No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 26 · ABRIL
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CAPÍTULO 26 · ABRIL

Escribí “no cierro hoy” en una hoja de la libreta de Lola.

A los diez minutos ya me pareció una estupidez.

A los doce, Vega la había convertido en una lista de obligaciones.

A los quince, Tina la había usado para mandarme a comprar estropajos.

A los veinte, Jana dijo que, si una decisión no podía sobrevivir a la compra de estropajos, tampoco merecía llamarse decisión.

Biel no respondió.

Ese fue el problema principal de la mañana, aunque el Ayuntamiento, Marblava, el congelador y el comprador compitieron con bastante dignidad.

Después del almacén, Biel se había colocado en modo trabajo duro.

El peor. El más útil. El más cobarde también, aunque eso no iba a decírselo porque yo llevaba mi propio inventario de cobardías en la camiseta.

No me miraba demasiado, no me evitaba del todo, no me tocaba ni por accidente.

Pasaba por detrás de mí con cajas, vasos, bolsas de basura, hielo, y dejaba siempre dos centímetros de aire entre su cuerpo y el mío.

Dos centímetros muy educados.

Dos centímetros insoportables.

—Si sigues mirando esos dos centímetros, vas a quemar una comanda —dijo Jana a mi lado.

Yo tenía una libreta abierta, un boli en la boca y una bandeja de vasos sucios bajo el brazo.

—No miro nada.

—Claro. Y yo no estoy desayunando patatas a las doce y cuarto.

—Eso sí lo estás haciendo.

—Por eso soy una persona honesta.

Me quitó la bandeja antes de que se me cayera. No con delicadeza. Jana no hacía delicadeza si podía hacer ruido.

—Abril, tenemos revisión superada a medias, una decisión escrita con boli de tu madre, un proveedor cabreado, una deuda viva y un hombre al que casi le arrancas la camiseta en el almacén. Prioriza.

—No necesito inventario.

—Lo necesitas tanto que igual lo cobro.

—¿Puedes no decir lo del almacén en voz alta?

Jana miró alrededor.

—Cariño, este local ha oído más cosas que un colchón barato. La discreción llegó tarde y se fue por el baño.

El baño participó con un goteo.

—Perfecto —dije—. Hasta las tuberías tienen opinión.

—Las tuberías llevan días juzgándoos.

Vega levantó la cabeza desde aquella mesa.

—Abril, necesito que confirmes por escrito el calendario de actividad de las próximas tres semanas.

Tres semanas.

Otra vez.

No sé cómo una cifra tan pequeña podía ocupar tanto.

Tres semanas eran veintiún días, como Biel había dicho.

También eran veintiuna mañanas abriendo, veintiún cierres, veintiún desayunos con arena en los tobillos, veintiuna noches con el comprador sin respuesta y Biel durmiendo en algún lugar del pueblo sin mí, que era una información que no necesitaba saber y que mi cabeza repetía igual.

—¿Tiene que ser tres? —pregunté.

Vega alzó la vista hacia mí por encima de la carpeta.

—No empieces a regatear con el Ayuntamiento igual que con las almejas.

—Con las almejas funcionó.

—El Ayuntamiento no viene con hielo picado.

Ona, desde la barra, levantó la mano.

—Puedo diseñar un calendario bonito.

—No —dijimos todos.

—He dicho bonito, no público.

—El adjetivo ya es peligroso —contestó Tina desde la cocina.

Nil seguía por allí.

Eso también era un problema.

Había venido con los limones, había cobrado dos mesas sin que nadie se lo pidiera, había ayudado a colocar sillas y, de alguna forma, seguía apoyado junto a la terraza con una caja vacía en las manos y los ojos demasiado pendientes de Jana.

Jana fingía no verlo con tanta intensidad que se le iba a contracturar el cuello.

—Tú —le dijo ella sin mirarlo—. Si has terminado de hacer de mueble útil, puedes irte.

—Me falta devolver la caja a Pepa.

—La caja puede caminar sola.

—La he visto cojear.

—No te pongas gracioso.

—No me has visto intentarlo de verdad.

Jana giró la cabeza.

—Nil.

Él sonrió.

Nada grande. Nada de hombre de catálogo. Una sonrisa de tío sudado con una caja de limones, camiseta vieja y demasiada facilidad para tocarle la paciencia.

—Jana.

—No digas mi nombre con esa seguridad de quien tiene derecho a usarlo.

—Lo has dicho tú primero.

—Porque es mío.

—También es lo primero que me acuerdo cuando entras gritando.

Ona abrió mucho los ojos.

Vega bajó la carpeta un centímetro.

Tina salió de la cocina con una espátula.

—No empecéis otra saga delante de la freidora.

—No hay saga —dijo Jana.

Nil dejó la caja en el suelo.

—Todavía.

Jana cogió un limón y se lo lanzó. Él lo atrapó. Claro.

—Fuera —dijo ella.

—Luego vuelvo por la caja.

—La caja y tú podéis reconciliaros lejos.

Nil se fue riendo hacia Ultramarinos Pepa.

Yo miré a Jana.

—¿Todo normal?

—Tan normal como tus dos centímetros con Biel.

—Tocado.

—Hundida, cariño.

Me giré hacia la barra para no seguir hablando de lo único de lo que, por supuesto, quería hablar.

Biel estaba revisando el congelador. De rodillas, con la cabeza medio metida en el ruido, una linterna entre los dientes y una lista de averías apoyada en el suelo. Cuando se incorporó, tenía una marca de polvo en la frente y la camiseta pegada al pecho.

no me miró.

Muy bien.

Estupendo.

Madurísimo todo.

Mi móvil vibró dentro del cajón de la caja vieja.

Nadie se movió.

