CAPÍTULO 20 · ABRIL
A las seis de la tarde, la lista de deudas tenía más líneas que mi paciencia.
Marblava.
Pescadería Noguera.
Taller Marí.
Reparación de frío.
Bebidas.
Ocupación de terraza.
POR REVISAR: pago de marzo de Biel.
Lo había escrito así, con mayúsculas, porque las mayúsculas me daban la falsa sensación de que el problema estaba dentro de una caja.
No lo estaba. Estaba encima de la barra, en la pared con mi nombre, en el cajón de la caja metálica, en la foto vieja de las cinco y en la forma en que Biel había leído su propia línea sin tocar el papel.
No soy una línea de deuda.
Qué oportuno. Qué insoportable. Qué razón.
La terraza seguía llena, aunque ya había pasado la hora peor.
El calor se había quedado pegado a los toldos viejos y bajaba despacio, como una sábana húmeda.
Yo llevaba una camiseta de Lola y Sal con una mancha de tomate justo debajo del pecho, el pelo recogido con una pinza que me tiraba del cuero cabelludo y las manos oliendo a limón, cerveza y tinta.
Jana apareció detrás de la barra con dos vasos vacíos.
—Te está saliendo humo de la cabeza.
—No uses humo.
—Te está saliendo vapor administrativo.
—Claro.
—Tienes que comer.
—He comido.
—Una aceituna no cuenta como comida si no estás en una boda triste.
—Jana.
—Abril.
Me quitó el boli de la mano.
—O comes o llamo a Tina y le digo que estás haciendo Excel emocional.
—No estoy haciendo Excel.
—Estás haciendo una lista con pinta de querer clavártela en el muslo. Es primo hermano.
Intenté quitarle el boli. Lo levantó por encima de la cabeza. Jana medía menos que yo y aun así sabía convertir cualquier gesto en una humillación útil.
—Dame eso.
—Bocadillo.
—No.
—Medio.
—Jana.
—O llamo a Nil.
—¿Qué tiene que ver Nil?
Se encogió de hombros.
—Nada. Pero últimamente viene con limones y me apetece crear ambiente.
—Tienes un problema.
—Tengo varios. Hoy no son el foco.
Me empujó un plato con pan, tortilla fría y una servilleta que tenía escrita la frase de Lola porque alguien, probablemente Ona, había decidido copiarla para que nos persiguiera en formato papel.
Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.
—Voy a matar a quien haya escrito esto —dije.
Ona levantó la mano desde la mesa que nunca callaba.
—Con letra bonita.
—No ayudas.
—A mí sí. Me regula.
—No uses regula.
—Me ordena la neurosis.
—Tampoco.
Vega llegó en ese momento, con una carpeta bajo el brazo, cara seria y el pelo recogido tan tirante que hasta mis facturas se pusieron rectas.
—Tenemos respuesta del Ayuntamiento.
El pan se me quedó en la mano.
Biel, que estaba cargando una caja de cerveza junto al almacén, levantó la cabeza.
Tina salió de la cocina con una espátula.
Jana bajó el boli.
Ona dejó el teléfono girado, gesto que en ella equivalía a una misa.
—Dilo —pedí.
Vega abrió la carpeta y sacó dos hojas.
—Cambio de titularidad aceptado de forma provisional mientras se completa memoria de actividad. Eso es bueno.
—Cuando dices eso es bueno, siempre hay una patada detrás.
—Hay que seguir abiertos real y documentada. Turnos, proveedores, apertura, incidencias y pagos. Si se plantea traspaso antes de completar el periodo, el comprador tendría que asumir incertidumbre administrativa o esperar.
—Traducción.
Vega aguantó mi mirada.
—No puedes vender limpio esta semana.
Limpio.
Otra vez esa palabra.
Me dio una risa breve, fea, casi sin sonido.
—Claro.
Biel guardó silencio.
Eso me permitió odiarlo menos durante tres segundos.
—¿Cuánto periodo? —preguntó Tina.
—Mínimo hasta cerrar la memoria exigida y presentar anexos de actividad. Tres semanas no eran un capricho. Eran la parte corta.
Jana se llevó una mano al pecho.
—Me encanta cuando los papeles confirman que estamos atrapadas. Verano en estado puro.
Ona susurró:
—Esto no se sube.
—No —dije.
