No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

LOS DOMINGOS SON PELIGROSOS

El jueves volvimos de Murcia a Cala Serena. Álex salió hacia su turno en Valencia y yo me quedé a cerrar los cambios del pedido. Tenía otra visita en Valencia el sábado por la mañana. Al acabar, podría haber vuelto a Madrid esa misma tarde.

Nerea me mandó dos opciones de tren. Elegí el del lunes y le escribí que tenía que «revisar unas cosas». Su «Claro» llegó cuatro segundos después. Álex me recogió el sábado por la tarde.

—¿Dónde te quedas? —preguntó.

—En un hotel, cerca de la estación.

—Tengo habitación de invitados.

—No quiero invadir tu casa.

—No invadirías nada. Pero también puedo llevarte al hotel cuando acabemos de cenar.

Me habría resultado mucho más fácil discutir si hubiera insistido.

Lo odié por ser razonable. Fuimos a cenar con Dani. El amigo de Álex era alto, delgado y llevaba una barba que parecía recortada con reglas de arquitectura.

—Así que tú eres Claudia.

—¿Qué te ha contado?

—Nada.

Miré a Álex.

—Eso no es verdad.

Dani sonrió.

—Sé que organizas la boda de Marco. Y que mi amigo cambia turnos con una alegría que no conocíamos.

—Dani.

—¿Qué?

—Come.

—Estoy comiendo.

Me cayó bien. Hablamos del trabajo de los dos, de la boda y de un incendio en una cocina que había terminado con tres vecinos discutiendo en la calle porque el humo había estropeado ropa tendida.

—La gente os llama por cualquier cosa —dije.

—La gente llama a emergencias porque se queda sin luz y no sabe dónde está el cuadro —contestó Dani.

—Yo he recibido llamadas de novias porque el novio no contesta durante cuarenta minutos.

—¿Y qué haces?

—Recordarles que organizo bodas, no que trabajo de detective privado.

Álex señaló con el tenedor.

—Eso quiero verlo.

—No.

Después de cenar, Dani se despidió con un abrazo.

—Suerte con él.

—Estoy aquí —dijo Álex.

—Lo sé.

Caminamos por el centro. Yo llevaba sandalias y un vestido verde ligero. Hacía calor incluso de noche.

—¿Quieres tomar algo?

—No.

—¿Cansada?

—Un poco.

—Te llevo al hotel.

Miré hacia su coche.

—¿Y si vamos a tu casa?

Álex no respondió enseguida.

—¿Segura?

—No he pedido matrimonio.

—Gracias por aclararlo.

Su piso estaba en un barrio tranquilo, en un edificio sin nada especial. Dos habitaciones, salón amplio, cocina pequeña y una terraza con plantas que parecían vivas por pura casualidad.

—Esperaba algo peor —dije.

—Qué amable.

—No sé. Mancuernas en el salón. Una bandera de un equipo. Una nevera vacía.

—Tengo mancuernas en el cuarto.

—Algo tenías que tener.

La nevera, contra todos mis prejuicios, contenía comida de verdad y eso me sorprendió más que el orden del salón.

—¿Cocinas?

—A veces.

—¿Qué más escondes?

—Una plancha.

—No te creo.

Me preparó agua con hielo. Nos sentamos en la terraza y pasamos cerca de una hora hablando sin tocar el tema del pacto ni intentar convertir cada silencio en una invitación.

El beso llegó después. En el dormitorio, Álex abrió el cajón donde guardaba los preservativos y la noche siguió sin que ninguno propusiera volver al hotel.

Sin embargo, lo que se me quedó pegado a la cabeza ocurrió al terminar.

Álex se levantó, se puso unos pantalones cortos y me preguntó si tenía hambre.

—Siempre.

—Tengo tortilla.

—¿Hecha?

—De mi madre.

—Eso es trampa.

Comimos tortilla fría en la cocina a la una de la mañana. Yo llevaba su camiseta. Él no dejaba de mirarme.

—¿Qué miras? —le pregunté, buscando dónde apoyar el plato.

—Te queda bien mi camiseta. Puedes quedártela.

Bajé la vista al logo de una carrera popular, que me llegaba casi a las rodillas.

—No sabía que había venido con derecho a equipación deportiva.

—Es de una talla que ya no uso. Antes de que empieces a preocuparte por los regalos.

Le quité otro trozo de tortilla.

