No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 24 · ABRIL
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CAPÍTULO 24 · ABRIL

Aquella noche Lola y Sal cerró con las luces encendidas por dentro y los nervios fuera de sitio.

La palabra cerrar volvía a quedarnos grande.

Bajamos toldos, sí. Apilamos sillas, sí.

Limpiamos la barra tres veces, también. Pero nadie se fue.

Ni siquiera Jana, que a las once y media empezó a decir que su alma necesitaba cama y a las doce estaba fregando vasos con la cara de una mártir de temporada baja.

—Quiero que conste —dijo— que yo nací para otras cosas.

—¿Para qué, exactamente? —preguntó Tina desde la cocina.

—Para ser deseada en terrazas limpias.

Nil, que seguía allí porque había traído limones, luego hielo y después una excusa muy mal vestida de ayuda, dejó escapar una risa.

Jana le apuntó con una bayeta.

—Tú no participes en mi biografía.

—No me has dejado ni leer la letra pequeña.

—Porque la manchas con las manos.

—Las tengo limpias.

—No arregla nada.

Vega cerró una carpeta con un golpe.

—Si acabáis de tensar vuestra cosa rara, necesito la mesa.

—No hay cosa rara —dijo Jana.

A Nil se le escapó una sonrisa.

—Cosa sí. Rara, depende del día.

Jana le tiró la bayeta.

La bayeta cayó en la mesa que nunca callaba, entre la libreta de Lola, la memoria de actividad, tres tickets pegados con grasa y una foto vieja que Ona había encontrado en un cajón y que nadie sabía dónde colocar sin hacer daño.

Estábamos las cinco.

Y Biel.

Y Nil, que oficialmente no contaba, pero ahí seguía, apoyado en la barra con una caja de limones vacía a los pies y una facilidad para ocupar sitio que a Jana le estaba dando problemas visibles.

Roc pasó por la terraza a devolver una llave inglesa de Taller Marí. Tina se puso muy ocupada con una bolsa de basura justo cuando él entró. No dijo gracias hasta que él ya estaba casi en la salida.

—Gracias —soltó, seca.

—De nada.

Roc la miró un segundo.

Uno.

Tina miró la bolsa, buscando instrucciones jurídicas.

No éramos un grupo perfecto. Éramos cinco mujeres adultas rodeadas de hombres, facturas, limones, bolsas que perdían y conversaciones que nadie quería tener en voz alta.

Ona tenía el móvil dentro de un vaso vacío.

Literalmente.

Lo había metido allí boca abajo, en la mesa de las cinco, y había puesto encima una servilleta.

—Para no tocarlo —explicó.

—Parece un velatorio tecnológico —dijo Jana.

—Me está funcionando.

—Llevas veinte minutos mirándolo.

—Pero no lo toco.

Vega señaló los papeles.

—Revisión mañana a las nueve. Necesitamos tres cosas: terraza dentro de línea, memoria impresa y visible, y responsable presente durante servicio.

—Estoy presente —dije.

Mi voz salió más firme de lo que me sentía. El cuerpo me dolía en sitios distintos: hombros por cajas, muslos por estar de pie, boca por morderme respuestas, y otra parte más baja y menos confesable por recordar a Biel cada vez que pasaba detrás de mí.

Biel estaba en la barra, limpiando vasos que ya estaban limpios.

Desde que el Ayuntamiento había llamado, no habíamos estado a solas.

Eso ayudaba.

No ayudaba nada.

—También necesitamos el baño operativo —dijo Tina.

—El baño está operativo —contestó Biel.

El baño emitió un ruido corto.

Todos giramos la cabeza.

—Está intentando participar —dijo Jana.

—Está avisando de que no le gusta la palabra operativo —dijo Ona.

—Lo reviso otra vez —dijo Biel.

—Voy contigo —dije.

Se hizo un silencio mínimo.

Mínimo. Demasiado.

Jana amagó con hablar.

—Ni se te ocurra —le dije.

—Estoy callado.

—Lo has respirado.

—Mi respiración es libre.

Biel dejó el vaso sobre la barra.

—No hace falta que vengas.

—He firmado como responsable.

—Y yo sé dónde está la llave de paso.

—Enhorabuena por tus habilidades íntimas con tuberías.

Nil tosió una risa.

Jana le dio un golpe en el brazo con la bayeta recuperada.

—No disfrutes de conversaciones ajenas.

—Estoy aprendiendo mucho.

Biel alzó la mirada hacia mí.

—Vamos.

No dijo no me mandes.

Yo tampoco.

Cruzamos hacia el baño con una distancia correcta y un historial indecente. El pasillo olía a lejía, humedad vieja y cansancio. La nota de Tina seguía pegada en la puerta: “Quien lo atasque, lo adopta”. Alguien había añadido debajo, con boli azul: “No se admiten devoluciones”. Probablemente Jana.

Biel abrió la puerta y encendió la luz. El fluorescente parpadeó dos veces antes de decidir que vivir era una opción.

—Está seco —dijo.

—Milagro documentable.

Se agachó para mirar la base del váter. Seguí de pie en la puerta, con una carpeta contra el pecho y una estupidez enorme en el cuerpo.

Anoche esa espalda había estado bajo mis manos.

Anoche yo había sentido la fuerza de sus hombros, el peso de su respiración, la forma en que se detenía para mirarme y preguntar sin adornos si seguía queriendo.

Esa mañana habíamos discutido por dos mesas y una factura.

La vida real era una falta de respeto constante.

—No gotea —dijo.

—Como quieras.

—El lavabo sí, poco.

—¿Afecta?

—Afecta a mi paciencia.

—Eso ya venía tocado.

