CAPÍTULO 14
LA GENTE QUE SE QUEDA
Volví a Madrid durante unos días, tiempo suficiente para atender una boda civil pequeña, revisar contratos, discutir con una imprenta y fingir que no miraba el móvil cada vez que vibraba. Álex estaba trabajando y me mandaba audios cuando podía. El jueves, al salir de una reunión, encontré uno.
«Mi padre está en urgencias. No te asustes. Se ha mareado en el hotel y mi madre insistió en traerlo. Parece tensión. Te aviso cuando sepa.»
Me detuve en mitad de la acera. Lo llamé y, al no poder responder, cinco minutos después me envió un mensaje.
«Estoy con el médico. Todo bien.»
Le respondí que me avisara. Nerea estaba conmigo.
—¿Qué pasa?
—Vicente.
Se lo conté.
—¿Vas a ir?
—Tengo tren mañana a primera hora.
—No te he preguntado cuándo tenías billete.
La miré.
—¿Qué quieres decir?
—Lo sabes.
—No voy a coger un tren ahora por el padre de un hombre con el que me acuesto.
—Entonces no lo cojas.
Seguimos andando. A los veinte metros me paré.
—Te odio.
—Lo sé.
Conseguí plaza en un AVE a Valencia esa tarde y desde allí alquilé un coche. Llegué al hospital de la zona donde estaban atendiendo a Vicente pasadas las nueve. Álex estaba junto a una máquina de café y, al verme, le cambió la cara.
—¿Qué haces aquí?
—Tenía que venir al hotel mañana.
—Mañana.
—He adelantado.
—Claudia.
—¿Cómo está?
—Bien. Tensión alta. Le van a hacer unas pruebas y se queda en observación.
—¿Elena?
—Con él.
—¿Marco?
—Viene desde Madrid.
—¿Julia?
—Con Marco.
Asentí. Álex dejó el vaso.
—No tenías que venir.
—Ya.
—Gracias.
En lugar de responder, me senté con él en unas sillas de plástico.
Durante media hora hablamos poco. Álex comprobaba el móvil mientras yo miraba pasar a una pareja mayor, una madre con un niño dormido y un celador empujando una silla de ruedas.
El olor del hospital se pegaba a la ropa y hacía imposible olvidar dónde estábamos.
A las diez salió Elena. Parecía cansada. Cuando me vio, me abrazó.
—Gracias por venir.
—¿Cómo está?
—Mejor. Es un cabezota.
—Eso ya lo sabía.
Ella sonrió.
—Le van a dar el alta mañana si las pruebas salen bien.
Álex se puso en pie.
—¿Puedo entrar?
—Cinco minutos.
Él se fue. Elena se sentó a mi lado.
—Lleva días sin parar.
—Lo sé.
—Tú también.
—La boda.
—La boda no merece que os pongáis enfermos.
La miré.
—Su hijo me dice lo mismo.
—Alguna vez acierta.
Nos reímos. Marco y Julia llegaron poco después, en un taxi desde la estación. Mi hermana me abrazó.
—¿Qué haces aquí?
—¿Todo el mundo va a preguntarme lo mismo?
—Sí.
—Trabajo.
Julia me miró.
—Claro.
—Deja.
No insistió. Cuando Álex volvió, fue directo a por agua y yo lo seguí.
—¿Bien?
—Se ha enfadado porque le han dicho que tiene que descansar.
—Buena señal.
—Sí.
Se apoyó contra la pared.
—Me he asustado.
No hizo chiste. Le toqué el brazo.
—Normal.
—Mi padre siempre parece… no sé. Está ahí. Arreglando cosas. Quejándose. Crees que va a estar siempre en el mismo sitio.
—Ya.
Álex bajó la mirada.
—Cuando me llamaron pensé que era un infarto.
Me acerqué.
—Ven.
Me abrazó en mitad del pasillo del hospital y apoyó la cara en mi pelo. Le rodeé la cintura y nos quedamos así hasta que oímos a Elena acercarse.
Marco y Julia se quedaron un rato más con Elena. Álex y yo volvimos al hotel, cada uno en su coche, para dormir unas horas en nuestras habitaciones. Decidimos regresar temprano.
A la mañana siguiente, tras comprobar los resultados de las pruebas, el médico le dio el alta y le indicó que descansara. Vicente empezó a preguntar a qué hora llegaría el equipo de obra antes incluso de salir de la habitación.
