No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

TÉCNICAMENTE ESTO NO CUENTA

La recaída ocurrió nueve días después, una tarde de junio en la que habíamos conseguido despejar casi toda la lista de trabajo. Aún quedaban tres mesas plegables por llevar al almacén.

Había vuelto al hotel para revisar medidas del jardín. Álex salió de guardia por la mañana y, después de descansar un rato y conducir hasta el hotel, se presentó a primera hora de la tarde con café para los dos.

—No te he pedido nada.

—Te he visto pelearte con la cinta métrica desde la entrada. He pensado que nos vendría bien.

Cogí el vaso.

—¿Cómo lo has pedido?

—Cortado, con poca leche y sin azúcar.

Lo miré.

—¿Quién te lo ha dicho?

—La última vez tomaste dos así.

—Eso fue hace más de una semana.

—Tengo memoria.

—Qué inquietante.

—También sé que te quitas los tacones después de tres horas.

—Eso lo sabe media hostelería española.

Durante un par de horas trabajamos de verdad, sin dobles sentidos ni accidentes sospechosos.

Medimos el espacio para la ceremonia, revisamos dónde podían entrar los camiones de catering y discutimos con Vicente sobre si era buena idea colocar una mesa de apoyo delante de una puerta que, según él, «no usaba nadie».

—Si es una puerta, alguien puede necesitar usarla —dije.

—Lleva cerrada veinte años. La salida está al otro lado.

—Entonces necesito que el técnico revise qué función tiene antes de cambiar nada en el plano.

—No hace falta.

—Pues no ponemos nada delante.

Álex me dio la razón. Vicente lo miró como si hubiese cometido una traición familiar. A las cuatro, el padre se fue a hablar con un técnico y Álex me ayudó a llevar varias mesas plegables al almacén. La tercera se atascó en la puerta.

—Gírala.

—La estoy girando.

—Hacia el otro lado.

—Claudia, si giro al otro lado te la comes.

—Confío en tus brazos de bombero.

—Qué profesional.

—No estoy mirando.

—Mentira.

Conseguimos meter la mesa de canto. Cuando la dejamos junto a las otras, se me enganchó una sandalia en una pata plegada y perdí el equilibrio. Álex me sujetó y mi espalda acabó contra la pared, con él demasiado cerca.

—Buen rescate —dije, todavía con una mano apoyada en su pecho.

—Voy a tener que incluir las sandalias en el informe.

Noté que seguía sujetándome por la cintura.

—Ya puedes soltarme.

Retiró la mano y dio un paso atrás. Yo seguí donde estaba, buscando una razón convincente para irme al jardín.

—¿Algo más? —preguntó.

—Sí. Ven aquí.

Lo besé. Fue más difícil mantener la cabeza fría porque ya sabía cómo besaba. Álex me agarró por la cintura y me levantó lo justo para sentarme encima de una mesa que sí había conseguido entrar en el almacén.

—Esto no cuenta —murmuré contra su boca.

—¿Qué?

—No estamos en una cama.

Se apartó un centímetro.

—Esa es tu defensa.

—Técnicamente, acostarse requiere estar acostado.

—Me fascina tu relación con el idioma.

Le quité la camiseta.

—Menos filología.

—Creía que no mirabas.

—Estoy realizando una comprobación.

—Profesional.

—Exacto.

Habíamos cerrado la puerta después de dejar todas las mesas dentro. Álex comprobó el pestillo y volvió hacia mí.

—¿Segura?

—Si vuelves a preguntármelo de esa forma, voy a cambiar de opinión por agotamiento.

—Eso sería un no.

—Ven aquí.

Cuando estuvo a mi lado, lo acerqué por la cintura, le desabroché el pantalón y dejé que me levantara el vestido.

—Preservativo —dije.

Sacó uno de la cartera.

—¿Siempre llevas?

—Desde que te conozco, sí.

Me reí.

—Qué confiado.

—Qué precavido.

No hubo la calma de la primera noche. Fue rápido, incómodo en algunos momentos y muchísimo más divertido de lo razonable. La mesa crujió dos veces.

—Como rompamos esto —susurré—, te lo descuento.

—No trabajo para ti.

—Te facturo igual.

Álex se tapó la boca para no reírse en voz alta. Aquello me hizo perder el ritmo.

—No te rías.

