No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 19 · BIEL #2
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CAPÍTULO 19 · BIEL #2

—Cruel y práctica. Una catalana completa.

Abril dejó escapar una risa que se rompió por la mitad.

Noguera, desde la entrada, gritó:

—¿Descargo o hago turismo emocional?

—Descarga —contestó Abril.

Su voz salió firme.

Eso sí fue nuevo.

No firme de verdad. Firme con las manos temblando por debajo. Pero suficiente para que Noguera obedeciera y para que yo entendiera una cosa incómoda: Abril estaba empezando a sostener el local incluso cuando no sabía si quería sostenerlo.

Y eso me ponía peor que cuando solo quería vender.

Porque vender era una herida clara.

Quedarse a medias era una mesa llena de cuchillos.

A media mañana, después de negociar con Noguera, llamar a Marblava y conseguir que nos aceptaran un pago parcial antes de las doce, Abril subió a la habitación de arriba a buscar la tarjeta de coordenadas del banco.

Jana se fue detrás con la excusa de una pinza.

Ona empezó a ordenar fotos en una caja. Tina peleó con el café.

Vega mandó un audio desde algún sitio donde sonaba tráfico y amenaza contenida.

Yo seguí solo en la barra con la foto vieja.

No debería haberla tocado.

La toqué.

Lola había escrito la frase con su letra de siempre, torcida y mandona.

Miré a Abril en la foto. Diecinueve, veinte años.

Una rodilla llena de arena, un vaso en la mano, la boca abierta riéndose de algo que seguramente había dicho Jana.

Era una Abril que todavía no sabía cómo iba a irse. Yo tampoco.

—No la mires como una prueba —dijo Jana desde la escalera.

No la había oído bajar.

—¿Qué prueba?

—La de que antes era más fácil.

—Antes tampoco era fácil.

—Ya. Pero sudábamos con más elasticidad.

Dejó una pinza sobre la barra.

—Abril está arriba llamando al banco. Ha dicho que no subas.

—No iba a subir.

Jana hizo esa mueca suya.

—Claro que no. Tú solo gravitas.

—Qué palabra tan cara para ir con resaca.

—La resaca no me quita vocabulario. Me quita compasión.

Miré hacia la escalera.

—¿Está bien?

—No.

—Jana.

—Te he contestado.

—Me refería…

—Sé a qué te referías. Y no. Está intentando pagar una deuda que no conocía, sostener un local que quería vender, dormir en una habitación con arena y no comerse vivo al hombre que le recuerda cada tres minutos que se fue. No está bien. Pero está.

Esa última palabra cayó con más fuerza de la que debería.

Está.

Abril estaba.

Arriba, abajo, en la pared, en la caja, en la foto, en Marblava, en la llamada. Estaba y eso hacía que todo respirara distinto.

Jana cogió la foto.

—No la uses para perdonarla antes de tiempo.

—No estoy perdonando nada.

—Qué va. Estás esperando que se castigue bien.

—Hoy venís todas muy finas.

—Es porque olemos a fritanga. El cuerpo compensa.

Abril bajó antes de que pudiera contestar.

Tenía el móvil en la mano y la cara de quien acaba de hacer algo práctico para no deshacerse por otro sitio.

—Marblava cobra a las doce —dijo—. Parcial. El resto en dos pagos. He hablado con Vega. Lo apuntamos en previsión y se acabó.

—Bien —dije.

—No digas bien con esa cara.

—No he entrenado otra.

—Pues disimula peor.

Jana levantó la foto.

—He encontrado memoria gráfica de nuestra decadencia.

Abril se la quitó.

La leyó.

Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.

No sonrió.

Tampoco lloró.

Guardó la foto en el cajón de la caja metálica, encima de la libreta de Lola.

—Hoy abrimos a la una —dijo.

Tina asomó desde la cocina.

—¿Quién eres y qué has hecho con la mujer de Barcelona?

—Está arriba buscando un calcetín.

—Que se quede allí. Esta manda mejor.

A la una abrimos.

Y el día nos entró en tromba.

Dos mesas sin reserva, tres con prisa, un niño con una pistola de agua que casi bautizó la freidora, una señora que pidió gazpacho, aunque no había gazpacho, Noguera queriendo cobrar el hielo aparte, Jana discutiendo con Nil Borràs Vidal porque él apareció con otra caja de limones y ella dijo que aquello ya era acoso cítrico.

—No vengo por ti —dijo Nil, apoyando la caja en la entrada.

—Qué pena. Yo ya había preparado una denuncia con perfume.

—Vengo por Biel.

—Peor gusto.

Nil me observó.

—¿Dónde dejo esto?

—Almacén.

Jana le quitó un limón de la caja.

—Si dejas limones en mi vida, asume consecuencias.

—Son para el local.

—Yo también soy parte del ecosistema.

Abril pasó detrás de ellos con dos platos.

—Jana, mesa seis.

—Estoy en una escena.

—Estás en turno.

Jana amagó con hablar, se lo pensó y obedeció.

Nil se rio.

Jana le señaló con el limón.

—Tú no.

El local funcionó mal, pero funcionó. Nadie de fuera entendía esa parte.

Lola y Sal no necesitaba hacerlo todo bonito.

Necesitaba aguantar con los toldos torcidos hasta la siguiente tanda, hasta la siguiente caja, hasta el siguiente pago parcial, hasta que el TPV decidiera no morir durante media hora.

A las cuatro, con el servicio aflojando, Abril se acercó a la barra y me puso delante un papel.

—Lista de deudas reales.

La miré.

Faltaban cosas. Pero ya había más de las que ella quería ver.

—Falta Taller Marí —dije.

—Lo tengo claro.

—Falta lo que puse en marzo.

—También.

—Abril.

—Voy a apuntarlo.

—No para devolvérmelo mañana y sentirte limpia.

Levantó la cabeza.

—No.

—Entonces para qué.

—Para saber cuánto sostuvo Lola y cuánto sostuviste tú.

No lo dijo bonito.

Lo dijo con el bolígrafo en la mano, el pelo pegado a la sien, una mancha de salsa en la camiseta y una comanda esperando en la barra.

Mucho peor.

—No soy una línea de deuda —dije.

—Ya lo sé.

—Asegúrate.

—Eso intento.

Nos miramos.

Tina gritó desde la cocina:

—¡Abril, si no sacas esas bravas, las adopto!

Abril cogió los platos.

—Luego seguimos.

—No me gustan los luegos contigo.

—A mí tampoco. Por eso he empezado una lista.

Se fue.

Y acabé con el papel en la barra, el nombre de Marblava subrayado, el mío todavía sin escribir y una sensación muy clara de que Abril no estaba descubriendo que vender no sería rápido.

Estaba descubriendo que marcharse, esta vez, iba a tener inventario. Y que algunas cosas no cabían en cajas, aunque las odiaras con método.