CAPÍTULO 22 · ABRIL
Jana llamó a la puerta con los nudillos y ninguna misericordia.
—Si habéis terminado de romper la cama de tu madre, Marblava está abajo y tiene la paciencia en reserva.
Abrí los ojos.
Durante un segundo no supe dónde estaba.
Luego el cuarto de arriba me cayó encima entero: el techo bajo, la ventana al almacén, la silla plegable, una caja abierta, la sábana con arena pegada a mi muslo, la camiseta de Biel tirada sobre una carpeta y Biel a mi lado, boca abajo, con la espalda marcada por mis uñas y un brazo encima de mi cintura.
Mi cuerpo recordó antes que mi cabeza: la boca de Biel en mi cuello, su mano en mi cadera, la sábana áspera, la vergüenza de haber querido y la peor parte, que no me arrepentía.
Eso sí era peligroso.
Mucho más que la cama.
Mucho más que Jana en la puerta.
Más que cualquier proveedor esperando abajo.
—Abril —susurró él.
—No hables.
—Jana está en la puerta.
—Por eso.
Jana volvió a llamar.
—Tengo oídos, no respeto y una furgoneta de Marblava bloqueando media calle. Elegid orden de prioridades.
Biel levantó la cabeza de la almohada. Tenía el pelo revuelto, una marca roja en el hombro y cara de hombre que acababa de calcular tres desastres a la vez.
—Mierda.
—Resumen técnico correcto —dije.
Me senté a toda prisa y la sábana se me enganchó en el pie. Casi caigo de la cama. Biel me sujetó por la cadera.
—Cuidado.
La palabra, después de la noche anterior, hizo una cosa ridícula debajo de mi piel.
—No me toques si vas a decir cuidado.
—Entonces no te caigas tan cerca.
—Muy maduro.
—He dormido una hora.
—Yo no sé si he dormido.
—Yo sí. Roncas un poco cuando estás agotada.
Le lancé la almohada.
Fallé.
La puerta crujió.
—Voy a interpretar el golpe como señal de vida —dijo Jana—. Tina dice que, si no bajáis en dos minutos, sube con la fregona.
—Dile a Tina que no —grité.
—Tina no obedece a gente desnuda con proveedores esperando.
Biel se tapó la cara con el antebrazo.
—Voy a matarla.
—Pide número —dije, y tuve que morderme el labio para no reírme.
La risa me duró medio segundo.
Luego vi mi pantalón corto en el suelo, el sujetador en la silla, el móvil que no estaba allí porque lo había dejado abajo, la caja cerrada en el cajón y la camiseta vieja de Lola y Sal al revés sobre una pila de facturas.
La consecuencia no era estar desnuda con Biel en la cama de arriba.
La consecuencia era tener que bajar a Lola y Sal con su marca en mi cuerpo, Marblava en la puerta y una decisión nueva pegada bajo la piel.
Me vestí deprisa, mal, sin ninguna dignidad. El sujetador se me retorció en la espalda. El pantalón no quería subir por el sudor seco de mis piernas. La camiseta de Lola y Sal quedó del revés y no me di cuenta hasta que Biel, ya con los pantalones puestos y la camiseta en la mano, me miró el pecho.
—El logo está dentro.
—Como mi criterio.
—¿Te ayudo?
—Si me tocas ahora, no bajamos.
No dio un paso.
—Vale.
—No digas vale así.
—Estoy intentando no tocarte.
—Pues hazlo con menos cara.
—No tengo otra.
Jana carraspeó al otro lado.
—Me encanta que estéis negociando la postproducción del pecado, pero abajo huele a conductor enfadado y a Tina queriendo cobrar peaje.
Abrí la puerta.
Jana estaba apoyada en el marco con los brazos cruzados, gafas de sol en la cabeza y una sonrisa que no traía nada bueno. Miró mi camiseta al revés. Luego a Biel, que aparecía detrás intentando abrocharse la camiseta con una seriedad ofensiva.
—Buenos días, patrimonio con grasa.
—Jana —dije.
—No voy a hacer bromas.
—Gracias.
—Voy a hacer muchas, pero dosificadas. Primero: Marblava.
Bajé la escalera descalza porque no encontraba las zapatillas.
La madera estaba fría por la sombra y pegajosa en el último escalón.
En la barra, Tina revisaba una hoja con expresión de querer morder una esquina.
Ona estaba detrás del TPV, inmóvil, el móvil guardado en el bolsillo delantero como si le quemara.
Vega, por supuesto, había llegado y llevaba una carpeta en la mano.
Tenía el pelo perfecto. La odié un poco.
En la entrada lateral, el conductor de Marblava esperaba con una hoja de entrega y la expresión de quien ya había decidido que un chiringuito familiar era una forma de tortura laboral.
No dijo cómo se llamaba, así que mi cabeza lo dejó en conductor de Marblava.
Ya había bastante gente metida en mi vida.
—¿Señora Rovira? —preguntó.
Señora.
Con la camiseta del revés, el pelo lleno de cama y probablemente la marca de la boca de Biel en algún punto del cuello.
—Sí.
Biel bajó detrás de mí.
El conductor lo miró primero a él.
—La entrega viene con pago pendiente.
—Habla conmigo —dije.
El hombre volvió a mí despacio, con la expresión de quien acaba de recordar que yo existía.
—Hay saldo anterior y el abono del café aún no consta. Me han dicho que sin pago parcial no descargue todo.
Tina levantó la hoja.
—Lo ha dicho tres veces. Cada vez me gusta menos.
—¿Cuánto? —pregunté.
El conductor me dio la cifra.
Noté a Biel moverse detrás.
—No —dije sin mirarlo.
—No he dicho nada —contestó.
—Lo has respirado.
