No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 27 · BIEL
97%

CAPÍTULO 27 · BIEL

La firma de Abril no hizo ruido.

Hizo algo más cruel: siguió ahí.

Vega pegó el calendario provisional junto al TPV con cinta de carrocero, porque en Lola y Sal la formalidad siempre terminaba sujetándose con material de ferretería.

Tres semanas. Veintiún días. Apertura mínima, memoria municipal, terraza reducida, pagos pendientes y titular responsable: Abril Rovira Mas.

El papel quedó a la vista de cualquiera que viniera a pedir una caña.

Abril lo miró una vez y apartó la vista.

Yo fingí que no me importaba.

Me salió regular.

—Está torcido —dijo Jana, apoyada en la barra con una bolsa de limones contra la cadera.

—Está vivo —contestó Vega.

—Eso decís de todo para no arreglarlo.

Tina salió de cocina con el delantal manchado y una cara que no admitía poesía.

—Si alguien toca ese calendario con las manos llenas de alioli, lo hago fregar la plancha con los dientes.

—Qué bonito arranque de etapa —dijo Ona, con el móvil guardado en el bolsillo y los dedos inquietos encima de la tela—. Cero contenido, mucha amenaza.

Abril cogió un trapo y limpió una gota de agua de la barra. La gota venía de la nevera pequeña, que había decidido sumarse al día con una fuga discreta.

—No es una etapa —dijo.

Nadie contestó.

Bien por todos.

Yo abrí una caja de vasos bajos y empecé a colocarlos debajo de la cafetera. El cristal golpeaba contra la madera con un sonido corto, repetido. Me concentré en eso. En cosas que no preguntan. Vaso, estante, vaso, estante. Si uno ordena objetos, durante un rato no tiene que ordenar a nadie.

Abril se puso a mi lado para coger servilletas.

No me tocó.

Tampoco hacía falta. Desde el almacén, desde la firma, desde el baño, desde todo lo que habíamos hecho mal y todo lo que habíamos hecho peor con las manos, mi cuerpo ya sabía dónde estaba el suyo. Eso resultaba bastante poco práctico para alguien que intentaba trabajar.

—Necesito que revises la nevera de bebidas —dijo.

—Nevera.

—Qué.

—No le llames así. Es una nevera que se cree importante.

Me miró de lado.

—No me corrijas hasta el electrodoméstico.

—El electrodoméstico lleva corrigiéndonos desde 2019.

—Voy a poner una hucha para comprarte una personalidad menos útil.

—No te llega con la caja de hoy.

Se le movió la boca.

No llegó.

La vi contenerlo. Ese gesto ya lo reconocía demasiado: Abril tragándose un gesto mínimo porque cualquier cosa pequeña podía crecerle por dentro y pedirle sitio.

Entró una mesa de cuatro. Luego una de dos.

Luego una familia que preguntó si teníamos menú infantil y Jana respondió que teníamos patatas y paciencia limitada.

La noche empezó sin permiso, con calor pegado al cuello, arena entrando desde la terraza, el toldo izquierdo atascándose a medio bajar y la mesa del lateral convertida en centro de operaciones otra vez.

Abril trabajó con una precisión agresiva.

Apuntaba, cobraba, devolvía cambio, corregía comandas y miraba de reojo el calendario pegado junto al TPV.

Cada vez que alguien decía “la dueña”, ella apretaba la boca.

Cada vez que alguien preguntaba por Lola, ella bebía agua y contestaba una frase breve.

Cada vez que me acercaba demasiado, encontraba una excusa para moverse.

No la seguí.

Eso también era nuevo.

A las nueve y veinte, Nil Borràs Vidal apareció con una caja de limones en brazos y una camiseta empapada por la espalda.

—Esto estaba en la puerta de Ultramarinos Pepa. Pepa dice que Jana pidió limones con urgencia dramática.

Jana salió del otro lado de la barra con una bandeja en la mano.

—Yo no dije dramática.

—Dijiste “si no traes limones, el local pierde sensualidad”.

—Eso es precisión gastronómica.

