CAPÍTULO 4
EL HERMANO EQUIVOCADO
Dos semanas después llegué al Hotel Cala Serena con una carpeta bajo el brazo, el portátil en una mochila y la sensación de que el verano iba a matarme antes de empezar.
El hotel era más bonito que en las fotografías: un edificio blanco de tres plantas, balcones azules y buganvillas trepando por una fachada.
Desde la terraza se veía el mar, la piscina ocupaba un lateral y el jardín podía servir para la ceremonia.
El salón tenía capacidad para la cena, aunque solo si conseguíamos que ciento cincuenta invitados aceptaran que las normas del espacio existían por algún motivo.
Julia apareció corriendo desde recepción.
—¡Has llegado!
—Eso suele pasar cuando una conduce cuatro horas.
Me abrazó.
—Ven. Elena está deseando conocerte.
—¿Elena?
—La madre de Marco.
—Ah.
—Y Vicente.
—El padre.
—Muy bien. Has estudiado.
—He hecho un organigrama.
—No me extrañaría.
Entramos. Marco estaba junto a la recepción hablando con una mujer de unos sesenta años. Se parecía a él en la boca y en la forma de mover las manos al hablar.
—Claudia —dijo al verme—. Por fin.
Me dio dos besos.
—Tu hermana lleva desde ayer reorganizando habitaciones que no necesita reorganizar.
—Es genética.
La mujer se acercó.
—Elena Ferrer.
Nos saludamos.
—Gracias por venir, Claudia. Julia nos ha hablado muchísimo de ti.
—Espero que haya mentido en algunas cosas.
—En las suficientes.
Me cayó bien. Vicente apareció unos minutos después con un manojo de llaves y una libreta llena de anotaciones. Era más serio, aunque enseguida empezó a explicarme el hotel con ese orgullo que tienen las personas que han pasado media vida arreglando el mismo edificio.
—El salón se reformó hace seis años. La terraza, hace tres. Las habitaciones antiguas están en la segunda planta, pero las estamos actualizando poco a poco.
Tomé notas.
—¿La instalación eléctrica del jardín aguanta sonido e iluminación?
—Sí.
—¿Tenemos plan de lluvia?
—El salón.
—Si la ceremonia entra en el salón, ¿dónde montamos la cena mientras tanto?
Vicente me miró.
—Buena pregunta.
—Me pagan por hacer las incómodas.
Julia apareció detrás.
—A mí no me cobras.
—Tú me pagas con trauma.
Elena se rio.
—Marco decía que eras rápida.
—Marco habla demasiado.
—Estoy aquí —protestó él.
Recorrimos la planta baja durante casi una hora. Mientras Vicente nos enseñaba las zonas de servicio, medí distancias en el jardín, revisé accesos en la terraza y marqué en el salón los puntos donde necesitaríamos enchufes adicionales. A las doce, Elena anunció que faltaba una persona.
—Mi hijo mayor debería haber llegado ya.
Marco miró el móvil.
—Está aparcando.
—¿Tu hermano? —pregunté.
—Sí. Álex. Va a ser el padrino y, como conoce el hotel mejor que nadie, he pensado que os vendría bien tenerlo de enlace cuando nosotros no estemos.
—Perfecto.
Seguí mirando el plano.
—Además es bombero —añadió Julia—. Así que si todo arde, lo tenemos cubierto.
Mi bolígrafo se detuvo sobre el plano. Bombero. Levanté la cabeza con una sospecha bastante desagradable.
—¿Cómo has dicho que se llama?
—Álex.
El mundo tiene un sentido del humor bastante vulgar. Escuché la puerta de la terraza.
—Perdón por llegar tarde.
Reconocí la voz antes de girarme y aun así necesité comprobar que el universo tenía tan mal gusto como parecía.
Álex Ferrer estaba allí con una camiseta gris, vaqueros y unas gafas de sol colgando del cuello. Sonreía a su madre mientras le daba un beso. Después me vio. La sonrisa se le congeló el tiempo suficiente para que yo supiera que tampoco tenía ni idea. Marco levantó una mano.
—Álex, ella es Claudia. La hermana de Julia y nuestra organizadora.
Álex y yo nos quedamos mirándonos mientras Julia, ajena a la pequeña catástrofe, continuó:
—Claudia, mi futuro cuñado.
«Futuro cuñado» era una expresión técnicamente discutible. En mi cabeza sonó como una condena.
—Encantado —dijo él.
—Igualmente.
Nos dimos la mano y su pulgar rozó el mío por accidente. Mi cuerpo aprovechó ese contacto mínimo para recordar demasiadas cosas que, profesionalmente, no venían al caso. Elena siguió hablando.
—Álex nos ayudará con lo que necesites aquí. Turnos mediante, claro.
—Claro.
Álex se sentó frente a mí.
—Haré lo que pueda.
—Con que llegues a la hora será suficiente.
Marco soltó una carcajada.
