CAPÍTULO 13
PLAN B
A las siete de la mañana tenía tres cafés dentro y una solución que parecía una locura moderadamente defendible. Eso, en mi profesión, era casi un lujo.
Nerea estaba conectada por videollamada desde Madrid. Tenía el pelo recogido con un lápiz y cara de haber dormido menos que yo.
—Repítelo —pidió.
Le enseñé el plano apoyado sobre una mesa de la terraza.
—Ceremonia en el jardín, como estaba previsto. Cóctel alrededor de piscina y parte de terraza. Cena bajo estructura en terraza y zona lateral, usando mesas imperiales para reducir huecos muertos. La pista de baile pasa al jardín después de retirar ceremonia. Barra auxiliar aquí.
—¿Cocina?
—Servicio desde cocina principal por corredor interior. Segunda estación en el comedor pequeño para platos fríos y postres.
—¿Lluvia?
Miré el cielo azul.
—No digas esa palabra.
—Claudia.
—La cena seguirá bajo la estructura, con los laterales que autorice el técnico. Para la ceremonia y el baile necesito cerrar una alternativa interior. No pienso improvisarla cuando empiece a llover.
—¿Presupuesto?
—Un quince por ciento por encima.
—Eso es mucho.
—Sí.
—¿Quién paga?
Miré hacia recepción.
—Lo estoy negociando.
Álex entró con una caja de bollería.
—Mi madre quiere saber si alguno desayuna como ser humano.
Nerea lo vio en pantalla.
—Bombero.
—Socia.
—No soy «socia». Tengo nombre.
—Nerea.
—Mejor.
Yo corté.
—No os hagáis amigos.
Álex dejó la caja.
—Mi madre dice que la familia asume el sobrecoste de infraestructura.
—No todo.
—Todo lo relacionado con el hotel.
—Eso incluye estructura y mobiliario adicional.
—Sí.
—Voy a hablar con Elena.
—Ya lo ha hablado con mi padre.
—Voy a hablar con ambos.
—No sabes aceptar ayuda.
—Llámalo reparto correcto de costes, no ayuda.
Nerea sonrió desde la pantalla.
—Por esto la quiero.
—Tú no ayudas —le dije.
Nerea dejó de sonreír y compartió en pantalla la hoja de costes.
—Antes de pedir nada, mira la columna de horas.
La vi. Había previsto dos jornadas de refuerzo y llevábamos camino de necesitar seis. En la columna de al lado estaban el alojamiento, los viajes y la sustitución que tendríamos que contratar en Madrid. Intenté calcular qué podía quitar sin que se notara demasiado.
—Puedo hacer yo parte del montaje —dije.
—Ya estás en el montaje.
—Quiero decir más.
—¿Por las noches, mientras duermes? Claudia, abre la agenda de este sábado.
Tenía una visita de producción que había prometido atender en persona y, por la tarde, una boda pequeña en Madrid. Nerea esperó a que llegara a esas dos líneas.
—Esto no es solo el dinero que sale —añadió—. También es el trabajo que no podemos aceptar si estamos las dos ahí.
Elena se había acercado al oírnos. Dejó una taza en la mesa y me pidió ver las cifras. Álex se apartó para que pudiera sentarse y fue a buscar a su padre. Me sentí incómoda por estar explicándole a la familia de Marco lo que costaba que la mía celebrara una boda.
—El sobrecoste de la estructura irá directamente al hotel —dije—. Pero tenemos que ampliar las horas del equipo. Y eso no estaba presupuestado.
—Pues se presupuesta —respondió Elena.
Vicente llegó con las gafas en la mano. Leyó la hoja sin hablar y se detuvo en la suma final.
—¿Esto lo adelantaríais vosotras?
—No podemos —contestó Nerea desde la pantalla, antes de que yo tuviera tiempo de ofrecer una estupidez—. Podemos coordinar pagos y pedidos, pero no financiar la obra ni los alquileres. Tenemos nóminas y otros eventos.
Vicente asintió. Hizo dos preguntas sobre las fianzas y pidió que separáramos las facturas de reparación de las de la celebración. No discutió ninguna hora de trabajo. Fui yo quien siguió mirando la cifra como si tuviera que justificarla.
—La parte de coordinación que regalé a Julia sigue siendo mi regalo —aclaré.
—Y el regalo no incluye a toda tu empresa —dijo Nerea.