—Lo decía en serio.
—Por eso he dicho no sin amenazarte.
Me apoyé en la barra. El papel de mi nombre seguía torcido. El de la memoria ahora estaba en manos de Vega. La lista de deudas, abierta. La caja vieja en el cajón. Biel con una caja de cerveza en los brazos y la boca cerrada a la fuerza.
—El comprador puede esperar —dijo Vega—. O puede enviar otra oferta con condiciones sucias.
—Ya la ha enviado.
—Pues ahora tienes un motivo real para no contestar desde el susto.
Motivo real.
No vergüenza. No deseo. No Biel. No la camiseta mojada. No el pueblo mirando. Un motivo práctico, con sello municipal y olor a tóner.
Debería haberme aliviado.
Me sentó fatal.
Porque ya no podía fingir que me quedaba por culpa de Biel. Ni por una noche. Ni por una factura. Ni por unas amigas pesadas. Me quedaba porque si vendía rápido, vendía mal, y si cerraba, hundía lo que decía querer resolver.
Lola y Sal me había encerrado con papeles, que era una forma exacta de mi madre de ganar una discusión desde un cajón.
—Abril —dijo Biel.
Lo miré.
—No.
—No he abierto la boca.
—Vas a decir que lo sabías.
—No.
—Que era obvio.
—Tampoco.
—Que bienvenida al local.
—Pensaba decir que mesa cuatro lleva seis minutos intentando pagar.
Miré hacia la terraza.
Mesa cuatro levantaba una tarjeta con la paciencia de quien se cree protagonista de la tarde.
—Joder.
Biel cogió el TPV.
—Voy yo.
—No.
—Abril.
—Voy yo.
Le quité el TPV de la mano. Nuestros dedos se rozaron. Esta vez no fue accidente completo. Tampoco fue valiente. Fue una forma idiota de comprobar que seguía ahí.
El aparato pitó.
—Ni se te ocurra fallar ahora —le dije.
—¿A mí o al TPV? —preguntó Biel.
—Hoy no puedo distinguirlo.
Fui a cobrar mesa cuatro.
El TPV leyó la tarjeta a la primera.
Milagro pequeño. No fiable.
Cuando volví, el móvil vibraba encima de la barra. Pantalla hacia arriba.
EL COMPRADOR.
Mensaje.
Todos lo vieron porque en Lola y Sal la privacidad tenía menos recorrido que el hielo al sol.
Lo abrí.
EL COMPRADOR: Respuesta hoy. La señal solo se mantiene si confirmas salida y Biel por escrito. Si Biel no entra en transición, reviso otra vez.
Biel soltó una risa seca.
—Ahí está.
—No digas nada.
—No pensaba decir nada publicable.
Vega me quitó el móvil de un tirón.
—No contestes desde aquí.
—Es mi teléfono.
—Y tu tendencia a responder cuando te pinchan es patrimonio del grupo.
Jana asintió.
—Tenemos comité para tus dedos.
Tina señaló la cocina.
—Diez minutos. Almacén. Todos fuera menos vosotros dos.
La miré.
—¿Perdón?
—Vais a discutir esto detrás de cajas, como corresponde a vuestra especie. Si lo hacéis en barra, los turistas aprenden castellano avanzado.
—No quiero discutir con Biel.
Biel dejó la caja de cerveza en el suelo.
—Yo tampoco.
Jana se echó a reír.
—Eso ha sonado creíble y todo.
Vega me devolvió el móvil, pero lo sujetó un segundo más.
—No aceptes ninguna condición que use a Biel como pieza. Aunque mañana decidas vender. Eso sí está claro.
Biel miró a Vega.
—Gracias.
—No te emociones. También pienso que eres un problema operativo con piernas.
—Justo.
Cogí el móvil, el papel del Ayuntamiento y la lista de deudas. Me fui al almacén sin mirar si Biel venía detrás.
Vino.
Claro que vino.
El almacén estaba peor a esa hora: calor encerrado, cajas de cerveza, garrafas de aceite, bolsas de basura, la manguera de la bomba del baño mal enrollada, un cubo lleno de trapos y el congelador grande metiendo su ruido en cada frase antes de que naciera.
Cerré la puerta, pero no del todo. En Lola y Sal cerrar del todo era tentar a alguien a escuchar con más ganas.
