No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

UNA NOCHE PERFECTAMENTE IRRESPONSABLE

Álex cerró la puerta y dejó las llaves en la cómoda.

—Has dicho que entrara antes de que pensaras. Estoy intentando calcular cuánto tiempo tengo.

—Cada segundo que dedicas a preguntar te resta puntos.

—¿Ya empezamos con las evaluaciones?

Lo acerqué por la camisa para que no perdiera ninguno más.

Me besó. Esta vez no hubo ascensor, gente alrededor ni ninguna razón para fingir calma. Me apretó contra él y yo le metí las manos debajo de la camisa. Tenía la piel caliente. Noté el músculo de su espalda al tirar de la tela hacia arriba.

—Ayúdame —dije.

Álex levantó los brazos. Le quité la camisa y la dejé caer al suelo. Me permití mirarlo.

—Vale.

—¿Qué?

—Bombero de verdad.

—¿Pensabas que era una estrategia de marketing ?

—Un poco.

Se rio y me agarró de la cintura.

—Te toca.

—Qué impaciente.

—Llevas un vestido que tiene un nudo donde no debería.

—Se llama diseño.

—Se llama sabotaje.

Le di la espalda.

—Cremallera.

La bajó con una lentitud deliberada que consiguió impacientarme. Giré la cabeza.

—¿Vas a tardar mucho?

—Estoy disfrutando.

—Pues disfruta más rápido.

El vestido cayó hasta mis pies y Álex dejó de sonreír. Me gustó bastante verlo así. Me quedé en sujetador y tanga, apoyada contra la cómoda, mientras él me observaba sin disimular.

—Ahora sí tienes cara de haber ganado algo —dije.

—Estoy intentando no decir una barbaridad.

—Puedes decirla.

—Prefiero demostrártela.

Se agachó frente a mí. Le puse una mano en el hombro.

—Espera.

Levantó la vista.

—¿Qué pasa?

—Preservativo.

—Tengo.

—Bien.

—¿Alguna cosa que no te guste?

Me quedé pensando.

—Que me traten como si no supiera lo que quiero.

Álex asintió.

—Eso puedo cumplirlo.

—¿Tú?

—Nada de uñas en la espalda si mañana tengo entrenamiento.

—Qué específico.

—Experiencia.

—Presumido.

—Precavido.

Le agarré del pelo y lo acerqué de nuevo.

—Sigue.

A partir de ahí dejó las preguntas para lo que de verdad importaba. Me besó el vientre, bajó despacio y me hizo separar las piernas. Cuando su boca llegó donde yo quería, apoyé una mano en la cómoda para no perder el equilibrio. Álex se tomaba su tiempo y yo empezaba a impacientarme.

—Más fuerte.

Obedeció.

—Así.

Me sujetó una pierna por detrás de la rodilla y la apoyó sobre su hombro. Cerré los ojos. Solo oía mi respiración y el roce de su mano cuando tuvo que cambiar de postura. Se apartó un momento y abrí los ojos.

—Como te vayas ahora, te mato.

—Se me ha dormido una pierna —contestó, riéndose—. Dame un segundo.

Le solté un poco el pelo para que pudiera acomodarse.

—Tú eres el que ha presumido de entrenamiento.

—Eso me pasa por hablar.

Volvió a besarme y le indiqué lo que quería. Esta vez dejó de hacer bromas.

Cumplió hasta conseguir que tuviera que morderme el antebrazo para no hacer demasiado ruido. Cuando volví a abrir los ojos seguía de rodillas y tenía esa expresión de satisfacción que, en cualquier otro momento, me habría molestado. Aquella vez decidí concedérselo y lo agarré de la mano.

—Levanta.

Se puso en pie. Le desabroché el cinturón.

—Ahora me toca a mí comprobar cosas.

—¿Qué cosas?

—Si el uniforme da publicidad engañosa.

—No llevo uniforme.

—Ya me entiendes.

Lo hice sentarse al borde de la cama. Le quité el pantalón y los calzoncillos. Álex apoyó las manos detrás, observándome.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Si te digo lo que estoy pensando, pierdo los pocos puntos que me quedan.

—Dilo.

—No quiero que pares.

Sonreí.

—Mejor.

Me arrodillé. Después de unos minutos, me agarró con suavidad del pelo.

—Claudia.

—¿Qué?

—Como sigas, esto se acaba antes de tiempo.

—¿Y quién ha dicho que haya un tiempo mínimo?

—Yo.

—Controlador.

—Práctico.

Me puse en pie y fui al baño. Me miré un segundo en el espejo. Tenía la cara encendida, el pelo desordenado y una sonrisa que intenté borrar sin éxito. Volví con un preservativo del neceser. Álex levantó una ceja.

—Muy preparada.

—Soy organizadora de eventos.

—Eso sí es servicio integral.

Le tiré el envoltorio al pecho.

—Póntelo.

Cuando terminó, me senté a horcajadas sobre él.

—¿Así?

—Así.

Me agarró por las caderas sin intentar dirigir el movimiento y se dejó hacer, cosa que me gustó todavía más. Empecé despacio, dándome tiempo a acostumbrarme, a sentirlo y a mirar su cara cuando apreté las piernas alrededor de su cintura.

—Joder —murmuró.

—¿Puntos?

—Todos.

Me reí contra su boca. Nos movimos juntos hasta que la risa desapareció. Álex me besó el cuello, el pecho, la mandíbula. Sus manos recorrían mi espalda sin apretarme de más. Yo marqué el ritmo hasta que las piernas empezaron a temblarme.

