No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 23 · BIEL #2
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CAPÍTULO 23 · BIEL #2

—Esta vez sí porque lo digo yo, Vega, Tina, Jana, Ona, el congelador y seguramente la mesa seis si le preguntas.

Jana levantó un dedo.

—La mesa seis pediría fiado. No cuenta.

Abril abrió la libreta. Empezó a sumar caja, efectivo, lo que había en cuenta, lo que debía entrar, lo que no iba a entrar con dos mesas menos.

El lápiz le dejó una mancha gris en el lado de la mano.

Tenía el cuello tenso. Yo sabía dónde besarla para que dejara de apretar así.

Y precisamente por eso me mantuve al otro lado de la barra.

—No llega —dijo al final.

—Yo pongo el resto —dije.

No lo pensé.

Error.

Abril cerró la libreta.

Despacio.

—No.

—No es tanto.

—Para ti quizá no. Para mí es otra cuerda en el cuello.

—Es un pago, Abril. No una cuerda.

—Todo aquí empieza llamándose pago y acaba pareciendo otra cosa.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Convertir cualquier ayuda mía en una deuda sentimental.

—Entonces deja de ofrecer ayuda justo cuando estoy con el agua al cuello.

—¿Prefieres hundirte limpia?

—Prefiero saber qué firmo, qué pago y qué acepto.

Otra vez la firma.

Otra vez mi sitio fuera de su papel.

Vega intervino antes de que la terraza nos oyera demasiado.

—Hay otra opción.

Abril giró la cabeza.

—Habla.

—Reducimos menú hoy. Nada de carta amplia. Trabajamos con Noguera, lo que queda de almacén, pan del Forn Nuri y bebidas actuales. Pagamos a Marblava al cierre con caja real. Si no llega, se pacta mañana. Pero no se paga con dinero de Biel ni con comprador.

Tina asintió.

—Menú de supervivencia.

—Qué bonito —dijo Ona desde la mesa—. Lo sub… No. No lo subo.

—Vas aprendiendo —dijo Jana.

Abril miró la terraza pequeña, las dos mesas menos, la nevera ruidosa, el TPV, los papeles de Vega, mi mano todavía cerca de la cartera.

—Está bien.

—Eso significa que hoy habrá gente enfadada —dije.

—Qué novedad.

—Y menos caja.

—Ya.

—Y tendrás que decir que no.

Abril levantó la cabeza.

—Sé decir que no, Biel.

—Sí. Pero no siempre donde toca.

Se hizo silencio.

Otra vez lo dije mal. O bien. Había días en que la diferencia no servía para nada.

Abril guardó la libreta.

—Pues hoy practico.

Lo hizo.

A las dos menos cuarto, la terraza estaba llena hasta donde la línea blanca nos permitía.

Dos parejas se fueron al ver que no quedaba mesa.

Un señor dijo que el año pasado lo sentaban “ahí mismo”, señalando la zona prohibida con la seguridad de quien nunca ha firmado nada.

Abril sonrió con toda la educación peligrosa que tenía en reserva.

—El año pasado también yo dormía más. Todo cambia.

El señor no supo si reírse.

Yo sí.

No lo hice.

El menú reducido fue una carnicería sin sangre. No había almejas, no había una parte del género seco, no había el postre que una mesa había visto en una foto antigua, no había paciencia. Había sardinas, bravas, ensalada pobre, pan, cerveza, claras, agua y Tina diciendo desde cocina:

—Si alguien pregunta por opciones, dile que la opción es comer o irse.

Abril lo dijo mejor.

No mucho.

—Hoy trabajamos con carta corta por revisión de proveedores. Lo que sale, sale bien. Lo que no hay, no se inventa.

Un turista le preguntó si aquello era “concepto local”.

—Sí —contestó ella—. Se llama realidad.

Jana se enamoró un poco.

A las cuatro, la caja era menor que el día anterior, pero limpia.

Limpia dentro de lo que permitía un TPV que imprimía tickets con trauma.

Vega sumó dos veces. Tina sumó una y dijo que prefería no volver a hacerlo porque los números la insultaban.

Ona escribió a Marblava el justificante parcial. Abril llamó.

—Pagamos esto hoy. El resto mañana al cierre. No, no vamos a ampliar pedido. No, tampoco vamos a poner a Biel como garantía de nada porque Biel no es una cuenta corriente con piernas.

Me quedé quieto.

Jana, a mi lado, susurró:

—Eso ha sido muy poco romántico y muy caliente.

