CAPÍTULO 24 · ABRIL #2
—La verdad del local. Que asumes titularidad mientras dura este tramo y no lo haces como fachada para huir. No tienes que prometer toda tu vida. Pero sí continuidad suficiente para que no parezca una fachada de venta.
—¿Cuánto es suficiente?
—Depende.
—Odio esa palabra.
—Yo también. Por eso la uso cuando no puedo mentirte.
Miré a Biel.
Él estaba quieto.
Demasiado.
—¿Cuánto, Vega?
—Hasta resolver revisión, actividad y deudas urgentes. Como mínimo, lo que queda de este primer tramo de temporada.
Jana silbó por lo bajo.
—Eso suena a quedarse bastante para alguien que venía a cerrar antes de comer.
—Gracias por el acta emocional —dije.
—De nada. Facturo en croquetas.
No miré a Biel otra vez.
Mentira. Lo miré.
Estaba junto a la barra, con la foto vieja reflejada en la madera marcada y las manos apoyadas a los lados. No parecía victorioso. No parecía feliz. Parecía alguien que había recibido exactamente lo que quería y entendía que podía salir carísimo.
—No tienes que decir nada ahora —dijo.
—No iba a pedirte permiso.
—Tampoco te lo estaba dando.
—Entonces qué hacías.
—Intentar no parecer contento.
Me dolió. Me hizo gracia. Me enfadó.
Todo a la vez, que últimamente era mi estado civil.
—Pues no lo parezcas mucho.
—Estoy sudado y con sueño. Mi felicidad tiene poco presupuesto.
Jana apoyó la barbilla en la mano.
—Qué bonito sois cuando no intentáis serlo.
—Jana —dijimos todos.
A las dos, Nil y Ona volvieron con las copias limpias. Ona entró triunfal, con expresión de haber rescatado documentos de un naufragio administrativo.
—Impreso.
—¿Sin publicar nada? —pregunté.
—Sin publicar nada.
—¿Sin hacer stories del camino?
—He hecho una foto a un gato.
—Ona.
—No la he subido.
Nil dejó las copias sobre la mesa. Jana las cogió antes que nadie.
—¿Manos limpias? —preguntó.
Nil enseñó las palmas.
—Más que tu carácter.
Jana levantó la cabeza.
—Tú estás buscando problemas.
—Los limones me han dado valor.
—Los limones van a darte en la frente.
Vega les quitó las copias.
—Si vais a empezar otra catástrofe sentimental en mi mesa de papeles, avisad para que archive.
Todos nos quedamos quietos un segundo.
Jana fue la primera en reaccionar.
—No sé qué es eso, pero me niego por principio.
Nil sonrió sin defensa.
—Yo no.
Jana le tiró una servilleta.
Por primera vez en horas, nos reímos sin que sonara a emergencia.
Luego el baño goteó.
Poco.
Lo justo para recordarnos que Lola y Sal no permitía alegrías largas.
A las dos y media, mandé a todos a casa.
No obedecieron enseguida, por supuesto. Tina quiso revisar la cocina otra vez.
Vega repasó la memoria de pie. Ona sacó el móvil del vaso y lo besó con dramatismo.
Jana dijo que ella se quedaba “por si había que hacer de testigo sexy”.
Nil dijo que la acompañaba. Jana contestó que él no estaba invitado a su sex appeal logístico.
Roc, desde la terraza, preguntó si necesitábamos algo más, y Tina dijo que no más de la cuenta rápido.
Al final se fueron.
Casi todos.
Biel siguió ahí.
Claro.
Yo estaba junto a la barra, metiendo la foto vieja en el cajón junto a la libreta de Lola. La frase de mi madre quedó hacia arriba.
Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.
Cerré el cajón.
—Vete a dormir —dije.
—Tú primero.
—Estoy arriba.
—Exacto.
—No uses la habitación como argumento.
—No la estoy usando.
—Todo aquí se usa si una no vigila.
Biel se acercó a la barra, despacio. No demasiado. Ya habíamos aprendido algo. O habíamos fingido aprender.
—Mañana vas a tener que decir que te quedas suficiente.
—Me he enterado.
—Y te va a joder.
—También.
—Y puede que después quieras culparme.
Le miré.
—Probablemente.
—De acuerdo.
—¿Vale?
—Prefiero que me culpes a que te vendas por salir corriendo.
Eso me pegó bajo.
Bonita, nada. Tampoco lo intentaba. Venía con ojeras, con olor a lejía, con dos mesas menos y una deuda a Marblava que todavía nos miraba desde la libreta.
—No soy tan cobarde —dije.
Biel dejó pasar un segundo.
Error.
—A veces sí —dijo.
Me enfadé al instante.
Bien. La rabia era más fácil que la parte que sabía que no estaba mintiendo.
—Gracias por cerrar la noche con delicadeza.
—No tengo.
—Ya.
—Pero yo también lo soy.
Eso me frenó.
Biel apoyó los dedos en el borde de la barra.
—Cobarde, digo. Cuando me quedo callado para castigarte. Cuando hago trampas con mesas porque pienso que sé más. Cuando quiero que te quedes y me convenzo de que es por el chiringuito.
Esa confesión me dejó con las manos tontas. La miré como se mira un vaso a punto de caerse.
No venía limpia. Venía tarde, con grasa y cansancio, y quizá por eso entraba mejor.
—No me digas cosas así a las tres de la mañana —dije.
—¿Cuándo te va bien, a las diez con café?
—A las diez tengo revisión.
—Pues mala agenda.
Quise reírme.
Quise llorar.
Hice lo que pude: cogí un trapo y limpié una mancha seca de la barra que no necesitaba limpieza.
—Mañana no me mires cuando diga lo de quedarme.
—No prometo eso.
—Biel.
—No prometo mentiras útiles.
—Pues mira al baño.
—Eso sí puedo.
Me salió una risa pequeña.
Biel también sonrió.
No nos tocamos.
Esa fue la decisión más adulta y más irritante de la noche.
Subí a la habitación de arriba con la copia de la memoria bajo el brazo, la camiseta pegada a la espalda, los pies sucios y la sensación de estar caminando hacia una revisión municipal como quien va a una cita que no ha pedido, pero tampoco puede cancelar.
Desde arriba oí a Biel cerrar la puerta lateral.
La llave giró.
Una vez.
Dos.
Luego silencio.
Me senté en la cama sin deshacerla. La habitación olía a madera caliente, papeles, ropa usada y un poco a él, aunque él ya no estaba. Injusto. Había olores que deberían obedecer mejor.
Miré el móvil.
El comprador seguía arriba, sin respuesta.
Escribí una frase.
La borré.
Escribí otra.
La borré también.
Al final lo dejé boca abajo sobre la caja de galletas.
Mañana no podía contestar como mujer que huía, ni como mujer que se había acostado con Biel, ni como hija de Lola, ni como heredera ofendida. Mañana tenía que abrir, sostener, firmar y no hacer trampas con dos mesas.
Qué plan tan poco elegante.
Me tumbé vestida.
No dormí enseguida.
Abajo, el congelador ruidoso siguió trabajando.
Yo también. Aunque nadie pudiera verlo. Aunque yo misma hiciera lo posible por no mirarlo.