No vuelvo a acostarme contigo
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CAPÍTULO 1
LAS BODAS DE LOS DEMÁS
A las once y veintisiete de la mañana del sábado descubrí que una novia podía llorar, insultar a su prima y preguntar por el hielo de las cubiteras sin cambiar de expresión.
—¿Cómo que no hay flores blancas?
—Hay flores blancas —contesté—. Lo que no hay es furgoneta.
Nerea, a mi lado, cerró los ojos un segundo. Era su manera de rezar sin creer en nada. La novia me miró como si la avería de un vehículo de reparto hubiese sido una decisión personal mía.
—Claudia, en media hora llegan los fotógrafos.
—Lo sé.
—Y mi madre va a bajar.
—Eso sí me preocupa más.
Se le escapó una risa. Pequeña, muy a su pesar, pero me bastó. Cuando una novia se ríe el día de su boda, aunque sea porque acabas de meterte con su madre, todavía hay opciones.
Me aparté con el móvil pegado a la oreja.
Casi Perfecto Eventos llevaba dos años sobreviviendo a novios que cambiaban de opinión, proveedores que confundían fechas y familiares convencidos de que organizar una boda consistía en colocar centros de mesa.
Nerea y yo habíamos empezado en una habitación de mi piso de Madrid, con dos portátiles, una impresora que se atascaba cada veinte folios y el convencimiento ridículo de que trabajar por nuestra cuenta sería menos estresante que hacerlo para otros.
Seguíamos teniendo la impresora. Lo del estrés había resultado ser mentira.
—Eva —dije cuando contestaron al otro lado—, necesito un favor indecente.
—Son las once y media. Mis favores indecentes empiezan después de cenar.
—Flores blancas. Las que tengas. Hortensias, rosas, claveles. Me sirven hasta margaritas si están vivas.
—¿Qué has roto?
—Nada. Esta vez la naturaleza y Renault han trabajado sin consultarme.
La escuché reír.
—Te mando lo que pueda en media hora. Me debes una.
—Te debo unas siete.
—Las llevo apuntadas.
Colgué y volví al salón. Nerea ya había reorganizado al equipo para montar las mesas mientras llegaban las flores. Me lanzó una mirada rápida.
—¿Solucionado?
—Si a Eva no le ha dado por odiarme hoy, sí.
—Te odia desde marzo.
—Por eso funciona nuestra relación.
La novia se acercó. Tenía el maquillaje rehecho y una copa de agua en la mano.
—¿De verdad va a estar todo?
—De verdad.
No añadí que «todo» era una palabra peligrosa.
En una boda nunca estaba todo. Siempre faltaba alguien, sobraba un menú, un niño metía el dedo en una tarta o un señor de sesenta años decidía que podía bailar reguetón después de cinco gin-tonics .
Mi trabajo consistía en que los novios no se enterasen de la mitad.
Las flores llegaron a las doce y cinco. Treinta y cinco minutos más tarde el arco estaba terminado y los fotógrafos, que habían empezado por los preparativos de los novios, pudieron bajar al jardín.
A las dos, la madre de la novia lloraba mientras su hija se casaba.
Nerea y yo aprovechamos los aplausos para comprobar el acceso al cóctel.
—¿Sabes qué me gusta de las bodas? —le pregunté mientras apartábamos dos cajas vacías.
—Cobrar. Y sentarme al cobrar.
Choqué mi botella de agua con la suya antes de que nos llamaran del comedor. Una abuela se había instalado en una mesa que no era la suya y se negaba a cambiar.
—Estoy mejor aquí.
—Entiendo, pero su familia está en la mesa seis.
—Mi familia me ve demasiado.
No pude discutir con esa lógica. Consultamos con las dos mesas y cambiamos también de sitio a su marido.
Después apareció un niño con la camisa cubierta de chocolate.
Su madre estaba al borde del llanto porque faltaban las fotografías de familia.
