CAPÍTULO 18 · ABRIL
La copia del Ayuntamiento quedó torcida otra vez antes de las diez.
La enderecé por tercera vez con una chincheta nueva, la uña del pulgar manchada de tinta azul y la sensación absurda de estar sujetando mi propio nombre contra una pared que sudaba.
Abril Rovira Mas. Titular responsable. La hoja no tenía nada de épica.
Papel blanco, sello, fecha, dos líneas de letra administrativa y una esquina doblada porque Jana había pasado con una bandeja y casi la había arrancado con el codo.
—Tu responsabilidad civil está ladeada —dijo.
—Tu equilibrio psicológico también y nadie lo clava a la pared.
—Porque no hay pared suficiente.
Me aparté un paso.
El papel seguía torcido.
Biel pasó detrás con una caja de vasos y lo enderezó sin preguntar. Un toque de nudillo, mínimo. Luego siguió andando.
—No me lo arregles todo —dije.
—Solo estaba al lado de los vasos.
—Tu mentira ha sido muy perezosa.
—Estoy ahorrando energía.
No se detuvo.
Lo nuevo era eso: antes discutíamos hasta encontrar sangre o risa. Ahora a veces se iba antes, y yo me quedaba con la frase en la boca, mirando su espalda. Adultísimo. Incómodo. Inútil para una mujer que había firmado un papel y seguía sin saber qué hacer con el resto.
La mañana empezó con una llamada del Ayuntamiento.
No del técnico. De una mujer con voz seca y amable, la misma clase de voz que tienen las personas que pueden convertir un error pequeño en un requerimiento.
Confirmó que la declaración responsable estaba registrada, que la memoria de actividad quedaba pendiente de revisión, que debíamos mantener visibles la documentación, horarios y aforo, y que cualquier incidencia por ruido, ocupación o seguridad durante los próximos días podía quedar asociada al expediente.
—¿Incidencia como qué? —pregunté.
—Quejas vecinales, exceso de ocupación, intervención de Policía Local o Mossos d’Esquadra, alteraciones en terraza…
Miré a Jana, que acababa de equilibrar seis vasos en una mano y un plato de pan con la otra.
—Define alteraciones.
Jana levantó un dedo libre.
—Me niego a ser definida por la administración.
—Tomamos nota —dije al teléfono.
La mujer no se rio.
En el Ayuntamiento se reía poco. Supuse que se les gastaba con las licencias de terraza.
Colgué y apunté en la libreta: NO LIARLA.
Luego añadí debajo: especialmente Jana.
Jana leyó por encima de mi hombro.
—Qué persecución más personalizada.
—Es no liarla más de lo imprescindible.
—Soy un activo con curvas.
—Eres una multa con pintalabios.
Tina soltó una carcajada desde la cocina.
A media mañana, el calor ya había convertido la barra en una superficie pegajosa, aunque la hubiéramos limpiado dos veces.
La caja del Club Aleta había salvado el pago parcial de Marblava, pero también nos había dejado sin vasos limpios, sin hielo suficiente y con una toalla olvidada que nadie quería tocar porque olía a pie ajeno.
La habitación de arriba seguía ocupada por mi maleta, la camiseta blanca de Biel en el cajón y tres mosquitos que parecían tener derechos hereditarios.
Yo seguía ocupada por mí misma.
No ayudaba.
A las doce, Vega llegó con una carpeta nueva.
No me gustó.
Las carpetas nuevas nunca traían alegría. Traían apartados.
—Necesitamos preparar la memoria de actividad —dijo.
—Buenos días, Vega. Qué ilusión verte también.
—Buenos días. Necesito tickets de San Juan, facturas de Marblava, relación de proveedores, justificante del pago parcial y fotos de la terraza.
Ona levantó la cabeza desde una mesa.
—¿Fotos?
—Técnicas —dijo Vega.
—Todas las fotos son técnicas si una sufre suficiente.
—Ona.
—Vale.
Biel dejó una caja en el suelo.
—Fotos sin gente.
Ona le lanzó una mirada.
—Lo tengo claro.
El vídeo de San Juan ya no estaba en redes, pero seguía entre nosotros con más vida que algunas sillas.
Ona lo llevaba en la cara. Biel lo llevaba en la mandíbula.
Yo lo llevaba en el gesto de mirar alrededor antes de salir por el cañizo.
No hacía falta que nadie lo nombrara para que siguiera pringando.
—Fotos sin gente —repetí—. Sin cañizo dramático, sin ducha, sin Biel sin camiseta, sin ninguna cosa que haga que el Ayuntamiento piense que somos un circo con bravas.
Jana levantó la mano.
—Objeción. Somos un circo con bravas.
—Pero no subvencionado.
—Eso duele.
La mañana se fue en tareas feas: limpiar filtro de cafetera, revisar aforo, escribir horario, corregir precios, contar servilletas, mover cajas para que el almacén pareciera menos próximo a derrumbar una administración pública.
Biel y yo trabajamos juntos sin tocarnos.
Eso empezó a parecer una coreografía de idiotas: él pasaba por mi izquierda, yo me apartaba hacia el TPV; yo abría una nevera, él esperaba dos segundos; nuestras manos coincidían cerca de un bolígrafo y las dos retrocedían igual de rápido.
Tina nos vio una vez y chasqueó la lengua.
—Me estáis cansando.
—Estamos trabajando —dije.
—Sí. Con abstinencia de sentido común.
—Tina.
—Qué.
—No.
—Ni siquiera sabes qué iba a decir.
—Lo sé por tu cara.
—Mi cara está harta y tiene razón.
Jana pasó entre nosotras con una bandeja.
—La cara de Tina siempre tiene razón, pero cobra comisión emocional.