—Las llaves de las salas me las quedo yo —dijo Elena.
Vicente resopló.
—Tengo sesenta y uno, no noventa.
—Y te comportas como si tuvieses quince.
Álex condujo de vuelta al hotel con sus padres detrás y yo a su lado.
Marco llevó mi coche de alquiler, acompañado de Julia.
En un semáforo, Álex buscó mi mano en la consola y la sostuvo hasta que se abrió el paso.
Cuando llegamos, mi hermana estaba revisando un correo: el vestido de una de las damas no iba a llegar a tiempo.
—Lo pedí hace un mes.
—¿Dónde?
—En una web.
—Julia.
—No me mires así.
—Pásame el correo.
Durante una hora, resolví el problema desde recepción. Había stock en una tienda de Alicante. Lo recogeríamos. Mi hermana dejó de llorar.
—Te quiero.
—Ya.
—En serio.
—Lo sé.
Álex estaba al fondo, hablando con su padre.
Le acercó una silla a la sombra y se quedó a su lado mientras Vicente repasaba las llamadas que quería hacer.
Acabaron acordando que Elena hablaría con el técnico y le llevaría después las novedades.
Vicente protestó todavía un poco, pero dejó las llaves sobre la mesa.
Antes de irse, Álex volvió sobre sus pasos para subir el volumen del teléfono de su padre. Vicente le apartó la mano, comprobó el ajuste por su cuenta y lo dejó marchar. Los vi discutir por el botón durante unos segundos y tuve que esconder una sonrisa detrás del móvil.
A media tarde, después de obligar a Vicente a dormir una siesta, Elena me pidió que la acompañara a revisar las facturas de la obra.
—No tienes que hacerlo hoy —le dije.
—Si me siento, pienso demasiado.
Lo entendí. Nos encerramos en el despacho. Durante media hora hablamos de números. Después ella cerró la carpeta.
—Álex se parece mucho a su padre.
—¿En qué?
—En que cree que cuidar a alguien consiste en no preocuparlo.
Pensé en las llamadas de trabajo que él resumía en «nada importante».
—Eso puede ser desesperante.
—Muchísimo.
Elena me miró.
—No te digo nada por ser tú.
—¿Por ser yo qué?
—La organizadora.
La muy bruja sonrió.
—Claro.
—Mi hijo lleva dos años convencido de que está muy bien solo.
—Puede estarlo.
—Claro que puede. Yo también estaría muy bien sin Vicente si hiciera falta. Pero una cosa no quita la otra.
—No sé por qué estamos hablando de esto.
—Porque tengo sueño y he decidido dejar de ser prudente.
Me reí.
—Pues duerme.
—Buena idea.
Al salir, encontré a Álex en recepción revisando el móvil.
—¿Todo bien?
—Sí. Dani cubre parte de mi turno mañana. Entro más tarde.
—¿Lo has pedido tú?
—Sí.
—¿Vas a tener que devolvérselo?
—El mes que viene le cubro una tarde. Hoy quiero estar aquí hasta que mi padre se calme.
Me acerqué sin añadir nada y le arreglé el cuello de la camiseta casi por reflejo. Él miró mis dedos y yo los retiré.
—Estaba doblado.
—Gracias.
—No te emociones.
—Nunca.
Mentiroso. Esa noche cenamos todos juntos. Vicente estaba más callado. Pilar apareció con una botella de vino.
—Una copa no mata a nadie —dijo.
Elena se la quitó.
—A ti te voy a matar yo.
Pilar me miró.
—¿Ves lo que me hacen?
—Yo no me meto.
—Muy lista.
Después de cenar, salí a la terraza. Álex apareció con dos vasos de agua.
—Nada de alcohol —dijo.
—Tu madre te ha traumatizado.
—Mucho.
Me dio uno.
—Gracias por venir.
—Ya me lo has dicho.
—Puedo repetir cosas.
—Lo sé.
—¿Te quedas esta noche?
—Tengo habitación.
—No era eso.
Lo miré. Sabía lo que preguntaba.
—Sí.
Subimos juntos y, aquella noche, el sexo ni siquiera apareció en la conversación.
Nos metimos en la cama, Álex me abrazó y se durmió antes que yo.
Me quedé escuchando su respiración con una mano suya abierta sobre mi cintura, hasta que dejó de sonar el ascensor del pasillo.
Me quedé allí, aunque mi cuarto vacío estuviera solo unas puertas más allá.