—No voy a aceptar que te meta en la transición —dije.
—De acuerdo.
—No porque hayas ganado.
—Ya ni me esfuerzo.
—Pero tampoco voy a fingir que no me importa que te vayas si vendo.
Biel no dio un paso.
Bien. Por fin una frase lo golpeaba a él y no solo a mí.
—No lo uses para quedarte —dijo.
—No lo estoy usando.
—Abril.
—Estoy intentando decir algo sin que parezca una trampa.
El congelador dio un golpe. Una caja de vasos vibró encima de otra.
—Mal escenario —dijo él.
—Es el único que tenemos.
—No.
Se acercó un paso.
—Tenemos otros. La habitación de arriba. La ducha exterior. La barra después de cerrar. El parking del faro si quieres cometer errores con paisaje y mosquitos.
Me reí.
No debía.
—Eres idiota.
—Bastante.
—No me distraigas.
—Estoy intentándolo al revés.
—Pues mal.
Se acercó otro paso. Yo no retrocedí porque tenía una caja de cerveza detrás y porque ya estaba cansada de retroceder con excusas distintas.
—No aceptes por miedo —dijo.
—Lo tengo claro.
—No me escribas como deuda.
—También lo sé.
—No conviertas lo que pasó arriba en una razón administrativa.
Tragué.
Aquello me tocó.
Lo de arriba.
Su boca en la mía. Mi nombre en la pared. Los Mossos fuera, el ruido, la obligación de bajar y firmar. La ropa mal puesta. Su camiseta del revés. Mi rodilla temblando.
—Lo de arriba no cabe en ninguna columna —dije.
—Mejor.
—Pero existe.
—Sí.
—Y me complica.
—También.
—Y me da rabia que no pueda culparte del todo.
Biel se rascó la mandíbula.
—Eso último me halaga menos.
—No estoy intentando halagarte.
—Ya.
Nos quedamos a medio metro.
Medio metro en un almacén lleno de aceite, cerveza, calor y cosas mal apiladas era una distancia bastante indecente.
Podía verle una gota de sudor bajándole por el cuello.
Podía oler el jabón barato, el pan de la cocina, la sal pegada en su piel.
Podía recordar con precisión estúpida cómo me había sujetado en la habitación y cómo había dejado de hacerlo en cuanto yo dejé de saber qué quería.
—No deberíamos tocarnos ahora —dije.
—No.
—Hay servicio.
—Sí.
—Está el comprador.
—Por mensaje.
—Está Vega con papeles.
—Siempre.
—Está Jana fuera probablemente con la oreja pegada a una caja.
Desde el otro lado de la puerta se oyó un golpe mínimo.
—¡No soy Jana! —susurró Jana.
Biel entornó los ojos.
—Voy a matarla.
—No hagas ruido. Hay clientes.
—Eso sí es espíritu de titular responsable.
Me tapé la boca para no reírme.
Él aprovechó esa grieta.
No para besarme.
Ahí estaba el daño.
Me tocó la muñeca.
Despacio. Con dos dedos. Justo donde la tinta del boli me había dejado una raya azul. Aquello no llegaba a caricia completa. Funcionaba como una pregunta pequeña en el sitio menos oportuno posible.
—No quiero ser tu motivo —dijo.
Le miré la mano.
—No lo eres.
—Abril.
—No eres el único.
Sus dedos se quedaron quietos.
Ahí estaba. Lo que podía pagar.
No una promesa. No una declaración. No una frase de esas que hacen que Jana vomite patatas. Solo una verdad torcida en un almacén que olía a cerveza y fregona.
—Eso ya es bastante peligroso —dijo.
—Sí.
La puerta se abrió dos centímetros.
—Mesa ocho quiere pan —dijo Jana, invisible—. Y yo quiero saber si seguís vestidos, pero eso es secundario.
—Jana —dijimos los dos.
—Vale, pan. El deseo se enfría, pero el pan también.
La puerta se cerró.
Biel soltó mi muñeca.
No de golpe. No como castigo. La soltó porque había pan, mesa ocho, Marblava, un comprador usando su nombre y un Ayuntamiento que no aceptaba orgasmos como memoria de actividad.
—Contesta —dijo.
—¿Ahora?
—Ahora. Pero desde ti.
Me apoyé en una caja de cerveza, abrí el móvil y escribí.
