CAPÍTULO 25 · BIEL
La revisión municipal llegó con diez minutos de adelanto.
Por supuesto.
El día que una necesita una tregua, Cala Saurina adelanta relojes, rompe toldos y manda funcionarios con carpeta antes de que el café empiece a hacer efecto.
Yo estaba junto a la barra, intentando convencer al TPV de que imprimir tres tickets iguales no lo convertía en más fiable, cuando vi al técnico del Ayuntamiento cruzar la terraza con polo claro, gafas colgadas del cuello y esa cara de persona que no pisa arena si puede evitarlo.
Abril bajó de la habitación de arriba dos segundos después.
No había dormido. Lo supe por el pelo recogido más de la cuenta tirante, por la camiseta metida a medias en el pantalón, por la marca de sábana en una mejilla y por la forma en que agarraba la carpeta de la memoria: fuerte, igual que se agarra una bandeja demasiado cargada fingiendo que el brazo no tiembla.
—Ha llegado —dije.
—Ya lo veo.
—Tienes tinta en el cuello.
—Buenos días también a ti.
—Iba sin crítica.
—En tu boca todo necesita inspección.
Se pasó la mano por el cuello, se manchó más y me miró con una rabia tan cansada que tuve que apartar la vista para no tocarla.
En la cocina, Tina abrió una bolsa de pan con violencia contenida.
Jana apareció desde la terraza con dos vasos en la mano y una cara de resaca tan elaborada que merecía nómina.
Ona llevaba el móvil guardado en el bolsillo, visible solo por el bulto, y lo vigilaba con la misma ansiedad que una madre primeriza.
Vega llegó desde la mesa de siempre con la copia de la memoria, bolígrafo y cara de no haber perdonado a nadie desde 2011.
—Recuerda —dijo Vega a Abril—. Contestas lo que te pregunten. No rellenas silencios. No pides perdón por existir. No prometes cosas que luego no podamos sostener.
—¿También tengo permiso para respirar o lo hacemos por escrito?
—Respira cuando no hable el técnico.
Jana alzó una mano.
—Yo puedo hacer de ciudadana normal de fondo.
Tina la miró.
—Tú no sabes hacer de normal ni con subvención.
El técnico entró por la terraza, saludó y miró alrededor.
Primero las dos mesas que ya no estaban.
Mal asunto.
Abril lo vio. Yo también. Las mesas ausentes hacían más ruido que las presentes: dos huecos de arena, dos círculos viejos bajo el toldo, dos decisiones tomadas después de una noche en que Abril y yo habíamos dejado de pensar con la parte útil del cuerpo.
—Han reducido terraza —dijo el técnico.
No lo preguntó. Lo anotó.
Abril enderezó la espalda.
—Sí.
Vega amagó con hablar.
Abril levantó un dedo sin mirarla.
—Hemos reducido dos mesas hasta aclarar la ocupación real y evitar problemas con el paso lateral. Queda señalado en la memoria.
El técnico miró la carpeta.
—Eso no estaba en la comunicación inicial.
—Ahora sí.
Se la entregó.
Sin disculpa. Sin adorno. Sin pedir que alguien hablara por ella.
A mí se me movió algo incómodo por dentro.
No orgullo. O sí, pero del tipo que llega con dientes.
Porque verla hacer aquello me gustó y me jodió al mismo tiempo.
Me gustó verla dueña sin convertirlo en disfraz.
Me jodió porque cada gesto suyo que la metía más en Lola y Sal acercaba la pregunta que ninguno de los dos quería hacer en voz alta: si sabía sostenerlo, por qué iba a venderlo igual.
El técnico revisó los papeles en la mesa que nunca callaba.
Vega se colocó a su lado con una calma agresiva.
Jana intentó apoyarse en una silla, falló porque la silla cojeaba y recuperó la dignidad con una tos.
Ona no grabó. Tina salió de la cocina con una bandeja de vasos que no hacía falta mover, solo para escuchar mejor.
—La actividad queda acreditada estos días —dijo el técnico—. Pero falta estabilidad documental.
—Traducido a idioma de gente con sueño —murmuró Jana.
Vega le clavó una mirada.
El técnico siguió.
—Memoria de ocupación, acreditación de subsanación, justificantes de actividad y titular responsable visible. Si continúa la temporada, la persona titular debe asumirlo por escrito.
Abril no parpadeó.
Yo sí.
Ahí estaba la palabra que le habíamos estado empujando entre todos desde el primer día: asumir.
No abrir un turno.
No mandar un correo.
No dormir arriba porque el Hostal Mar de Fora la había escupido con educación.
Asumir.
Abril apoyó la carpeta en la mesa. El borde golpeó la madera con un sonido seco.
—Soy yo.
La voz no le salió grande. Le salió ronca. Mejor.
—Abril Rovira Mas —dijo—. Titular responsable mientras el expediente esté en revisión.
Jana, por una vez, no hizo comentario.
Yo tampoco.
El técnico anotó. Una línea. Dos. El boli raspó el papel y me dieron ganas de arrancárselo de la mano. No porque estuviera haciendo nada malo. Porque cada rasgo ataba un nudo.
Abril mantuvo la vista lejos de mí.
Me había pedido la noche anterior que no la mirara cuando lo dijera. Cumplí a medias. Miré el baño, como prometí. La puerta azul, la grieta junto al marco, el cubo con el cartel de Tina: QUIEN LO ATASQUE, LO ADOPTA.
No ayudó mucho.
El técnico pidió ver la cocina.
