No vuelvo a acostarme contigo CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

VALENCIA NO ESTABA EN EL PLAN

El viaje de mayo a Valencia estaba previsto para dos días. Una cita con el proveedor de iluminación se retrasó y tuve que añadir una noche de hotel. La ampliación me costó también una multa de aparcamiento y las ganas de discutir personalmente con la señora del navegador.

Nerea no vino. Teníamos una boda en Madrid el sábado siguiente y alguien debía quedarse atendiendo a los clientes que pagaban nuestras facturas.

Yo me encargué de visitar dos floristerías, una empresa de alquiler de mobiliario, una banda que Julia había encontrado en Instagram y, ya por la tarde, un proveedor de iluminación que llevaba treinta minutos llamándome «Carmen».

A las nueve estaba agotada. A las nueve y cuarto, mi amiga Sara me escribió.

Vivía en Valencia desde hacía cinco años y trabajaba como fisioterapeuta. Nos conocíamos de la universidad. Desde que se había mudado, nuestras cenas dependían de que alguna encontrara una excusa para viajar.

«Una cerveza.»

Le respondí que estaba muerta.

«Entonces una cerveza al lado del cadáver.»

Fui. El local estaba en Ruzafa y tenía mesas pequeñas, luces cálidas y demasiada gente para un jueves. Sara me abrazó nada más verme.

—Tienes cara de haber discutido con un proveedor.

—He discutido con cuatro.

—Perfecto. Bebe.

Me puso una copa delante.

—¿Esto es cerveza?

—No.

—Te quiero.

—Ya.

Durante veinte minutos me escuchó hablar de manteles, precios, menús vegetarianos y la insistencia de Julia en tener velas flotantes cerca de una terraza donde soplaba viento.

—Tu hermana se casa —resumió— y tú pareces la divorciada.

—Mi hermana cree que las bodas se organizan con Pinterest.

—Tú cobras por corregir esa fantasía.

—En esta no voy a cobrar casi nada.

—Entonces eres idiota.

—También.

Sara levantó su copa.

—Por la idiotez.

Brindamos. Fue ella quien vio al hombre antes que yo.

—No te gires.

Me giré.

—Eres una persona horrible siguiendo instrucciones.

—¿Qué hay que ver?

—Camisa blanca. Barra. Pelo oscuro.

No necesitó especificar más. Apoyado contra la barra, hablaba con otro hombre.

La camisa blanca le quedaba ajustada en los hombros y llevaba las mangas subidas hasta los antebrazos.

Tenía esa clase de sonrisa que se veía incluso de perfil y que a mí, en circunstancias normales, me habría parecido demasiado consciente de sí misma.

Después de once horas de trabajo, una cena compuesta por aceitunas y una copa que sabía a ginebra con malas intenciones, mi criterio tampoco estaba en su momento más exigente.

—Está bueno —admití.

—Mucho.

Sara alzó la copa hacia él, encantada con su descubrimiento.

—Disimula un poco —le pedí.

—Estoy saludando. Tú has sido la que se ha girado con el cuerpo entero.

Volví a mirar y esta vez me pilló. Sostuvo la mirada con una tranquilidad bastante insolente. Yo hice exactamente lo mismo. Sara se acercó a mi oído.

—Esa es la parte en la que una persona normal sonríe.

—Estoy cansada.

—Y él sigue estando bueno.

Sonreí. El hombre respondió con una inclinación mínima de cabeza.

—Qué pereza —dije.

—Sí. Se te nota.

Él seguía hablando con su amigo, pero miraba hacia nuestra mesa de vez en cuando.

—No pienses demasiado —dijo Sara.

—No estoy pensando.

—Estás valorando riesgos.

—Es una cualidad.

—En una cita, un coñazo.

—No es una cita.

—Todavía.

Bebí.

—No me apetece todo el proceso —le dije—. Hola, qué haces, qué buscas, cuánto hace que estás soltero. La entrevista de trabajo del apareamiento.

—Entonces sáltatela.

—Tú lo dices porque tienes novia.

—Y antes tuve Tinder. Precisamente por eso: si solo quieres pasarlo bien, no redactes una oposición.

Cuando miré otra vez hacia la barra, él me pilló y sonrió. Esta vez le devolví la sonrisa sin fingir que estaba estudiando la decoración. Sara levantó la copa.

—Mira. Comunicación eficiente.

—Cállate.

Cinco minutos después estaba a nuestro lado.

—¿Puedo invitaros a algo?

—A ella —dijo Sara—. Yo tengo novia y sentido común.

La miré.

—Qué amiga.

—La mejor.

El hombre soltó una risa. De cerca estaba mejor. O peor, según el punto de vista. Ojos oscuros, piel tostada, una pequeña cicatriz junto a la ceja derecha y manos grandes apoyadas en el respaldo de la silla vacía.

—Álex.

—Claudia.

Nos dimos la mano. Tenía los dedos fríos del vaso y se apartó un poco para dejar pasar a una camarera antes de acercar la silla. Agradecí el hueco y le hice sitio en nuestra mesa.

—¿Claudia sin apellido?