Nil dejó la caja sobre una silla.

—También dijo Pepa que no te fía más si sigues escribiendo notas con pintalabios en los albaranes.

—Era el único boli disponible.

—Era rojo.

—Lola y Sal necesita pasión.

Nil la miró un segundo más de lo necesario. Jana lo vio. Yo lo vi. Abril también, aunque estaba cobrando una mesa y fingió que no.

—Gracias por los limones —dijo Jana, más seca.

—De nada, descarada.

—No me llames así.

—No lo habría hecho si no pusieras cara de disfrutarlo.

Jana le tiró un limón pequeño. Nil lo cogió con una mano y sonrió.

Semilla plantada. Mala tierra, buen riego. Esa clase de cosas no las avisa nadie, pero se huelen en un local como Lola y Sal. Entre freidoras, cuentas mal cobradas y gente que mira donde no toca.

Nil se fue antes de que Jana pudiera decidir si insultarlo o pedirle otra caja.

—No digas nada —me dijo ella al pasar.

—No he abierto la boca.

—Tu ceja sí.

La ceja, por lo visto, trabajaba más que yo.

A las diez menos cuarto, Vega recibió un mensaje. La pantalla se iluminó sobre la mesa: Oriol Vidal Roca.

Ella la giró boca abajo con una rapidez nada natural.

Ona la vio.

Tina también.

Nadie dijo nada, que fue una manera bastante clara de decir mucho.

Las futuras ruinas del grupo empezaban a asomar por las esquinas. Abril y yo solo éramos la avería de temporada.

A las diez y media, llegó el mensaje de Marblava.

No a mí.

A Abril.

Lo supimos todos porque su móvil vibró justo encima de la barra, entre la caja y una servilleta con números escritos. Abril lo miró. Su cara no cambió. Eso era lo peligroso.

—¿Qué pasa? —preguntó Vega.

—Nada.

Jana dejó escapar una risa sin alegría.

—Esa palabra ya debería pagar alquiler.

Abril cogió el móvil.

—Marblava pide transferencia antes de mañana a las diez o no sale entrega.

Tina dejó una bandeja en la barra.

—¿Cuánto?

Abril dijo la cifra.

La cifra podía asumirse. Ahí estaba el problema. Las cifras imposibles te dan permiso para hundirte. Las posibles te obligan a decidir qué vendes primero: caja, orgullo o margen de supervivencia.

Vega sacó la libreta.

—Con la caja de San Juan y lo de hoy podemos cubrir una parte, pero nos quedamos sin colchón para hielo, pan y el arreglo del toldo.

—El toldo aguanta —dije.

Tina no apartó los ojos de mí.

—El toldo lleva tres días anunciando despedida.

—Aguanta.

—Tú también dices eso de ti y mírate.

Jana levantó un dedo.

—Propongo que el toldo y Biel vayan juntos al centro médico de Cala Saurina y les hagan una revisión de orgullo estructural.

Abril no rio.

Tenía el pulgar sobre la pantalla. No abría otro mensaje, pero lo veía. Lo reconocí. No porque leyera su móvil. Porque ya había aprendido la posición de su mano cuando algo le ofrecía una salida fea.

—¿Quién más ha escrito? —pregunté.

Se puso tensa.

—No empieces.

—No he empezado.

—Tienes el tono de haber terminado ya.

—Abril.

Vega alargó la mano.

—Dame el móvil.

—No.

—Dámelo o me pongo peor que él.

Abril dudó.

Esa fue respuesta.

Me separé de la barra porque, si me quedaba cerca, iba a coger el móvil yo. Y ya habíamos tenido bastantes escenas de hombre invadiendo territorio en nombre de la protección.

Abril le pasó el móvil a Vega.

Vega leyó en silencio. Luego cerró la mandíbula.

—Es el comprador.

—Qué sorpresa —dijo Tina.

Jana se acercó.

—Lee en voz alta, Excel de la desgracia.

Vega miró a Abril.

Abril asintió sin ganas.

