No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 25 · BIEL #2
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CAPÍTULO 25 · BIEL #2

Abril buscó apoyo en la madera.

—Una cosa cada vez.

—La realidad no viene por turnos —dijo Vega.

—Pues que pida reserva.

A Abril le salió seca y rápida. Jana aplaudió una vez.

Yo no.

Yo estaba mirando su móvil.

La pantalla se encendió.

EL COMPRADOR: Si hoy confirmas continuidad, necesito saber si hablas de continuidad para vender o para quedarte. No negocio ambigüedad.

Abril también lo vio.

La palabra quedarte no sonaba igual en boca de ese hombre. Sonaba a rebaja. A presión. A saber, dónde poner el dedo.

—No contestes ahora —dijo Vega.

—No iba a hacerlo.

Abril cogió el móvil, lo apagó y lo metió en la caja de Lola, encima de la libreta de Lola.

Luego se detuvo un segundo con la mano dentro del cajón.

Yo debería haberme ido a por vasos. A revisar el congelador. A llamar por el presupuesto que acabábamos de inventar con la boca.

No me fui.

Cuando las demás se repartieron tareas, Abril entró en el almacén con una caja vacía y demasiada prisa. Yo esperé diez segundos. Luego la seguí porque no había aprendido nada o porque lo había aprendido todo más de la cuenta tarde.

La encontré sentada sobre una caja de cerveza, con los codos en las rodillas y la cara entre las manos.

—No digas nada —dijo.

—Vale.

—Eso ya es decir algo.

—Entonces me quedo respirando con discreción.

—Tampoco.

Me apoyé en la pared, junto a las garrafas de aceite. El almacén olía a cartón, humedad y detergente. El congelador ruidoso trabajaba detrás con una tos constante. Afuera, Jana discutía con Nil por los limones. Tina movía sillas. Vega dictaba una lista. Ona no grababa y eso hacía todavía más ruido.

Abril levantó la cabeza.

Tenía los ojos secos. Rojos, pero secos. Abril podía llorar por dentro y salirte con una comanda perfecta. O equivocada. Últimamente ninguna cosa era segura.

—Tengo que decir que me quedo suficiente —dijo.

—Sí.

—Y tú no vas a saber oír esa palabra.

—Suficiente.

—Sí.

—No. No la sé oír.

Me miró. No esperaba que lo admitiera.

Yo tampoco.

—Pero es la palabra honesta —añadí.

—Qué asco das cuando decides ser justo.

—Me pasa poco.

Abril soltó una risa rota, por un lado. Se levantó. Quedó más cerca de lo prudente. El almacén era el almacén: no tenía espacio para dos personas que fingían haber tomado decisiones adultas.

—No me mires así —dijo.

—No sé cuál.

—La de estar contento y enfadado.

—Tengo repertorio limitado.

—No estoy quedándome por ti.

—Ya.

—No digas ya.

—Abril, si dijeras que te quedas por mí, saldría corriendo.

Eso la frenó.

—Mentira.

—No lo sabes.

—Sí lo sé.

Dio un paso más. Muy poco. Lo justo para que el aire cambiara de dueño.

—Tú no corres —dijo.

—Tú sí.

La frase cayó mal. Lo vi en su boca. En cómo se le tensó el cuello. En cómo el cuerpo se le fue hacia atrás antes de que el orgullo la empujara hacia delante.

—No uses eso ahora.

—Lo usas tú cada vez que te acercas.

—¿Perdón?

—Te acercas para comprobar que todavía estoy. Luego te enfadas si sigo.

Me dio un empujón en el pecho.

Suave.

Suficiente.

Le agarré las muñecas antes de que volviera a hacerlo. No por fuerza. Por cansancio. Por deseo. Por mala educación emocional.

—No.

—Suéltame.

La solté.

Al instante.

Abril miró mis manos, libres ahora. La obediencia también le funcionaba como provocación.

—Te odio cuando haces eso.

—Ya.

—No digas ya.

—No sé qué quieres que diga.

—Nada útil.

La besó ella.

Entró torcido y con demasiada rabia. Me golpeó más que me besó, con la boca cansada, con una mano agarrándome la camiseta a la altura del pecho y la otra en mi nuca.

Respondí tarde, luego demasiado. La espalda me dio contra la pared.

Una caja vacía cayó al suelo. El congelador siguió roncando con una indiferencia obscena.

Le cogí la cara entre las manos.

—Abril.

—No pares.

—Mírame.

Abrió los ojos. Estaban llenos de rabia y miedo. Lo segundo era lo que más quemaba, aunque no lo pensara con esa palabra. Mejor: lo que más dolía.

—¿Sí? —pregunté.

—Sí.

—No para tapar lo de ahí fuera.

—No me des lecciones con la mano en mi cintura.

Tenía razón. La tenía ahí. La piel caliente bajo la camiseta, el pulso desordenado, el cuerpo entero diciéndome que dejara de convertir el cuidado en excusa.

La besé otra vez.

Esta vez más despacio. Más peligroso.

Abril se pegó a mí, y la caja de cerveza bajo su muslo crujió cuando la levanté sin pensar. Ella dejó escapar una risa contra mi boca.

—Se va a romper.

—Todo aquí se rompe.

—Qué optimista.

Le mordí el labio, suave. Lo suficiente para que dejara de hablar medio segundo. Sus dedos se metieron bajo mi camiseta y me arañaron la piel de la espalda, sudada, sucia, real. Me salió un sonido bajo que habría preferido negar ante cualquier tribunal.

Entonces el TPV protestó desde la barra.

Una vez.

Dos.

Después Jana gritó:

—¡Si estáis reorganizando el almacén con gemidos, aviso que la mesa tres quiere pagar!

Abril parpadeó despacio contra mi cuello.

—La mato.

—Hay testigos.

—Tú me ayudas.

La bajé de la caja. No porque quisiera. Porque había una revisión hecha, un calendario pendiente, un comprador apretando y una mesa tres que, por desgracia, existía.

Abril se arregló la camiseta con manos torpes. Yo recogí la caja caída. Ninguno de los dos habló durante tres segundos.

—Esto no arregla nada —dijo ella.

—Ya.

—Tampoco lo empeora todo.

La miré.

—No estés tan segura.

Salió antes que yo.

Al llegar a la barra, Jana nos miró la boca a los dos con una falta de sutileza histórica.

—La mesa tres ha pagado en efectivo porque el TPV se ha ofendido.

Tina apareció desde la cocina.

—Y Vega quiere la confirmación por escrito.

Vega, desde la mesa de siempre, levantó el bolígrafo.

—Ahora.

Abril se colocó al otro lado de la barra, cogió aire y abrió el cajón de la caja de Lola.

No sacó el móvil.

Sacó la libreta de Lola.

Arrancó una hoja en blanco del final, la puso sobre la barra y escribió una frase. Luego la pasó a Vega.

Vega leyó.

—Esto no vale como escrito oficial, Abril.

—Ya lo sé.

—¿Pero vale como decisión?

Abril miró la terraza, el baño, el toldo, la mesa que nunca callaba, a sus amigas y al almacén donde acabábamos de volver a cruzar una línea con cajas de cerveza por testigos.

—Vale como que no cierro hoy —dijo.

No dijo más.

No hizo falta.

A mí me bastó para tener miedo. Del bueno no: del que te deja la boca seca y las manos ocupadas.