Nerea la ayudó a recordar que había dejado ropa de recambio en el coche y mandó al padre a buscarla.
—¿Cómo has conseguido que se acuerde? —le pregunté.
—He dejado de hablar de manchas y le he preguntado qué llevaba en la maleta.
—Voy a ponerte un aumento.
—Empieza por pagarte tú las horas extras.
La siguiente crisis fue el discurso del hermano del novio. Había preparado doce minutos y la novia llevaba toda la comida intentando que lo abreviara.
—Hay que cortarlo —me dijo la novia.
—No puedo quitarle el micrófono en mitad.
—Haz algo.
Me acerqué al DJ.
—A los siete minutos, música suave.
—¿Cuál?
—Cualquiera que suene a final.
—Eso es cruel.
—Es supervivencia.
El discurso terminó a los ocho minutos y nadie pareció echar de menos los cuatro que habíamos conseguido ahorrar.
A las seis, cuando creí que por fin podría sentarme, un camarero vino a avisarme de que un invitado había vomitado en el aseo de mujeres.
Cambié los tacones por las bailarinas que llevaba en el bolso y fui a hablar con la responsable de limpieza.
A veces la gente pensaba que mi trabajo consistía en elegir flores.
También elegía flores, claro, pero pasaba más tiempo evitando guerras familiares con una tabla de Excel, negociando con proveedores y resolviendo problemas que los novios ni llegaban a conocer.
Y me gustaba. Mi madre seguía preguntándome cuándo pensaba buscar «algo más estable», como si Casi Perfecto fuese una afición cara en vez de la empresa de la que salían dos sueldos y que ya nos obligaba a contratar refuerzos algunos fines de semana.
A las once y media de la noche seguíamos allí. Había guardado los tacones en una bolsa y tenía una mancha seca en el vestido negro de trabajo. Mientras revisábamos la última factura, Nerea me enseñó un correo en su móvil.
—Inés Montoro.
La directora regional de la cadena Mar de Levante llevaba un mes preguntando por nosotras. Tenían varios hoteles pequeños en la costa y querían centralizar parte de sus eventos con un proveedor externo.
—¿Qué dice?
—Que le gustó la propuesta y quiere vernos trabajando en un evento real de cierto tamaño antes de decidir.
Me dejé caer en una silla.
—¿Cierto tamaño cuánto es?
—Más de cien invitados.
—Tenemos tres este verano.
—Sí. Pero todos en Madrid. Ella quiere ver cómo nos movemos fuera.
Me froté el puente de la nariz.
—Pues que se case una prima suya.
Nerea sonrió.
—O tu hermana.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
—Julia te ha llamado cuatro veces.
Saqué el móvil del bolso. Tenía cuatro llamadas perdidas de Julia, dos de mi madre y un mensaje de mi hermana: «Llámame cuando puedas. No te asustes». En mi familia, un mensaje así era una invitación formal al pánico, así que la llamé allí mismo.
—¿Te has quedado embarazada?
—Hola a ti también.
—Has puesto «no te asustes». Eso significa embarazo, hospital o que mamá ha descubierto TikTok.
—Marco y yo hemos cerrado fecha.
Me quedé callada un segundo.
—¿Fecha de qué?
—De boda, idiota.
Nerea abrió la boca en una sonrisa enorme.
—¡Joder! —solté.
—Qué emoción verte ilusionada.
—Lo estoy. Muchísimo. Pero ¿cuándo?
—Treinta de agosto.
Miré a Nerea. Ella ya estaba haciendo cuentas con los dedos.
—Julia, estamos en abril.
—Ya.
—Cuatro meses.
—El hotel lo tenemos. Es de la familia de Marco. Te lo dije.
Lo había dicho. Yo había decidido olvidar ese detalle porque en ese momento estaba intentando impedir que una novia colocase un fotomatón dentro de una salida de emergencia.
—Cala Serena —recordé.
