CAPÍTULO 22 · ABRIL #2
Ona descargó cajas con las manos como si cargar peso pudiera borrar vídeos.
Jana se peleó con Nil por teléfono porque él dijo que podía pasar a traer limones y ella le contestó que los hombres con limones ya empezaban a parecer una secta.
Tina organizó la cocina con una eficiencia seca y solo me llamó “la del ático” una vez, lo cual, en su idioma, era compasión.
Vega se instaló en la mesa que nunca callaba con el portátil y me obligó a dictarle turnos.
—Responsable principal —dijo—. Tú.
—Sí.
—Apoyo operativo.
No miró al frente.
Biel estaba en la barra, cambiando el rollo del TPV. Fingía no escuchar con muy poco talento.
—Biel —dije.
Vega escribió.
—Biel Ferrer Sintes.
—No como condición de venta.
Vega alzó la mirada.
—Eso no va en la memoria municipal.
—Ponlo en alguna parte que yo lo vea.
Vega me miró sin ceder un segundo. Luego cogió un pósit, escribió con letra limpia y lo pegó en la portada de la carpeta.
Biel no es parte del paquete.
Jana lo leyó por encima de mi hombro.
—Muy poco sexy, pero necesario.
—No todo puede ser sexy.
—Después de esta mañana, discrepo.
Le tiré un boli. Lo esquivó.
A las doce, Lola y Sal ya estaba medio abierto. Una familia preguntó si había bravas. Un hombre quiso café con hielo. Dos turistas pidieron baño y Tina les dio instrucciones como quien manda a alguien a una prueba física. El TPV funcionó a la primera y todos lo miramos con desconfianza.
Yo trabajé.
Ahí estuvo lo raro.
No pensé cada gesto. O no tanto. Cobré, serví, apunté, contesté a Marblava, revisé el correo del Ayuntamiento, discutí con una señora que quería mesa en sombra completa y le ofrecí sombra razonable más honestidad.
Me manché la camiseta con café a las doce y diecisiete.
A las doce y media ya me importaba poco que estuviera del revés.
A la una, Biel me pasó detrás con una caja de cerveza y me rozó la espalda.
Esta vez la logística no servía de excusa.
Lo supe por cómo se quedó medio segundo más de lo necesario.
Me ardió la piel.
No. Mal.
Me subió calor en la piel.
Mejor.
No lo miré. Si lo miraba, se me iba a notar delante de una mesa con tres niños y una señora preguntando por las almejas.
A la una y cuarto, llegó el mensaje del comprador.
El móvil estaba boca abajo junto a la caja, pero vibró con una insistencia de persona mal educada. Lo cogí con la mano mojada.
EL COMPRADOR: Sin salida confirmada y sin garantía de Biel por escrito, paralizo condiciones. Retomamos cuando el expediente esté cerrado y la operación no tenga interferencias.
Leí el mensaje una vez.
Luego otra.
Biel apareció a mi lado.
—¿Qué pasa?
Le enseñé la pantalla.
No la cogió. Leyó desde mi mano, igual que tantas veces.
—Paraliza —dijo.
—Sí.
—¿Estás bien?
La pregunta me molestó porque no tenía respuesta útil.
—Estoy con café en la camiseta y una memoria municipal sin enviar. El bien está sobrevalorado.
—Abril.
—No sé.
Eso sí era respuesta.
Biel apoyó una mano en la barra. No me tocó.
Gracias.
Lástima.
Vega se acercó, leyó el mensaje y cerró la boca.
—Esto no es malo del todo.
—Vega, te quiero mucho, pero si conviertes una retirada en oportunidad estratégica, Jana te va a hacer una pancarta y yo voy a llorar en el baño malo.
—No retiro lo dicho. Te está dando tiempo.
—Tiempo para qué.
—Para no vender bajo presión.
—También para seguir metida aquí.
—Sí.
Jana apareció con tres vasos en la mano.
—Yo voto por no contestar hasta después de comer. Ninguna mujer debería responder a un señor con zapatos limpios antes de haber ingerido patatas.
Tina, desde la cocina:
—Apoyo la moción.
Ona levantó el pulgar desde una mesa, cargando una caja de servilletas contra la cadera.
Miré a Biel.
Él dejó pasar el silencio.
Eso ya no sonaba a la no orden de días anteriores. Me abrió otra cosa. Un espacio.
Pequeño.
Peligroso.
Elegí dentro de ese espacio.
Reenvié el mensaje a Vega y escribí al comprador:
Recibido. Retomaremos, si procede, cuando el expediente esté cerrado y con condiciones nuevas por escrito.
No puse nada más.
Ni disculpa.
Ni prisa.
Ni salida.
Lo envié.
Luego dejé el móvil apagado.
—Ya está —dije.
Jana levantó los vasos.
—Aplazada la fuga otra vez.
—Jana.
—Vale. Aplazado el señor con zapatos.
—Mejor.
Biel aguantó mi mirada con una seriedad que no ayudaba a trabajar.
—No has contestado desde el golpe.
—No.
—Bien.
—No porque tú lo digas.
—No lo he dicho.
—Lo has pensado.
—Muchísimo.
Casi sonreí.
No tuve tiempo porque el TPV soltó un pitido y una niña derramó una Fanta en la mesa cuatro. La vida de Lola y Sal, siempre tan pendiente del clima interior, decidió que ya habíamos tenido suficiente conversación adulta.
Fui con la bayeta.
La niña me observó con pinta de susto.
—Lo siento.
—No pasa nada —dije—. La Fanta aquí paga alquiler.
La madre se rio. La niña también. Yo limpié el suelo con las rodillas flexionadas, la camiseta al revés, el cuello lleno de calor y una marca en la cadera que sabía de dónde venía, aunque nadie pudiera verla.
Cuando me levanté, Biel estaba en la puerta de la cocina.
Volvió la cara hacia mí.