CAPÍTULO 21 · BIEL
Abril bajó con un vaso.
No bajó con sed. La sed se nota. La sed baja directa, abre el grifo, bebe sin negociar con las sombras y vuelve a subir antes de que el cuerpo piense otra cosa.
Abril bajó despacio, descalza, con una camiseta vieja de Lola y Sal que le caía por un hombro y el pelo mal recogido, de esa manera que tenía de intentar sujetarse y dejar siempre una parte fuera. Traía un vaso en la mano como quien trae una coartada barata.
Yo estaba en la barra, revisando caja por tercera vez porque el TPV había decidido que una mesa de turistas podía pagar dos veces si lo hacía con suficiente convicción.
Tenía las monedas separadas por montones, cuatro tickets arrugados, una servilleta con números de Vega y la libreta pequeña abierta al lado del cajón.
—Vengo por agua —dijo.
—El grifo está allí.
—Lo sé.
—El vaso también sabe ir solo.
—Biel.
—Qué.
—Déjalo.
—No he empezado. Estoy siendo fontanería verbal.
Se apoyó en la barra, al otro lado, con el vaso vacío entre los dedos. No miró la caja. Giró hacia mí. Mala noticia para la contabilidad.
Lola y Sal después de cerrar tenía un ruido distinto.
De día rugía. De noche respiraba mal. El congelador grande hacía su queja de siempre, la nevera pequeña vibraba contra la pared, el toldo de la terraza golpeaba una vez cada poco por culpa del aire caliente que subía desde la playa.
Olía a lejía, aceite viejo, piel cansada y esa última cerveza derramada que nadie encuentra hasta el día siguiente.
—¿Cuánto ha salido? —preguntó.
—Más de lo previsto.
—Eso suena bien.
—También debemos más de lo previsto.
—Eso suena a Lola y Sal.
Le acerqué la servilleta. Abril la cogió, leyó las cifras y frunció la boca. Tenía los labios un poco secos. Me fijé. Luego me odié un momento, por higiene mental.
—Marblava nos ahoga.
—Marblava nos vende.
—No me corrijas hasta en la ruina.
—Entonces no digas ruina con tanta seguridad.
Dejó la servilleta.
—No quería bajar.
—Ya.
—No digas ya.
—Has bajado con un vaso vacío y pinta de haber discutido contigo misma en la escalera. Me obligas a trabajar con material fácil.
El vaso tocó la madera con un golpe suave.
—El comprador no ha contestado más.
—Mejor.
—No sé si mejor.
—Para dormir, sí.
—No puedo dormir.
Lo dijo sin broma.
La barra dejó de ser barra durante un segundo.
Volvió a ser una distancia. Vieja, usada, llena de marcas.
Me había pasado media vida apoyado en aquella madera, sirviendo cañas, apuntando deudas, escuchando a Lola decir que a los clientes había que mirarles las manos porque ahí estaba la verdad del hambre.
Y ahora estaba Abril al otro lado, con un vaso vacío y las piernas desnudas, bajando a por agua porque dormir arriba le quedaba grande.
—¿Quieres que suba contigo? —pregunté.
No lo preparé. No salió bonito. Salió como salen las cosas cuando una jornada de dieciséis horas te ha quitado los adornos.
Abril miró el vaso.
—No.
Asentí.
—Vale.
—No vale.
—Abril.
—Si dices vale así, parece que te he pedido que desaparezcas.
—Me has dicho que no suba.
—Te he dicho que no porque si subes no voy a dormir.
Podría haber hecho un chiste. Tenía tres. Malos, útiles, cobardes. No usé ninguno.
—Entonces qué quieres.
Levantó la cabeza.
Tenía los ojos cansados, la cara lavada y una marca roja en el antebrazo, seguramente de una caja o de apoyarse con una fuerza de más en alguna esquina.
Era una mujer adulta, sudada todavía después de una ducha, con la herencia de su madre metida debajo de las uñas y una salida que cada día se le manchaba más.
—No sé.
—Eso no sirve para mucho.
—Lo sé.
—Pero es más honesto que casi todo lo de hoy.
Respiró sin disimular el aire. No lloró. Abril no lloraba cuando tocaba. Se le ponía la boca difícil, apretaba los dedos contra algo y luego decía una frase que podía cortar pan.
—No quiero que lo de anoche con el mensaje parezca una promesa.
—No lo parecía.
—No quiero que lo de no confirmar salida antes de agosto parezca que me quedo.
—Tampoco.
—No quiero que tú…
Se calló.
—Acaba.
—No quiero que tú pienses que te estoy usando para aprender a no vender.
Eso me entró despacio.
Eso me entró despacio. No venía limpia; en Lola y Sal nada entraba limpio. Llegó con olor a caja húmeda, con el ruido del congelador y con la luz amarilla de la barra marcándole sombras bajo los ojos.
—Yo no soy una clase práctica —dije.
—Ya.
—Ni una coartada.
—Lo sé de sobra.
—Ni un motivo cómodo.
—Biel.
—Qué.
—Ya te he dicho que no eres el único.
Me reí sin ganas.
—Qué generosa. Me dejas una parte del problema.
—Es lo que hay.
—Ahí sí suenas a ti.
Abril rodeó la barra.
Cada paso suyo movió algo que yo había dejado donde podía controlarlo. Un ticket. Mi pulso. La pila de monedas de veinte céntimos. Se colocó a mi lado, sin taparme. Cerca del cajón abierto, cerca del trapo húmedo, cerca de mis manos. El vaso seguía vacío.
—Dime que suba —dije.
—No.
—Dime que me vaya.
—Tampoco.