El sonido había empezado a tener presencia propia. El móvil había pasado a ser amenaza doméstica, cigarra administrativa, cliente que no se iba nunca.

Vega alzó la mirada.

—¿Comprador?

—Seguramente.

—Míralo.

—Pensaba que no tenía que responder desde el golpe.

—Mirar no es responder.

—En este local mirar ya compromete.

Biel cerró el congelador.

Ahí sí levantó la cabeza.

Poco.

Lo suficiente.

Abrí el cajón, saqué el móvil y vi el mensaje.

EL COMPRADOR: Respuesta hoy antes de las 19:00. Si decides seguir abiertos, la operación queda en pausa. Si quieres vender, asumo parte de la deuda urgente, con precio rebajado por el expediente.

Parte de la deuda urgente.

El estómago me hizo una cosa fea.

No romántica.

Financiera.

—¿Qué dice? —preguntó Vega.

Le enseñé el móvil.

Lo leyó.

Tina se limpió las manos en el delantal y se acercó.

Jana dejó las patatas.

Ona no sacó el móvil. Eso casi me dio pena.

Biel no vino.

Se quedó junto al congelador.

—Dice que puede asumir deuda urgente —dijo Vega despacio.

—Sí.

—A cambio de bajar precio por expediente abierto.

—Sí.

—Eso es comprar tu miedo con tu propio problema.

—También es pagar Marblava.

Nadie contestó enseguida.

Porque era verdad, y las verdades dichas tarde suelen venir sin educación.

Había romanticismo de chiringuito, sí. Luces feas.

Mesa que nunca callaba. Camisetas prestadas.

Frases de Lola. Cajas de cerveza. Deseo pegado a la piel.

Pero Marblava quería cobrar. El congelador quería presupuesto.

El Ayuntamiento quería calendario. La terraza había perdido dos mesas.

Y yo tenía una cuenta fuera de Cala Saurina que también existía, aunque nadie aquí quisiera hablar de ella para no romper el ambiente de ruina familiar.

Vega puso el móvil sobre la mesa.

—Podemos negociar otra cosa.

—No tienes todavía otra cosa.

—Tengo margen.

—¿Cuánto?

Calló.

Eso también contestaba bastante.

Tina cruzó los brazos.

—Aceptar ahora huele a salir corriendo.

—A veces salir corriendo evita que te atropellen.

—A veces te comes una farola.

Jana apoyó la cadera en la mesa.

—Yo, por aportar seriedad, creo que el señor camisa limpia es una rata con datáfono.

—Eso no es seriedad.

—Es intuición de barra.

Ona habló más bajo.

—Si aceptas porque paga la deuda, luego te va a usar la deuda para todo.

La miré.

Ella se encogió un poco de hombros.

—No lo digo bonito. Lo digo porque me suena.

Eso abrió una grieta pequeña en Ona. Una que no tocaba abrir allí, pero estaba ahí. Imagen, deuda, mirada pública, necesidad de que alguien te saque de un lío para luego cobrarte en exposición. Lo suyo empezaba antes de que ella quisiera mirarlo.

Biel seguía callado.

Lo odié.

—¿Tú no dices nada? —pregunté.

Levantó la cabeza.

—¿Quieres que diga algo?

—Quiero que no hagas ese numerito de hombre noble que deja decidir.

—Ayer me dijiste que no decidiera por ti.

—No uses ayer contra mí. Ayer yo tenía menos información y menos olor a congelador.

—Tienes la misma información: él aprieta cuando ve hueco.

—¿Y tú qué haces cuando ves hueco, Biel?

Ahí se callaron todos.

Bien.

Ya estábamos manchados.

Biel cerró la libreta de averías.

—Yo me meto donde no me llaman, sostengo más de lo que debo y luego me enfado si no me lo agradecen como yo necesito.

No esperaba eso.

Ni yo ni nadie.

Jana amagó con hablar. Por una vez, se le murió la frase dentro.

Biel siguió.

—Por eso no voy a decirte que no aceptes. Ya lo sabes. No necesitas que te lo diga con voz de dueño de nada.

Dueño.

La palabra se puso entre nosotros y nos miró.

Yo apreté el móvil.

—No eres dueño.

—Lo sé.

—Entonces no te vayas al otro extremo y te hagas invisible.

—Estoy aquí.

—No. Estás en el congelador.

Tina murmuró:

—Técnicamente todos estamos en el congelador desde que empezó esta semana.

Nadie se rio.

El servicio de mediodía entró como una ola de cosas vulgares.

Cuatro mesas de golpe, una pareja con un bebé que tiró media bolsa de patatas al suelo, dos turistas que querían arroz, aunque no había arroz, un señor preguntando si podía cargar el móvil “un momento” detrás de la barra, el TPV reiniciándose porque alguien había rozado el cable y Jana gritando que el limón número treinta y seis era “el único hombre estable de la jornada”.

No hubo tiempo para decidir.

Eso me alivió.

Eso me dio vergüenza.

A las tres, Marblava llamó.

Contesté yo.

El comercial no gritó. Eso habría sido más fácil. Habló con educación seca. La deuda parcial vencía esa tarde. Si no se abonaba, la entrega del día siguiente quedaba en pausa. Podíamos reducir pedido, podíamos pagar una parte, podíamos pasar por allí antes de las cinco.

Antes de las cinco.

Miré el reloj.

Tres y diecisiete.

—Voy —dije.

Biel levantó la cabeza desde la cocina.

—Voy yo.

—No.

—Abril.

—No me organices.

—No es una orden.

—Hoy todo lo que dices suena a cuerda.

—Porque estás a punto de irte sola a negociar cansada, enfadada y con una oferta de comprador en el bolsillo.

—Exacto. Entrenamiento completo.

Vega se levantó.

—No vas sola.

—Voy yo —dijo Jana.