CAPÍTULO 18 · ABRIL #2
La terraza entera hizo lo que hacen las terrazas: fingir que no miraba.
Yo salí de la parte interior de la barra.
—Soy yo.
Biel se movió también.
Alcé una mano sin mirarlo.
No para callarlo.
Para decirle que esta vez sí.
Esta vez yo.
—Abril Rovira Mas —dije—. Titular responsable.
El agente consultó una nota en el móvil.
—Ha habido una queja por ocupación de paso y música.
—La música no se ha puesto. La ocupación ya está corregida.
Miró hacia la mesa del Club Aleta. Los chicos bebían cañas con la concentración de estudiantes en examen.
—Necesitamos que se mantenga dentro de la zona autorizada. Si vuelve a haber aviso, se comunica al Ayuntamiento.
Ayuntamiento.
Expediente.
Mi nombre.
Todo entró junto, con olor a cerveza y protector solar.
—Entendido.
—¿Documentación visible?
Señalé la pared al otro lado de la barra.
—Ahí.
El segundo agente la miró, asintió y apuntó algo. Nada más. Dos minutos. Tres como mucho. Suficiente para que el pueblo tuviera tema hasta la noche.
Cuando se fueron, nadie aplaudió. Menos mal.
Jana levantó un vaso vacío.
—Bueno, no nos han detenido. Yo lo pondría en destacados si fuéramos otra clase de negocio.
—Jana.
—De acuerdo.
Biel estaba en la cocina. Ni fuera ni al lado. En la cocina, cortando pan con demasiada fuerza.
Entré detrás.
—No hacía falta que te apartaras tanto.
—Sí hacía falta.
—Biel.
—Lo has hecho bien.
—Ahórrate el bien.
—Lo has hecho tú.
Eso sí me dejó sin frase.
Tina, que estaba junto a la plancha, miró entre los dos.
—Voy a por patatas al almacén. No porque quiera, sino porque esta cocina no tiene seguro para tanto subtexto.
Se fue.
Biel dejó el cuchillo.
—No necesitabas que saliera.
—No.
—Y yo necesitaba no salir.
—También.
Nos miramos sobre una tabla de pan, una bolsa de alioli y una bandeja de sardinas sin limpiar.
Nada en aquella escena podía venderse como romántico sin mentir.
Por eso me agarró peor.
—Gracias —dije.
—De nada.
—Por no convertirlo en una prueba.
—Me costó.
—Se te notaba en la espalda.
—Mi espalda no sabe callarse.
—No.
Di un paso hacia él.
No mucho.
Lo suficiente para que los dos lo notáramos.
—Abril —dijo.
—Qué.
—Hay servicio.
—Siempre hay servicio.
—Y Mossos recién salidos de la terraza.
—Muy sensual todo.
—La sensualidad administrativa es un nicho.
Me reí.
Salió pequeña. Cansada. Con la rodilla todavía temblando por haber dicho mi nombre delante de dos uniformes y medio pueblo.
Biel ni pestañeó.
Prudente.
Yo estaba empezando a cogerle manía a la prudencia.
A las once y media, cuando la terraza por fin empezó a vaciarse, el día llevaba encima una capa de sal, otra de grasa y una última de miradas.
La queja no fue a más. El Club Aleta pagó.
La vecina bajó la persiana con una lentitud que no prometía paz, pero tampoco guerra inmediata.
Vega dijo que la incidencia, al no constar como acta formal, no debería afectar si manteníamos orden.
Ona no había grabado nada. Jana llamó a eso “milagro laico”.
Tina se negó a limpiar el baño hasta que alguien le trajera chocolate.
Yo subí a la habitación de arriba con la excusa de buscar una camiseta seca.
Era mentira.
O media mentira, que allí contaba como unidad estable.
Necesitaba quitarme de la piel el día: la señora de la cerveza, los chicos del Club Aleta, los Mossos, el papel torcido con mi nombre, la cara de Biel en la cocina diciendo lo has hecho tú.
