CAPÍTULO 10
DORMIR ES UN VERBO SObrEVALORADO
Me desperté a las cuatro y diecisiete porque el aire acondicionado había decidido convertir la habitación en una cámara frigorífica. Busqué a tientas el mando en la mesilla y tiré un vaso de plástico al suelo. Conseguí apagar el aparato, pero seguía helada.
—¿Qué haces? —murmuró él.
—Congelarme.
—Tienes manta.
—Tengo una sábana con complejo de folio.
Encendió su lámpara. Tenía el pelo revuelto y la cara de alguien que todavía no había terminado de volver al mundo.
—Ven.
—¿Qué?
Levantó la esquina de la manta que había sacado del armario antes de acostarse.
—Tengo manta.
—No.
—Vale.
Apagó la luz. Me quedé cinco minutos intentando convencerme de que tenía dignidad. A los seis crucé los treinta centímetros.
—Ni una palabra.
Álex se movió para dejarme sitio.
—No he dicho nada.
—Tu respiración está sonriendo.
—Eso es fisiológicamente imposible.
Me metí bajo la manta y descubrí que una cama de noventa podía parecer todavía más estrecha cuando había que compartirla con un hombre del tamaño de Álex.
—Te sobra cuerpo —dije.
—Eso me dijeron una vez en un Ryanair.
—Muévete.
—No puedo.
—Pues me vuelvo.
—Te vas a morir de hipotermia.
—Dramático.
Acabé de lado, con la espalda pegada a su pecho. Álex colocó un brazo sobre mi cintura.
—¿Esto está permitido?
—Por temperatura.
—Perfecto.
—Y no hagas nada.
—Claudia, son las cuatro de la mañana.
—Te conozco.
—Llevamos unas semanas viéndonos, no diez años.
—Suficiente.
Su mano se quedó quieta y yo hice lo mismo. Estaba demasiado cómoda, hasta el punto de que el calor de su cuerpo empezó a relajarme. Sentía su respiración detrás de la oreja y el olor a jabón del hotel.
—¿Qué formación era la de la llamada? —pregunté.
Tardó un momento en responder.
—¿Qué llamada?
—La que escuché el otro día. Dijiste que era trabajo.
—Un programa internacional.
—¿De bomberos?
—De emergencias. Formación, rescate, coordinación. Nada cerrado.
—¿Dónde?
—Depende de la plaza.
—Eso suena misterioso.
—No lo es. Mandé la documentación en febrero. Hay mucha gente.
—¿Te irías?
Su brazo se tensó un poco.
—No sé.
Me giré como pude para verlo.
—¿Te hace ilusión?
—El trabajo, sí. Lo demás tengo que pensarlo.
—¿Qué es lo demás?
Álex se acomodó la almohada.
—Cambiar de sitio, estar fuera. Tú tienes muy claro que quieres seguir en Madrid.
—Tengo mi empresa allí. No la dejaría para mudarme con alguien.
—¿Ni aunque quisieras mucho a esa persona?
—Buscaría una forma de vernos. Viajes, distancia, lo que pudiéramos. Pero no me iría dando por hecho que lo mío tiene menos importancia.
—No debería tenerla.
—¿Tú te mudarías?
Tardó un poco en responder.
—Con Laura esperé que fuera ella la que se quedara. Todavía me cuesta saber qué tendría que haber hecho de otra manera.
Le toqué la mano que tenía apoyada en la sábana.
—No te lo pregunto como examen.
—Menos mal. No tengo respuesta para aprobarlo.
Volví a darle la espalda y él acercó la manta hasta mi hombro. Durante un rato nos quedamos callados.
Dormir quedó aplazado bastante más de lo que cualquiera de los dos había previsto. Su mano seguía en mi cintura. La mía sobre su antebrazo. Podía sentir su erección contra mi espalda y él sabía que yo podía sentirla.
—No digas nada —murmuré.
—No pensaba.
—Mentiroso.
—Estoy intentando ser respetuoso.
—Te está saliendo regular.
—Mi cuerpo no firmó el pacto.
Me reí bajito.
—Pobre.
—Muchísimo.
Me giré. Quedamos frente a frente.
—Esto es una mala idea.
—Llevas semanas especializándote.
Lo besé despacio, sin la urgencia del almacén ni de la habitación 214. Álex me acarició la espalda por debajo de la camiseta y yo le toqué el pecho.
—Podemos parar —dijo.
—No quiero.
—Bien.
Nos desvestimos con poca coordinación porque la cama era demasiado pequeña. Mi codo chocó con la pared.
—Joder.
—¿Te has hecho daño?
—A mi dignidad.