Se incorporó.

El baño era pequeño. Demasiado. Más pequeño que el almacén, que la cocina, que cualquier sitio donde una pudiera fingir que la distancia no estaba negociándose sola. Biel quedó frente a mí, con las manos húmedas, la camiseta marcada por el día y una mancha de óxido cerca del cuello.

Yo olía a fritura, limón, papel viejo y miedo.

—Lo de antes —dijo.

—No.

—No sabes qué voy a decir.

—Si empieza por “lo de antes”, no nos conviene.

—Pues lo de mañana.

—Tampoco.

—Abril.

—Biel.

Nos miramos con toda la inteligencia adulta de dos personas acorraladas por un váter.

—No voy a mover las mesas —dijo.

—Lo tengo claro.

—No lo sabías.

—Ahora sí.

—No voy a ponerte otra cosa con tu firma debajo.

La carpeta me pesó más contra el pecho.

—Gracias.

—No lo digo para que me des las gracias.

—Entonces no sé qué hacer con eso.

—Nada. Solo saberlo.

Lo jodido de Biel cuando estaba bien era eso: no pedía recompensa por cosas que yo no sabía recibir.

El ruido de la terraza llegaba bajo, con Jana riéndose de algo y Tina diciendo que esa risa no fregaba. Fuera había gente. Dentro, un baño seco, un lavabo goteando y el hombre al que yo había dejado entrar en una parte de mí que llevaba años funcionando con pestillo roto.

—Ayer no fue una despedida —dije.

Me arrepentí antes de terminar.

Biel ni pestañeó.

—Ya lo dijiste.

—Pues hoy lo repito.

—¿Para convencerme a mí o a ti?

—No seas cerdo.

—Estoy preguntando.

—Estoy cansada.

—No has respondido.

—Responde a muchas cosas.

Biel miró mi boca.

Me enfadé con él por hacerlo.

Me enfadé más por notar exactamente dónde me miraba.

—Hoy no —dije.

—Ya lo has dicho.

—Necesito que lo oiga mi cuerpo también.

Su mandíbula se movió.

—Entonces sal tú primero.

—¿Por qué?

—Porque yo no soy tan civilizado como estoy intentando parecer.

Eso sí me hizo algo.

No tuvo nada de limpio: una punzada baja, ridícula, viva, de esas que no piden permiso antes de decirte la verdad.

Di un paso hacia atrás.

—Me vale.

Salí del baño primero.

Me pareció una victoria patética.

En la mesa de siempre, Vega ya había ordenado los papeles por montones: licencia, memoria, proveedores, caja, terraza. La foto vieja quedaba arriba, fuera de sitio. La cogí antes de sentarme.

Éramos nosotras cinco con dieciséis o diecisiete años, quemadas de sol, sentadas en la mesa de siempre.

Jana enseñaba la lengua. Ona llevaba gafas enormes.

Vega tenía cara de estar corrigiendo al fotógrafo.

Tina sujetaba una botella de agua como si fuera una herramienta.

Yo estaba en el borde, con una camiseta de Lola y Sal y el pelo lleno de sal.

Detrás, Lola apoyaba un codo en la barra.

No sonreía a cámara.

Sonreía mirándonos.

En el margen inferior, escrito con boli: Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.

La frase de Lola.

La frase real. Fea, útil, con mala leche y una ternura que no pedía permiso.

Tragué.

—Eso no va en la memoria —dije.

Vega alzó la vista hacia mí.

—No.

—Pero mañana la dejamos en el cajón de la barra.

Tina levantó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque si me dan ganas de llorar durante la revisión, prefiero que mi madre me insulte desde cerca.

Jana se llevó una mano al pecho.

—Eso sí es familia.

Ona tocó la foto con un dedo.

—Podría quedar muy bonita en una publicación de…

Todas la miramos.

Levantó las manos.

—No he terminado. Iba a decir “de nada, no se publica, ya me callo”.

—Vas mejorando —dijo Vega.

A la una de la madrugada, la memoria estaba impresa.

Bueno, impresa a medias, porque la impresora vieja de Lola y Sal se quedó sin tinta negra y terminó sacando las últimas páginas en un gris triste que Vega calificó de “legible si el funcionario tiene buena voluntad”.

Nadie quiso apostar por la buena voluntad, así que Ona y Nil fueron al Hostal Mar de Fora a pedir que nos imprimieran una copia limpia.

Jana protestó porque Nil y Ona juntos parecían “una subtrama absurda”.

Nil dijo que podía ir solo. Jana dijo que ni hablar, que igual volvía con más limones.

Tina revisó el baño.

Biel revisó la terraza.

Yo revisé caja.

Cada uno eligió una forma de no hablar de lo que importaba.

A la una y media, entró el mensaje del comprador.

EL COMPRADOR: Si la revisión municipal queda resuelta, puedo retomar conversación. Confírmame si mantienes voluntad de salida rápida. Sin eso, no mejoro condiciones.

Lo leí una vez.

Dos.

Biel lo vio desde la barra.

—No contestes hoy —dijo.

Me irritó que acertara antes de que yo pudiera equivocarme.

—No pensaba.

—Bien.

—Pero mañana igual sí.

—Mañana decides mañana.

—Te encanta esa frase.

—Es nueva. La estoy probando.

—Suena barata.

—Combina con el local.

Me reí sin ganas y dejé el móvil con la pantalla hacia abajo junto a la foto vieja.

Vega se quitó las gafas.

—Abril, una cosa más.

—No digas una cosa más a la una y media.

—Si mañana preguntan por continuidad de responsable, no puedes decir que estás de paso.

El cansancio me bajó a los pies.

—¿Qué tengo que decir?