CAPÍTULO 12
AGUA DONDE NO DEBERÍA
La avería se anunció con olor a humedad. Llegué a Cala Serena un jueves de la segunda quincena de julio y lo noté al cruzar el salón, antes de abrir siquiera la carpeta que llevaba bajo el brazo.
—Vicente, ¿a qué huele?
Levantó la cabeza desde una mesa.
—Han limpiado.
—No huele a limpieza.
Me acerqué a la pared del fondo. La pintura estaba más oscura junto al rodapié.
—Vicente.
Él se quedó quieto.
—Eso ayer no estaba.
—¿Seguro?
—Claro que estoy seguro.
Llamamos al técnico de mantenimiento, a un fontanero y, por recomendación del primero, a otro especialista que podía hacer una inspección sin abrir media pared a ciegas.
En menos de una hora, el hotel tenía una zona del salón acordonada, una máquina midiendo humedad y a Vicente con la cara de quien empieza a entender cuánto cuesta algo. Álex llegó cuando yo estaba hablando por teléfono con Berta.
—…no canceles nada. Te llamo en cuanto sepa. Sí. Lo sé. Gracias.
Colgué.
—¿Qué pasa?
Señalé la pared.
—Conducción antigua. Creen que hay una fuga dentro.
—¿Grande?
—Todavía no saben.
Álex miró a su padre.
—Papá.
Vicente estaba hablando con el fontanero. No respondió.
—No le aprietes —dije.
—Lleva años posponiendo cambiar parte de esas tuberías.
—Ahora no sirve de nada recordárselo.
Álex me miró.
—Ya.
Me sorprendió que Álex aceptara mi comentario sin discutir. Miró a su padre, volvió a la pared y siguió ayudando donde podía. El técnico de mantenimiento abrió una pequeña cata en la pared. El yeso estaba húmedo.
—Tenemos que cerrar agua de esta línea —dijo.
—¿Afecta a habitaciones? —pregunté.
—A seis de la segunda planta y a parte de cocina auxiliar.
Elena ya estaba haciendo cuentas.
—Puedo reubicar huéspedes.
—¿Cuánto tiempo sin agua?
—Hasta que aislemos el tramo. Unas horas.
—Hazlo.
Yo miré el salón.
—¿Hay riesgo eléctrico?
—La humedad no ha llegado a canalizaciones principales, pero cortaremos dos circuitos de esa pared.
—Bien.
Álex apareció detrás.
—¿Necesitáis que llame a alguien?
—A nadie que venga a romper nada —dije.
—Conozco una empresa de secado industrial por un incendio de hace meses.
El técnico levantó la vista.
—Eso sí puede servir.
Álex sacó el móvil.
—Les pregunto disponibilidad.
Me gustó que no intentara ponerse al mando.
Ayudaba donde podía y, sobre todo, preguntaba antes de meterse en el trabajo de los técnicos.
Cuando llegaron dos trabajadores del hotel para mover mobiliario, se puso con ellos sin montar espectáculo.
Yo seguí con llamadas. Aquella era la diferencia entre alguien útil y alguien que quería parecerlo.
A las seis de la tarde, el diagnóstico era peor.
La conducción pertenecía a una parte antigua del edificio.
El agua había entrado en el muro y bajo varias zonas del suelo.
El arquitecto técnico que revisó los daños no encontró afección estructural, pero dejó claro que el salón debía permanecer cerrado durante la apertura, el secado y las reparaciones.
El salón quedaba fuera de servicio durante varias semanas y nadie se atrevía a garantizarme que estaría listo para el treinta de agosto. Julia vino en cuanto se enteró. Entró llorando.
—Se cancela.
—No.
—Claudia, mira eso.
—Lo estoy mirando.
—No podemos celebrar la boda con ciento cincuenta personas en una obra.
—No.
—Entonces.
La agarré por los hombros.
—Tenemos seis semanas.
—Cinco y media.
—Gracias por el dato.
—No estoy para bromas.
—Yo tampoco.
La senté en una silla de la terraza. Marco llegó detrás y se puso a su lado.
—Escúchame —le dije a mi hermana—. El hotel tiene jardín, terraza, zona de piscina y un comedor secundario.
—En el comedor pequeño no cabemos todos.
—La cena completa, no. Dame tiempo para revisar los otros espacios.
Durante dos horas recorrí el hotel con Berta, Elena y el responsable técnico.
La terraza podía cubrirse con una estructura.
El jardín tenía espacio para la ceremonia y el cóctel.
La zona de piscina permitiría ampliar el servicio si movíamos mobiliario.
El comedor secundario podía reservarse para apoyo de catering , separado de los espacios de invitados. La cena seguía siendo el problema.
—Podemos reducir mesas redondas y usar imperial —dijo Berta.
—Pierdo circulación.
—Si movemos la barra.
—La barra alimenta directamente desde cocina.
—Se puede montar una auxiliar fuera.
