis así —dije.

—Te lo conté en Murcia.

—Me contaste la logística.

—La logística era gran parte.

—¿Y lo demás?

Álex se sentó al otro extremo del sofá y apoyó los brazos en las rodillas.

—Nos quisimos mucho —dijo—. Luego empezamos a vivir como si cada decisión tuviera que demostrar quién sacrificaba más.

Dejé de mover el cojín para escucharlo.

—¿Ella quería Bilbao?

—Sí.

—¿Tú no querías ir?

—No tenía fácil conseguir un destino allí. Acababa de conseguir aquel destino y quería estar cerca de mis padres. Marco estaba en Madrid. Mi padre tuvo una operación ese año. No quería irme.

—¿Ella te lo pidió?

—No de forma directa. Esperaba que yo quisiera.

Entendí demasiado bien la frase.

—Y tú esperabas que ella quisiera quedarse.

—Exacto.

—Ninguno pidió.

—Ninguno pidió de verdad.

Álex se pasó una mano por la barba.

—Cuando se fue a Bilbao intentamos mantener la relación a distancia. Duró seis meses. Cada visita acababa en una discusión sobre quién viajaba más, quién llamaba y quién tenía que ceder. Hasta quedar para vernos era una negociación.

—¿Y ahora?

—Ahora trabaja otra vez aquí.

—¿En Valencia?

—Sí. Volvió hace un año.

—Qué ironía.

—Bastante.

—¿Nunca pensasteis en volver?

—No.

La respuesta fue rápida.

—¿Por qué?

—Porque no quiero a Laura de esa forma ya.

Me miró.

—Y porque estoy bien.

Sentí que la palabra tenía algo detrás. No pregunté.

—Me asusta repetirlo —añadió.

—¿Qué?

—Eso. Construir algo con alguien y empezar a pesar quién mueve qué pieza.

—Pues no lo hagas.

—Gran consejo.

—No hay que convertir una relación en una contabilidad.

—Lo dice la mujer de las hojas de cálculo.

—En trabajo.

—Claro.

—Y tampoco tienes una relación ahora.

El silencio se metió entre los dos. Álex no sonrió.

—No.

La palabra me molestó. Yo la había pronunciado antes. Me levanté.

—Tengo que llevar esto al hotel.

—Te ayudo.

—Puedo.

—Ya.

Cogió otra caja y salimos al rellano para esperar el ascensor.

—Claudia.

—¿Qué?

—Lo que tenemos puede llamarse como quieras.

—No quiero llamarlo.

—Ese es el problema.

Lo miré.

—¿Para ti?

—Empieza a serlo.

El ascensor se abrió en ese momento y mi teléfono empezó a sonar. Era Nerea, a la que había pedido que me llamara cuando terminara una reunión. Álex apoyó las cajas junto a la pared y dejó que las puertas volvieran a cerrarse.

—Estoy recogiendo las luces —le dije—. Y acabo de conocer a Laura, la exmujer de Álex.

—Vaya tarde. ¿Todo bien?

—Ella, estupenda. Yo estoy intentando no comportarme como una idiota.

—Pues termina el intento antes de coger el coche. ¿Necesitas algo de mí?

Agradecí que lo preguntara en vez de empezar a interrogarme.

—Que me mandes la lista definitiva de material. Y hablar luego, si sigues despierta.

—Te la envío ahora. Conduce tranquila.

Colgué. Álex seguía junto a las cajas, sin tocar el botón del ascensor.

—¿Nos reclama? —preguntó.

—Las luces. A nosotros nos soporta un poco más.

Volvimos a llamar al ascensor. Cuando entramos, colocamos las cajas en un rincón y nos quedamos uno al lado del otro.

—¿Puedo besarte?

—Puedes —le respondí, dejando el móvil en el bolso.

Lo agarré de la camiseta y lo besé.

—Ya.

—Mensaje recibido.

—Y sigo enfadada.

—También recibido.

Terminamos de cargar el coche. Conduje yo, todavía pensando en lo que había dicho junto al ascensor. Álex abrió la botella de agua y me la dejó a mano.

En una parada me rozó el muslo con los dedos. Puse mi mano sobre la suya unos segundos antes de volver a arrancar. Teníamos que llevar las luces al hotel, y esa tarde preferí que ninguno siguiera preguntando.