Elena le dio la razón. Cerramos una ampliación del presupuesto con el hotel y dejamos pendiente la aceptación de cada proveedor.
Nadie iba a contratar nada basándose en que el seguro quizá lo pagara después.
Cuando Vicente se llevó la copia para preparar los anticipos, yo seguía con el bolígrafo destapado.
—¿Tan mal ha ido? —me preguntó Elena.
—No. Mucho mejor de lo que esperaba.
—Entonces guarda esa cara para cuando llegue la factura del fontanero.
Me reí. Nerea esperó a que nos quedáramos solas para señalarme la agenda otra vez.
—Y ahora cerramos quién vuelve a Madrid.
Esa parte me costó más que los números, pero terminé por escucharla.
Durante la mañana llegaron técnicos, representantes de la empresa de estructuras y el perito del seguro. El hotel dejó de parecer un escenario de boda y empezó a parecer una reunión de obra.
Yo no sabía arreglar una tubería ni tenía intención de fingirlo.
Mi trabajo consistía en hacer las preguntas que afectaban al evento: cuándo podían garantizar la zona, cuánto ruido habría, qué accesos perderíamos, dónde se almacenarían los materiales y en qué fecha tendríamos que decidir si seguíamos adelante en el hotel.
A las once, el responsable técnico me dio una respuesta clara.
—Calculamos entre cuatro y cinco semanas en total. Algunas tareas de secado se solapan con la reparación de la conducción, pero la reposición final depende de cómo responda el suelo. Podría quedar libre una semana antes de la boda.
—¿Y si no se seca a tiempo?
—No te voy a prometer una fecha exacta.
—Gracias.
Vicente se removió a mi lado.
—¿Una semana?
—Si todo va bien —dijo el técnico.
Yo anoté.
—Trabajaremos como si el salón no existiera.
Vicente me miró.
—Pero si llega…
—Será un regalo. No una dependencia.
Álex estaba apoyado en una columna, escuchando. Me sonrió apenas. No necesité preguntar qué significaba. La empresa de estructuras llegó con un técnico llamado Rubén que hablaba muy rápido y medía todo dos veces. Eso me dio confianza.
—Aquí podemos cubrir dieciséis por doce sin problema —dijo—. Si queréis lateral desmontable, añadimos guías.
—¿Viento?
—Esta zona está protegida por el edificio, pero se ancla. Te mando cálculo.
—¿Ruido con lluvia?
—Se oirá.
—Entonces necesito alternativa para ceremonia.
Berta señaló la estructura de la cena en el plano.
—Podríamos hacer aquí la ceremonia si llueve y montar las mesas después.
—No quiero depender de desmontarlo todo con los invitados esperando —dije—. Necesito un espacio distinto.
Álex apuntó al otro extremo del corredor.
—Las dos salas de reuniones están separadas por un tabique móvil. Hace años se usaban juntas. ¿Y si lo abrimos?
Fuimos a verlo con Elena. Una de las salas tenía sillas de conferencia y la otra, una mesa que habría que retirar. El espacio parecía suficiente, pero le pedí la documentación antes de dibujar filas donde me apeteciera.
Elena buscó la ficha del conjunto. El aforo autorizado con ambas salas abiertas era de ciento sesenta personas. Aun así, necesitábamos una distribución para la ceremonia que respetara los accesos y dejara sitio para los profesionales que estarían dentro.
—Hasta ahora montábamos cien sillas en una sola sala —explicó—. La otra quedaba cerrada.
—Pues la alternativa depende de poder usar las dos —dije.
El técnico trazó sobre el plano las filas, los pasillos y los huecos de acceso. Retirarían la mesa de reuniones y comprobarían la apertura del tabique antes de confirmar el montaje. Dejé la revisión como pendiente, sin dar por bueno un aforo que nadie hubiera medido para nuestra disposición.
—Si cabe la ceremonia, luego podemos despejarla para bailar —añadió Berta.
—Y el comedor pequeño se queda para el servicio, como acordamos.
Álex me pasó el lápiz.
—Llevabas un rato buscando esa sala.
—Llevaba un rato esperando que existiera.
Anoté la alternativa de lluvia y el nombre de quien tenía que validarla. A mediodía envié el plan provisional a Inés. Me llamó quince minutos después.
—¿Esto lo has hecho desde anoche?