No acepto condiciones que incluyan a Biel Ferrer Sintes ni rebajas por riesgo reputacional. La memoria de actividad sigue abierta. Revisaré cualquier oferta después de cumplir el periodo exigido por el Ayuntamiento y con documentación completa.
Lo leí en voz alta.
Biel no cambió la cara.
—Falta algo —dijo.
—¿Qué?
—Que no confirme salida.
Tenía razón.
Lo odié un poco.
Añadí:
No confirmo salida antes de agosto.
La frase quedó en la pantalla con un peso vulgar.
Aquello no llegaba a sí a quedarse.
Tampoco era un billete de vuelta.
Era una puerta mal cerrada. Como casi todo en Lola y Sal.
—Envíalo —dijo Biel.
—No me lleves de la mano.
—Envíalo, por favor.
Lo envié.
El mensaje salió.
No explotó nada.
El congelador hizo un ruido horrible justo después, pero eso no contaba. Era su forma de participar.
Biel expulsó el aire.
—Bien.
—No porque me mandes.
—Por supuesto.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
Nos miramos.
La puerta se abrió otra vez, ahora entera. Tina apareció con una bandeja vacía.
—El pan.
—Ya voy —dije.
Tina nos miró a los dos. La muñeca de Biel. Mi cara. El móvil en mi mano.
—¿Ha habido sangre?
—No —dijo Biel.
—¿Sexo?
—Tina —dije.
—Entonces espero un resumen ejecutivo.
—He contestado al comprador.
—¿Mal o bien?
—Sin vender a Biel.
Tina asintió.
—Pues ya es mejor que ayer.
Volvimos a la barra.
Jana me quitó el móvil para leer el mensaje enviado porque la confianza entre amigas, por lo visto, incluía vulnerar comunicaciones privadas en temporada alta.
Vega lo revisó, asintió una vez y dijo que estaba “razonablemente limpio”, que en su idioma era un aplauso con traje de faena.
Ona preguntó si podía hacer una foto de la foto vieja de las cinco, solo para nosotras, sin subirla. Le dije que sí.
El TPV falló dos veces.
El baño aguantó.
Marblava cobró.
Noguera protestó por un cubo.
Nil volvió a pasar por la tarde, esta vez sin limones, y Jana lo miró como si eso fuera una falta de respeto.
—¿Hoy vienes vacío? —le dijo.
—Hoy vengo a pedir una cerveza.
—Mucha confianza tienes.
—¿Me la sirves?
—Depende de si pagas o vienes a decorar.
Yo, Abril Rovira Mas, titular responsable, escuché ese intercambio mientras metía una comanda en cocina y supe que quizá el próximo desastre iba a necesitar cubos, paciencia y una fregona propia. Luego pensé que no debía adelantarme tanto porque ni siquiera sabía qué iba a hacer al día siguiente.
A las nueve, llegó la respuesta del comprador.
Solo una línea.
EL COMPRADOR: Entiendo. Entonces hablamos más adelante.
Más adelante.
Lo enseñé en aquella mesa.
Jana levantó su vaso.
—Aplazada la fuga. Sirvan patatas.
—No he aplazado una fuga —dije.
Biel, desde la barra, no dijo nada.
Siguió mirándome.
Ya bastaba.
Esa noche cerramos tarde, mal y con una caja mejor de lo previsto. La foto vieja quedó guardada en el cajón. La frase de Lola se quedó copiada en una servilleta que Tina pegó con cinta debajo de la barra, donde solo la veíamos nosotras al agacharnos a por vasos.
Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.
A las dos menos cuarto, cuando por fin subí a la habitación de arriba, la cama seguía sonando, la nevera vibraba en la pared y había arena en la sábana.
Me senté en el borde con el móvil en la mano.
No había más mensajes del comprador.
Sí había uno de Biel.
Estoy abajo revisando caja. No bajes si solo vienes a discutir.
Escribí:
¿Y si bajo por agua?
Contestó:
Entonces baja con vaso. Aquí todo se pierde.
Me reí sola.
Bajé con vaso.
No bastaba con que él lo dijera.
Porque tenía sed.
Y porque, por primera vez en días, no llevaba una respuesta rápida preparada para marcharme. Solo cansancio, sal en la piel y unas ganas horribles de quedarme callada.