No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

EL PACTO MÁS IDIOTA DEL VERANO

La reunión terminó a las cuatro de la tarde con una lista de tareas que ocupaba dos páginas y media.

Yo estaba satisfecha con el trabajo. Julia tenía cara de haber descubierto cuánto costaba una boda de verdad, Marco parecía dispuesto a comerse la carpeta y Álex seguía tan tranquilo como a las doce, cosa que me irritaba por motivos que prefería no analizar.

—Comemos algo —propuso Elena—. He pedido que nos guarden una mesa.

—Yo tengo que irme en una hora —dijo Álex—. Entro de noche.

—Pues comes rápido.

Él miró a su madre.

—Sí, mamá.

Le sonreí por encima de la carpeta.

—Treinta y tres años.

—Te dije que no la conocías.

Elena se giró.

—¿Qué?

—Nada —dijimos.

Volvimos a contestar a la vez y Marco nos miró de forma rara.

Me prometí dejar de sincronizarme con aquel hombre.

Comimos en la terraza del hotel. Arroz, ensalada, pescado y una conversación bastante civilizada sobre horarios de proveedores.

Álex habló poco. Cada vez que alguien le preguntaba por su disponibilidad, miraba el calendario de turnos en el móvil y daba respuestas concretas.

Eso me vino bien. Era fácil trabajar con gente que entendía que «mañana vemos» no era un método de organización.

—El sábado de la prueba tengo guardia de veinticuatro horas —dijo Álex—. El domingo por la tarde estoy libre.

—La prueba es ese sábado. No hace falta que cambies un turno por un menú.

—Lo consultaré con Dani. También me apetece pasar un día con mi hermano.

Volví a las anotaciones para no discutirle un motivo que no tenía nada que ver conmigo.

Pilar Ferrer, la abuela, había llegado a mitad de la comida. Tenía ochenta y un años, el pelo blanco cortado muy corto y una forma de observar que me recordó a ciertas clientas capaces de detectar una flor torcida desde treinta metros.

—¿Siempre habláis así? —preguntó.

Me atraganté con agua. Álex siguió comiendo.

—Nos conocemos de hoy.

Pilar lo miró.

—Qué rapidez.

—Abuela.

—Yo no he dicho nada.

Marco se echó a reír. Elena cambió de tema. Yo agradecí que la mesa tuviese mantel porque pude clavar las uñas en mis muslos sin que nadie lo viera.

A las cinco recogí mis cosas. Tenía reservada una habitación en el propio hotel para esa noche. Al día siguiente debía visitar una finca cercana por si necesitábamos un espacio alternativo para alguna parte del evento. Cuando llegué a recepción, Álex apareció detrás.

—Te acompaño.

—¿A mi habitación?

—Al coche. Tengo que coger una bolsa.

—Ah.

—La decepción te queda bien.

—Sueña.

Salimos al aparcamiento. Su coche estaba dos filas más allá. Yo abrí el mío para recoger el cargador que había dejado junto a una botella de agua vacía.

—Claudia, lo de no volver a acostarte conmigo —dijo mientras yo cerraba la puerta del coche—, ¿iba en serio?

—Bastante en serio.

Álex metió las manos en los bolsillos y esperó a que guardara el cargador.

—Solo quiero saber cuáles son las reglas.

—¿Reglas?

—Vamos a vernos mucho. Hemos follado. Nos gustó. Ahora somos familia política a distancia prudencial y compañeros de organización improvisados. Si vamos a fingir que no pasó, necesito saber si también fingimos que no podemos hablar de ello.

—Podemos hablar de lo que haga falta, pero sin insinuaciones en el trabajo —le dije—. Y delante de la familia, ni una.

—Me pides que aparente más sensatez de la que tengo.

—Haz un esfuerzo.

Le hizo gracia mi tono. A mí también habría podido hacérmela si no hubiera recordado con tanta facilidad por qué estaba poniendo aquellas condiciones.

