No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 28 · ABRIL
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CAPÍTULO 28 · ABRIL

Dormí arriba.

Dormir era una palabra generosa para lo que hice sobre la cama estrecha, con el ventilador viejo golpeando el aire caliente a trompicones y la camiseta pegada al cuerpo por el sudor.

La habitación olía a madera, cajas viejas, detergente barato y piel cansada.

También a Biel, aunque él no estaba. O quizá era yo, que ya lo llevaba mal puesto por dentro.

A las seis y cuarenta y dos, el congelador grande empezó a hacer un ruido abajo.

A las seis y cuarenta y cinco, una moto pasó por la calle.

A las seis y cincuenta, mi móvil vibró dentro de la caja de Lola.

No bajé.

Miré el techo, contando manchas de humedad y pensando que mi madre habría dicho que las decisiones importantes no se toman tumbada ni con la boca seca.

Lola tenía razón demasiadas veces para una mujer que guardaba facturas en bolsas de Ultramarinos Pepa.

Cuando bajé, la mesa de siempre ya estaba ocupada.

Vega tenía el portátil abierto, dos carpetas, la libreta de Lola y un café sin tocar.

Jana llevaba gafas de sol dentro del local y un moño sujeto con un lápiz que no era suyo.

Ona tenía el móvil en la mesa, boca abajo, con las dos manos encima.

Tina estaba de pie junto a la barra, comiéndose un trozo de pan seco con la cara de quien había decidido que masticar también podía ser una forma de violencia.

Biel estaba en la terraza, solo, recolocando sillas.

No miró hacia dentro.

O lo hizo antes de que yo pudiera verlo.

—Son las ocho y siete —dijo Vega.

—Buenos días a ti también.

Jana levantó un café.

—Te hemos comprado uno porque hoy tienes cara de necesitar cafeína y un abogado.

—No tengo abogado.

—Por eso está Vega, que da más miedo y cobra en reproches.

Ona empujó el móvil hacia mí sin levantar la vista.

—No he mirado redes.

—Vale.

—Ni borradores.

—Vale.

—Ni etiquetas.

—Ona.

—Estoy diciendo mis méritos porque nadie me los va a imaginar.

Tina se tragó el pan.

—El comprador ha escrito a las siete y media.

Me acerqué a la caja de galletas. Allí estaba mi móvil, encima de la libreta de Lola. No había explotado. Casi me decepcionó.

Lo cogí.

Tres mensajes.

EL COMPRADOR: Mantengo señal si confirmas antes de las 9:00.

EL COMPRADOR: Cubro Marblava y urgencias. Se descuenta del precio.

EL COMPRADOR: Quiero salida clara de la titularidad y cero dependencia de Biel Ferrer Sintes.

Cero dependencia de Biel Ferrer Sintes.

Eso me supo a café frío antes de beber.

—Qué obsesión con Biel —dijo Jana.

—Qué obsesión con comprar barato —corrigió Vega.

Tina señaló la terraza con la barbilla.

—¿Él ya lo ha visto?

—No.

—¿Seguro?

Miré hacia fuera.

Biel seguía moviendo sillas. Una por una. Medidas exactas. Distancia correcta. Trabajo vulgar para no romper nada caro.

—Seguro no.

Vega giró el portátil.

—Tenemos tres hechos. Uno: Marblava no entrega si no se paga una parte antes de las diez. Dos: el Ayuntamiento confirma actividad provisional tres semanas con seguimiento, no cierre discrecional. Tres: el comprador intenta adelantar dinero a cambio de dejar la operación cerrada desde su lado.

—Traduce sin parecer que me estás sacando una muela.

—Si aceptas su señal, respiras hoy y quedas vendida por pánico.

—No se dice vendida.

—Hoy sí.

Jana se quitó las gafas.

—¿Y si no aceptas?

Vega miró la libreta.