—Esa ya venía tocada.
Le pegué con la almohada. Él se rio.
—Silencio, que hay gente durmiendo.
—La señora del aire acondicionado se queja del ruido.
—Te odio.
—Te has levantado con mucho cariño hoy.
—Prueba a darme café dentro de un rato.
Álex sacó un preservativo de la mochila.
—¿También llevas en viajes de proveedores?
—He venido contigo.
—Presumido.
—Precavido.
Esta vez fuimos más despacio y sin aquella necesidad inicial de impresionar al otro. Al principio nos besamos mucho más de lo que follamos. Me tocó despacio y yo hice lo mismo. Cuando se puso encima, lo agarré por la cara.
—Espera.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Quiero arriba.
Sonrió.
—A tus órdenes.
—No digas eso.
—Perdón.
Me senté sobre él y la cama crujió con tanta protesta que los dos nos quedamos quietos.
—Como nos caigamos —susurró.
—Será culpa del hotel.
—Claro.
Fui yo quien marcó el ritmo. Álex apoyó las manos en mis muslos. No intentó acelerar. Me miró como si no tuviera nada mejor que hacer.
—Me distraes —le dije.
—Lo había notado.
Le agarré la nuca y lo acerqué para besarlo.
Después dejamos de hablar. Al terminar me tumbé sobre su pecho y Álex me acarició la espalda.
—¿Esto cuenta como acostarse? —preguntó.
—No.
—Estamos acostados.
—Estábamos combatiendo el frío.
—Con penetración.
—Técnica avanzada.
Se rio. Me quedé en su cama y seguimos despiertos un rato más, con una de sus manos debajo de mi cabeza.
—¿Qué es lo peor que has hecho en una boda? —preguntó.
—¿Profesionalmente o como invitada?
—Las dos.
—Trabajando, puse el nombre equivocado en un cartel de bienvenida.
—¿El de la novia?
—El del novio. Se llamaba Manu y escribí Marcos, que era el fotógrafo.
Álex empezó a reírse.
—No te rías. Lo vimos a tiempo y tuvimos que imprimir el cartel otra vez.
—¿Y como invitada?
—Me caí bailando en la boda de una prima.
—Eso no es grave.
—Me llevé una mesa de cóctel.
—Mejora.
—Y rompí una fuente de chocolate.
Álex se tapó la cara.
—No puedo creer que te dediques a esto.
—La experiencia forma.
—¿Habías bebido?
—Mucho.
—Ahora entiendo la norma.
—Exacto.
—Yo me quedé dormido en una boda.
—¿Dónde?
—Debajo de una mesa.
—Qué elegante.
—Tenía veintidós.
—No lo arregla.
—Mi hermano me hizo una foto.
—Necesito verla.
—Jamás.
—Se la pediré a Marco.
—Eso rompe el pacto.
—No está escrito.
—No hay nada escrito.
—Error tuyo.
Se quedó sonriendo y yo acabé imitándolo antes de que volviera el silencio.
—¿Te gusta tu vida? —preguntó.
La pregunta me desarmó un poco.
—Sí. Tengo una empresa con mi mejor amiga. Pago mis facturas. Vivo donde quiero. Mi hermana se casa con un buen tipo. Mi madre me agota, pero está bien.
—¿Incluso con las novias amarillas?
—Especialmente con ellas.
—Me alegro.
—¿Y la tuya?
Álex pensó.
—Sí.
—Has tardado.
—Porque hay cosas que cambiaría.
—¿Qué cambiarías?
—Turnos. Dormir más. Viajar.
—Puedes viajar.
—No tanto como quiero.
—¿Y una relación?
Me arrepentí al preguntar. Él no.
—No estaba buscándola.
—Yo tampoco.
Nos miramos.
—Buenas noches —dije.
—Cobarde.
—Mucho.
Esta vez me dormí antes de poder seguir pensando. A las siete sonó su alarma. Abrí los ojos. Álex seguía dormido, una mano en mi cintura.
Llevaba casi tres horas en su cama. Me levanté con cuidado de no despertarlo, aunque Álex abrió un ojo antes de que encontrara la camiseta.
—¿Huyes?
—Café.
—Sabía que bajarías a por uno antes de ducharte.
—Cállate.
—Tengo memoria.
Me vestí con la ropa que había dejado sobre la silla.
—Nos vemos abajo.
—Claudia.
Me giré.
—¿Qué?
—Ha estado bien.
Sonreí.
—Sí.
Me fui hacia el desayuno. Desde la puerta lo oí buscar el mando del aire entre las sábanas y tuve que volver para señalarle que estaba en el suelo, junto al vaso que había tirado.