No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 19 · BIEL
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CAPÍTULO 19 · BIEL

La pared amaneció con el papel torcido.

No mucho. Lo bastante.

Abrí Lola y Sal antes de que saliera el sol del todo, con el cuerpo todavía pegado a la noche anterior y la boca llena de una frase que Abril no había dicho.

En la barra seguía el aviso de titularidad sujeto con cinta transparente.

Abril Rovira Mas. Titular responsable. El nombre tenía una esquina levantada, como si el local quisiera probar hasta qué punto aquello iba en serio.

No lo enderecé.

Me limité a poner café, revisar la nevera pequeña y sacar de debajo de la barra dos bayetas que habían muerto con honor.

La cafetera tardó en arrancar. El congelador grande hizo su ruido de siempre, esa tos metálica que ya no sabía si era avería o carácter.

El TPV parpadeó una vez, apagado, solo para recordarme que podía arruinar el día en cualquier momento.

A las siete y cuarenta y dos apareció Abril por la escalera.

La puerta no era la razón.

Por la escalera del cuarto de arriba, descalza, con una camiseta vieja de Lola y Sal que le caía por un hombro, el pelo aplastado de haber dormido mal y la marca de una sábana en la mejilla.

Llevaba un calcetín en la mano y cara de haber descubierto que vivir encima de un chiringuito no tenía el romanticismo que se le presupone a las malas decisiones.

—Hay una nevera que vibra en la pared —dijo.

—Buenos días.

—No he dicho que sean buenos.

—Eso se decide después del café.

Bajó el último escalón y pisó algo en el suelo. Miró la planta del pie.

—Arena.

—Estás en Cala Saurina.

—En una habitación de arriba, Biel. A dos metros y medio de la calle.

—La arena aquí tiene vocación de ascenso social.

Se apoyó en la barra y vio el papel torcido.

Lo miró. Luego a mí.

—No lo has tocado.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si lo enderezo yo, me vas a decir que ocupo.

—Hoy estás muy entrenado en resultar irritante.

—He dormido poco.

—Yo he dormido encima de una cama que suena cuando respiras.

—La de arriba.

—¿Hay otra?

—Había un colchón plegable.

—He visto el colchón plegable. Tenía aspecto de saber cosas.

Le puse un café. Sin preguntar. Error pequeño. Ella lo cogió sin quejarse. Error suyo.

Bebió de pie, mirando la terraza vacía. Fuera, la luz empezaba a tocar los toldos viejos. La Platja Gran todavía estaba en ese rato breve antes de llenarse de sombrillas, niños, crema solar y gente convencida de que las vacaciones les daban derecho a hablar más alto.

Abril llevaba el cuello de la camiseta torcido. La etiqueta le rozaba la clavícula. La vi antes de poder evitarlo.

Ella me vio verla.

—Ni una palabra.

—Tienes la etiqueta fuera.

—Eso es una palabra.

—Son cuatro.

Se metió la etiqueta hacia dentro con mala leche.

—¿Hoy viene Marblava?

—A las diez.

—¿Y Noguera?

—A las nueve y media.

—¿Y Vega?

—Cuando acabe de amenazar papeles desde donde sea que Vega amenaza papeles.

—¿Y el Ayuntamiento?

—Si no se ha caído nada, no.

Volvió la cara hacia mí.

—No uses épica de desastre.

—Si no se ha caído nada.

—Mejor.

Abril tenía una lista nueva de sí misma: manías, límites, una forma de mirar las grietas como si pudieran acusarla. Yo también tenía las mías. No decir qué quería. No tocar primero. No pedir. No enderezar papeles con su nombre, aunque me picara la mano hacerlo.

El teléfono fijo sonó antes de las ocho.

Abril cerró los ojos.

—Dime que el teléfono fijo no empieza a trabajar antes que las personas.

—El teléfono fijo aquí no respeta convenios.

Contesté.