—Has hablado de facturarme mientras…

—Cállate.

Me besó. Terminamos con el vestido subido, el pelo pegado a mi cara y el rollo de papel del estante convertido en recurso logístico. Cuando bajé de la mesa, me miré.

—Pareces muy satisfecha con tu tecnicismo —dijo Álex.

—No hemos dormido juntos.

—No.

—No ha habido cama.

—No.

—Por tanto, no me he acostado contigo.

Se abrochó el cinturón.

—A este ritmo vas a redactar jurisprudencia.

—Soy una mujer de principios.

—Flexibles.

—Adaptables.

—Ahora volvemos a trabajar —dije, recogiendo los últimos restos del papel.

Abrí la puerta y me encontré a Elena al otro lado del pasillo. Me frené tan de golpe que Álex casi chocó conmigo.

—Mamá.

Elena llevaba una carpeta en la mano. Nos miró a los dos. Mi vestido parecía estar en su sitio, aunque no habría apostado dinero por el pelo. Álex, para mejorar la escena, seguía con la camiseta en la mano.

—¿Qué hacéis?

El tiempo se ralentizó lo suficiente para que mi cerebro considerase ocho mentiras. Álex levantó una de las mesas que habíamos dejado junto a la puerta.

—Se ha enganchado.

Elena miró su camiseta.

—¿Y eso?

—Calor.

Ella alzó una ceja.

—Claro.

Me sonrió.

—Claudia, cuando termines, Vicente quiere enseñarte el cuadro eléctrico del jardín.

—Voy ahora.

Salí del almacén con Álex detrás y Elena se apartó para dejarnos pasar.

—Hijo.

—¿Qué?

—Ponte la camiseta.

Él obedeció. Yo caminé hacia el jardín sin mirar atrás. Elena me alcanzó antes de que doblara la esquina.

—Claudia.

Me giré con la sensación de estar a punto de recibir una charla que no quería escuchar.

—Cuando termines con el cuadro, ¿puedes revisar con Vicente la zona de carga? El camión grande no entra bien por el lateral.

—Claro.

Elena reparó en mi pelo y alargó una mano.

—Tienes una hoja.

Sacó un trocito de planta seco de un mechón. Le di las gracias, deseando que no hubiera encontrado nada más.

—Ha debido de costaros mucho esa mesa. Se os oía reír desde el pasillo.

Noté calor en la cara.

—Nos hemos atascado un buen rato —dije.

—Ya lo veo. Claudia, no necesito detalles. Solo que esa zona de carga esté revisada antes de que venga el camión.

—Voy ahora mismo.

Agradecí que me diera una tarea a la que agarrarme.

Se alejó y me quedé parada, sin saber si acababa de salvarme o de enterrarme. En el jardín, Vicente estaba junto a un cuadro eléctrico abierto con un técnico.

—No toques nada —le dije a Álex cuando apareció detrás.

—Soy bombero.

—Eso no te convierte en electricista.

—Gracias por confiar en mí.

—Confío en que no metas los dedos.

El técnico explicó potencias, líneas y límites mientras yo apuntaba. Álex hizo dos preguntas útiles y Vicente, tres. Durante una hora volvimos a ser profesionales, algo que me tranquilizó y también me decepcionó de una manera que no quise investigar. Al terminar, Elena apareció con limonada.

—¿Todo bien?

—Sí —contesté—. Necesitamos una toma adicional junto al jardín y proteger dos conexiones de humedad.

—Se hace.

—Y mover la mesa que Vicente quería poner delante de la puerta.

—Eso no se hace —dijo él.

—Eso se mueve —replicó Elena.

Álex me miró.

—Me gusta trabajar contigo.

—No era parte del pacto.

—Trabajar sí.

—Pues céntrate en eso.

—Lo intento.

Lo dijo tan serio que no encontré una broma a tiempo. Le alcancé el plano para que marcara la toma nueva. Mientras yo recogía los vasos, me llegó un mensaje.

«Técnicamente mi madre tampoco ha visto nada.»

Respondí:

«Técnicamente como vuelvas a escribir me largo.»

«¿Eso es una amenaza o una invitación?»

Le enseñé la pantalla sin contestar y seguí recogiendo. Álex se guardó el móvil con una sonrisa que duró hasta que Vicente le puso otra mesa entre las manos.