CAPÍTULO 21 · BIEL #2
Debajo llevaba un sujetador claro, sencillo, nada pensado para escena.
Una tira estaba un poco torcida. Tenía una marca roja bajo el pecho, de la goma, y una pequeña mancha de tinta en el vientre.
Me gustó tanto esa falta de preparación, esa Abril real y sudada que no me debía ninguna fantasía limpia, que tuve que respirar antes de tocarla.
—No mires como si fuera nueva —dijo.
—No lo eres.
—Gracias.
—Eres peor.
—Eso sí me sirve.
La toqué.
Despacio al principio, porque llevaba años recordando mal y necesitaba aprender de nuevo.
La piel de Abril no tenía nada que ver con el recuerdo limpio que uno se inventa para sobrevivir.
Tenía sudor, calor, zonas blandas, músculos tensos de cargar cajas, una cicatriz pequeña cerca de la cadera que no conocía y una manera de contener el sonido mordiéndose el labio que me dejó sin defensa.
—No te calles —dije.
—Hay gente abajo.
—No hay nadie.
—Hay un pueblo entero con vocación auditiva.
—Entonces muérdeme si quieres.
Lo hizo.
En el hombro.
Fuerte.
Me salió un gemido que no pude disfrazar con tos. Abril sonrió contra mi piel, orgullosa y avergonzada a la vez.
—Eso no estaba en la memoria de actividad —dijo.
—No des ideas al Ayuntamiento.
La llevé hacia la cama. La cama sonó antes de que nos sentáramos.
—Madre mía —murmuró ella—. Esto va a denunciarse solo.
—La cama lleva años pidiendo jubilación.
—Pues dile que aguante.
Nos tumbamos mal. Con un pie mío en el suelo, una caja golpeándome el hombro y la sábana llena de arena pegándose a su espalda. Abril soltó un insulto cuando una esquina de la sábana le raspó el muslo. Se rio después. Yo le aparté el pelo de la cara.
—¿Sí? —pregunté.
Bonito, no. Necesario, sí.
Abril me agarró la muñeca y llevó mi mano entre los dos.
—Sí.
La palabra salió ronca.
Le quité el sujetador con menos maña de la que mi orgullo habría querido admitir. Ella me ayudó y me insultó por tardar. Yo le besé el cuello, el pecho, la cicatriz pequeña cerca de la cadera. Bajé despacio porque me lo pidió con la mano en mi pelo y luego me empujó la cabeza con poca paciencia.
—Biel.
—Qué.
—No hagas inventario.
—Estoy compensando años de mala contabilidad.
—Compensa mejor.
Obedecí.
Esta vez sí.
Le abrí el pantalón corto, le bajé la ropa con cuidado justo hasta que el cuidado se volvió inútil y ella arqueó la espalda contra la sábana, con una mano en mi nuca y la otra cerrada sobre la almohada vieja.
Le temblaron los muslos alrededor de mi cara.
No hizo sonido bonito. Hizo un sonido ahogado, apretado, de mujer que se enfada consigo misma por necesitar.
Eso me agarró por dentro con una violencia que no tenía nada de postal.
—No te me escapes —dije.
—No.
—Abril.
—No decidas por mí.
—Si quieres, quédate aquí.
Abrió los ojos.
Me miró sin ceder mientras la tocaba con la boca y los dedos, mientras el chiringuito entero parecía escuchar desde abajo con sus neveras, sus facturas y su cartel torcido.
Cuando se corrió, me dijo mi nombre con rabia.
No con dulzura: con esa rabia suya de sentir más de la cuenta y odiarme un poco por no haberme ido a tiempo para evitarlo.
Subí hasta su boca.
Me besó con el sabor de ella en mí y los dedos metidos bajo mi camiseta.
—Quítatela.
Me la quité.
La tiré sobre una caja. Cayó dentro, quizá sobre facturas. Lola habría tenido una opinión.
Abril me tocó el pecho, el abdomen, la marca vieja junto a la costilla, el cinturón. No exploraba con timidez. Revisaba. Como si quisiera comprobar qué partes de mí se habían quedado y cuáles habían cambiado sin pedirle permiso.
—Tienes más cicatrices —dijo.
—Tienes menos paciencia.
—Eso ya venía de serie.
Me abrió el pantalón.
Paré un segundo.
—Tengo preservativo abajo.
—Dime que no está en la barra.
—En la cartera.
—Menos mal. Jana habría hecho una pancarta.
Me levanté lo justo para sacar la cartera del bolsillo. Las manos me iban peor de lo que habría admitido bajo amenaza. Abril lo vio.
—¿Nervioso, Ferrer?
