CAPÍTULO 23 · BIEL
Abril quitó dos mesas de la terraza antes de abrir.
No pidió permiso.
Eso habría sido nuevo si no fuera porque el gesto venía con expresión de no haber dormido, el pelo sujeto con una pinza torcida y una libreta bajo el brazo como quien entra en una guerra pequeña con material escolar.
Llegó a las ocho y cuarenta y seis, miró la línea blanca medio borrada del suelo, miró las mesas que yo había colocado al borde del toldo y arrastró la primera hacia dentro.
Las patas chirriaron sobre la arena húmeda.
Tina, que estaba pelando patatas en la puerta de la cocina, levantó la cabeza.
—Hoy empezamos por destruir ingresos. Bien.
Abril no paró.
—Hoy empezamos por no comernos una sanción con mi nombre.
Jana apareció tras la barra con un café en una mano y una resaca moral en la otra.
—Me gusta cuando Abril dice “mi nombre” como si fuera una señora de ventanilla y no la mujer que ayer casi se metió debajo de la mesa por una llamada.
—Jana —dijo Abril.
—Ya estoy trabajando. Estoy dando contexto.
La segunda mesa pesaba más porque una pata se hundía en la arena.
Abril tiró con las dos manos. La camiseta se le subió, por un lado, dejó ver una marca roja en la cintura y mi cuerpo, que al parecer no había aprendido nada de los últimos días, registró el movimiento con una falta de vergüenza peligrosa.
Ayer había estado encima de ella.
Ayer la había oído decir mi nombre contra mi boca, contra mi cuello, contra una habitación de arriba llena de cajas y calor.
Ayer el TPV había pitado abajo, Marblava había llamado, Jana había golpeado la puerta y nosotros habíamos seguido un segundo más de lo prudente porque la prudencia se nos había acabado antes que el servicio.
Hoy ella arrastraba una mesa fuera de la línea permitida.
Ese era el romance real de Lola y Sal: una mujer que te destrozaba la cabeza y luego te quitaba dos cubiertos de facturación para no hundir un expediente.
—Esa mesa hace falta —dije.
Abril ni se giró.
—Esa mesa está fuera de la terraza.
—Está diez centímetros fuera.
—Entonces será una sanción muy pequeña y muy mía.
Vega salió de la habitación de arriba con papeles en la mano. Tenía el pelo recogido tan tirante que parecía que el mundo dependiera de no despeinarse. Miró las mesas, me miró a mí, miró a Abril y decidió, como siempre, ponerse del lado de la desgracia documentada.
—Abril tiene razón.
—Qué sorpresa —dije.
—No es una sorpresa. Es geometría.
Jana apoyó el café en la barra.
—La geometría siempre ha tenido mala leche.
Yo señalé la terraza.
—Ayer con dos mesas más casi cuadramos caja después del agujero de Marblava.
—Ayer con dos mesas más firmé como responsable de algo que no sabía que estaba fuera de línea —contestó Abril.
Ahí sí me callé.
Llegué tarde a eso.
La palabra firmé se quedó entre nosotros con más peso que la mesa.
Abril no la usaba para adornar. La usaba porque la tenía clavada.
Su nombre en el Ayuntamiento, su nombre en la memoria, su nombre en la revisión que venía en unos días y su cuerpo todavía lleno de una intimidad que ninguno había sabido colocar en ningún sitio sin mancharlo.
Tina dejó el cuchillo.
—Quita las dos. Si viene alguien a medir, que mida una tristeza legal.
—Gracias —dijo Abril.
—Apoyo, poco. Miedo a pagar otra cosa, bastante.
Vega le tendió una hoja a Abril.
—He marcado la línea de ocupación. Si respetamos esto, la revisión va más limpia.
—Y si respetamos esto —dije—, hoy perdemos ocho servicios por turno.
Abril se giró por fin.
Tenía ojeras. Las buenas. Las de no dormir porque el cuerpo no entiende de expedientes y la cabeza no sabe dónde poner las manos de alguien. Me miró con una frialdad muy mal puesta.
—Entonces vende tú ocho servicios con una sanción debajo.
—Abril.
—No. Hoy no. Ayer no cerramos caja, no confirmamos Marblava y casi perdemos el pedido porque estábamos arriba haciendo…
Se cortó.
Muy tarde.
Jana alzó una mano.
—Como representante sindical de la indiscreción, aviso que no necesito detalles, pero los aceptaría por escrito.
—No hay detalles —dijo Abril.
—Claro. Solo impacto económico.
Ona, sentada en la mesa del lateral con el móvil girado como si fuera un animal castigado, murmuró:
—Impacto económico es buen título.
—Tú no titules nada —dijeron Abril y Vega a la vez.
Yo agarré una de las sillas y la levanté para meterla dentro. Más fuerte de lo necesario. Las patas golpearon la barra.
Abril volvió la cara hacia mí.
—Si vas a romper algo, rompe algo barato.
—Aquí todo es barato hasta que hay que reemplazarlo.
—Entonces no lo rompas.
—Estoy ayudando.
—Estás castigando con muebles.
Tenía razón.
Esa fue la parte que me jodió.
Metimos las dos mesas dentro del almacén, pegadas a las cajas de cerveza y a una sombrilla rota.
En cuanto entré, el olor a cartón húmedo, fregona vieja y género seco me cerró la garganta.
No por el olor. Por el recuerdo. Anoche ella había subido a la habitación de arriba con una factura en la mano y yo detrás con la excusa de revisar una caja.
Después no hubo excusas. O sí, pero las dejamos tiradas en el suelo con la ropa mal puesta.
Ahora Abril estaba a medio metro, arrastrando una mesa con las dos manos, el pelo suelto en la nuca, la camiseta pegada a la espalda por el calor.