A la una empezó el servicio.
A la una y media ya había una señora preguntando por el nombre de la titular responsable porque “lo había visto en el papel de la pared”. Me giré con una cerveza a medio tirar y una gota de espuma bajándome por la muñeca.
—Soy yo.
La señora me repasó de arriba abajo. Llevaba gorro de paja, pendientes enormes y una de esas sonrisas con las que la gente cree que no está metiéndose donde no le llaman.
—Ah. Tú eres la nieta.
—Entre otras desgracias administrativas.
No supo si reírse. Bien.
—Me alegro de que no cerréis. Tu madre llevaba esto con mucha gracia.
Me pasó algo raro en la garganta. No grande. No limpio. Una especie de arenilla.
—Gracias.
—Aunque ahora todo está más moderno.
Miré la barra marcada, el TPV con una esquina pegada con cinta y una mosca suicida cerca de la cafetera.
—Modernísimo.
La señora señaló hacia Biel, que estaba llevando una caja de agua a la cocina.
—Y él sigue, ¿no?
La pregunta parecía inocente.
Ya no me fiaba de ninguna pregunta inocente.
—Biel trabaja aquí esta temporada.
—Menos mal. Sin él no sé qué haríais.
La frase entró suave y me raspó igual.
Biel no la oyó. O fingió no oírla. En cualquiera de los dos casos, su espalda se tensó.
—Haríamos muchas cosas —dije—. Algunas mal. Algunas pagando a tiempo. Otras aprendiendo.
La señora parpadeó.
—No lo decía por mal.
—Lo sé.
Serví la cerveza con demasiada espuma.
—Tres euros.
Pagó.
Se fue.
Jana apareció a mi lado.
—Has cobrado una cerveza con espuma de trauma.
—La espuma no computa en el expediente.
—Todavía.
Biel volvió a la barra.
—No hacía falta.
—¿Qué?
—Lo de la señora.
—No he hecho nada.
—La has cortado.
—Le he cobrado.
—Abril.
—¿Querías que le dijera que sí, que menos mal que estás tú porque yo soy una turista con papeles?
—No.
—Pues ya está.
—Tampoco necesito que me defiendas en bares.
Me lo merecía. Claro.
Lo dijo bajo, sin sonrisa, y siguió hacia la cocina.
Me quedé con la mano en el grifo de cerveza.
La espuma siguió saliendo.
—Ciérralo —dijo Jana.
Lo cerré.
—Gracias.
—De nada. El feminismo también consiste en no desperdiciar barril por tensión heterosexual.
A las cuatro, llegó la incidencia.
No una multa. No una inspección. Algo más tonto, por supuesto.
Un grupo de chicos del Club Aleta volvió sin reserva, pidió mesa para doce “solo para unas cañas” y ocupó media terraza con bolsas, tablas, chanclas y una energía que olía a problema de aforo.
Ona estaba haciendo fotos técnicas de la terraza vacía por zonas, Vega revisaba tickets, Tina cortaba pan con una precisión amenazante y Biel había ido a buscar hielo a Ultramarinos Pepa.
Yo podría haber dicho que no.
Debería haber dicho que no.
La caja, sin embargo, seguía haciendo cuentas dentro de mi cabeza.
—Solo cañas —dije.
—Y bravas —dijo uno.
—Solo cañas.
—Y unas almejas.
—Solo cañas significan solo cañas.
Se sentaron igual, invadiendo dos mesas más de lo pactado. Uno movió una silla fuera del límite de terraza. Otro apoyó una tabla contra el cartel de aforo. Otro preguntó si podían poner música desde un altavoz pequeño.
—No —dije.
—Bajita.
—No.
—Pero si no molesta.
Una vecina de la casa de al lado levantó la persiana con la lentitud exacta de quien ya está componiendo una queja.
No.
No hoy.
No con mi nombre en la pared.
Salí de la barra y fui directa a la mesa.
—Recoged las bolsas de este lado, moved la silla dentro de la línea y el altavoz se guarda.
El chico del altavoz sonrió.
—Tranquila, jefa.
La palabra jefa me tocó un nervio nuevo.
—No estoy nerviosa. Estoy siendo educada antes de ser cara.
—¿Cara?
—Sí. Si nos cae una incidencia por vosotros, la cuenta deja de ser de cañas.
Jana, desde la barra, susurró:
—Me ha excitado un poco la control de mesas.
—Jana —dijo Vega.
Los chicos se miraron, medio riéndose, medio midiendo si yo iba en serio.
Biel apareció por la terraza con una bolsa de hielo en cada mano justo a tiempo para empeorarlo todo.
—Qué pasa.
No preguntó como salvador. Preguntó como trabajador que huele una silla fuera de sitio.
—Nada que no pueda resolver —dije.
Uno de los chicos lo saludó.
—Biel, dile que no pasa nada, hombre.
Biel dejó las bolsas detrás de la barra. Despacio.
—Si Abril dice que mováis la silla, movéis la silla.
Abril.
No la dueña, no la titular. Abril.
Alzó los ojos un segundo.
Yo miré la silla.
El chico la movió.
—Joder, qué serios estáis.
—Estamos regularizados —dijo Jana desde la barra.
—Eso siempre cambia a la gente.
El grupo acabó obedeciendo. A medias. Lo suficiente para no llamar a nadie. O eso creí.
A las cinco y veinte, dos agentes de Mossos d’Esquadra pasaron por la terraza.
No entraron con drama. No había sirenas, ni miradas de película, ni nada de eso. Dos uniformes, calor, gafas, una expresión de cansancio muy parecida a la de cualquiera que trabaje cara al público en verano.
El primero preguntó por la persona responsable.