Dormí allí. A la mañana siguiente, Álex se levantó antes. Me despertó el olor a café. Fui a la cocina con el pelo hecho un desastre. Había dos tazas y tostadas.

—Esto es peligrosísimo —dije, acercándome a las tostadas.

—Es un desayuno de domingo, Claudia.

—Precisamente.

Álex se apoyó en la encimera.

—Te has quedado a dormir y llevas mi camiseta. El café tampoco va a comprometernos mucho más.

—Llevo tu camiseta porque alguien rompió un botón de mi vestido.

—Fuiste tú.

Cogí una tostada antes de tener que darle la razón.

—¿Quieres que te lleve al hotel cuando acabes? —preguntó.

—Después de que me enseñes esas mancuernas.

Se echó a reír y le pedí que no se emocionara.

Pasamos la mañana en casa. Pusimos música. Me enseñó fotografías antiguas de su familia. Vi a Marco con diecisiete años y un flequillo criminal. Vi a Álex con uniforme de bombero el día que consiguió plaza.

Entre las fotografías apareció una de su boda con Laura. Álex la dejó a la vista con la misma naturalidad que las demás.

—Es ella —dijo.

Laura era guapa, con el pelo corto y una sonrisa amplia.

—Parece simpática.

—Lo es.

Sentí una curiosidad incómoda, bastante menos dramática de lo que habría esperado y suficiente para hacerme mirar la foto un segundo más.

—¿Te molesta verla? —me preguntó.

—No. Me da curiosidad.

Álex esperó a que terminara de mirar la fotografía antes de pasar la hoja. No había intentado esconderla y me alegró no haberle dado ningún motivo para hacerlo.

Me besó la frente al dejar el álbum sobre la mesa. Al final de la mañana salimos a comprar lo que faltaba para comer.

—Me falta pan y quería hacerte una tortilla —dijo Álex.

—La de anoche era de tu madre.

—Por eso digo la mía. Algo tendré que aprender con tanto entrenamiento.

—Ese detalle suele ayudar.

Encontramos abierta una tienda de alimentación del barrio. Álex saludó por su nombre a la mujer que colocaba la fruta y compró tomates, pan, huevos y queso.

—Esto es inquietantemente adulto —dije.

—Tengo treinta y tres años.

—Y una planta medio muerta.

—Está recuperándose.

—Está amarilla.

—No la juzgues.

Al salir, nos cruzamos con una vecina suya que llevaba un carrito de la compra.

—Hombre, Álex. Cuánto tiempo.

—Nos cruzamos la semana pasada.

—Eso digo.

Me miró.

—¿Tu novia?

Álex abrió la boca. Yo fui más rápida.

—No.

La mujer se encogió de hombros.

—Pues muy guapa.

—Gracias.

Álex esperó hasta que nos alejamos.

—Has contestado muy deprisa —dijo cuando doblamos la esquina.

—No quiero que la gente dé cosas por hechas.

—Podías haberlo dicho sin cara de que venía a detenerte.

Se me escapó una risa. Antes de volver a casa nos sentamos en una terraza, con las bolsas entre las piernas.

—¿Te ha molestado? —le pregunté.

—Un poco la rapidez. Lo que has dicho ya lo habíamos hablado.

Me quedé dándole vueltas mientras traían las bebidas. Oírlo repetir nuestro acuerdo me tranquilizó menos de lo que esperaba.

Comimos en su casa y a las cuatro me llevó al hotel. Antes de bajar del coche, me dijo:

—Me ha gustado que vinieras.

—A mí también —contesté.

Álex señaló mi maleta, que estaba en el asiento de atrás.

—Avísame cuando llegues a Madrid mañana.

—Te mandaré una foto de una factura, para que sepas que vuelvo a la normalidad.

Me bajé. Aquella noche llamé a Nerea.

—No pienso decirte nada —dijo al responder.

—Perfecto.

—¿Has pasado el domingo con él?

—Sí.

—No voy a decir nada.

—Gracias.

—¿Habéis ido al cine?

—No.

—¿Comido juntos?

—Sí.

—¿Desayunado?

—Sí.

—¿Dormido juntos?

—Nerea.

—No digo nada.

—Te odio.

—No tanto como a él.

Colgué y abrí la maleta. Saqué del bolso la camiseta que me había regalado Álex y la doblé antes de guardarla. Era estúpidamente grande para mí. La puse encima del pijama.