—Cállate.
—No sabes qué bien me cae esa respuesta.
Me ayudó. No con delicadeza. Con hambre y con una risa baja cuando el envoltorio se resistió. Fue absurdo, humano, perfecto en su desastre. Luego me atrajo hacia ella, abrió las piernas y puso la frente contra la mía.
—Si mañana te pones raro —dijo—, te tiro al congelador.
—Si mañana te vas, no cabes en el congelador con todos los calamares.
—No hables de calamares ahora.
—Has empezado tú con logística.
—Biel.
La besé.
Entré en ella despacio, más por miedo a romper el momento que por paciencia. Abril dejó de respirar un segundo y me agarró fuerte de los hombros.
—¿Bien?
—Sí.
—Dímelo.
—Sí, joder. Muévete.
Ahí se acabó la prudencia.
La cama sonó. Mucho. La pared respondió.
Una caja cayó al suelo con un golpe seco y algo dentro rodó hasta perderse bajo la silla.
Abril se tapó la boca con mi hombro y después dejó de taparse.
La habitación olía a polvo, sexo, sal, detergente barato y a nosotros dos sin ninguna defensa decente.
Le sostuve la cadera, ella me arañó la espalda, me mordió otra vez cuando tuvo que callarse y yo pensé, con una falta de oportunidad miserable, que había estado años imaginando este cuerpo y aun así me quedaba corto.
No hicimos el amor de una forma bonita.
Tampoco follamos sin inmutarse importara.
Hicimos algo más peligroso para los dos: nos reconocimos en medio de un desastre y dejamos que el cuerpo dijera lo que la boca habría convertido en pelea.
Abril se corrió primero, con los ojos abiertos esta vez, mirándome con una mezcla sucia de culpa y agradecimiento. Yo aguanté poco después. Ella me sujetó la cara cuando perdí el ritmo. No me dejó esconderme en su cuello.
—Entonces no te escondas tú —dijo.
Obedecí.
Después tampoco llegó un silencio bonito.
Hubo una cama que seguía quejándose cada vez que respirábamos, mi pecho pegado al suyo, arena en mi rodilla, una factura bajo mi espalda y el ruido del congelador subiendo por la pared como un señor con tos.
A Abril se le escapó una risa mínima.
—Esto ha sido muy poco eficiente.
—No he recibido quejas durante el servicio.
Me dio un golpe suave en el brazo.
—Idiota.
—Sí.
Se le cerró la cara demasiado rápido.
Ya la vi marcharse antes de moverse.
No de Cala Saurina. De allí. De ese cuerpo a cuerpo que ya le estaba pasando factura por dentro.
—No digas que esto no cambia nada —dije.
Siguió ahí, firme.
—No pensaba decirlo.
—Hecho.
—Pero no sé qué cambia.
—Eso sí lo creo.
—No puedo darte una promesa en una cama llena de arena.
—Nunca he confiado en las camas limpias para promesas.
—Biel.
—No te estoy pidiendo una.
Me incorporé un poco para no aplastarla. Ella tiró de mí de vuelta, menos fuerte de lo que quería y más de lo que podía permitirse.
—No quiero hacerte daño otra vez.
—Eso ya no depende solo de ti.
—Ojalá.
—No. Ojalá no.
Su móvil empezó a vibrar abajo.
No en la habitación. Abajo. En la barra, seguramente dentro del cajón o junto a la caja de Lola. El sonido llegó amortiguado por la madera, una vibración mínima repetida, insistente, obscena.
Abril cerró los ojos.
—No.
El móvil volvió a vibrar.
Una vez.
Otra.
—Puede ser el comprador —dije.
—Lo tengo presente.
—Puede ser Vega.
—Lo sé.
—Puede ser Jana desde abajo preguntando si seguimos vestidos.
Abrió los ojos.
—No lo estropees.
Me callé.
El móvil dejó de vibrar.
Durante diez segundos no pasó nada.
Luego sonó el teléfono fijo de Lola y Sal.
Abajo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Abril no cedió espacio.
Yo tampoco.
Aquella fue la primera consecuencia: no contestar.
El miedo tampoco explicaba todo.
Por elegir quedarse quieta encima de una cama mala, conmigo dentro todavía de la habitación, con el mundo llamando desde abajo como siempre.
El teléfono dejó de sonar.
Abril apoyó la frente en mi pecho.
—Mañana esto nos va a costar algo.
Le besé el pelo.
—Sí.
No añadí que ya había merecido la pena.
Eso habría sonado demasiado limpio.
Nosotros tampoco. Aunque habíamos pasado medio verano fingiendo que sí.