No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 18 · ABRIL #3
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CAPÍTULO 18 · ABRIL #3

Me miró. Yo debía de estar igual: boca hinchada, pelo deshecho, camiseta subida, por un lado, sujetador torcido bajo la tela y una cara de titular responsable recién interrumpida en plena irresponsabilidad.

—No bajes así —dijo.

—No me hables con ese aire de mando.

—No es una orden. Es piedad pública.

Me pasé las manos por el pelo. Empeoró. Me remetí la camiseta. Me limpié la boca con los dedos y eso también empeoró porque me acordé de dónde había estado su boca.

—Perfecto —dije.

—Fatal.

—Pues como el local.

Bajé antes que él.

Cada escalón crujió con una denuncia íntima.

Abajo, Tina estaba junto a la barra, Jana tenía una mano en la frente, Ona miraba al suelo para no mirarme la boca y Vega hablaba con dos agentes de Mossos d’Esquadra en la entrada de la terraza.

Los mismos de antes o sus primos administrativos; no me dio tiempo a comprobarlo.

La terraza estaba casi vacía. Tres mesas ocupadas. Un grupo pequeño junto al límite autorizado. Una silla fuera de sitio. Otra vez.

Jana susurró cuando pasé:

—Tienes cara de memoria de actividad.

—Te mato luego.

—Vale, pero firma primero.

Biel bajó detrás de mí.

No más cerca de lo prudente.

No demasiado lejos.

Una distancia nueva.

Vega me vio llegar y su mirada bajó a mi camiseta, subió a mi cara y decidió, con una generosidad casi milagrosa, no decir nada.

—Abril —dijo—. No es sanción. Aviso verbal por repetición de queja de ocupación. Quieren que conste que se ha corregido.

El agente me observó.

—¿Es usted la titular?

Sentí a Biel detrás.

A Jana aguantando una frase.

A Tina con los brazos cruzados.

A Ona sin grabar.

A Vega con el boli preparado.

El papel torcido de la pared parecía mirarme desde la barra.

—Sí —dije.

Mi voz salió un poco ronca.

Genial.

—Abril Rovira Mas.

—Necesitamos que firme aquí como recibí. No implica sanción, solo constancia de aviso.

Vega me pasó el boli.

Lo cogí.

Tenía los dedos un poco temblorosos.

Los Mossos no eran el problema.

No exactamente.

Firmé.

Abril Rovira Mas.

Otra vez.

Con la boca todavía caliente, el pantalón abrochado a toda prisa y el corazón haciendo el ridículo debajo de una camiseta que ya no sabía si olía a mí, a Biel o a Lola y Sal entero.

El agente se fue. La terraza volvió a respirar. Un cliente pidió otra caña con una prudencia casi tierna.

Jana soltó el aire.

—Bueno. Esto ha sido muy adulto y muy poco legalmente emocionante.

Tina la miró.

—Cállate.

—Sí.

Biel se acercó a la barra y empezó a colocar vasos.

No me tocó.

no empezó por mí.

Me dejó terminar.

Eso, otra vez, me sostuvo más de lo que quería reconocer.

Vega se puso a mi lado.

—La incidencia no debería afectar si no se repite.

—No se repite.

—No digas eso con tanta seguridad en este local.

—No se repite hoy.

—Mejor.

Ona se acercó despacio.

—No he grabado nada.

—Ya lo sé.

—Ni quería.

La miré.

—Eso también lo sé.

Se le aflojó la cara. Un poco. Bastante para Ona.

El servicio siguió porque siempre seguía.

Serví cañas, cobré, recogí una silla que alguien había movido veinte centímetros y la devolví a su sitio con una rabia nueva, de propietaria provisional, de mujer firmando avisos verbales con la boca aún marcada por un hombre que no sabía dónde poner sin mentirse.

A la una, cerramos.

No bien.

Cerramos.

La diferencia ya la entendía.

Las demás se fueron poco a poco: Vega con sus carpetas, Ona con el móvil guardado, Jana diciendo que necesitaba patatas o un amante y que cualquiera de las dos cosas podía servir, Tina llevándose una bolsa de basura, aunque no le tocaba.

Biel y yo nos quedamos solos junto a la barra.

El papel del Ayuntamiento seguía torcido.

Lo miré.

—No lo endereces —dije.

—No iba a hacerlo.

—Mentira.

—Sí.

Nos quedamos en silencio.

Había vasos por lavar. La plancha fría. El TPV apagado. La noche pegada al suelo. Mi firma en un aviso verbal dentro de la carpeta de Vega. Mi nombre en la pared. Su boca todavía en la mía, aunque ninguno dijera nada.

—Lo de arriba… —empezó él.

—No lo llames error.

—No iba a hacerlo.

—Ni casi.

—Tampoco.

—Ni problema.

Biel dejó las manos sobre la barra.

—Abril.

—Qué.

—Lo de arriba no cambia que puedas irte.

Tragué.

—Lo tengo claro.

—Y no cambia que, si te vas, yo no voy a hacer de transición limpia.

—También lo sé.

—Entonces qué cambia.

Miré el papel torcido.

La barra marcada.

La caja de galletas en el cajón.

La terraza vacía donde hacía unas horas había dicho mi nombre delante de dos uniformes.

A Biel, con la camiseta aún del revés y la etiqueta asomando en la nuca.

Se lo señalé.

—Llevas la camiseta del revés.

Parpadeó despacio.

—Abril.

—Cambia eso.

—¿La camiseta?

—Que antes me habría ido sin decírtelo.

Abrió los ojos.

No sonrió.

Mejor.

—¿Y ahora?

No tenía respuesta limpia.

Por una vez, no intenté fabricarla.

—Ahora bajo a firmar, aunque me tiemble la rodilla.

Biel asintió despacio.

—Vale.

—No es una promesa.

—Lo tengo presente.

—No es una declaración.

—Lo sé.

—No es… nada cerrado.

—Abril.

—Qué.

—El local está cerrado fatal y aun así mañana abre.

Me reí.

Aquello no tenía nada de bonito.

Porque era verdad de la forma más sucia posible.

—Qué frase más de chiringuito.

—Es mi género.

Esta vez fui yo quien enderezó el papel.

Un milímetro.

No quedó recto. Tampoco yo.

Por una vez, no lo estropeó. Yo tampoco. Raro, casi sospechoso.