—Pagamos Marblava con caja, una parte del dinero de Abril y lo que entre este fin de semana. Nos quedamos sin margen. Hay que abrir, abrir bien y asumir que no es una semana de favor. Es temporada.

Temporada.

La palabra se sentó en mi estómago sin pedir silla.

—Tres semanas —dije.

Tina soltó una risa.

—Claro. Igual que Jana solo iba a tomar una caña anoche.

—Tomé dos —dijo Jana.

—Tomaste cuatro y un señor te preguntó si eras la encargada.

—Y le dije que emocionalmente sí.

Ona levantó un dedo.

—El Club Aleta pregunta si podemos reservarles una cena grande la semana que viene. Sin subir nada. Sin caras. Solo cena. Pagan señal hoy si confirmamos.

La miré.

—¿Desde cuándo?

—Desde anoche. No lo dije porque el ambiente estaba muy… lleno de almacén.

Jana se tapó la boca.

—Qué frase tan prudente.

—Estoy evolucionando.

Vega abrió otra pestaña.

—La señal del Club Aleta cubriría parte de Marblava sin atarnos al comprador.

—Nos ata a una cena grande —dijo Tina.

—Eso sí es nuestro problema —contestó Vega—. El otro es de él.

Miré el calendario pegado junto al TPV. Tres semanas. Mi firma. Abril Rovira Mas. Miré la libreta de Lola. La caja. La mesa de siempre con café, papeles, migas y amigas que me querían mal, bien y a empujones.

Luego miré a Biel.

Estaba de espaldas.

La noche anterior, en el almacén, me había dicho que no volviera a tocarlo para no contestar.

Seguía dolido.

Yo también.

La gracia mala era que los dos teníamos razón en partes que no encajaban.

—Voy a llamar al comprador —dije.

Jana amagó con hablar.

—Antes de que nadie opine —añadí—, no voy a aceptar la señal.

La boca de Jana siguió abierta, pero cambió de función.

Vega asintió una vez.

Tina cruzó los brazos.

Ona cogió su móvil y lo volvió a dejar, obedeciéndose a sí misma con mucho sufrimiento.

Salí a la terraza.

Biel estaba recolocando la mesa siete. La mesa siete siempre quedaba medio coja. Él ponía una servilleta doblada bajo una pata. Esta vez la servilleta se deshacía con la humedad.

—Voy a llamarlo —dije.

No se giró enseguida.

—De acuerdo.

—No voy a aceptar.

Ahí sí miró al frente.

Tenía la cara cerrada por la mala noche, la camiseta gris marcada en el pecho, los ojos secos. No parecía aliviado. Ya había aprendido que el alivio en Lola y Sal caducaba pronto.

—No me lo digas a mí antes que a él.

—Te lo digo porque tu nombre está en el mensaje.

—Mi nombre lleva días en bocas ajenas. No le des más sitio.

—Biel…

—Llama, Abril.

No me llamó heredera.

Eso también dijo algo.

Marqué.

Puse el móvil en altavoz y lo dejé encima de la mesa siete. No por transparencia bonita. Por cansancio. Porque, si tenía que rechazar una salida, prefería que el pueblo no estuviera, pero al menos que Lola y Sal sí.

El comprador contestó al segundo tono.

—Abril.

—No acepto la señal.

Silencio breve.

—De acuerdo. Piénsalo bien.

—Ya lo he pensado mal toda la noche. Ahora lo estoy diciendo despierta.

Biel miró la mesa.

—La señal solucionaría Marblava y os daría margen.

—A cambio de que usted compre mi urgencia y quite a Biel de la ecuación como si fuera una nevera vieja.

—No es personal.

—Claro que lo es. En los pueblos todo es personal cuando se usa para bajar precio.

Jana asomó medio cuerpo desde dentro. Vega apareció detrás. Tina no, porque Tina fingía que no escuchaba mientras escuchaba todo.

El comprador respiró.

—Entonces retiro la propuesta.