—Con Nerea, el hotel, catering y estructura.
—Bien. Veo que quedan cuestiones por confirmar —dijo Inés—. Cuando las tengáis, mándame la versión cerrada. Y no intentes hacer que el evento parezca idéntico al original.
—No pensaba.
—Las empresas pequeñas a veces se obsesionan con fingir que no ha ocurrido nada. Si el nuevo plan es mejor en algo, aprovéchalo.
Miré la terraza.
—La cena al aire libre puede quedar mejor.
—Pues destacadlo. La avería ya está explicada. También podéis contar qué habéis conseguido con el cambio.
Colgamos. A las dos y media, Nerea apareció por recepción con su maleta. Había salido de Madrid después de nuestra videollamada y acababa de aparcar.
—Le gustas.
—No digas eso.
—Profesionalmente.
—Eso espero.
—Nos va a contratar.
—No cantes.
—Qué pesada.
Álex apareció con una cinta métrica.
—Necesito robarte a Claudia.
—Puedes quedártela tres horas.
—Nerea.
—Trabajo. He dicho trabajo.
Álex se rio. Fuimos al jardín y pasamos buena parte de la tarde midiendo, moviendo mobiliario y discutiendo centímetros como si de ellos dependiera la estabilidad del Mediterráneo.
A las seis, Berta llegó con una propuesta de mesas.
A las ocho, teníamos una distribución posible.
A las nueve y media pedimos pizzas para el equipo.
Nos sentamos en la terraza todavía rodeados de planos. Álex cogió un trozo.
—¿Cuántas horas has dormido? —preguntó Álex—. A las cinco ya andabas por el pasillo.
—Cuatro. Tenía una idea.
—Y yo que pensaba que era insomnio.
Nerea me señaló con el borde de su plato.
—Mañana vuelves a Madrid. Yo me quedo aquí hasta el lunes.
—Tengo la reunión con la empresa de estructuras.
—La hago yo. Tú tienes una visita con un cliente que ya lleva dos cambios de hora. Para eso somos dos.
Me quedé callada porque tenía razón y Álex lo sabía tan bien como yo.
—La oficina también te necesita —dijo Álex.
—No os pongáis de acuerdo para echarme. Ya voy.
Berta se rio.
—¿Vosotros estáis juntos?
El silencio cayó sobre la mesa. Nerea casi se atragantó. Álex cogió otra servilleta.
—No.
—No —dije.
Berta nos miró.
—Vale.
—¿Por qué preguntas? —añadí.
—Porque discutís como mis padres.
—Eso es ofensivo.
—Llevan cuarenta años casados.
—Peor.
Álex sonrió.
—No estamos juntos.
—Ya.
Berta volvió a comer. Nerea miró al cielo. Yo decidí que cambiar de tema era urgente.
—Mañana a las nueve, estructura —dije.
—Me encargo yo —respondió Nerea—. Tú tendrás que coger la carretera.
—Puedo quedarme hasta mediodía —ofreció Álex—. Entro a las tres.
—Aprovecha para descansar. No eres imprescindible.
La expresión de Álex se apagó lo suficiente para que entendiera que mi frase le había dolido. Me arrepentí en cuanto la escuché fuera de mi boca.
—Quiero decir que no tienes que sacrificar turnos ni descanso por esto.
—Eso suena distinto.
—Porque lo es.
—Vale.
Nerea me dio una patada por debajo de la mesa. La miré. Ella levantó las cejas. Más tarde, cuando subíamos a las habitaciones, Álex me alcanzó.
—Eh.
—¿Qué?
—No estoy aquí porque crea que no puedes hacerlo sin mí.
—Ya.
—Estoy porque quiero ayudar.
—Lo sé.
—Y porque es la boda de mi hermano.
—También.
—Y porque me gusta estar contigo.
Lo dijo sin sonrisa ni chiste, y me quedé quieta.
—Eso no estaba en el plan.
—No.
—Álex…
—No te estoy pidiendo nada.
—Ya.
—Solo te lo digo.
Se acercó y me besó la frente. Luego siguió hasta su habitación. Yo tardé demasiado en abrir la mía.
En mi habitación abrí la maleta para preparar la vuelta a Madrid. Dejé el teléfono sobre la ropa y estuve a punto de llamarlo antes de acordarme de que acabábamos de despedirnos en el pasillo.