CAPÍTULO 17 · BIEL #3
La mujer se rio, pensando que era broma.
Abril no cambió la cara.
Pagaron juntos.
La caja empezó a respirar.
Mal, pero respiraba.
Yo la vi moverse en la barra con la carpeta ya no en el pecho sino guardada, con el pelo pegado a la nuca, la camiseta manchada de tomate y la voz firme sin ponerse dura.
Se equivocó en dos comandas, corrigió una cuenta, discutió con una señora que quería llevarse el vaso “porque era mono” y consiguió que un chico del Club Aleta dejara de apoyar una tabla mojada contra el congelador.
No le salía de memoria.
Mejor así.
Natural habría sido huir.
A las siete menos diez, Marblava mandó mensaje: pago recibido, pedido confirmado.
Abril me enseñó la pantalla.
—Sale.
—Entendido.
—No me lo adjudiques.
—Ni he abierto la boca.
—Tu bien ha venido cargado.
—Venía con aceite y vasos.
Se le movió la boca.
Pequeño.
Demasiado.
Entonces Jana apareció entre los dos con una bandeja vacía.
—Interrumpo una tensión con margen comercial para informar de que Nil está fuera.
—¿Nil? —preguntó Abril.
—Nil Borràs Vidal. Hombre, limones, manos, mala idea. No estamos hablando de mí ahora.
—Siempre estamos hablando un poco de ti —dijo Tina desde la cocina.
Jana se giró.
—No me persigas desde las patatas.
Nil entró por la terraza con dos cajas de hielo que nadie había pedido y una sonrisa de tipo que sabe que su presencia molesta de forma rentable. Jana se puso roja de rabia, que en ella era casi lo mismo que ponerse guapa. Abril lo vio. Yo también.
Lola y Sal no solo nos estaba tragando a Abril y a mí.
Estaba abriendo hambre para todas.
A las ocho y media, cuando el grupo del Club Aleta se fue dejando propina decente, vasos sucios y una toalla olvidada en la silla, Abril se apoyó en la barra y apretó los párpados un segundo.
—No me digas que bien —murmuró.
—No.
—Ni que lo hemos conseguido.
—Tampoco.
—Ni que firmar era necesario.
—Eso sí, pero puedo pensarlo sin molestar.
Abrió los ojos.
—Qué considerado.
—Estoy evolucionando.
—Lento.
—Temporada alta.
La misma broma.
Otra vez.
Y, aun así, funcionó.
Nos quedamos mirando la caja, el papel del Ayuntamiento detrás de la barra y la terraza sucia. Abril tenía salsa en la muñeca. Se la limpió con el dedo, distraída.
Tuve que mirar al TPV para no mirarle la boca.
El TPV pitó.
—No te pongas celoso de la máquina —dijo ella.
—La máquina no se va antes de agosto.
Se me escapó antes de que pudiera detenerla.
Abril bajó la mano.
La broma se rompió.
—Biel.
—Déjalo.
—No.
—Hoy has firmado. No voy a estropearte eso.
—No eres tan poderoso.
—Qué descanso.
Me fui al almacén antes de decir otra cosa. Cogí cajas vacías, conté botellas, moví garrafas. Hice lo que sabía hacer cuando el cuerpo pedía una estupidez: trabajo.
Abril apareció cinco minutos después.
—Estoy intentando no seguirte —dijo desde la puerta.
—Vas fatal.
—Sí.
No entró. Se quedó en el umbral, con la luz de la cocina detrás. Su silueta no tenía nada de postal. Pelo mal recogido, camiseta manchada, ojeras, una tirita en el talón, las piernas marcadas por la arena de la terraza.
—No sé qué va a pasar en agosto —dijo.
—Yo sí sé qué no va a pasar.
—Qué.
—No pienso quedarme con otro dueño para verte irte más tranquila.
Tragó.
—Ya lo dijiste.
—Y lo repito porque parece que sigues buscando una salida donde nadie pierda nada.
—No sé hacerlo de otra manera.
—Pues aprende con algo más barato que yo.
Le dolió.
Bien.
Mal.
Me odié un poco.
Abril dio un paso dentro del almacén. El espacio se hizo pequeño de inmediato. Cajas, calor, lejía, cerveza, nosotros dos y una firma recién colgada tras la barra que no nos dejaba fingir que todo era deseo y resaca.
—No quiero perderte —dijo.
No sonó limpio.
Sonó enfadado.
Eso lo dejó más crudo.
—Entonces no me conviertas en daño inevitable.
—Qué fácil lo dices.
—Lo digo fatal.
—Sí.
—Pero lo digo.
Nos miramos.
Afuera, Jana gritó que Nil había traído hielo “con intenciones completamente obscenas”. Tina contestó que el hielo se guardaba y las intenciones se fregaban. Ona se reía. Vega preguntaba quién había metido tickets mojados en la libreta.
La vida entera estaba a cinco metros, sin cerrar ninguna puerta.
Abril no se acercó más.
Yo tampoco.
Me dio miedo que estuviéramos aprendiendo a no tocarnos justo cuando tocarse habría sido más fácil.
—Hay clientes —dije.
—Ya.
—Y facturas.
—Lo sé.
—Y un baño con talento para la humillación.
Casi se le escapó.
—También.
—Entonces sal antes de que hagamos algo que no arregle nada.
Abril miró mi boca.
No mucho.
Suficiente para mandarlo todo al carajo durante medio segundo.
—Ese es el problema —dijo.
—Cuál.
—Que algunas cosas no arreglan, pero dejan de mentir.
No contesté. No porque no tuviera respuesta; porque cualquiera me dejaba peor.
Ella salió primero.
Yo seguí en el almacén, con las manos sobre una caja de cerveza vacía y el nombre de Abril colgado en la barra como una cosa simple, fea, oficial.
Aquella noche no vendimos Lola y Sal.
Lo abrimos.
Y eso me descolocó. Mucho. Lo bastante para que me dieran ganas de reírme y salir corriendo a la vez.