No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

PRUEBA DE MENÚ

La prueba de menú reunió a doce personas alrededor de una mesa preparada como si la boda fuese a celebrarse en ese mismo momento.

Julia estaba feliz, Marco probaba todo lo que aparecía delante, Elena hacía preguntas sensatas, Vicente discutía con el maître sobre el tamaño de las raciones y Pilar llevaba media hora defendiendo que el pescado necesitaba más ajo.

Yo apuntaba y trataba de mantener el orden.

Álex llegó cinco minutos tarde, el tiempo justo para que yo reparara en su ausencia.

—He cambiado turno —me explicó en voz baja al sentarse a mi lado.

—Te dije que no hacía falta.

—Ya.

—Entonces ¿por qué?

—Porque quería venir.

No contesté. Berta Calvo, la coordinadora local del catering con la que llevaba semanas hablando por teléfono, apareció con el responsable de cocina.

Empezamos a revisar platos. Probamos entrantes fríos, un arroz, pescado, carne, opciones vegetarianas y una cantidad de postres que habría alimentado a otra mesa entera.

A mitad de la prueba, Julia me miró con cara de desesperación.

—No puedo elegir entre los dos postres.

—Eso no es un problema real.

—Para mí sí.

—Pon uno en la boda y el otro en el brunch del día siguiente.

Se iluminó.

—Te quiero.

—Factura adicional.

Álex se inclinó hacia mí.

—Eres cruel con tu hermana.

—Soy profesional.

—Te brilla el ojo cuando cobras extras.

Le pisé el pie.

—Au.

Pilar nos miró.

—¿Todo bien?

—Perfecto —dije.

Ella siguió comiendo sin creerme. Después del almuerzo recorrimos la terraza para decidir dónde montar una mesa de dulces. Álex llevaba una cinta métrica. Yo el plano.

—Necesitamos ciento ochenta centímetros de paso aquí. Y un enchufe para la mesa de dulces.

—Hay dos metros diez. El enchufe está detrás de la columna.

Me agaché a comprobarlo. Estaba.

—Empiezas a ser útil.

—Llevo semanas intentando ganarme ese título.

Julia nos llamó desde el jardín.

—¡Claudia! Ven un momento.

Fui con ella y Marco y pasé media hora eligiendo la distribución de la ceremonia. Cuando terminé, Álex había desaparecido y me molestó más de lo que tenía derecho a reconocer. Lo encontré en una habitación de servicio hablando por teléfono. Al principio no me vio.

—Sí —decía—. Ya mandé todo. Me dijeron que a finales de julio sabríamos algo… Sí… No, todavía no sé si me compensa un año entero… Ya veremos.

Me detuve. Él levantó la vista.

—Te llamo luego —dijo al teléfono.

Colgó.

—¿Me buscabas? —preguntó Álex.

—Sí. ¿Todo bien?

—Un tema de trabajo.

—¿Turnos?

—Formación. Aún no hay nada cerrado.

Asentí y dejé ahí la pregunta. El acuerdo que habíamos elegido no incluía pedirle explicaciones sobre cada llamada de trabajo. Él tampoco tenía que contarme su vida.

—La terraza está lista —dije.

—Perfecto.

Se guardó el móvil.

—¿Tienes cinco minutos?

—Depende.

—Ven.

—Eso suena sospechoso.

—Confía.

—Error número uno.

Lo seguí hasta la 214, la habitación que Elena le había reservado para aquel fin de semana. Álex abrió con su tarjeta.

—¿Qué hacemos aquí?

Álex cerró la puerta.

—Cinco minutos.

—Te conozco.

—Eso espero.

Me besó y durante una fracción de segundo recordé que mi supuesto plan consistía en apartarlo. En vez de eso, le agarré de la nuca.

—Cinco.

—Cuatro y medio.

—Presumido.

—Realista.

Me hizo retroceder un paso y noté el borde de la cama detrás de las piernas.

—Ni se te ocurra.

—¿Qué?

—Cama no.