Abrí el cajón.
La camiseta blanca seguía allí.
La toqué.
No la saqué.
—No deberías tocar mis camisetas cuando intentas no tocarme a mí.
Biel estaba en la puerta.
No había hecho ruido. O yo estaba demasiado dentro de mi propia cabeza.
—Subes mucho para alguien que respeta límites —dije.
—He venido a por bolsas de basura.
Miré alrededor.
—No hay bolsas aquí.
—Ya. Mi mentira también ha sido perezosa.
Cerré el cajón despacio.
—Hoy no quiero discutir.
—Como quieras.
—Tampoco quiero que me digas que baje.
—No iba a decirlo.
—Ni que hay servicio.
—Lo hay.
—Biel.
—Pero no iba a decirlo.
Se quedó en el umbral. Ni dentro ni fuera. Esa manía suya de dejarme opción estaba volviéndome peligrosa.
—Hoy he firmado con mi nombre —dije.
—Sí.
—He hablado con Marblava.
—Sí.
—He cobrado al Club Aleta.
—También.
—He hablado con los Mossos.
—Lo has hecho tú.
Otra vez.
Lo has hecho tú.
No aplauso. No salvación. No “ves cómo puedes”. Solo la frase justa, colocada donde más dolía y más sostenía.
Caminé hacia él.
Biel no retrocedió.
—No me uses para celebrar que puedes —dijo.
Me paré.
La frase fue una bofetada limpia.
—Eso no es lo que estoy haciendo.
—No lo sé.
—Yo sí.
—A veces sabes muy tarde.
Tenía razón.
Qué cansancio de hombre.
—Hoy no quiero usar nada —dije—. Ni la firma, ni el miedo, ni el cansancio, ni el comprador, ni la excusa de que me voy.
—¿Y qué quieres?
La pregunta no salió dulce.
Salió cansada.
Adulta.
Con el ruido del local abajo, el cajón cerrado y una cama estrecha que ya amenazaba solo con mirarla.
—Quiero besarte sin convertirlo en una coartada.
Biel entornó los ojos un segundo.
Solo uno.
Cuando los abrió, la distancia entre los dos tenía menos paciencia.
—Eso no te sale gratis.
—Lo sé.
—No lo sabes del todo.
—Entonces enséñamelo sin darme clase.
La vista le cayó a mi boca.
Esta vez sostuve la mirada.
—Si dices no, paro —dijo.
—Si digo no y paras con esa cara de castigo, te tiro por la escalera.
—Mensaje recibido.
—Bien.
—Vale.
Fue ridículo que una palabra tan pequeña pudiera romper tanto.
Nos besamos sin elegancia.
Menos mal.
La espalda me chocó contra la pared junto a la puerta, no contra la cama ni contra ningún lugar cómodo.
Había una caja de facturas a mi izquierda y el olor a fritura subiendo por la escalera.
Biel me besó con una mano en la pared y la otra quieta, sin tocarme, hasta que fui yo quien se la puso en la cintura.
—Así no me ayudas —murmuró contra mi boca.
—No he subido a ayudar.
Ahí sí me tocó.
La mano abierta en mi cintura, firme, caliente, sin pedir permiso porque ya se lo había dado con la mía.
Me pasó el pulgar por la tela de la camiseta, justo encima de la piel, y el cuerpo me contestó con una falta de orgullo lamentable.
Me agarré a su nuca. Sudor, pelo corto, piel caliente. Nada bonito. Todo demasiado concreto.
Biel me levantó apenas, lo justo para sentarme sobre el borde de la mesa vieja donde Lola guardaba facturas. La mesa crujió.
—Si se rompe, Vega nos mata —dije.
—Si se rompe, diremos que fue el expediente.
Me reí en su boca.
Él aprovechó para besarme el cuello.
No suave. No violento. Con esa mezcla suya de rabia y cuidado que me dejaba sin sitio donde colocar las manos. Me subió la camiseta un palmo y se detuvo.
