No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 22 · ABRIL #3
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CAPÍTULO 22 · ABRIL #3

No la marca. A mí.

Eso me dejó sin sitio.

Después del servicio de comida, Vega envió la memoria provisional.

Me hizo leerla antes. Responsable principal: Abril Rovira Mas.

Apoyo operativo: Biel Ferrer Sintes. Actividad prevista: apertura continuada durante periodo requerido por el Ayuntamiento de Cala Saurina.

Incidencias: reparación de baño, ajuste de TPV, regularización de proveedores, memoria de turnos.

No decía nada de cama ruidosa.

Ni de una mujer que había vendido menos de sí misma por primera vez en días.

Me pidió firma digital.

Firmé.

Abril Rovira Mas.

Otra vez.

La firma ya no parecía una condena. Tampoco una casa. Parecía una cosa mía, aunque me pesara en la mano.

A media tarde subí a la habitación a ponerme la camiseta bien. Biel me siguió con la excusa de guardar una caja de vasos que no necesitaba estar arriba.

—Eso es una caja vacía —dije.

—Tiene valor sentimental.

—No uses cajas como coartada. Ya tenemos historial.

La dejó en el suelo.

No se acercó.

Yo me arreglé la camiseta, de espaldas, más por provocación que por pudor. Tenía el pelo recogido con un boli de Vega y las piernas llenas de arena. Me miré en el espejo pequeño que había detrás de la puerta. Parecía una versión mal montada de mí misma.

—Lo de anoche —dijo Biel.

—No.

—No pienso pedirte nada.

—Ese no es el problema.

—Entonces cuál.

Me giré.

—Que me gustó.

Su cara cambió. Poco. Lo suficiente.

—Eso es un problema.

—Mucho.

—A mí también.

—No lo digas así.

—¿Cómo?

—Como si fuera algo que podemos colocar en una estantería y trabajar alrededor.

—Estamos en una habitación llena de cajas. Era una opción.

Le lancé una camiseta vieja. Le dio en el pecho.

—Idiota.

—Sí.

Se acercó entonces. Un paso. No más.

—No quiero que esto te haga huir más rápido.

—Ni yo.

—Tampoco quiero que te quedes por culpa.

—No sé quedarme por motivos limpios, Biel.

—Entonces quédate por motivos sucios un rato.

Dejé escapar una risa antes de poder evitarlo.

—Qué horror de frase.

—No iba para taza.

—Menos mal.

Nos quedamos mirándonos.

No nos besamos.

Eso tuvo más tensión que si lo hubiéramos hecho, porque yo recordaba su boca, sus manos, la cama sonando, mi voz diciendo su nombre con una rabia que todavía me daba calor en la cara.

Y él lo recordaba también. Se le veía en las manos, quietas a los lados, tensas por el esfuerzo físico de no tocarme.

Abajo, Jana gritó:

—¡Si estáis reeditando el desastre, aviso que hay clientes!

Biel entornó los ojos.

—Voy a ponerle un cascabel.

—¿A Jana?

—A nosotros.

Me reí.

Esta vez no fue una risa limpia. Fue cansada, rota por los bordes, pero mía.

Bajamos separados.

Muy profesionales.

Fatal.

A las siete, cuando colgué el cuadrante provisional en la pared junto a la barra, todos miraron.

Abril: responsable apertura y caja.

Biel: apoyo operativo y proveedores.

Tina: cocina y cierre.

Jana: sala y daño reputacional variable.

Ona: terraza, contenido prohibido y vigilancia del móvil propio.

Vega: papeles, memoria y broncas por fascículos.

Nil apareció en ese momento con una caja de limones.

Jana levantó la cabeza despacio.

—No.

Nil se frenó en la entrada.

—Ni he hablado.

—Vienes con limones. Eso ya es provocación.

—Los ha mandado Pepa.

—Pepa nos odia o nos conoce demasiado.

Biel se acercó a mi lado para leer el cuadrante.

—Daño reputacional variable —dijo.

—Definición técnica.

—Y contenido prohibido.

Ona, desde la terraza:

—Eso es discriminación contra mi talento.

—Es supervivencia —dijimos Vega y yo a la vez.

El grupo se rio.

No perfecto.

No unido como una foto.

Jana seguía mirando a Nil como si quisiera tirarle un limón y otra cosa mucho peor. Tina tenía ojeras y no quería que nadie se lo notara. Ona fingía que no le molestaba la casilla del móvil. Vega estaba agotada de sostenernos con carpetas. Biel olía a cerveza, a caja y a lo que había pasado arriba.

Yo tenía un chiringuito medio roto, una oferta paralizada, un expediente vivo, un cuadrante en la pared y un hombre que no me pedía una promesa, pero me miraba con la expresión de quien ya ha entendido la parte que yo todavía no sabía escribir.

El teléfono fijo sonó.

Todos miramos.

—Si es el comprador —dijo Jana—, dile que estamos en horario de patatas.

Cogí el auricular.

—Lola y Sal.

Mi voz salió cansada.

Pero salió mía.

Al otro lado, la voz del Ayuntamiento confirmó que la memoria provisional quedaba recibida y que habría revisión presencial en los próximos días para verificar actividad, terraza y responsable durante servicio.

—De acuerdo —dije.

Colgué.

—¿Problema? —preguntó Tina.

Miré el cuadrante.

Miré a Biel.

Miré la terraza, el toldo viejo, la barra marcada, la mesa que nunca callaba, las cajas de cerveza y la foto vieja guardada en el cajón.

—Revisión en unos días —dije—. Tenemos que seguir abiertos.

Jana levantó una patata de algún plato que nadie sabía de dónde había salido.

—Pues nada. Abril se queda otro rato.

No la corregí.

Ese fue el problema.

Biel lo vio antes que yo.

Ese fue el segundo problema. El primero seguía respirando delante de mí.