—Depende. ¿Eres policía?

—Bombero.

Sara me dio una patada por debajo de la mesa.

—Eso ha sido muy sutil —le dije.

—Me ha dado un calambre.

Álex miró de una a otra.

—¿Interrumpo?

—Sí —contesté.

—No —dijo Sara al mismo tiempo.

Él sonrió.

—Voy a pedir. Si cuando vuelva sigues aquí, entenderé que tengo alguna posibilidad.

—¿Posibilidad de qué?

—De que me dejes sentarme.

Se fue. Sara esperó dos segundos.

—Bombero.

—Lo he oído.

—Bombero.

—Sara.

—¿Sabes cuántas veces en la vida aparece uno así y te pregunta si puede sentarse?

—En los calendarios, doce al año.

Cuando volvió, traía la copa que yo había pedido, agua para Sara y una cerveza para él.

—Te estás quedando sin excusas para no sentarte —le dije.

—Puedo inventarme alguna, pero preferiría quedarme.

Sara cogió el vaso de agua.

—Yo voy al baño. Procurad no corregir toda la decoración mientras tanto.

Me quedé sola con él.

—Así que bombero —dije.

—Así que Claudia sin apellido.

—Organizo eventos.

—Eso explica tu cara.

—¿Qué le pasa a mi cara?

—Parece que estás haciendo una lista mental de todo lo que está mal colocado en el local.

Miré alrededor.

—La mesa de la esquina bloquea medio paso. Y la lámpara de encima de la barra está torcida.

Álex miró hacia arriba y soltó una blasfemia baja.

—Eso no lo había visto. Ahora no voy a poder dejar de mirarla.

—De nada.

La conversación tuvo la rara virtud de no parecer una entrevista ni una exhibición.

No intentó averiguar mi estado civil en los primeros cinco minutos, tampoco encontró la manera de hablar de gimnasio ni necesitó rozarme cada vez que decía algo.

Hablamos de Madrid y Valencia, de lo absurdo que era elegir mayo para casarse y sorprenderse luego si llovía, de su trabajo y del mío.

De una señora que una vez había llamado a bomberos porque había un gato en una cornisa y al llegar descubrieron que era de cerámica.

Cuando Sara regresó, se quedó diez minutos.

Después anunció que su novia acababa de terminar el turno.

—Me voy.

—No me abandones.

—Tienes treinta kilómetros de hombros a tu izquierda. Sobrevivirás.

Álex se rio.

—Encantado, Sara.

—Cuídala.

—No necesito que me cuide nadie —dije.

Sara me besó la mejilla.

—Eso, repítetelo.

La vi marcharse. Álex se terminó la cerveza.

—¿Quieres irte también?

Me sorprendió la pregunta.

—¿Me estás echando?

—Te estoy dando salida. Llevas cara de cansancio desde que llegué y tu amiga te ha dejado conmigo como si fuese un perro que ha encontrado en la carretera.

—Un perro bastante grande.

—Eso ha sonado bien.

—No te emociones.

Me terminé la copa.

—Me queda una noche en Valencia.

—¿Mañana trabajas?

—A las diez.

—Entonces todavía tienes tiempo para tomar otra.

—¿Y después?

Me sostuvo la mirada.

—Después decides tú.

Ahí me ganó un poco. Más que la frase, me gustó la ausencia de teatro. Pedimos otra copa y seguimos hablando.

Cuando salimos del local pasaban de las doce y media. La calle estaba templada. Había gente fumando en las puertas, motos, risas y un taxi parado en doble fila. Álex se metió las manos en los bolsillos.

—Mi casa está a quince minutos andando.

—Mi hotel a doce.

—Eso es competición desleal.

—No he dicho dónde quiero ir.

Se acercó un poco.

—¿Puedo besarte?

Sonreí.

—Llevas demasiado rato preguntando.

Lo agarré de la camisa y lo besé yo. El beso empezó suave y dejó de serlo cuando Álex me sujetó por la cintura. Le mordí el labio y sentí su risa contra mi boca.

—¿Hotel? —preguntó.

—Hotel.

Álex sonrió con tantas ganas que tuve que avisarlo.

—Como empieces a celebrar, retiro la invitación.

—Llevo media hora intentando no mirarte la boca. Déjame al menos sonreír.

Eché a andar.

—Como te quedes ahí celebrando, voy sola.

Me alcanzó enseguida. En el ascensor del hotel nos miramos en el espejo. Yo tenía el pelo peor que al salir. Él llevaba la camisa medio fuera del pantalón porque la había estirado al besarlo.

—Muy elegante —dije.

—Tú me has dejado así.

—No puedes demostrarlo.

Las puertas se abrieron. Mientras buscaba la tarjeta de la habitación pensé que aquella era exactamente la clase de noche que llevaba años defendiendo ante mis amigas: dos adultos que se deseaban, ninguna promesa y la sana intención de no complicar lo sencillo.

Encontré la tarjeta cuando Álex ya se había acercado por detrás.

—¿Segura?

Me giré.

—Entra antes de que me dé por pensar.

Y entró.