Tina se puso delante con una bayeta en la mano.
—Está funcional.
—Necesito verla.
—Verla va a empeorarle el día.
—Tina —dijo Abril.
—He dicho funcional, no bonita.
Entramos todos menos Jana, que dijo que alguien tenía que custodiar la terraza por si un cliente intentaba existir antes de tiempo.
La cocina olía a aceite limpio, que duraría poco, pan caliente y lejía recién pasada.
El congelador ruidoso se lució justo al abrir la puerta: un ronquido largo, metálico, vergonzoso.
—Ese equipo debe revisarse —dijo el técnico.
—Está pedido presupuesto —contestó Abril.
no me miró.
Bien.
Porque si me miraba, yo podía decir la verdad con los ojos: el presupuesto no estaba pedido. Estaba apuntado en la libreta con tres signos de exclamación, que en Lola y Sal era una fase previa a la realidad.
—¿Lo está? —preguntó el técnico.
Abril sacó el móvil.
—Se solicita hoy. Queda incorporado a la memoria actualizada antes de entregar versión definitiva.
Vega entornó los ojos un segundo. No de enfado. De aceptación dolorosa. Abril había mentido poco. Lo justo para obligarse a hacerlo.
Eso también era una forma de quedarse.
Mi móvil vibró en el bolsillo.
No lo miré.
El de Abril vibró encima de la barra.
Tampoco lo miró.
El comprador tenía talento para aparecer cuando una frase acababa de cambiar de peso. Lo sabíamos todos, aunque nadie viera la pantalla.
La revisión siguió por el almacén, la ducha exterior y la terraza.
En el almacén, el técnico preguntó por cajas mal apiladas.
Abril dijo que se reorganizarían por zonas antes del cierre.
Jana gritó desde fuera que ella no pensaba morir aplastada por servilletas.
En la ducha exterior, el grifo disparó hacia un lado cuando el técnico pidió probarlo.
Le mojó el zapato.
Poco.
Lo suficiente para que Tina girara la cara y se mordiera una risa contra el hombro.
Abril apretó los labios.
Yo miré al suelo.
El técnico miró su zapato, luego la ducha, luego la carpeta.
—También se revisará.
—Sí —dijo Abril.
No añadió que esa ducha llevaba años disparando donde le daba la gana, que había empapado camisetas, orgullo y alguna conversación que todavía no sabíamos archivar. Bien por ella. La memoria municipal no necesitaba anexos carnales.
A media revisión, Nil apareció por la terraza con una caja de limones.
No sé de dónde los sacaba ese hombre. Empezaba a parecer una enfermedad.
—Jana me ha dicho que faltaban.
Jana salió de detrás de una mesa.
—Yo he dicho que la vida se nos estaba quedando sin acidez. No que vinieras haciendo de agricultor ornamental.
—Los limones son del Ultramarinos Pepa.
—Entonces además has venido de recadero.
—He venido a ayudar.
—Perfecto.
El técnico miró al frente.
Abril plantó los pies.
—Proveedor puntual de apoyo para barra —dijo, y siguió adelante con aquella frase absurda en la mesa.
Nil miró a Jana.
—Proveedor puntual.
—No te emociones —dijo ella—. En mi vida eres incidencia.
Vega, desde la mesa, murmuró:
—Os voy a separar por anexos.
Abril no sonrió. Pero los ojos, sí. Un poco.
Aquello también era Lola y Sal: una revisión municipal, una deuda, una pareja futura lanzándose limones sin saberlo todavía y una dueña agotada aprendiendo a no disculparse por cada ruido.
Cuando el técnico terminó, se sentó otra vez en la mesa coja. Sacó una hoja, la colocó encima de la memoria y habló con voz administrativa, que es una voz diseñada para que una mala noticia tarde en llegar.
—Pueden seguir abiertos.
Abril dejó salir el aire.
Muy poco.
Yo lo vi.
—Pero el expediente queda abierto hasta subsanación completa. Cualquier cambio de titularidad, traspaso o cierre antes de resolver la memoria deberá comunicarse y puede condicionar el informe.
Ahí no soltó aire nadie.
El técnico siguió.
—Necesito confirmación por escrito de la titular responsable y calendario de actividad de las próximas semanas. Hoy, si puede ser.
—Hoy —dijo Abril.
Vega giró la cabeza hacia ella.
—Abril.
—Hoy —repitió.
El técnico recogió sus papeles, miró otra vez el cartel torcido, el toldo derecho, el baño y el local entero con esa mirada de quien no entiende cómo algo tan mal sostenido sigue de pie.
Yo lo entendía menos que nadie.
Abril lo acompañó hasta la salida. No se escondió detrás de Vega. No me pidió una palabra técnica. No miró el móvil. Estuvo allí, de pie, con las zapatillas llenas de arena, la tinta en el cuello y el nombre de su madre colgando detrás.
—Gracias —dijo.
—Tienen trabajo —contestó él.
—Lo sabemos.
Se fue.
Durante cuatro segundos nadie habló.
Luego Jana levantó la mano.
—¿Ya puedo respirar mal?
Tina dejó la bayeta sobre la barra.
—Puedes respirar, pero fregando.
Ona sacó el móvil del bolsillo y lo dejó encima de la mesa, boca abajo.
—No he grabado nada.
—Eso ya cuenta como milagro —dijo Jana.
Vega se sentó y empezó a escribir.
—Necesitamos calendario de actividad, solicitud de presupuesto del congelador, revisión de ducha, justificante de terraza reducida, listado de proveedores y respuesta al comprador.