CAPÍTULO 7
CASI PERFECTO
El lunes volví a Madrid. A mitad de un presupuesto de centros de mesa tuve que bajar el volumen de un audio de Álex porque Nerea había levantado la cabeza de su ordenador.
—Puedes escucharlo. Estoy recalculando una factura, no confesándome.
—Es de Álex.
—Ya. No te ríes así cuando habla el del mobiliario.
Nuestro despacho tenía cuarenta metros cuadrados, una mesa grande compartida, dos estanterías, una zona pequeña para reuniones y una cafetera que debería haber sido patrimonio de la empresa.
Casi Perfecto Eventos ocupaba una planta baja en Chamberí.
No tenía nada de glamuroso, pero era nuestro. Nerea dejó de teclear.
—¿Habéis vuelto a acostaros? —preguntó mientras cambiaba de pestaña.
—Nos hemos saltado una parte del pacto.
—¿Y qué parte queda?
—Prefiero no hacer inventario.
Nerea siguió trabajando, pero se le quedó una sonrisa bastante molesta.
Esa semana apenas hablé con Álex de sexo. Me mandó una fotografía de una máquina expendedora vacía a las tres de la mañana.
«Cena de campeones.»
Le contesté con una foto de mi táper.
«Esto se llama previsión.»
«Eso se llama ensalada triste.»
Otra noche me envió un audio desde el parque de bomberos.
«Acabamos de volver de una salida por una alarma de humo. Era una señora quemando croquetas. Te lo cuento porque dijiste que mi trabajo era interesante.»
Le respondí:
«Las croquetas son asunto de seguridad nacional. Espero que estén bien.»
«Tres bajas. Dos muy graves.»
«Mis condolencias.»
Me acostumbré a encontrar aquellos mensajes entre los de los proveedores.
Había días en que los dejaba para el metro de vuelta a casa y otros en que abría el chat en cuanto aparecía su nombre.
El jueves tuve una reunión con Inés Montoro.
Llegó puntual, traje claro, pelo recogido y una carpeta con nuestro dosier impreso.
—He visto las fotografías de vuestros últimos eventos —dijo—. Son bonitas.
—Gracias.
—Pero lo bonito lo hace un fotógrafo.
Nerea y yo nos miramos.
—Lo sé —contesté.
Inés sonrió apenas.
—Me interesa cómo reaccionáis cuando algo sale mal.
—Eso no suele salir en Instagram.
—Precisamente.
Le contamos el caso de una boda donde el catering llegó tarde por un accidente en carretera y tuvimos que reorganizar el cóctel con la cocina del hotel. Hizo muchas preguntas y se interesó especialmente cuando mencioné la boda de Julia en Cala Serena.
—¿Es un hotel independiente? —preguntó.
—Familiar. Tenemos ciento cuarenta y seis confirmados para el treinta de agosto.
—Enviadme la planificación. Puedo acercarme ese fin de semana.
Se me tensó el cuello, pero le dije que se la mandaríamos.
—No voy a ir de inspectora.
—Eso es exactamente lo que diría una inspectora.
Inés se rio y me apunté mentalmente el punto. Al terminar, Nerea cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.
—Como salga bien, tenemos contrato.
—No cantes.
—Yo no canto, yo digo.
—Todavía queda medio verano.
—Y ya tienes hotel, proveedores y un bombero con utilidad múltiple.
La miré.
—No metas a Álex en esto.
—Lo has metido tú.
Mi teléfono vibró. Mensaje de él.
«¿Has comido?», preguntó Álex.
Le contesté que sí y añadí que Inés podía ir a la boda.
«Eso es bueno, ¿no?»
«Mientras no arda nada.»
«Esta vez intentaré ser útil antes del incendio.»
Nerea se levantó a recoger las tazas que había dejado nuestra posible clienta.
—Dile a tu bombero que compre sillas. A nosotras nos serviría más.
Yo aún tenía el chat abierto cuando volvió a sentarse.
El viernes tuvimos una novia que quiso cambiar el color de todas las flores a tres semanas de su boda.
—Ahora las quiero amarillas —dijo.
Nerea dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—El proveedor ya ha comprado parte.
—Pero amarillas quedarían más alegres.
Yo respiré.
—Podemos incorporar amarillo sin rehacer todo. Si cambias el pedido completo, habrá un coste.
La novia miró a su prometido. Él miró el techo.
—¿Cuánto?
Le di la cifra. El amarillo perdió atractivo. Cuando se marcharon, Nerea cerró la puerta.
—A veces pienso que deberíamos organizar funerales.
—La gente muerta cambia poco de opinión.
—Eso.
Mi móvil vibró. Álex.
«Tenemos un rato tranquilo en el parque. Dime algo interesante.»
Le mandé una foto de la mesa llena de muestras de flores.
«Una novia ha descubierto el amarillo.»
Respondió con un audio.
«Brutal. Un compañero acaba de calentar pescado en el microondas. Hay cosas que no deberían permitirse por convenio.»
Se lo puse a Nerea.
—Es gracioso —admitió.
—No empieces.
—He dicho gracioso.
—Tus intenciones son oscuras.
—Mis intenciones son facturar.
A media tarde tuvimos otra llamada de Inés. Quería un cronograma preliminar de la boda de Julia. Yo ya lo tenía. Se lo envié.
—Esto está bastante avanzado —dijo.
—Es familia. Si algo sale mal, me lo recordarán en Navidad.
—Buen incentivo.
—El mejor.
Al colgar, estaba cansada, pero satisfecha.
Mi vida seguía hecha de clientes, Nerea, proveedores y mi hermana escribiéndome para preguntar si las servilletas podían llevar las iniciales bordadas.
Álex había aparecido como una parte nueva de todo aquello y yo quería que siguiera siendo una parte, sin convertirlo en el centro.
Lo curioso era que él no parecía intentar ocupar más espacio del que yo le daba.
Eso hacía mucho más difícil enfadarme con él.
Esa noche llegué a casa pasadas las nueve, me quité los zapatos en la entrada y calenté pasta del día anterior. Álex, en lugar de escribir, decidió llamar. Miré la pantalla un instante antes de responder.
—¿Ha pasado algo?
—Hola a ti también.
—Nunca llamas.
—Tampoco llevamos tanto hablando.
—Exacto.
—Voy de camino a casa y he puesto el manos libres. Me apetecía saber qué tal te había ido el día.
Oí el intermitente y después menos tráfico.
—¿Ya has terminado el turno?
—Por fin. ¿Tú sigues en la oficina?
—Estoy cenando pasta en pijama —le dije, mirando el plato que acababa de sacar del microondas.
—Eso suena mejor que mi cena.
—¿Otra máquina?
—Bocadillo.
—Progreso.
Hablamos veinte minutos de nada importante y, cuando colgamos, la pasta estaba fría. Me quedé mirando la pantalla del móvil.
Antes de acostarme dejé el teléfono cargando junto al sofá. Ya en la cama me acordé de una cosa que Álex había contado y me levanté para mandarle otro mensaje. Al final tardé bastante más de lo previsto en dormirme.