CAPÍTULO 28 · ABRIL #2
El universo seguía repartiendo problemas futuros mientras yo intentaba no ahogarme en el actual.
A las diez y media, abrimos.
Abrimos de verdad.
No para demostrar actividad, no para engañar al Ayuntamiento, no para subir valor al comprador, no para hacer memoria, no para sostener una oferta. Abrimos porque había género, deuda, mesas, una cena confirmada y mi nombre pegado en la pared.
Abrimos porque yo acababa de decirlo por teléfono.
Abrimos porque Lola y Sal había ganado otra vez, pero esta vez no podía fingir que me había arrastrado sin permiso.
A mediodía, el local estaba lleno.
El TPV se bloqueó una vez. Lo reinicié sin mirar a Biel.
Jana aplaudió con una bandeja en la mano y casi tiró dos claras.
Tina rehízo el menú sobre la marcha: bravas, sardinas, ensalada de tomate, almejas si no preguntaban demasiado por su autoestima.
Vega cobró dos mesas porque vio venir el desastre y se remangó sin anunciarlo.
Ona hizo una foto del cartel desgastado y me la enseñó antes de guardarla.
—No la subo.
—Gracias.
—Pero algún día este cartel necesita una publicación.
—Algún día este cartel necesita tornillos.
—Las dos cosas pueden convivir.
—No me lo vendas bonito.
—Te lo vendo con óxido.
Casi sonreí.
Biel trabajaba en cocina, entrando y saliendo de la barra sin buscarme. Eso me dolía más que si me hubiese discutido. Una parte de mí quería que opinara, que mandara, que dijera que había hecho bien o mal. Otra parte agradecía que no me sujetara la decisión con sus manos.
A las cuatro, cuando el servicio aflojó, encontré un llavero encima de la mesa del centro.
Las llaves de Lola y Sal.
No las mías torpes, las que se quedaban clavadas. Las buenas. Las de Biel. El mosquetón viejo. La llave pequeña del almacén. La del armario de bebidas. La de arriba.
Las cogí.
Pesaban más de lo que deberían.
Biel estaba en la terraza, cambiando una servilleta bajo la pata de la mesa siete.
Fui hasta él.
—¿Qué es esto?
Miró el llavero.
—Llaves.
—No te pongas literal.
—Estoy en una fase muy básica.
—Biel.
Enderezó la mesa y se limpió las manos en el pantalón.
—Son tuyas.
—Ya tenía llaves.
—Tenías unas que no abren bien y una excusa para esperar a que yo llegara antes.
Eso me dejó seca.
—No te he pedido esto.
—Por eso te las doy.
—¿Y tú?
Sacó otro juego del bolsillo. Menos llaves.
—Tengo copia de trabajo.
—Copia de trabajo.
—Sí.
—Qué limpio te ha quedado eso.
Sonrió sin alegría.
—Me estoy esforzando.
Me acerqué un paso.
La terraza estaba medio vacía. En una mesa, una pareja compartía bravas. En otra, un niño dormía con la cabeza sobre los brazos. El toldo viejo nos daba una sombra sucia.
—No quería que te sintieras vendido.
—Lo tengo claro.
—No quería usar tu nombre.
—Lo hiciste igual.
—Sí.
No me defendí.
Biel miró el llavero en mi mano.
—Yo tampoco quería usar el local para seguir enfadado contigo.
—Lo hiciste igual.
—Sí.
Nos quedamos ahí, empatados en feo.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora abrimos tres semanas.
—¿Y nosotros?
La pregunta salió antes de que pudiera meterla otra vez dentro.
Biel siguió mirándome.
No hizo cara bonita. Gracias a Dios.
—Nosotros no cabemos en un calendario pegado con cinta.
Tragué.
—No has respondido.
—Hoy no tengo una respuesta que no sea una trampa.
—Yo tampoco.
—Ya.
Me puso las llaves en la palma, cerró mis dedos alrededor y retiró la mano antes de que yo pudiera retenerla.
Obedeció otra vez.
Pero esta vez no me castigó. Me dejó el peso.
A las seis, Vega pegó otro papel debajo del calendario: CENA CLUB ALETA · JUEVES · TREINTA PERSONAS · SEÑAL RECIBIDA.
Jana escribió al lado con rotulador: NO MORIR.
Tina añadió debajo: Y NO ATASCAR EL BAÑO.
Ona se rio. Vega fingió enfado. Yo miré los dos papeles: tres semanas y treinta personas. Mi firma en uno. Mi sí en el otro.
El comprador ya no estaba.
La deuda, sí.
El verano, entero.
Biel, a distancia.
A las once y media, cerramos peor que bien y mejor que el primer día. Las cajas quedaron apiladas, el TPV cuadró por primera vez con solo dos euros de diferencia, la ducha exterior goteaba menos y el baño seguía funcionando con amenazas.
Subí a la habitación con las llaves en la mano.
En el cajón, la libreta de Lola seguía dentro de la caja metálica. La abrí por una página que no había leído.
Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.
Me reí sola.
Luego lloré un poco.
Poco. Mal. Sin gracia. Con la camiseta pegada al cuerpo, el pelo oliendo a aceite y las rodillas marcadas de arena.
Después bajé.
Biel estaba apagando la última luz de la barra.
Se giró al oírme.
—¿Qué pasa?
Le enseñé la página.
La leyó desde lejos. No tocó la libreta.
—Lola era muy delicada.
—Muchísimo.
—¿Estás bien?
—No.
—Vale.
—Pero mañana abro yo.
Su mirada bajó a las llaves en mi mano.
Luego subió a mi cara.
—A las ocho entra Noguera.
—A las siete y media estaré.
—No tienes que demostrar nada.
—No tires de ahí.
—Vale.
—Y no llegues antes para abrirme.
Biel metió las manos en los bolsillos.
—Intentaré ser peor persona.
—Gracias.
—De nada.
No nos tocamos.
Dolía igual.
Esa noche no volví al Hostal Mar de Fora. Dormí arriba, en la cama estrecha, con las llaves en la mesilla y la libreta de Lola dentro del cajón sin cerrar.
A las siete y veinticuatro de la mañana, bajé descalza a la barra antes de que nadie llegara.
La primera llave no entró.
La segunda sí.
Levanté la puerta con la cadera, giré y abrió.
Dentro olía a fritanga vieja, madera húmeda, café pendiente y verano empezando caro.
Encendí la luz.
El TPV pitó por última vez.
—Ni se te ocurra —le dije.
Fuera, Cala Saurina empezaba a mirar.
Yo subí el toldo hasta la mitad, me até el pelo con la goma que encontré en la caja de Lola y puse la pizarra en la entrada.
ABIERTO.
La tiza me manchó los dedos.
No lo limpié.
FIN