—Cállate.

—No puedo. Es una condición mía.

Abril colgó.

Marblava aceptó entregar lo mínimo a última hora, sin extras y con la dignidad bastante herida. Suficiente para seguir.

Suficiente siempre era una palabra fea. Pero en Lola y Sal tenía valor de milagro barato.

A las seis, mientras descargábamos el pedido reducido por la puerta trasera, apareció Nil con otra caja de limones.

Jana lo vio desde la barra y dejó una bandeja sobre la madera con más de la cuenta ruido.

—No.

Nil levantó las manos.

—Vengo en son de paz.

—Vienes amarillo.

—Son limones.

—Eso he dicho.

Nil sonrió de lado.

—Pepa dice que, si esta vez los tiráis, os cobra castigo cítrico.

Jana le quitó la caja con un tirón.

—Dile a Pepa que se meta los limones en la filosofía.

—Se lo diré con otras palabras si quieres que me siga vendiendo cosas.

Abril, que estaba revisando el albarán, levantó una ceja.

—¿Vosotros dos siempre habláis así?

—No —dijo Jana.

—Sí —dijo Nil.

Los dos se miraron.

El aire cambió un segundo.

No mucho. Lo suficiente.

Tina pasó por detrás con una caja de cerveza y soltó:

—Qué pereza dais todos.

Nadie se dio por aludido. Mal asunto.

Yo llevé el pedido al almacén. Abril vino detrás con el albarán, repasando cantidades. La tensión entre nosotros no se había ido. Había aprendido a ponerse ropa de trabajo.

—Marblava acepta mañana —dijo.

—Lo has hecho bien.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque si lo dices así parece que estoy esperando nota.

—Nota, no.

Me frené.

Ella también lo notó.

—Perdón —dije—. Mala frase.

—Sí.

—Quería decir que has resuelto.

—Eso me vale.

Dejamos las cajas en el suelo. Una se abrió por abajo y rodaron cuatro latas hasta mis botas.

Abril se agachó conmigo para recogerlas.

Nuestras manos se tocaron.

Otra vez esa mierda pequeña, doméstica, suficiente.

Ella retiró la mano primero.

—Hoy no —dijo.

—No he hecho nada.

—Yo sí.

No bajó los ojos.

Ahí estaba la putada: no estaba huyendo. Estaba poniendo una silla entre los dos y sentándose encima para que no pudiéramos moverla.

—Abril.

—No puedo pelear por mesas, por Marblava, por el Ayuntamiento, por el comprador y además por no subirme encima de ti en cada rincón cerrado.

Tragué.

El almacén volvió a hacerse pequeño.

—Podemos no pelear por una de esas cosas —dije.

—No seas gracioso.

—Intento no ser nada peor.

Ella soltó una risa breve.

Luego el teléfono fijo sonó dentro.

Jana gritó:

—¡Si es alguien que no trae dinero, no estamos!

Abril se levantó antes que yo.

El teléfono era del Ayuntamiento.

La voz no se oía desde el almacén, pero la cara de Abril sí. Primero atención. Luego rigidez. Luego esa forma de quedarse quieta cuando algo práctico acaba de clavarse donde una guardaba el cansancio.

Colgó.

Todos la miramos.

—La revisión se adelanta —dijo.

Vega dejó el boli.

—¿A cuándo?

Abril miró la terraza con dos mesas menos, el almacén medio ordenado, las cajas recién descargadas, el cuadrante en la pared, la línea blanca en el suelo y mi mano todavía cerca de una lata.

—Mañana a primera hora.

Jana apretó los párpados un segundo.

—Me voy a comer un limón entero.

Abril no se rio.

Yo tampoco.

Mañana a primera hora significaba que esa noche no cerrábamos pronto. Significaba terraza medida, papeles arriba, baño revisado, caja limpia, licencia viva. Significaba que Abril no podía irse a dormir a esconderse en el Hostal Mar de Fora ni en la habitación ni en ninguna parte.

Significaba que lo de anoche, lo de esta mañana, lo de la deuda, lo de la firma, lo de las mesas, todo iba a quedar debajo de una revisión con luz de día.

Abril clavó los ojos en mí.

—Dos mesas menos —dijo.

Asentí.

—Dos mesas menos.

—Y ni una trampa.

—Ni una.

No me creyó del todo.

Hizo bien.

Yo tampoco me creía cuando quería salvar algo. Sobre todo, si me importaba.