CAPÍTULO 9
KILÓMETROS DE MÁS
El martes dejé cuatro mensajes al proveedor de mobiliario. Su nave seguía en el polígono de siempre y el teléfono daba tono, pero nadie confirmaba que nuestras sillas estuvieran reservadas. A esas alturas preferí empezar a buscar otras.
A seis semanas y media de la boda no podía llamarlo tragedia, aunque sí tenía suficiente potencial para fastidiarme la mañana. A las nueve de la mañana del miércoles, Nerea me envió un mensaje desde Madrid.
«He conseguido hablar con la secretaria. Dice que el dueño está fuera y que “ya nos llamará”.»
Le respondí:
«Eso significa que no tiene nuestras sillas.»
«Eso significa que quiero quemar una nave.»
«No tenemos seguro para eso.»
La alternativa estaba en Murcia. Un proveedor tenía piezas parecidas y disponibilidad, pero no quería bloquearlas hasta que las viésemos en persona.
Yo había llegado a Cala Serena en tren aquella semana y estaba mirando coches de alquiler cuando se lo conté a Álex, que había pasado a ver a sus padres.
—Voy contigo —dijo Álex.
—No hace falta. Puedo alquilar un coche.
—Tengo libre hasta mañana por la tarde y mi madre necesita que vea también unas mesas altas para el hotel. Nos viene bien a los dos.
Cerré la página de alquileres en el móvil y lo miré.
—¿Tu aire acondicionado funciona?
—Perfectamente.
—Vamos.
Salimos después de comer. Entre la carretera, la parada y las pruebas en la nave, íbamos a pasar juntos toda la tarde. Durante los primeros cuarenta minutos hablamos de trabajo. Después Álex empezó a cantar una canción de la radio.
—Para.
—¿Qué?
—Cantas fatal.
—No es verdad.
—Estoy considerando abrir la puerta.
—Vamos a ciento veinte.
—Lo sé.
Cambió de emisora.
—Qué poco respeto por el arte.
—Eso no era arte.
—Era un clásico.
—Era Bon Jovi.
—Precisamente.
—Te imaginaba con gustos más interesantes.
—¿Qué escuchas tú?
—Depende.
—Respuesta de cobarde.
—Ahora mismo prefiero el silencio.
Álex apagó la radio.
—Concedido.
Duró treinta segundos.
—¿Siempre eres así? —pregunté.
—¿Así cómo?
—Capaz de llenar cualquier silencio.
—No.
—No te creo.
—Con gente que me cae mal, hablo poco.
—Entonces te caigo genial.
—Muchísimo.
Miré por la ventanilla para que no viera la sonrisa. Paramos a mitad de camino porque yo necesitaba café y él insistió en comer algo.
—Pero si acabamos de comer.
—Trabajo en emergencias. Nunca sabes cuándo vas a volver a comer.
—Estás de vacaciones de veinticuatro horas.
—El estómago no entiende convenios.
En la cafetería de la gasolinera, Álex pidió un bocadillo y yo un café.
—¿Por qué te casaste?
La pregunta salió sin preparación. Él dejó el bocadillo en el plato.
—Vaya.
—Puedes no contestar.
—No. Me ha sorprendido.
—Julia me dijo que estabas divorciado.
—Ya veo que mi ficha circula por la familia.
—Por eso prefiero preguntarte a ti.
Álex se limpió las manos con una servilleta.
—Me casé porque quería casarme.
—Qué revelación.
—Laura y yo llevábamos cuatro años juntos. Vivíamos juntos. Nos iba bien. Nuestros amigos empezaban a casarse. Nos parecía el siguiente paso.
—¿Y qué pasó?
Se encogió de hombros.
—Nada espectacular. Y creo que eso fue lo que más nos costó entender.
Esperé.
—Ella quería irse de Valencia. Le ofrecieron un trabajo en Bilbao.
Yo acababa de conseguir el destino que llevaba tiempo pidiendo.
Al principio pensamos que podríamos hacerlo.
Luego pospuso aceptar el trabajo. Después me culpó un poco por haberlo pospuesto.
Yo empecé a sentir que tenía que compensarla por algo que nunca le pedí. Nos fuimos gastando.
—¿Hubo alguien más?
—Que yo sepa, no. Antes de que ella acabara marchándose a Bilbao ya llevábamos meses tratándonos como compañeros de piso. Intentamos arreglarlo a distancia, pero tampoco pudimos.
Dio un sorbo a su agua.
—Firmar el divorcio fue fácil. Lo jodido fue repartir la casa.
—¿La casa?
—El sofá, los libros, la vajilla que nos regalaron. El perro de su hermana había roto una esquina de una alfombra y estuvimos diez minutos discutiendo sobre quién la había pagado. Al final tuvimos que volver a sentarnos para acordar hasta las cosas que ninguno quería.