—Deja —dije.
—La tengo.
—No todo lo tienes que hacer tú.
—Eso pensaba yo hasta que descubrí que lo que haces tú luego aparece con mi firma debajo.
Me quedé quieto.
Ella también.
El almacén estaba demasiado lleno para una pelea decente. Cajas a la derecha, servilletas a la izquierda, la puerta abierta detrás, el congelador haciendo su ruido de siempre como un viejo que no piensa callarse ni en las crisis privadas.
—Eso ha sido feo —dije.
—Sí.
—¿Y?
—Y no lo retiro entero.
Perfecto.
Abril siendo honesta dolía más que Abril mintiendo. Mintiendo podías enfadarte con comodidad. Con la verdad había que quedarse a recoger lo que caía.
—Yo puse esas mesas porque Lola las ponía.
—Lola no firmó ayer como titular responsable.
—Lola sabía que sin esas mesas no se pagaba el hielo.
—Y yo sé que, si mañana viene alguien y mide, el expediente se nos puede poner peor.
—Siempre un expediente.
—Siempre una caja que tú moviste antes de preguntarme.
Lo solté sucio. Exacto. Nos golpeó a los dos.
Moviste.
Mesa, caja, límite, cuerpo. Todo mezclado. Todo mal.
Me acerqué un paso sin pensarlo. Abril no retrocedió, que era una forma muy suya de empeorarlo todo. Tenía la boca apretada y los ojos brillantes de rabia, no de pena. La rabia nos sentaba fatal. Nos acercaba.
—No uses lo de anoche para ganar esta discusión —dije.
—No sé dónde poner lo de anoche, Biel.
—Pues no lo metas debajo de una mesa.
—¿Y dónde lo pongo? ¿En la caja? ¿En Marblava? ¿En la memoria de actividad? ¿Al lado de “responsable: Abril Rovira Mas”?
La respuesta se me quedó detrás de los labios.
No había contestación que no fuera tocarla o pedirle perdón. Las dos opciones llegaban tarde y eran insuficientes.
Abril bajó la voz.
—No voy a arreglar esto follando contigo cada vez que me asuste.
El cuerpo reaccionó antes que la cabeza. Claro. El muy imbécil no entendía de frases inteligentes.
—Yo no he propuesto eso.
—Lo has pensado.
—He pensado muchas cosas. Algunas tienen bastante peor logística que esa.
Se le movió la boca.
Casi.
Luego Jana gritó desde fuera:
—¡Hay un señor preguntando si ya no tenemos mesa porque somos más legales o más pobres!
Abril parpadeó despacio.
—Más pobres —contestó Tina desde la cocina.
—¡Tina!
—¡Qué! ¡Qué se siente donde quepa!
Abril abrió los ojos y me señaló con un dedo.
—Dos mesas menos hasta la revisión.
—Dos mesas menos.
—Y no se mueven de aquí.
—No se mueven.
—Ni a última hora.
—Ni a última hora.
—Ni si viene medio Club Aleta con hambre.
—Ni si Jana intenta sobornarme con bravas.
—Jana soborna con cosas peores.
Ahí sí sonrió.
Un segundo.
Me bastó para perder otra discusión que oficialmente había quedado empatada.
Salimos del almacén con el calor pegado a la nuca. La terraza parecía más pequeña sin las dos mesas. Más honesta, quizá. También más pobre. Había huecos que se veían demasiado. Como cuando una persona deja de ocupar el lugar donde la habías puesto durante años.
A las once, Marblava llamó.
Contestó Abril.
Yo estaba detrás, cortando pan, y aun así la escuché porque la voz de Marblava venía alta, impaciente y con ganas de cobrar.
—Sí, soy Abril Rovira Mas… Sí, lo sé… Ayer no confirmamos a tiempo… Ya. No, no necesito que me explique otra vez cómo funciona el horario de entrega, gracias…
Tina murmuró:
—Muerde.
Jana se apoyó en la barra, fascinada.
—A mí me representa.
Abril cerró los ojos mientras escuchaba.
—¿Cuánto hay pendiente para liberar pedido?
Ahí dejé el pan.
Vega levantó la cabeza de sus papeles.
—¿Qué pasa? —preguntó sin sonido.
Yo negué con la cabeza porque todavía no lo sabía entero. Pero lo sabía.
Lola y Sal tenía un sexto sentido para convertir cualquier intimidad en factura.
Abril se giró hacia mí. Seguía con el móvil pegado a la oreja.
—Vale —dijo—. No cargue todavía. Le llamo en diez minutos.
Colgó.
—Marblava no entrega si no pagamos parte de la deuda y el pedido de hoy por adelantado.
—¿Cuánto? —preguntó Vega.
Abril dijo la cifra.
Jana silbó.
—Eso ya no son patatas con trauma. Eso son patatas hipotecarias.
—Puedo llamar a Pepa —dijo Tina.
—No —contestó Abril.
—Pepa tiene cambio, no milagros —añadí.
Abril clavó los ojos en mí.
—¿Tú lo sabías?
—Que estaban tensos, sí. Esa cifra exacta, no.
—¿Tensos?
—Les debemos desde antes de que llegaras.
—No digas “les debemos” si luego me entero en una llamada con diez minutos de margen.
—Porque ayer no cerramos caja.
—Porque ayer tú también estabas arriba.
La frase golpeó a la barra.
Nadie habló.
Ni Jana.
Ni eso nos salvó.
El TPV se quejó, como si quisiera declarar que seguía vivo y dispuesto a empeorar la mañana.
Abril apoyó una mano en el aparato.
—No voy a pedirle dinero al comprador.
—No —dijo Vega.
—No —dije yo.
Abril me clavó la mirada.
—No lo hago por obedecerte.