—Lola y Sal.

La voz de Marblava no saludó. La gente que cobra tarde pierde modales pronto.

—Si hoy queréis entrega, primero necesito transferencia de lo pendiente.

Miré a Abril. Ella bebía café, pero se dio cuenta al segundo. Siempre había sabido leer los problemas en mi cara antes de que yo los nombrara. Eso no se pierde. Se oxida un poco, nada más.

—¿Cuánto? —pregunté.

Me lo dijo.

La cantidad no mataba.

Era una cantidad incómoda: suficiente para seguir vivo con vergüenza.

—Lo reviso y te llamo.

—A las nueve cierro ruta.

—Lo reviso y te llamo.

Colgué.

Abril dejó el café sobre la barra.

—Cuánto.

—Buenos días a ti también.

—Biel.

Le dije la cifra.

No se puso pálida. Abril no se daba esos lujos. Cogió la libreta de caja, abrió por la última página y buscó los números de ayer. Tenía los dedos todavía marcados de tinta del aviso de titularidad. Su nombre en papel. Su mano en la caja. El mundo, para hacer daño, a veces era muy ordenado.

—No sale —dijo.

—No.

—¿Y si pagamos parte?

—Ya hemos pagado parte demasiadas veces.

—¿Cuánto lleváis arrastrando esto?

Ahí estaba el plural peligroso.

Lleváis.

No lo dijo para apartarse. Lo dijo porque todavía no sabía dónde meterse.

—Desde antes de que volvieras.

—No has respondido.

—Desde marzo.

La libreta se cerró bajo su mano.

—Marzo.

—Sí.

—¿Y quién pagó marzo?

Me incliné para sacar de debajo de la barra una caja de clips que no contenía clips. Contenía tickets viejos, dos llaves sin etiqueta y tres recibos doblados. Era una maniobra cobarde. Muy local.

Abril no me dejó.

—Biel.

—Lola pagó una parte.

—Lola ya estaba mal en marzo.

—Sí.

—¿Y el resto?

Apreté los dientes.

No hacía falta.

Abril amagó con hablar, se lo pensó y miró el papel de la pared. Su nombre torcido. Titular responsable. A veces un papel no espera ni veinticuatro horas para cobrar.

—No —dijo.

—Abril.

—No me digas Abril con voz de fregona.

—No sé qué voz es esa.

—La que usas cuando has hecho algo que crees noble y en realidad es una forma de dejarme fuera.

Me reí sin ganas.

—Pagar dos recibos atrasados de bebida no es noble. Es triste.

—Es mío.

—Ahora.

—Antes también era de mi familia.

—Antes tú no estabas.

Le di. Lo vi.

No quise retirar la frase. Me remató más de lo previsto. Una parte de mí todavía disfrutaba enseñándole los sitios donde su ausencia había dejado óxido.

Abril agarró la libreta.

—No uses mi ausencia como sistema contable.

—Pues no uses mi presencia como deuda moral.

La cafetera hizo un chasquido y soltó vapor. Muy oportuna. Casi aplaudí.

Tina entró por la puerta lateral con una bolsa del Forn Nuri y pinta de haber oído lo suficiente desde la calle.

—Perfecto. Desayuno con reproche. Me faltaba fibra.

Abril se apartó de la barra.

—Marblava no entrega si no pagamos.

—Qué sorpresa. A los proveedores les gusta cobrar. Muy raro todo.

—Tina.

—Qué. Estoy ayudando a que el día no se disfrace.

Tina dejó la bolsa, miró el papel de Abril en la pared y luego el café a medio beber.

—¿Cuánto?

Abril le dijo la cifra.

Tina no pestañeó.

—De acuerdo.

—No vale —dijo Abril.

—Vale en el sentido de que no nos ha caído un piano. Todavía.

—Tenemos que pagar.

—Sí.

—No hay caja suficiente.

—También.