—Cámbiame —dije.

Me giró con cuidado y me tumbó.

—¿Así?

—Sí.

Me penetró de nuevo.

—Más.

Aumentó el ritmo.

—¿Bien?

—Mucho.

Me agarré a sus hombros. Había algo extrañamente sexy en que preguntara sin interrumpir nada. No necesitaba adivinarme. Yo tampoco tenía que fingir que todo me gustaba por defecto. Cuando volví a correrme, él tardó poco más. Se dejó caer a mi lado y respiró mirando el techo.

—Creo que he recuperado puntos.

—Alguno.

—Eres durísima.

—Tengo una reputación.

—¿Con quién?

—Conmigo misma.

Se giró hacia mí.

—Eso es peor.

Nos quedamos quietos unos minutos. Después Álex se levantó, se quitó el preservativo y fue al baño. Volvió con dos vasos de agua y me dio uno. Bebí medio de golpe.

—¿Quieres que me vaya?

Lo preguntó sin dramatismo. Miré la hora. La una y cuarenta.

—No.

—Vale.

—Pero duermes en tu lado.

—¿También asignas lados? —preguntó, apartándose hacia el suyo.

Apagué la lámpara y seguimos hablando bastante más de los cinco minutos que habría considerado razonables para una aventura de una noche.

Me contó que trabajaba en un parque de bomberos de Valencia desde hacía casi diez años.

Que había empezado a preparar oposiciones porque su tío era bombero y de pequeño le parecía el trabajo más espectacular del mundo.

Después descubrió que consistía en muchas horas de entrenamiento, accidentes, incendios menos cinematográficos de lo que la gente pensaba y llamadas absurdas.

—Una señora nos llamó porque su marido se había quedado encerrado en el baño.

—¿Y?

—La puerta abría hacia dentro y él llevaba veinte minutos empujando.

Me tapé la cara con la sábana para no reírme.

—No puede ser.

—Te juro que sí.

Yo le conté que una novia me había pedido contratar palomas blancas y que, al explicarle que no trabajábamos con animales, me preguntó si los drones podían llevar plumas pegadas.

—Eso quiero verlo.

—Yo no.

A las dos y media tuve que dar por terminada una conversación que llevaba casi una hora robándome sueño.

—Tengo que levantarme a las ocho.

—Yo entro a las doce.

—Te odio.

—Me voy a dormir con ese disgusto.

—Es una tendencia.

Dormimos. En algún momento de la madrugada me desperté porque Álex había conseguido quedarse con casi toda la sábana. Tiré de ella y comprobé que dormido tenía más fuerza de la necesaria.

—Álex.

Nada.

—Álex.

Gruñó algo.

—Sábana.

—¿Qué?

—La tienes entera.

Medio dormido, la soltó.

—Perdón.

—Ladrón.

—Tengo frío.

—Pues haber traído pijama.

Abrió un ojo.

—No estaba en mis planes dormir en un hotel.

—En los míos no estaba compartirlo.

—Buena improvisación.

Me reí.

—Duérmete.

—Sí, jefa.

—No me llames jefa.

—No sé cómo llamarte. No me has dado apellido.

—Serrano.

Se quedó callado.

—¿Ahora sí?

—Para que dejes de insistir.

—Claudia Serrano.

—Qué raro lo dices.

—Estoy memorizando.

—No hace falta.

—Ya veremos.

Me quedé dormida antes de poder responder. A las siete y cincuenta sonó mi alarma. Álex estaba boca abajo, ocupando más cama de la que le correspondía. Tenía una pierna fuera de la sábana y el pelo completamente aplastado de un lado.

Sin la camisa remangada, la sonrisa de ligue y la luz del bar, parecía un tipo normal ocupando demasiada cama. Me gustó verlo así y me fastidió un poco que ese detalle también sumara. Me levanté y fui a ducharme. Cuando salí, ya estaba despierto.

—Buenos días.

—Eso dicen.

—Tienes café en recepción. Lo he comprobado.

—¿Mientras dormía?

—He bajado a por agua.

Miré la botella encima de la mesa.

—Eres útil.

—Lo pondré en Tinder.

Me vestí. Álex se puso la camisa del día anterior y se acercó a la puerta.

—¿Te doy mi número?

Me detuve. Darle mi número no habría tenido nada de malo, aunque tampoco sentía la necesidad de convertir una noche estupenda en una segunda cita por obligación.

—Creo que prefiero dejarlo aquí.

Él asintió enseguida.

—Vale.

—Ha estado muy bien.

—Mucho.

—Y no quiero estropearlo intentando convertirlo en algo.

—No tienes que explicarte.

Se puso los zapatos.

—Entonces, Claudia Serrano, encantado.

—Álex bombero, igualmente.

Me dio un beso corto, suave, casi educado, y después abrió la puerta.

—Suerte con los eventos.

—Suerte con los incendios.

—Intentaré que no haya ninguno.

—Muy profesional.

Sonrió y se fue. Cerré la puerta y me quedé apoyada en ella un momento, más cansada que sentimental.

Había pasado una noche estupenda con un desconocido atractivo, divertido y atento, justo lo que había querido al salir con Sara.

Recogí el bolso y volví a mi agenda: en una hora y media tenía una reunión, tres proveedores pendientes y una boda familiar que organizar.

Guardé la tarjeta de la habitación y comprobé la dirección de la primera visita antes de salir.