—Abril.
—Sigue.
—Dilo bien.
Lo miré.
—Sigue, Biel.
Eso sí lo movió.
Me besó otra vez y metió la mano bajo la tela.
Los dedos me rozaron la piel de las costillas, el borde del sujetador, el sudor acumulado de todo el día.
Me dio vergüenza estar tan viva en una habitación tan fea.
Me dio más vergüenza que me gustara exactamente así: sin sábana limpia, sin música, sin promesas preparadas.
Yo le tiré de la camiseta.
—Esto no tiene cierre administrativo —dijo.
—Cállate.
—No hay formulario.
—Biel.
—Ya.
Se la quitó.
El aire caliente se pegó a su pecho. Tenía marcas de trabajo, una línea roja en el hombro por las cajas, una mancha de harina o sal cerca del cuello. Le pasé los dedos por ahí y él soltó aire contra mis labios.
—No hagas eso si no quieres que…
—Quiero.
—No he terminado la frase.
—Me arriesgo.
Me besó más fuerte.
Esta vez no hubo casi.
Hubo dientes suaves en mi labio, mi pierna rodeándole la cadera, sus dedos bajando por mi costado, mi mano en su cinturón y el ruido de abajo volviéndose lejano de la peor manera: no porque no importara, sino porque importaba y aun así yo seguía allí.
Biel lo notó. Me conocía lo bastante para saber cuándo mi cabeza intentaba salir por la puerta.
Se apartó un poco.
—Mírame.
—No me organices.
—Aquí, Abril.
Lo hice.
—No desaparezcas mientras me tocas.
No pude contestar rápido.
Eso ya era contestar.
Aflojé la mano en su cinturón.
Él no se movió. No aprovechó. No empujó. No hizo de aquello una victoria.
—Estoy aquí —dije.
—Ahora.
—Ahora es lo que tengo.
—Entonces quédate en ahora.
Le agarré la cara y lo besé yo.
Más lento.
Me dejó sin defensa.
Porque lento dejaba entrar cosas que con prisa se podían fingir. Biel me tocó por encima del sujetador y luego por debajo, con el pulgar rozándome hasta que tuve que morderle el hombro para no hacer un ruido que bajara la escalera con mi nombre. Él se rio bajo, contra mi pelo.
—¿Eso también va al expediente?
—Idiota.
—Titular responsable.
—Te odio.
—Ya.
Me desabrochó el botón del pantalón con una torpeza mínima que me devolvió el aire justo para reírme.
—No presumas de experiencia —dije.
—Estoy bajo presión administrativa.
—Pobrecito.
—Mucho.
Metí la mano entre los dos y esta vez fue él quien dejó de hablar.
Me gustó demasiado.
Me gustó verlo perder el gesto útil, el control de los turnos, la calma de hombre que carga cajas y aguanta. Me gustó que apoyara la frente en mi hombro y dijera mi nombre sin reproche, solo con cuerpo. Me gustó tanto que me dio miedo de una forma muy poco decorosa.
Abajo, alguien gritó.
No Jana.
Tina.
—¡Abril!
Los dos nos quedamos quietos.
—No —murmuré.
—Sí.
—No.
La voz de Tina subió por la escalera.
—¡Abril, baja! ¡Los Mossos han vuelto a pasar por la terraza!
Biel apoyó la frente contra la pared.
—Me cago en…
Me tapé la boca para no reírme o llorar. No sabía cuál de las dos opciones era más ofensiva para mi estado.
—Sensualidad administrativa —dije.
—No repitas mis mierdas ahora.
—Me ayudan a no morir.
Nos separamos con una falta de coordinación humillante. Yo me abroché el pantalón mal la primera vez. Biel buscó su camiseta y cogió una factura. La tiró al suelo. Encontró la camiseta. Se la puso del revés.
—Está del revés —dije.
—Me da igual.
—Se nota la etiqueta.
—Abril.
—Vale.