No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 26 · ABRIL #2
93%

CAPÍTULO 26 · ABRIL #2

Tina la miró.

—Tú vuelves con deuda, limones y un número de teléfono.

—Me conoces muy poco y demasiado.

Ona levantó la mano.

—Yo puedo ir y no grabar.

—Esa frase no tranquiliza —dijo Vega.

Biel dejó un plato en la barra con demasiada fuerza.

—Voy contigo.

—No.

—No he preguntado.

—Entonces sí es una orden.

—Entonces sí.

La discusión quedó suspendida por la mesa cuatro, que quería pagar separando por personas, platos, bebidas y “sensación de hambre previa”.

El TPV decidió que aquello era motivo suficiente para morir.

Durante diez minutos dejamos de ser adultos con heridas antiguas y pasamos a ser cinco personas intentando dividir calamares entre cinco idiotas.

Al final salí hacia Marblava con Vega.

No con Biel.

Lo decidí por rabia.

Mala decisión.

Lo supe en cuanto cruzamos la terraza y vi su cara desde la barra. No herida. Cerrada. El tipo de cara que se pone cuando una confirmación duele sin sorprender.

Vega condujo su coche sin hablar durante los primeros cinco minutos. Eso en ella era casi una amenaza.

—Dilo —pedí.

—No quiero decirlo.

—Desde cuándo.

—Desde que estoy intentando no sonar a amiga funcional de manual barato.

—Agradecida.

Pasamos junto al desvío del parking de tierra del faro. No miré. Lo miré. Vega no hizo comentario. También sabía ser cruel con método: dejaba que una se delatara sola.

—Aceptar esa oferta te deja sin aire para negociar —dijo al fin.

—No estoy diciendo que la acepte.

—Estás pensando en aceptarla porque paga lo que hoy duele.

—Hoy duele mucho.

—Sí.

—Gracias por la empatía austera.

—Es la que viene sin factura.

Me reí, poco.

En Marblava, el almacén olía igual que siempre: cartón, lejía, latas, calor encerrado.

Pagué una parte con tarjeta. Una parte más grande de la cuenta para mi tranquilidad y más de la cuenta pequeña para la cuenta total.

Firmé el justificante. Negocié entrega reducida.

Pedí que no cortaran el suministro. Lo dije con voz de dueña. Me salió casi bien.

Luego vi la hora.

Cuatro y cincuenta y ocho.

Me vibró el móvil.

EL COMPRADOR: 19:00 sigue en pie. Puedo pasar por Lola y Sal. Sin respuesta, retiro la deuda.

Vega leyó por encima.

—No contestes.

—No iba a contestar.

—Estás desbloqueando la pantalla.

—Para mirar la hora.

—Tienes un reloj en la pared.

—Es feísimo.

—Abril.

Guardé el móvil.

En el coche de vuelta, el sol caía plano sobre la Carretera de la Cornisa. La ventanilla de Vega bajaba mal y nos entraba aire caliente a golpes. Yo llevaba el justificante de Marblava en el regazo, arrugado por los dedos.

—Yo no sé si quedarme —dije.

Vega se tomó un segundo.

—Nadie te está pidiendo que sepas hoy.

—El Ayuntamiento sí.

—El Ayuntamiento te pide calendario. No identidad.

—Qué pena. Tenía las dos en el mismo cajón.

Vega soltó una risa breve.

—Biel tampoco te está pidiendo que sepas hoy.

—Biel está intentando no pedirme nada con una intensidad insoportable.

—Sí, ahí sí.

—Y me enfada.

—Lo sé.

—No digas claro. Pareces él.

—Más triste. Él te mira con ganas de discutir. Yo tengo boli.

Volvimos a Lola y Sal a las cinco y media.

Había demasiada calma.

La calma en un chiringuito nunca era buena. O faltaba género, o sobraba problema.

Biel estaba en la terraza, junto al toldo derecho. No solo. El comprador estaba con él.

Camisa limpia, otra vez. Gafas. Carpeta. Zapatos ofendidos por la arena.

Me bajé del coche antes de que Vega apagara del todo.

—¿Qué hace aquí?

Biel giró la cabeza.

No tenía cara de pelea.

Eso me asustó más.

El comprador sonrió.

—He pasado antes de las siete. Pensé que podríamos avanzar.

—No habíamos quedado ahora.

—Estaba por la zona.

—Qué zona tan pequeña para tanta casualidad —dijo Vega detrás de mí.

El comprador la ignoró.

—He hablado un momento con Biel sobre el estado de la terraza.

Sentí el golpe antes de mirar a Biel.

—¿Has hablado con él?

Biel dio un paso hacia mí.

—Ha preguntado por las mesas retiradas. Le he dicho que constan en memoria y que hable contigo.

—¿Eso es todo?

—Sí.

El comprador levantó las manos.

—Solo quería entender si la reducción afecta a capacidad real.

—La reducción la he firmado yo —dije.

—Por eso estoy aquí.

—No. Está aquí porque a las siete tenía un ultimátum y ha visto una oportunidad a las cinco y media.

La sonrisa se le enfrió.

—Abril, intento ayudarte a resolver una situación compleja.

—Está intentando comprar deuda con prisa.

—También es una forma de quitarte presión.

—No me quite nada sin preguntarme dónde me duele.

Vega respiró fuerte.

Jana, desde la barra, susurró algo que sonó a “hostia”. Tina salió de la cocina con un paño en la mano. Ona paró en seco junto a la mesa que nunca callaba, el móvil bien guardado.

El comprador me tendió una hoja.

—Oferta final provisional. Asumo deuda urgente indicada hasta el importe que figura aquí. Precio ajustado por expediente abierto, ocupación reducida y necesidad de continuidad externa. La propuesta vence esta noche.

No la cogí.

La miré.

Luego miré a Biel.

Él tampoco la cogió. Ni habló. Estaba ahí, con los brazos manchados de toldo, la camiseta sudada, la boca cerrada de quien se ha prometido no ocupar más sitio del que le toca.

Me enfadé con él por cumplir.

Injusto.

Mío.

—¿No vas a decir nada? —le solté.

Biel aguantó ahí.

—No es mi firma.

El comprador inclinó la cabeza.

—Exacto.

Ese exacto lo pudrió todo.

No sé si fue la palabra, el cansancio, Marblava en mi regazo, la deuda, el almacén, la boca de Biel por la mañana, la mano del comprador ofreciéndome una salida con rebaja o mi madre dentro de una libreta de galletas. Fue todo junto y sin educación.

Cogí la hoja.

Biel miró mi mano.

Se tragó la respuesta.