Vega leyó:

—“Puedo adelantar una señal hoy para cubrir urgencias y descontarla de la operación. Necesito confirmación de venta, salida limpia de la actividad y que Biel Ferrer Sintes por escrito no forme parte de ninguna condición posterior. Si no, doy la operación por cerrada.”

Nadie habló.

La cocina siguió oliendo a aceite. La terraza siguió pidiendo cañas. El TPV hizo un pitido pequeño, como si quisiera meterse en medio y no supiera cómo.

Señal.

Urgencias.

Salida limpia.

Continuidad de Biel.

Otra forma de comprar lo que pesaba.

—No —dije.

Abril se giró hacia mí.

—No me digas no antes de que yo hable.

—No le vendas el susto.

—No he dicho que vaya a vender nada.

—Lo has pensado.

—Claro que lo he pensado. Hay una deuda real, un proveedor real y una entrega real que mañana no sale si aquí seguimos viviendo de orgullo y hielo derretido.

—Ese tío no quiere pagar Marblava. Quiere comprar tu pánico.

—Y tú quieres que no mire ninguna salida que no te guste.

Me entró en la boca una frase de las que rompen.

La cerré.

Tarde.

—Quiero que no uses mi nombre para saber si sigues aquí o te vas.

Abril palideció un poco, pero no apartó la mirada.

—Pues deja de estar en todas las esquinas de mi decisión.

Vega se levantó.

—No aquí.

—Aquí es donde pasa todo —dijo Jana, más baja de lo normal.

Tina cogió el móvil de Vega y lo dejó boca abajo en la mesa.

—Cinco minutos. Al almacén. Y nadie se folla nada hasta que las cuentas respiren.

—Tina —dijo Ona.

—Qué. Estoy cansada.

Abril no cedió espacio.

Yo tampoco.

Luego ella fue primero hacia el almacén.

La seguí.

El almacén olía a cajas de cerveza, humedad vieja, detergente de Marblava y plástico caliente. Habíamos pasado media vida allí en los últimos días. Al principio para salvar congeladores. Después para salvarnos la cara. Ahora ya no sabía qué veníamos a salvar.

Abril cerró la puerta sin encajarla del todo.

—No vuelvas a hablar por mí delante de todas.

—No he hablado por ti. He contestado a una mierda de propuesta.

—Era mi mierda de propuesta.

—Con mi nombre dentro.

—Sí. Tu nombre. Tus llaves. Tus horas. Tu silencio. Tus facturas que aparecieron tarde. Tu forma de quedarte donde nadie sabe si ayudar o pedirte permiso.

El golpe no fue injusto del todo.

Eso lo hizo más difícil.

—No me pongas en la lista de cosas que te molestan solo porque no sabes dónde guardarme.

—No sé dónde guardarte porque no eres mío, Biel.

—Entonces deja de tocarme como si necesitaras comprobarlo.

Abril dio un paso hacia mí.

La rabia le había subido a la cara. Tenía una mancha de tomate en el borde de la camiseta, el pelo escapándose de la pinza, los ojos cansados y esa boca que me seguía hundiendo el día desde hacía años.

—Tú también me tocas.

—Sí.

—Tú también vienes detrás.

—Sí.

—Tú también me miras como si cada cosa que hago te debiera algo.

—Sí.

Me empujó el pecho con dos dedos.

Suave. Suficiente.

—No digas sí a todo. Me pone peor.

—No he venido a ponértelo fácil.

—Ya. Ese es tu gran talento.

Me besó ella.

Salió sucio, nada dulce, sin reconciliación posible todavía.

Me agarró por la camiseta, me tiró hacia abajo y me mordió la boca con la rabia de alguien que quería cerrar todas las frases de golpe.

Yo debería haberla apartado. Eso habría sido lo sensato, lo maduro, lo útil para el calendario de Vega y la entrega de Marblava.

No lo hice.

Le respondí con la misma torpeza. La llevé contra una pila de cajas vacías, que crujieron detrás de su espalda.

Abril soltó un ruido bajo, medio protesta, medio hambre.