—Mis pulmones no firman.
—Los tuyos, hoy menos.
Jana, desde la escalera, soltó un sonido que podía haber sido una carcajada contenida o un intento de no atragantarse con el aire. Vega le dio con la carpeta en el brazo.
—Caja —dije—. ¿Cuánto hay de ayer?
Silencio.
El malo.
Tina dejó la hoja sobre la barra.
—La caja no está cerrada.
Mi cara no cambió porque el cuerpo, a veces, sabe esconderse por instinto.
—¿Cómo que no está cerrada?
Vega abrió su carpeta.
—Anoche faltaba revisar el descuadre del TPV y preparar el efectivo de Marblava. Iba a hacerlo Biel. Luego tú bajaste a por agua.
Jana alzó una mano.
—En defensa de Abril, se hidrató mucho.
—Jana.
—Ya paro.
No paró con la cara.
Biel se acercó a la caja.
—Lo hago ahora.
—No —dije.
—Abril, el hombre está esperando.
—Por eso.
Metí la mano en el cajón, saqué los tickets, la servilleta de cuentas, el sobre con efectivo y las monedas que habíamos dejado separadas. Todo olía a barra, a manos, a noche. Me senté en el taburete y empecé a contar.
Me temblaban los dedos.
No por vergüenza. Bueno, también. Pero sobre todo por cansancio, por sexo reciente, por tener a mis cuatro amigas mirando sin mirar, por notar a Biel a un metro con ganas de quitarme la carga de las manos y por saber que, si se la dejaba, la noche anterior se convertiría en otra forma de esconderme detrás de él.
—Vega, dime el descuadre.
Vega no hizo comentario. Bendita fuera.
—Ciento dieciséis con cuarenta.
—Tina, ¿qué falta de cocina para hoy si no descargamos todo?
—Café, servilletas, bolsas grandes y aceite. Con aceite corto aguantamos comida, pero la cena va justa. Sin servilletas, Jana puede repartir tickets viejos y llamarlo experiencia local.
—Yo puedo hacerlo con dignidad —dijo Jana.
—No lo dudo —contesté.
El conductor miró el reloj.
—Tengo más entregas.
—Y yo tengo un negocio que no sabe despertarse sin empaparme los pies —dije—. Estamos todos decepcionados con algo.
Ona hizo una risa mínima. El conductor no.
Conté el efectivo. Faltaba.
Claro.
Siempre faltaba algo.
—Pago parcial ahora —dije—. Descarga café, servilletas y aceite. Las bolsas grandes en la próxima entrega. El abono del café se descuenta en factura corregida. Si Marblava quiere hablar, que me llame a mí.
Biel no apartó los ojos de mí.
—¿Y si dicen que no?
—Entonces hoy se sirve con servilletas cortadas por la mitad y se fríe con cálculo religioso.
Tina asintió.
—Puedo freír con rencor. Cunde.
El conductor cogió el dinero, contó despacio, firmó la hoja y me la tendió. No a Biel. A mí.
Firmé.
Abril Rovira Mas.
Con el pelo fatal, la camiseta del revés, la boca seca y las piernas todavía demasiado conscientes de la noche anterior.
El hombre salió a descargar.
Biel guardó silencio.
Eso me sostuvo.
Hasta que Jana aplaudió una vez.
—Bien. Ahora que la protagonista ha salvado el café con resaca sexual, ¿podemos hablar de lo evidente o esperamos al segundo plato?
—No —dijo Vega.
—Sí —dijo Tina.
Ona levantó la mano a medias.
—Yo prefiero que no, pero necesito saber qué hago con mi cara.
Me giré hacia las cuatro.
—No voy a hablar de mi vida sexual en barra.
—Pues mal sitio has elegido para tenerla encima —dijo Jana.
—Jana.
—Qué. Estoy siendo constructiva. Arriba la cama suena como si pidiera baja laboral.
Biel dejó escapar una risa seca detrás de mí.
Le lancé una mirada.
—Tú, menos.
—No he abierto la boca.
—La has abierto anoche bastante.
Silencio.
Total.
Jana se tapó la boca con las dos manos, feliz y horrorizada.
Ona se dio la vuelta hacia la pared. Tina apretó los párpados un segundo como si acabara de aceptar que la mañana ya no tenía arreglo.
Vega alzó la vista hacia mí con una mezcla de cansancio y orgullo que me puso más nerviosa que cualquier bronca.
Yo noté el calor subirme por el cuello.
—Eso ha salido solo.
—Sí —dijo Jana—. Y nosotras vamos a guardarlo en un museo.
Biel se acercó a mi lado.
—No tienes que hacer esto ahora.
—No me protejas de mi propia frase.
—Intentaba protegernos a todos.
—Tarde —dijo Tina—. Muy tarde.
Vega apoyó la carpeta sobre la barra.
—Tenemos que abrir en una hora. El Ayuntamiento ha respondido al correo. Pide memoria provisional de actividad, previsión de turnos y responsable presente durante la franja de servicio principal. Hoy.
—Hoy —repetí.
—Antes de las dos.
El conductor de Marblava dejó una caja de café junto a la entrada y pidió que alguien le firmara otro papel.
—Ahora voy —dije.
—Abril —dijo Biel.
Lo miré.
Él bajó la voz.
—No tienes que demostrarlo todo esta mañana.
La frase podría haber sido buena si yo no tuviera la camiseta del revés, el proveedor esperando, mis amigas oliendo lo que había pasado arriba y el recuerdo de su cuerpo todavía metido entre las piernas de mi día.
—Precisamente esta mañana sí.
No lo dije bonito. No lo dije bien. Pero era verdad.
Me fui a firmar la segunda hoja.
El resto de la mañana funcionó a golpes.