No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 26 · ABRIL #3
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CAPÍTULO 26 · ABRIL #3

La ausencia de frase me hizo más daño que cualquier reproche.

Leí números.

Leí condiciones.

Leí deuda asumida.

Leí descuento.

Leí mi salida escrita por otro.

—Necesito pensarlo —dije.

—Hasta las siete —contestó el comprador.

—He oído.

—Después no puedo garantizar nada.

—Yo tampoco.

Se fue.

Por la terraza.

Despacio.

Todo el pueblo, o esa fue mi sensación, pudo verlo marcharse después de dejarme una hoja en la mano.

Cuando desapareció por la calle de Platja Gran, nadie habló.

Biel fue el primero en moverse. No hacia mí. Hacia el toldo.

—Hay que acabar esto antes de abrir noche.

—Biel.

—La cuerda está cedida.

—Biel.

—Si no se baja bien, mañana vuelve a quedar torcida.

—Mírame.

Lo hizo.

La cara seca. Los ojos peores.

—No es mi firma —repitió.

—No lo digas así.

—¿Cómo quieres que lo diga?

No tenía respuesta.

La hoja pesaba poco. Muchísimo.

Vega se acercó.

—La reviso yo.

Se la di.

Me temblaba la mano.

Biel lo vio.

No vino.

Aquello fue justo.

Lo odié.

A las seis y cincuenta, la mesa de siempre era una mesa de trabajo cutre de guerra: oferta encima, memoria municipal al lado, justificante de Marblava arrugado, libreta de Lola abierta y cinco mujeres discutiendo sobre números, miedo y orgullo sin usar ninguna de esas palabras demasiado tiempo.

Biel seguía en la terraza.

El toldo ya estaba arreglado.

Seguía allí.

Tina habló primero.

—Si aceptas, no te juzgo.

Jana giró la cabeza.

—Yo sí, pero con amor y patatas.

—Jana.

—Qué. Mentir ahora sería feo.

Ona se tocó el bolsillo donde estaba el móvil.

—Yo creo que, si aceptas hoy, él gana demasiado.

Vega señaló la hoja.

—Y tú pierdes margen. No solo dinero. Tiempo. Control del relato. Posición ante el Ayuntamiento. Todo.

—Control del relato suena a Ona.

—Porque es importante, aunque nos caiga mal.

Miré hacia la terraza.

Biel estaba subiendo una pila de sillas con movimientos demasiado medidos.

—¿Y si no acepto?

Vega no adornó.

—Tenemos que pagar con lo que hay, reducir pedido, sostener actividad y buscar alternativa o esperar. Y tú no podrás irte en la fecha que tenías en la cabeza sin dejar esto peor.

Ahí estaba el golpe.

No romántico.

No teatral.

Práctico.

Sucio.

Lola y Sal no me estaba pidiendo que lo amara. Me estaba diciendo que no podía abandonarlo a medias sin dejar factura.

Miré la oferta.

Las siete menos dos.

Mi móvil vibró.

EL COMPRADOR: Necesito respuesta.

Biel entró justo entonces con una silla en cada mano.

Guardó silencio.

Aguantó mi mirada.

Yo miré el móvil.

Luego la libreta de Lola.

La frase de mi madre estaba subrayada por una mancha de aceite viejo.

Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.

Me reí.

Fatal momento.

La risa me salió rota y pequeña, con ganas de morder algo.

—Qué hija de puta era a veces —dije.

Jana sonrió muy poco.

—Bastante.

Tina me apretó el hombro al pasar. Una vez. Sin discurso.

Respondí al comprador.

No acepto una oferta condicionada por deuda urgente y expediente abierto. Si quiere seguir, envíe propuesta sin asumir deuda como herramienta de presión y con plazo razonable. Si no, lo dejamos aquí.

El mensaje salió.

No me sentí valiente.

Me sentí idiota, sudada y al borde de perder dinero.

El comprador leyó.

Tardó un minuto.

Dos.

Tres.

La respuesta llegó a las siete y seis.

EL COMPRADOR: Entonces dejamos la operación en pausa. Retiro la asunción de deuda. Revaluaré cuando el expediente se resuelva, si aún me interesa.

Pausa.

Otra palabra educada para dejarte con el problema en las manos.

Se hizo un silencio breve.

Luego sonó el TPV.

Una mesa de fuera preguntó si ya podían cenar.

Tina dejó salir el aire.

—Claro que sí. Que cene el desastre.

Jana cogió la oferta y la dobló por la mitad.

—Pues nada. Abril acaba de rechazar al señor camisa limpia.

—No lo he rechazado.

—Lo has mandado a pausa, que es más fino y más de señora con deudas.

Vega guardó el justificante de Marblava.

—Ahora toca abrir noche.

Ona miró la terraza.

—Sin foto.

—Sin foto —dije.

Biel dejó las sillas en el suelo.

—Voy a la cocina.

—Biel.

Se paró.

Yo no sabía qué decirle. Que me había enfadado porque no me había detenido. Que me había dolido que hiciera caso. Que rechazar la oferta sin su orden me dejaba sin coartada para culparlo. Que ahora estaba más atrapada y que una parte horrible de mí respiraba mejor.

Dije otra cosa.

—Gracias por no hablar.

Mantuvo los ojos en mí.

—No me lo agradezcas todavía.

—¿Por qué?

—Porque luego igual me sale todo junto.

No supe si aquello avisaba o prometía. Las dos cosas me dejaban igual de mal.

Tampoco tuve tiempo.

Entró una mesa de seis sin reserva, Jana gritó que los limones volvían a faltar, Tina pidió que encendieran la plancha y Vega me puso delante la memoria municipal con un boli.

—Firma el calendario —dijo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Firmé.

Abril Rovira Mas.

Tres semanas de actividad.

Titular responsable.

Lola y Sal.

Mi nombre quedó encima del papel con una fea normalidad.

El comprador estaba en pausa. La deuda no. La temporada tampoco. Biel, menos.

A las ocho ya estaba sirviendo mesas, con la cara lavada, el orgullo mal puesto y la noche anterior debajo de la camiseta.