Lo dijo sin amargura. Eso me pareció más triste.
—¿Seguís hablando?
—De vez en cuando. Nos felicitamos cumpleaños. Hace unos meses coincidimos en una cena. Está bien.
—¿Y tú?
Álex sonrió.
—También.
—No pareces traumatizado.
—No lo estoy. Solo aprendí cosas.
—¿Como cuáles?
—Que no quiero volver a diseñar toda mi vida alrededor de una relación.
La frase me hizo gracia.
—Bienvenido a mi partido.
—¿Ves? Por eso nos entendemos.
—Por eso podemos follar sin montar una tragedia.
—También.
El camarero dejó mi café y se llevó el plato vacío. Álex me miró.
—Aunque tú has redactado un código civil para impedirlo.
—Solo protejo los intereses de las partes.
—¿Y los intereses de las partes quieren follar?
—Una parte ahora mismo quiere café.
—La otra puede esperar.
Seguimos el viaje. En Murcia vimos las sillas, las mesas y un banco de madera que Julia descartó por videollamada porque «parecía de iglesia».
Cerré el pedido y guardé el móvil con la satisfacción breve de haber tachado un problema sin crear otros dos. Cuando salimos eran casi las nueve.
—Tengo reservado un hotel —dije.
Álex me miró.
—¿Dos habitaciones?
—Sí.
—Qué decepción.
—Pacto.
—Pacto.
Llegamos a un hotel de carretera bastante mejor de lo que esperaba. En recepción, la mujer buscó mi reserva. Frunció el ceño.
—Tenemos un problema.
Álex me miró. Yo ya sabía que aquello iba a terminar mal.
—¿Cuál?
—La reserva figura para una habitación doble.
—No.
Le enseñé el correo. Dos individuales. Ella comprobó la pantalla.
—Lo siento muchísimo. Hemos tenido una incidencia con el sistema. Estamos completos. Puedo ofrecerles una doble con dos camas.
Giré la cabeza hacia Álex. Él levantó ambas manos.
—No he hecho nada.
—¿Dos camas separadas? —pregunté.
—Sí.
—Muy separadas.
La recepcionista sonrió incómoda.
—Unos treinta centímetros.
Cerré los ojos. Álex se acercó a mi oído.
—Técnicamente no es la misma cama.
Le clavé el codo en las costillas.
—Nos sirve —dije.
Subimos. La habitación tenía dos camas de noventa separadas por una mesilla ridículamente pequeña. Álex dejó su mochila.
—Treinta centímetros.
—No cruces la frontera.
—¿Habrá control aduanero?
—Mi plan es dormir —le advertí mientras dejaba el bolso sobre la mesilla.
—Procuraré no hacer demasiado ruido desde el otro país.
Me quité los zapatos.
—Voy a ducharme.
—Yo pediré cena.
—Algo ligero.
—Claro.
Cuando salí del baño, Álex había pedido dos hamburguesas.
—He dicho ligero.
—Tienen lechuga.
—Eres un imbécil.
Comimos sentados cada uno en su cama. Hablamos de Laura, de Nerea, de Julia y de que mi madre seguía convencida de que casarse era una etapa obligatoria de la madurez. Álex se tumbó boca arriba.
—¿Tú nunca has querido?
—¿Casarme?
—Sí.
—He querido a gente. Eso sí.
—No es lo mismo.
—Lo sé.
—¿Cuánto duró tu relación más larga?
—Tres años.
—¿Y?
—Se llamaba Miguel. Era arquitecto. Buena persona. Quería comprar una casa juntos y empezar a buscar niños antes de los treinta.
—Y tú no.
—Yo no sabía. Él necesitaba que supiera.
Álex giró la cabeza hacia mí.
—Eso es razonable.
—Lo era. Terminamos bien.
—¿También repartisteis vajilla?
—No vivíamos juntos.
—Inteligente.
Apagué mi lámpara.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Claudia.
Pasaron unos minutos.
—¿Estás dormida? —preguntó.
—Sí.
—Qué capacidad para hablar dormida.
—Cállate.
—Una pregunta.
—No.
—No sabes cuál es.
—Seguro que no me interesa.
Pasaron unos segundos en silencio antes de que oyera su voz al otro lado de la mesilla.
—¿Te apetecería que juntáramos las camas?
Abrí los ojos en la oscuridad. Me reí.
—Buenas noches, Álex.
—Eso no es un no.
—Es lo más cerca que vas a estar de un sí.
—Me sirve.
Las camas siguieron separadas. Dormirme, en cambio, resultó bastante más difícil de lo esperado con Álex a treinta centímetros.