—Ah. La jurisprudencia.

—Exacto.

Después de que Álex sacara un preservativo de su neceser, terminamos contra la pared, con tanta prisa que tuvimos que parar dos veces para no reírnos.

—Esto es ridículo —susurré.

—Muchísimo.

—Como alguien llame…

Unos golpes en la puerta nos dejaron inmóviles.

—Claudia, ¿estás ahí? —preguntó Julia desde el pasillo.

Abrí mucho los ojos. Álex se tapó la boca.

—Un segundo —contesté.

—¿Qué haces?

—Busco… una cosa.

—¿Qué cosa?

Miré alrededor.

—Toallas.

Álex empezó a temblar de risa. Le pegué en el brazo.

—Hay toallas en recepción.

—Ya.

—¿Entonces?

—Estoy comprobando las habitaciones.

Silencio.

—Vale. Te espero junto a las escaleras.

Escuchamos sus pasos alejarse. Álex apoyó la frente en mi hombro.

—Toallas.

—Cállate.

—Organizadora de eventos.

—Te mato.

—Cinco minutos han sido ambiciosos.

—Vístete.

Nos arreglamos como pudimos. Antes de abrir la puerta, Álex me dio un beso corto.

—Te veo abajo —dijo.

—Y ni una referencia a lo que acaba de pasar delante de Julia.

—Pensaba hablar de mantelería. Las toallas no son lo mío.

Le pegué en el brazo con el plano y abrí la puerta.

Julia esperaba junto a las escaleras y fui hacia ella.

Mi hermana señaló mi pelo.

—Se te está cayendo una horquilla.

La sujeté antes de que se fuera al suelo y empecé a bajar.

—¿Qué necesitabas?

—Cerrar el menú. Y encontrar a Álex, que estaba contigo hace un rato.

—Luego baja.

Julia me dejó pasar hacia la cocina, aunque no se le había escapado la respuesta.

Ya en la cocina, Julia señaló uno de los platos.

—No me gusta el pescado dos —dijo.

—A mí tampoco.

—¿Entonces por qué no lo has dicho?

—Porque se casa tu boca, no la mía.

—Mi boca vota uno.

—Apuntado.

—Y creo que Marco quiere carne.

—Marco ha dicho «todo está bueno» siete veces.

—Es muy fácil.

—Eso te vendrá bien en el matrimonio.

Me dio un golpe con el hombro.

—¿Seguro que no te gusta nadie? —preguntó Julia.

Aparté la lista del menú, a punto de mancharla con una gota de salsa.

—Estamos eligiendo platos, Julia.

—Y yo pregunto por tu vida. Mamá dice que llevas meses sin una cita.

—Mamá necesita aficiones.

Julia abrió una botella de agua.

—Yo también creo que trabajas demasiado.

—Ayúdame a terminar esto y podré salir antes. Después os buscáis un tema de conversación que no sea mi soltería.

Se rio, pero volvió a señalar la lista y dejamos cerrada la elección del pescado.

Me fui antes de que siguiera. En el pasillo vi a Álex hablando con un camarero. Al verme levantó una ceja.

—¿Toallas?

—Como lo repitas, te denuncio.

—¿Por qué?

—Acoso textil.

—Eso no existe.

—Lo crearé.

—¿Tu hermana sospecha?

—Mi hermana sospecha que trabajo mucho. Lo cual es cierto.

—¿Y de nosotros?

—No hay «nosotros».

Álex se apartó para dejar pasar a un camarero con una bandeja. Parecía dispuesto a discutir mi definición, pero yo ya estaba guardando el plano.

Señaló la puerta de la terraza.

—Te veo fuera.

—Profesionalmente.

—Siempre.

Volví a la terraza, donde Pilar tomaba café. Álex apareció cinco minutos después y su abuela nos miró a los dos sin molestarse en disimular.

—¿Queréis café?

—Sí —dijimos.

Pilar sonrió.

—Qué sincronía otra vez.

Yo decidí que aquella mujer era un peligro real.