—No puedo pedirle otra vez a Jana ni a Vega ni a nadie…

—No digo que puedas.

Tina abrió la bolsa y sacó dos barras, tres cruasanes y una empanadilla que nadie había pedido.

—¿Esa empanadilla? —pregunté.

—Nuri me ha dicho que tenía mala cara y me la ha metido por pena.

A Abril se le escapó una risa breve. Se le cayó enseguida.

El móvil le vibró encima de la barra.

EL COMPRADOR.

No llamada. Mensaje.

Ella no lo abrió.

Yo tampoco miré. Bueno, miré un poco. Soy humano y bastante mediocre.

Tina sí lo miró sin pudor.

—Si ese señor escribe antes de las ocho y media, debería pagar plus de nocturnidad.

Abril cogió el móvil y leyó.

Se tragó la respuesta.

Eso me levantó la nuca.

—Qué.

Me lo enseñó.

EL COMPRADOR: Si aceptas la oferta revisada antes del viernes, puedo adelantar señal y asumir parte de deuda menor. Solo necesito garantías de salida limpia.

Salida limpia.

La frase venía planchada, peinada y con zapatos buenos.

Tina dejó el pan sobre la mesa.

—Parte de deuda menor —repitió—. Qué forma tan fina de llamarnos pobres.

Abril seguía mirando el mensaje.

—Puede pagar Marblava.

—También puede comprar tu vergüenza con descuento —dije.

—No sigas.

—Ya he empezado.

—Pues acaba solo.

—No puedes aceptar por una factura de bebidas.

—No es una factura, Biel. Son varias. Es Marblava. Es Noguera. Es el baño. Es el congelador. Es la memoria de actividad. Es mi nombre en esa pared. Es dormir arriba con arena en la cama. Es levantarme y descubrir que tú has estado pagando lo que yo ni sabía mirar.

Lo solté en una sola pieza. Sin respirar bien. Sin adornarlo.

Tina se calló.

Yo también.

Raro.

Abril tragó, y por un segundo vi a la mujer que había bajado de la habitación con un calcetín en la mano, no a la dueña ni a la que volvía con salida.

—No sé cuánto vale que me saquen de aquí —dijo.

Muy bajo.

A mí se me puso algo duro detrás de las costillas.

—No le pongas precio cuando estás cansada.

—No me digas qué hacer.

—Entonces no me mires cuando necesitas que alguien te lo diga.

Tina levantó las manos.

—Yo voy a poner café a la humanidad antes de que os matéis con olor a pan recién hecho. Si vais a romper algo, que no sea el TPV.

El TPV soltó un pitido desde debajo de la barra.

Tina apretó los párpados un segundo.

—Era una petición sencilla.

A las nueve y media, Noguera llegó con pescado y muy poca paciencia. A las nueve y treinta y cuatro, Jana apareció con gafas de sol y un humor que no había pasado revisión. A las nueve y cuarenta, Ona entró enseñando una foto vieja que había encontrado en una caja de servilletas.

—No sé si esto se tira o se guarda —dijo.

La dejó encima de la mesa de las cinco.

Era una foto de ellas. De las cinco. Mucho más jóvenes, más insolentes y peor vestidas.

Abril en el centro, con una camiseta de tirantes y una trenza mal hecha.

Jana enseñaba la lengua. Vega intentaba no sonreír y fracasaba.

Ona llevaba unas gafas enormes. Tina tenía un brazo sobre el respaldo de la silla, mirando a cámara como si ya estuviera cansada de todos.

Detrás, el cartel de Lola y Sal aparecía menos gastado, pero igual de torcido.

Lola había escrito algo en el margen blanco.

Aquí se viene llorada de casa, que luego hay que servir mesas.

Abril no tocó la foto.

La miró como se mira una cosa que no debería seguir teniendo dientes.

—Qué cruel era tu madre —dijo Jana, con voz más baja de lo normal.

—Práctica —corrigió Tina.