Mis manos fueron a su cintura y se quedaron allí un segundo, apretando tela sudada, piel caliente, todo lo que llevábamos días intentando convertir en logística.

—Dime que pare —dije contra su boca.

—No.

—Abril.

—No ahora.

Le besé el cuello. El almacén tenía una luz horrible, la puerta no cerraba bien y fuera había clientes.

Ninguna de esas cosas nos detuvo al principio.

Ella me metió las manos bajo la camiseta y me arañó apenas la espalda, lo justo para que me entrara en los dientes una necesidad poco elegante.

Yo le subí la camiseta hasta las costillas y apoyé la frente en su clavícula, respirando con la poca cabeza que me quedaba.

Entonces el móvil vibró.

No dentro del almacén.

Fuera.

Sobre la mesa de las cinco.

Una vez.

Otra.

Otra.

Abril ni pestañeó.

Yo también.

Ese era el sonido del precio entrando por la puerta sin pedir permiso.

Abril cerró los ojos.

—No.

Me aparté despacio.

—Sí.

—No me hagas esto.

—No te lo hago yo.

—Biel…

—No vuelvas a tocarme para no contestar.

Lo dije más duro de lo que quería.

Abril abrió los ojos. Ahí estaba el daño. Fresco. Suave todavía, pero ya con borde.

—No vuelvas a decir que mi cuerpo es una excusa.

—Entonces no lo pongas en medio de una firma.

Me dio una bofetada con la mirada. Solo con eso.

Yo la merecí bastante.

Se bajó la camiseta, se recolocó la pinza sin mirarme y abrió la puerta.

La mesa entera estaba fingiendo no mirar.

Fatal.

Ona tenía el móvil guardado con las dos manos encima del bolsillo, por si eso garantizara algo. Jana miraba una patata con demasiada intensidad. Tina había cruzado los brazos. Vega tenía el teléfono de Abril en la mano.

—El comprador —dijo Vega.

Abril recuperó el móvil.

Leyó.

No se le movió la cara.

Me lo enseñó sin acercarse.

EL COMPRADOR: Última opción: mañana 9:00. Señal hoy o cierro con otros.

Jana soltó aire.

—Qué tío más poético para ser tan rata.

Tina le quitó el móvil a Abril, lo puso boca abajo y señaló la cocina.

—Ahora se sirve. Luego se decide. Y si alguien se mete otra vez en el almacén a arreglar nada con la boca, que sea después de cerrar caja.

Nadie discutió.

Eso me preocupó.

Volvimos al servicio.

Abril no me miró en una hora.

Yo tampoco la busqué.

El cuerpo seguía ahí, claro. No se apaga por orgullo.

Me quedaban sus uñas en la espalda, su labio en la boca, el ruido de las cajas detrás de ella.

Pero también quedaba Marblava, el comprador, la señal, el calendario pegado junto al TPV y la certeza fea de que nos habíamos convertido en otro problema operativo.

A las doce y cuarto, cerramos cocina.

A la una, bajamos toldos.

A la una y media, Vega cuadró caja con una paciencia que merecía medalla y medicación.

Abril cogió el móvil.

Yo la vi escribir.

No pregunté.

No mandé.

No moví un dedo.

Ella levantó la cabeza.

—No lo voy a contestar esta noche.

—De acuerdo.

—No confundas esto con hacerte caso.

—Lo tengo presente.

Esta vez lo dije de verdad.

Abril tragó saliva y miró hacia el almacén.

—Mañana contesto yo.

—Sí.

—Y tú no vas a usar la cara para contestar antes.

Dejé el peso contra la madera.

—Intentaré que mi cara se tome un día libre.

No sonrió.

Yo tampoco.

Pero dejó el móvil dentro de la caja de Lola, encima de la libreta de Lola.

Eso ya no podía llamarse huida.

Tampoco era quedarse.

Era una mujer dejando la salida en un cajón para dormir unas horas encima del problema.

En Lola y Sal, por la noche, hasta eso hacía ruido. Y yo ya no tenía fuerzas para mandar callar a nada.