La palabra retiró hizo una cosa concreta en mi cuerpo: me quitó una salida.

No me dio libertad.

Me dejó de pie.

—Está bien.

—Abril, estás dejando pasar una solución razonable.

—No. Estoy dejando pasar la suya.

—¿Y cuál es la tuya?

Miré la terraza. Las sillas desparejadas, los toldos viejos, la barra marcada, la pizarra sin actualizar, las cajas de cerveza, la ducha exterior goteando al fondo, Biel a dos metros sin salvarme de la frase.

—Abrir.

No hubo música. Nadie respiró como en una escena limpia. El comprador tardó dos segundos en responder.

—Suerte con la temporada.

Colgó.

El móvil quedó sobre la mesa siete.

Yo también, un poco.

Jana fue la primera en hablar desde la puerta.

—Bueno. Ha dicho suerte con una voz de señor al que no le deseo enfermedades, pero tampoco salud excelente.

—Jana —murmuró Vega.

—Estoy moderada.

Biel guardó silencio.

Eso me puso más nerviosa que cualquier reproche.

—Ya está —dije.

—No —contestó él—. Ahora está.

No pregunté qué significaba. Lo sabía. Ahora no había comprador. No había señal. No había salida limpia. Había Marblava, Ayuntamiento, Club Aleta, tres semanas firmadas y un montón de gente que iba a venir a pedir cerveza sin importarles que mi vida estuviera en mitad de la barra.

Vega entró en modo oficio.

—Pago a Marblava antes de las diez. Abril, haces transferencia. Yo mando justificante. Ona, confirma Club Aleta con señal. Jana, llama a Nil y dile que necesitamos limones y hielo extra, no comentarios. Tina, menú reducido pero vendible. Biel…

—Biel abre cocina conmigo —dijo Tina desde dentro.

—Biel decide por Biel —dije antes de pensarlo.

Todos se callaron.

Biel no cedió.

Ya estaba. Otra frase que no sabía si era cuidado, límite o manera torpe de no repetir una herida.

—Bien —dijo él.

Solo eso.

Entré.

El local se movió de golpe. Como si la decisión hubiera activado un mecanismo viejo.

Vega tecleaba, Ona escribía al Club Aleta con gesto de ir contra su propia biología por no añadir emojis, Jana llamaba a Nil con una voz más de la cuenta alegre, Tina sacaba platos del armario y yo abrí la aplicación del banco con los dedos fríos.

Transferí a Marblava.

Me dolió más de lo que quería.

El dinero importaba, claro. Pero también importaba firmar con mis dedos una permanencia que hasta hacía una semana habría negado delante de cualquiera.

El justificante salió.

Vega lo envió.

A las nueve y cincuenta y dos, Marblava contestó que la entrega salía.

Ona alzó la mirada.

—Club Aleta confirma. Señal recibida. Cena jueves. Treinta personas.

Tina dejó la mano inmóvil.

—Treinta.

Jana, al teléfono:

—Nil, tráete todos los limones. No preguntes. Si preguntas, te cuelgo.

Pausa.

—No, no es por ti.

Otra pausa.

—Bueno, un poco sí, pero hoy no tenemos tiempo para tu ego.

Colgó y me miró.

—Limones en veinte minutos. Ha dicho que vendrá él.

—Claro —dijo Tina.

Jana señaló con un dedo.

—Ni una palabra, madre de todos los cansancios.

Tina levantó las manos.

—Yo no tengo energía para tus líos. Me basta con los míos.

En la puerta apareció Roc Sallarès Montoliu con una caja de botellas de agua que nadie le había pedido en voz alta.

—Pepa dice que os faltaba.

Tina se giró.

Su cara cambió. Poco. Lo bastante para que Jana dejara de respirar un segundo.

—Déjalo ahí —dijo Tina.

—Dónde.

—Donde no molestes.

Roc dejó la caja justo donde menos molestaba.

—Entonces aquí.

Tina no contestó.