—Ya os vais a llevar bien.
Álex bajó la vista para disimular una sonrisa. Yo abrí la carpeta.
—Tenemos ciento cuarenta y seis confirmados.
Elena nos llevó a la piscina para comprobar el espacio del cóctel. Álex vino con nosotros y Marco le pidió ayuda para mover una mesa.
—Claudia, ¿esto dónde va? —preguntó Álex.
—No va, sale.
Vicente levantó la cabeza.
—Esa mesa siempre está ahí.
—Durante la boda bloquea circulación.
—Se puede rodear.
—Con ciento cincuenta personas, tacones, copas y niños, prefiero no obligar a nadie a rodear nada.
Álex miró a su padre.
—Tiene razón.
Vicente hizo una mueca.
—Qué rápido te vendes.
—No me pagan.
—Peor.
Julia se echó a reír. Yo anoté el cambio. Era mucho más fácil mirar a Álex cuando discutíamos de logística.
El problema era que se movía a mi lado con la misma tranquilidad con la que había caminado desnudo por mi habitación. Mi memoria tenía un gusto pésimo por los detalles. En la cocina, Elena explicó por dónde saldría el catering .
—Aquí no puede quedarse nadie durante servicio —dije.
—Lo sabemos.
—Necesito que esté claro para familiares. Siempre aparece un tío queriendo pedir hielo.
—Tengo varios candidatos —dijo Marco.
—Los bloqueamos.
Álex se inclinó sobre el plano y su hombro rozó el mío. Los dos nos apartamos con una rapidez sospechosa y Julia levantó la vista.
—¿Qué os pasa?
—Nada —dije.
—Calor —añadió Álex.
Lo fulminé con la mirada.
—Sí. Muchísimo calor.
Él agachó la cabeza para ocultar una sonrisa. Aquel hombre iba a matarme antes de agosto. Trabajé durante cuarenta minutos sin mirarlo más de lo necesario.
Funcionó hasta que Julia y Marco se fueron con Elena a revisar las habitaciones. Vicente recibió una llamada del fontanero y nos quedamos solos en la terraza. Álex esperó a que su padre se alejara antes de hablar.
—Claudia Serrano.
—No empieces. Ya sé que ninguno de los dos tenía ni idea.
Apoyó las manos en la mesa, manteniendo cierta distancia.
—¿Necesitas que le pida a Marco que busque otro enlace?
—Necesito no acordarme de Valencia cada vez que abras la boca.
Se mordió una sonrisa que yo también tuve que contener mirando el plano.
—Esto no tiene ninguna gracia.
—Tiene un poco.
—Eres el hermano del novio de mi hermana.
—Eso parece.
—Y vas a estar metido en la organización de la boda.
—Mi madre me lo ha ordenado. No tengo poder real.
—Eres un hombre de treinta y tres años.
—No conoces a mi madre.
Me crucé de brazos.
—Lo de Valencia se queda en Valencia.
—De acuerdo.
—No pasó nada.
—Eso es objetivamente falso.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí.
Se puso serio.
—No voy a contárselo a nadie.
—Gracias. Estoy aquí por Julia y por mi trabajo.
—Lo tengo claro. La oferta de hablar con Marco sigue en pie.
—Necesito a alguien que conozca el hotel. Cambiarte por esto sería absurdo.
Álex aceptó y se apartó de la mesa. Me habría venido bien que hiciera algún comentario desafortunado, pero me dejó sin nada que reprocharle.
—No vuelvo a acostarme contigo.
La expresión le cambió y tuvo la decencia de contener casi toda la sonrisa.
—No te lo había pedido.
—Te adelanto trabajo.
—Muy eficiente.
—Es mi profesión.
Se apartó para dejarme recoger los papeles.
En ese momento regresó Julia.
—¿Todo bien?
—Fenomenal —dijimos los dos a la vez.
Julia nos miró.
—Qué sincronizados.
Álex recogió las llaves.
—Voy a buscar a mi padre.
Pasó a mi lado sin tocarme. Reconocí el jabón y la colonia de aquella noche en Valencia y esperé a que desapareciera por la puerta para volver al plano. Julia se sentó frente a mí.
—Está bueno, ¿eh?
La miré con tanta rapidez que ella abrió mucho los ojos.
—¿Qué?
—Que Álex está muy bueno. Mis amigas llevan dos años preguntando por él, desde que se divorció.
—No me había fijado.
Julia sonrió.
—Claudia.
—Tenemos que decidir la disposición de las mesas.
Julia intentó mirar por encima de mi carpeta.
—Puedes encontrarlo guapo y decidir las mesas a la vez.
—Ahora mismo prefiero que te comportes como una clienta.
—Una clienta que no te va a pagar la mitad de las horas. Tú verás.
Se echó a reír y acabó acercándome la lista de invitados. Yo había prometido no volver a acostarme con Álex. Conseguir pasar una reunión sin acordarme de él ya me habría parecido un resultado aceptable.