Tomé notas. Álex dejó agua y bocadillos en una mesa libre, al alcance de cualquiera que pudiera parar. Bebí mientras Berta buscaba otra distribución. Vicente se acercó.
—Podemos buscar otro hotel.
Julia se quedó pálida. Yo negué.
—Como plan C.
—¿Por qué C?
—Porque trasladar las reservas de alojamiento, a los invitados y a todos los proveedores también tiene riesgo. Antes quiero saber si podemos celebrar la boda aquí.
—¿Y el plan B?
Miré la terraza.
—Dame veinticuatro horas.
Álex se acercó a su padre.
—Vamos a dejar trabajar a la gente.
Vicente se pasó una mano por la cara.
—Esto es culpa mía.
—Papá.
—La tubería estaba presupuestada el año pasado.
Elena llegó a tiempo para escucharlo.
—Y decidimos los dos esperar.
—Yo insistí.
—Vicente, ahora mismo da igual.
Su marido la miró.
—No da igual.
—Para reparar, sí.
Ella le agarró del brazo.
—Ya tendremos tiempo de discutir cuando no tengamos a una novia llorando y a media plantilla levantando el suelo.
Julia se secó las lágrimas.
—No estoy llorando.
Marco le dio un pañuelo.
—Claro.
A las diez de la noche seguíamos trabajando.
Yo había enviado fotografías, medidas y opciones a Nerea, que buscaba alquiler de estructuras, mientras Berta pedía presupuestos y el técnico prometía un calendario real de obra para la mañana siguiente.
Cuando llamó Inés pensé en ignorar el teléfono, pero contesté.
—Hola, Inés.
—Me han dicho que tenéis una incidencia en Cala Serena.
Nerea le había enviado un aviso con lo que sabíamos. Yo le había pedido que lo hiciera en cuanto el técnico confirmó el cierre del salón.
—Sí.
—¿Grave?
—Lo suficiente para cambiar el plan.
—¿Se cancela?
—No.
—¿Estás segura?
—No. Pero no voy a cancelar hasta saber qué opciones tengo.
Hubo una pausa.
—Justo eso quería oír.
—¿Perdón?
—No que no canceles. Que no me vendas seguridad falsa.
Me apoyé en una mesa.
—Mañana tendré un plan de contingencia.
—Mándamelo.
—Lo haré.
Colgamos. Álex estaba detrás.
—¿La inspectora?
—La inspectora.
—¿Bien?
—No lo sé.
—Te ha visto trabajar.
—Me ha visto decir que no sé.
—Eso también es trabajar.
Lo miré y vi el cansancio en su cara. Había venido directo del parque después de una guardia corta y aun así seguía allí, cargando mesas, hablando con su padre y haciendo llamadas.
—Puedes irte.
—Puedo.
—Tienes turno el sábado.
—A las tres.
—Necesitas dormir.
—Tú también.
—Yo me quedo.
—Entonces yo también.
—Álex.
—Puedo dormir aquí. Mañana estoy libre y el sábado saldré antes de las doce. Si necesitas medir o mover algo, os ayudo antes de irme.
—Hay personal.
—Y yo conozco cada enchufe de este sitio.
—Eso suena sexual.
—Por fin.
Me reí y noté cuánto llevaba sin hacerlo. Álex me tocó la espalda un segundo.
—Comemos. Después seguimos.
Asentí. A medianoche, con parte de una pared abierta y el suelo protegido por plásticos, el salón parecía bastante peor que por la tarde.
Había cubos y herramientas por todas partes.
Julia y Elena ya se habían ido a dormir, y Vicente siguió dando vueltas hasta que Álex consiguió mandarlo a la cama. Me senté en el borde de la terraza.
—La boda va a salir —dije.
Álex se sentó a mi lado.
—Lo sé.
—No puedes saberlo.
—No.
—Entonces no digas cosas.
—Sé que harás todo lo que puedas.
—Eso no garantiza nada.
—Ya.
Miré el mar.
—Odio no poder garantizar cosas.
—Lo he notado.
—Siempre tengo un plan B.
—Ahora lo estás haciendo.
—Todavía no.
Álex apoyó los antebrazos en las rodillas.
—¿Qué necesitas ahora? —preguntó.
—Dormir unas horas. Mañana mediremos la terraza con Berta. Y alguien tiene que convencer a tu padre para que deje de vigilar el muro.
—Lo de mi padre déjamelo a mí. Vosotras intentad descansar.
Me pasó las botellas vacías y recogió las carpetas. Subimos hasta recepción para dejarlas en el despacho.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A dormir.
Levantó una ceja.
—En habitaciones separadas.
—Qué decepción.
—Hay una boda que salvar.
—Sí, jefa.
—No me llames jefa.
—Buenas noches, Claudia.
—Buenas noches.
Caminé hacia el interior mientras, a mi espalda, una fuga residual seguía golpeando el fondo de un cubo. El ruido era casi ridículo para el tamaño del problema que acababa de meterse en nuestra boda.