—Entonces vas a tener que decir algo más concreto, porque estoy muy cansado y mi cabeza lleva tres días usando cinta aislante.
Abril dejó escapar una risa pequeña.
La risa le movió el hombro desnudo. Vi la piel, la línea del cuello, una gota de agua o sudor bajando hacia la camiseta. No la toqué. Me agarré al borde de la barra con dos dedos. Por hacer algo.
—Quiero tocarte —dijo.
Ahí sí dejé de contar monedas.
Abril parpadeó despacio medio segundo, como si hubiera oído su propia frase tarde.
—Fatal —murmuró—. Lo he dicho fatal.
—Lo has dicho bastante claro.
—No te pongas eficiente ahora.
—Me estoy sujetando a la eficiencia como puedo.
La vista le cayó a mi boca.
Accidente, no. Casi, tampoco. Malentendido posible, menos todavía.
—Si me besas —dijo—, mañana voy a seguir queriendo vender a ratos.
—Ya.
—Y voy a seguir queriendo irme a ratos.
—Lo sé.
—Y quizá me dé rabia no arrepentirme.
—Eso puedo soportarlo.
—Muy seguro te veo.
—No estoy seguro de nada. Pero si me sigues mirando así, voy a hacer algo bastante concreto.
Su mano subió hasta mi camiseta. Dos dedos. Los mismos que yo le había puesto en la muñeca unas horas antes. Tiró un poco de la tela. No hacia ella. Hacia abajo, como si probara el peso de una decisión.
—Dime que pare —dije.
—No.
—Dímelo si quieres que pare.
—No quiero que pares.
Le besé.
No hubo elegancia. Mejor. La elegancia habría mentido allí, entre el cajón de monedas, el vaso vacío y la salida que Abril seguía midiendo, aunque acabara de pedirme que no parara.
El primer contacto fue torpe porque la barra nos estorbaba, porque yo tenía la cadera contra el cajón de monedas y ella el vaso todavía en la mano.
El cristal tocó la madera, rodó, cayó al fregadero y no se rompió por pura falta de presupuesto.
Abril se rio contra mi boca, nerviosa, y esa risa me acabó de quitar la poca prudencia que me quedaba.
La agarré por la cintura.
Esta vez no para que no resbalara.
Esta vez porque quería tocarla y ella lo sabía.
Porque me lo había pedido sin decirme que la salvara.
Porque sus manos ya estaban en mi cuello, en mi nuca, en mi pelo, y me estaba besando con una rabia que no buscaba ganar.
Me mordió el labio. Poco. Lo justo para recordarme que Abril no sabía entrar suave en nada que importara.
—Cuidado —dije.
—No me des órdenes.
—Te estoy avisando de que estoy perdiendo criterio.
—Ya.
La subí a la barra.
La madera estaba limpia solo en teoría. Ella apoyó una mano y rozó una servilleta con cuentas, que cayó al suelo. Las monedas se movieron dentro del cajón. El TPV soltó un pitido, ofendido por nuestra falta de orden. Abril soltó una carcajada baja.
—Hasta la máquina juzga.
—La máquina es una amargada.
—La máquina eres tú.
—Ahora mismo no soy la máquina.
Me abrió las piernas con las rodillas, o me las abrió ella a mí con el cuerpo, da igual.
Hay movimientos que no admiten acta. Me quedé entre sus muslos, con las manos debajo de la camiseta vieja, tocándole la piel caliente de la cintura, la curva de las costillas, el borde del sujetador.
Abril respiró contra mi boca, una respiración cortada y sucia, nada de esas cosas limpias que no existen después de cerrar un chiringuito.
—¿Aquí? —susurró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque mañana Jana apoyará pan en esta barra.
Abril se tapó la boca con mi hombro para no reírse demasiado alto.
—Qué romántico eres.
—Soy higiénico cuando puedo.
—Eso hay que ponerlo en la pizarra.
La bajé de la barra. Ella no se apartó. Me agarró por la cinturilla del pantalón y me atrajo otra vez.
—Arriba —dijo.
La palabra hizo más daño que cualquier beso.
La habitación de arriba.
El sitio de las facturas, las sillas rotas, la cama con arena, la caja de Lola, la libreta de Lola. El sitio donde habíamos sido idiotas con veinte años y donde ahora no teníamos edad para fingir que no sabíamos lo que hacíamos.
—Abril.
—Arriba.
—Si subimos, no va a ser un casi.
No apartó los ojos.
—Estoy harta de los casi.
Subimos.
La escalera crujió bajo nuestros pies. Yo iba detrás porque necesitaba verla y porque si iba delante igual me daba tiempo a pensar.
Mala idea en ambos casos. Abril subió descalza, una mano en la pared, la camiseta vieja moviéndose con cada escalón.
A mitad, se giró y me besó otra vez. Me agarré al pasamanos con una mano y a su cintura con la otra.
—Te vas a caer —murmuré.
—Tú también.
—Yo sé caer en este local.
—Presumido.
—Explotado.
—Ambas.
Llegamos arriba sin rompernos la cabeza por poco.
La habitación estaba igual de mal que por la tarde: calor acumulado, cajas abiertas, cama estrecha, una silla con ropa limpia mal doblada, la libreta de Lola cerrada dentro de la caja metálica. Abril cerró la puerta. El pestillo no encajó.
—Por supuesto —dijo.
—Hay que levantarla un poco.
—No me des instrucciones sobre puertas ahora.
Levanté la puerta con el pie, giré el pestillo y encajó.
Abril clavó los ojos en mí.
—Eso ha sido indecente.
—Cerrar una puerta.
—Saber cerrarla.
Me reí.
Ella no.
Se quitó la camiseta.