No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 17 · BIEL #2
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CAPÍTULO 17 · BIEL #2

—¿Ya somos legales o solo menos denunciables?

—Menos denunciables —contestó Vega.

—Me vale.

Abril me tendió una copia.

—Tienes que guardar esto en el local.

No lo cogí.

—Guárdalo tú.

—Biel.

—Ahora va tu nombre.

La frase le molestó. Bien. Algunas molestias enseñan dónde está el borde.

—Me he enterado.

—Pues que no duerma en mi bolsillo.

Ona hizo una mueca.

—Eso ha sido un poco intenso para estar al lado de una máquina de agua rota.

Abril dobló la copia dentro de la carpeta.

—Vale.

No dijo más.

Salimos del Ayuntamiento y el sol nos pegó en la cara con mala educación.

La calle olía a piedra caliente, pan del Forn Nuri y colonia de gente que bajaba tarde a la playa.

Al cruzar hacia la plaza, Pepa apareció desde Ultramarinos Pepa con una caja de agua mineral en los brazos y pinta de haber nacido en el momento exacto para enterarse.

—¿Ya? —preguntó.

Abril levantó la carpeta.

—Ya.

Pepa dejó la caja en el suelo y la abrazó.

No con ternura larga. Con fuerza. De esas que casi duelen porque no preguntan si una está preparada.

—Pues ahora no hagas tonterías baratas —le dijo al oído, lo suficientemente alto para que todos la oyéramos.

Abril se apartó.

—Gracias por la delicadeza.

—La delicadeza no factura.

Jana señaló a Pepa con admiración.

—Yo de mayor quiero ser tú.

—Tú de mayor vas tarde.

—También es verdad.

Volvimos a Lola y Sal con la carpeta, dos garrafas que Pepa nos endosó porque “ya que vais”, y una llamada de Marblava entrando en mi móvil antes de llegar a la esquina.

—No —dije al ver el nombre.

Abril clavó los ojos en mí.

—¿Qué pasa?

—Proveedor.

Contesté.

La voz del almacén no traía saludos. Traía deuda.

—Biel, si no pagáis parte hoy, mañana no sale pedido.

Miré a Abril.

Ella no apartó los ojos.

Ese era el problema con firmar: el papel no venía solo. Venía con facturas escondidas detrás, con cajas, con llamadas, con señores que querían cobrar antes de las seis y no tenían ningún interés por nuestros dramas de barra.

—¿Cuánto? —pregunté.

Me lo dijo.

Abril debió leerlo en mi cara, porque extendió la mano.

—Dame.

—Abril.

—Dame el teléfono.

Se lo pasé.

No porque obedeciera. Porque acababa de salir del Ayuntamiento con su nombre dentro de una carpeta y porque, si no la dejaba coger aquella llamada, la estaba dejando firmar solo la parte bonita. Y allí no había parte bonita.

—Soy Abril Rovira Mas —dijo—. Titular responsable de Lola y Sal.

Jana abrió los ojos.

Ona se llevó una mano a la boca.

Vega sonrió un milímetro.

Yo miré hacia otro lado.

La vergüenza no era el centro.

Por peligro.

Abril negoció andando. No pidió perdón. No prometió pagar todo.

No se inventó solvencia. Dijo lo que había, lo que podía pagar ese día, lo que se comprometía a ingresar el domingo si el pedido salía y lo que no iba a aceptar era que nos dejaran sin género después de haber cobrado recargos durante media vida.

Usó nos.

Una sola vez.

Casi se le escapó.

A mí casi me tumbó.

Cuando colgó, tenía las mejillas rojas.

—Sale pedido —dijo.

—¿A cambio de qué? —preguntó Vega.

—Pago parcial hoy antes de las seis. El resto domingo. Y nos meten papel, vasos y aceite.

—¿Con qué pagamos hoy? —dijo Jana.

Abril miró la carpeta. Luego la terraza de Lola y Sal, visible ya al fondo.

—Con caja de hoy.

—Hoy no hay evento fuerte —dijo Ona.

—Lo habrá.

—¿Perdón? —preguntó Vega.

Abril caminó más rápido.

—Club Aleta preguntó ayer por menú cerrado para treinta después del entrenamiento de tarde. Les dijimos que no porque no sabíamos si tendríamos género suficiente.

—Dijimos no porque Tina amenazó con meterse dentro de la nevera —dijo Jana.

—Hoy les decimos sí.

Vega se paró.

—Treinta personas sin previsión, con baño delicado, proveedor pendiente y titular recién firmada. Fantástico. Qué podría salir mal.

—Todo —dijo Abril—. Pero cobramos por adelantado la mitad.

Jana aplaudió una vez.

—La señora con libreta ha vuelto agresiva.

—No soy señora con libreta.

—No. Ahora eres señora con declaración responsable.

—Te odio un poco.

—Eso también nos sostiene.

En Lola y Sal, Tina recibió la noticia con el cuchillo en una mano y una patata en la otra.

—¿Treinta del Club Aleta esta tarde? —preguntó.

—Sí —dijo Abril.

—¿Quién lo ha decidido?

—Yo.

La palabra cayó rara.

Pequeña, sí. Nueva. Eso era lo que pesaba.

Tina miró a Abril. Luego a mí. Luego a Vega.

—Está bien.

Abril parpadeó.

—¿Vale?

—Sí. Pero si alguien pide menú sin fritura, le cobro suplemento por tristeza.

—Aceptado.

El día se convirtió en una carrera bastante poco heroica.

Jana llamó al Club Aleta y dijo “menú cerrado, pago por adelantado, nada de cambios raros, si alguien quiere quinoa que se vaya a sufrir a otro sitio”.

Contra todo pronóstico, aceptaron. Ona hizo una plantilla de menú en una servilleta porque no podía hacer diseño “por canales oficiales” sin abrir la caja de los demonios.

Vega calculó margen con una libreta, un boli y la expresión de quien está decidiendo cuánto cariño cuesta una ración de bravas.

Tina organizó cocina con la paciencia de una dictadora cansada.

Abril clavó la copia del Ayuntamiento al otro lado de la barra, junto al cartel viejo de no se fía.

No la escondió.

La observó.

Yo estaba a dos pasos, metiendo vasos en una caja.

—Está torcido —dije.

—¿El papel?

—Todo.

Cogió una chincheta y ajustó la hoja.

Abril Rovira Mas.

Titular responsable.

Allí, entre una mancha de café y un aviso de alergias descolorido.

—Ya está —dijo.

—Sí.

—No digas nada raro.

—Estoy buscando algo normal y no me sale.

—Entonces calla.

Callé.

No porque ella mandara. Porque aquel papel necesitaba silencio vulgar: el de la nevera zumbando, la freidora calentándose, Jana gritando desde la terraza que alguien había pagado la reserva, Tina diciendo que faltaba alioli, Ona pidiendo cinta, Vega calculando IVA con mala cara.

A las cinco y media, entró el primer grupo del Club Aleta con camisetas húmedas, bolsas deportivas y hambre de gente que cree que hacer deporte autoriza a pedirlo todo doble.

A las seis, la terraza estaba llena. A las seis y cuarto, el baño empezó a sonar mal.

A las seis y veinte, una mujer preguntó si podían separar cuentas por persona.

Abril sonrió apenas.

—No.

—Somos treinta.

—Por eso.