—Sí. Cerca de Altea. Es precioso. Su madre nos deja hacer lo que queramos.
No conocía a la madre de Marco, pero la frase «nos deja hacer lo que queramos» era la versión familiar de «todavía no sabe lo que queremos».
—¿Y quién lo organiza?
El silencio al otro lado me dio la respuesta antes de que Julia abriera la boca.
—Clau…
—No.
—Ni siquiera te lo he pedido.
—Me conoces desde hace veintiocho años.
—Veintiséis. Yo nací después.
—Y sigues sin aprender.
Julia bajó la voz.
—Quiero que seas tú.
Me apoyé en el respaldo de la silla. Podía escuchar música al otro lado del salón. Los invitados seguían bailando. A lo lejos, la novia de las flores blancas se había quitado los zapatos también.
—Es mi trabajo, Julia. Los proveedores tienen que cobrar y Nerea no puede regalar sus horas porque tú seas mi hermana.
—Por supuesto. Quiero contrataros, Clau. Te voy a pagar.
—Hablamos mañana de números. Mi parte de la organización puede ser mi regalo, pero los gastos y el trabajo del equipo van en el presupuesto.
—Y el regalo me lo dejas aceptar sin discutir dos meses, por favor.
Conocía a Julia. Si no poníamos los números por escrito, mi madre acabaría persiguiéndome hasta Navidad con un sobre.
Nerea, mientras tanto, me enseñó otra vez el correo de Inés y señaló la pantalla con un dedo: más de cien invitados, fuera de Madrid, en un hotel de costa y a finales de agosto.
Era casi una lista de requisitos escrita para aquella boda. La miré.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de empresaria a punto de vender mi relación familiar.
—Yo no he dicho nada.
—Lo estás diciendo con las cejas.
Julia seguía al teléfono.
—¿Claudia?
—¿Cuántos invitados?
—Ciento cuarenta. Quizá ciento cincuenta.
Nerea levantó ambos pulgares.
—Te odio —le dije a ella.
—¿A mí? —preguntó Julia.
—No. A la otra desgraciada.
—Entonces ¿sí?
Miré alrededor. Flores, copas, servilletas, una novia feliz y un novio que en ese momento intentaba bailar sobre una silla mientras dos amigos le sujetaban por la cintura.
Organizar bodas era una forma muy específica de vivir rodeada de gente convencida de que había encontrado a la persona con la que quería despertarse durante el resto de su vida. Yo no tenía nada en contra. Tampoco sentía la menor prisa por imitarlos.
—Sí —dije—. Pero con una condición.
Julia chilló antes de que pudiera terminar. Aparté el móvil de la oreja.
—La condición es que no vuelvas a gritarme así.
—Perdón. Te quiero.
—Ya me querrás menos en agosto.
—Imposible.
Colgué y Nerea se sentó enfrente.
—Acabas de conseguirnos el escaparate que necesitábamos.
—Acabo de aceptar organizar la boda de mi hermana.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Cogí los tacones y me puse en pie.
—Necesito dormir doce horas.
—Mañana tenemos un brunch a las once con los del evento de junio.
—Voy a despedirte.
—Somos socias. Tendrás que aguantarme también allí.
Salimos del hotel pasadas las doce. Madrid seguía lleno de gente. Pedí un taxi y, mientras esperábamos, Julia me mandó una fotografía del Hotel Cala Serena.
En la foto se veía una fachada blanca cubierta de buganvillas, una terraza abierta al Mediterráneo y una piscina pequeña rodeada por ese azul insultante de los sitios donde una sabe que acabará quemándose los hombros. Debajo añadió:
«Vas a enamorarte de este sitio.»
Le respondí:
«Organizo bodas. No milagros.»
Guardé el móvil. Tenía por delante ciento cincuenta invitados, cuatro meses de trabajo y la posibilidad de que aquella boda nos abriera una puerta importante. Con eso me bastaba para empezar a hacer listas antes incluso de llegar a casa.