—Claudia.

Su voz bajó. Me dejó de hacer gracia.

—¿Qué?

—No voy a hacer nada que tú no quieras. Ni ahora ni mientras dure la boda. Si dices que se acabó, se acabó.

Asentí porque aquello coincidía exactamente con lo que había pedido. Lo lógico habría sido relajarme. En cambio, me fastidió la facilidad con la que lo aceptó y me pareció bastante injusto enfadarme por obtener la respuesta que yo misma había exigido.

—Y si alguien pregunta, no vamos a darle conversación sobre aquella noche —añadí—. Julia se casa con tu hermano y yo trabajo para organizarlo. Bastante familia hay ya metida en esto.

—Eso lo entiendo. Aunque mi madre sacará sus propias conclusiones hagamos lo que hagamos.

—Pues que las saque sin nuestra colaboración.

Álex extendió la mano.

—Pacto.

Lo miré.

—¿En serio?

—Eres organizadora. Necesitas formalidades.

Le estreché la mano.

—Nada de repetir.

—Nada de repetir.

—Tampoco quiero celos ni quedarnos a solas después de beber —añadí.

Álex soltó mi mano, divertido.

—Aprobado. ¿Me mandarás copia o basta con recordar que tenemos que comportarnos?

—Con que te comportes me sirve.

—Haré lo posible por estar a la altura.

Cogió su bolsa del coche.

—Me voy.

—Que tengas buen turno.

—Que tengas buena noche.

Se alejó. Me entretuve recogiendo la botella vacía del coche hasta que oí arrancar su motor. Después volví al hotel con el portátil, la carpeta y el cargador. En la habitación me cambié el vestido por una camiseta y llamé a Nerea.

—¿Qué tal la familia política?

—Normal.

—Eso no existe.

—La madre es eficiente. El padre parece majete. La abuela da miedo.

—¿Y el hermano?

Me quedé callada.

—¿Qué hermano?

—Julia me dijo que Marco tiene uno. Álex.

—Ah.

—¿Está bueno?

—¿Por qué todo el mundo me pregunta eso?

Nerea hizo una pausa.

—Porque tu voz acaba de subir dos tonos.

—No ha subido.

—Claudia.

Me tumbé en la cama.

—Me acosté con él hace dos semanas.

Hubo un golpe al otro lado.

—He tirado el vaso. ¿El bombero de Valencia es el hermano de Marco?

—El mismo.

—¿Y tú no estabas enterada?

—¿Tú crees que me habría acostado con el padrino por estrategia comercial?

—No sé. La empresa necesita contratos.

—Nerea.

Se rio durante demasiado tiempo.

—Esto es maravilloso.

—No tiene ninguna gracia.

—Tiene toda la gracia.

—Hemos hecho un pacto. No volverá a pasar.

—¿Y te lo has creído? —preguntó Nerea.

—Estamos trabajando. Somos adultos.

—Eso también lo erais en Valencia, ¿no? —replicó Nerea—. Y, por curiosidad, ¿está muy bueno?

Miré al techo.

—Ridículamente.

—Qué pena.

—Te cuelgo.

—Mándame una foto.

—Adiós, Nerea.

Colgué y me puse a pasar a limpio las notas de la reunión. Más de dos horas después llegó un mensaje de un número desconocido. Era Álex, que había cogido mi contacto del grupo de trabajo que Marco acababa de crear.

«Pacto en vigor. Ya estoy en el parque. Aquí también tengo una lámpara torcida.»

Debajo había una fotografía de la sala de descanso, con una lámpara inclinada y un compañero señalándola desde el sofá. Me hizo gracia y contesté:

«No tienes remedio.»

Su respuesta llegó enseguida.

«Eso no estaba en las reglas.»

Dejé el móvil boca abajo y terminé las notas. Al guardarlas volví a abrir la fotografía. Solo quería comprobar si la lámpara estaba tan torcida como me había parecido.