No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 17 · BIEL
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CAPÍTULO 17 · BIEL

A las siete y doce, Abril ya estaba despierta arriba.

No hizo ruido de persona despierta. No abrió cajones, no arrastró la silla plegable, no bajó la escalera con esa manera suya de pisar primero con el orgullo y luego con el cuerpo. Pero yo la oí igual.

La habitación tenía sonidos propios: el somier quejándose, el ventilador con tos de fumador viejo, una maleta abriéndose con cremallera cansada, el suelo tragando pasos mal repartidos.

Esa mañana, mientras yo intentaba que la cafetera no escupiera agua marrón antes de la primera tanda de clientes, escuché un golpe seco encima de la cocina.

Abril había dejado caer algo.

Quizá la zapatilla.

Quizá la dignidad.

Tina habría dicho que en Lola y Sal ambas cosas acababan en el suelo antes de las ocho.

Miré hacia el techo.

—No subas —dijo Tina desde la plancha.

Ni siquiera había girado la cabeza.

—No he dicho que fuera a subir.

—Tienes los hombros de subir.

—Mis hombros están poniendo café.

—Tus hombros son unos pesados.

La cafetera hizo un ruido de animal pequeño y ofendido. El primer chorro salió claro, luego oscuro, luego aceptable. En Lola y Sal, aceptable merecía aplauso.

Tina dejó una caja de pan del Forn Nuri sobre la barra y se secó el sudor de la frente con el antebrazo. Eran las siete y cuarto. El sol todavía no había entrado de lleno por la terraza, pero el calor ya estaba sentado en todas las sillas, esperando a los clientes.

—Hoy firma —dijo.

Aquello no venía como pregunta.

—Sí.

—¿Y tú qué haces con eso?

Cogí dos tazas.

—Café.

—Biel.

—Qué.

—No te pongas tonto tan temprano. Luego no hay quien te aguante.

Le puse una taza delante.

—No hago nada con eso. Firma ella.

Tina bebió sin soplar y puso cara de haberse quemado la lengua, pero no se quejó. Tina podía cargar veinte kilos y seguir andando; quejarse por café le habría parecido una derrota estética.

—Firmar en este pueblo no significa lo mismo que firmar en Barcelona —dijo.

—No lo sé. Nunca he firmado nada importante en Barcelona.

—Pues aquí la gente se entera antes de que se seque la tinta.

Miré otra vez al techo.

Arriba hubo otro golpe. Más pequeño.

—No subas —repitió.

—No soy un perro.

—No. Los perros aprenden antes.

La puerta de la escalera se abrió.

Abril bajó con el pelo húmedo, camiseta negra, pantalón corto vaquero y una carpeta azul contra el pecho. No llevaba maquillaje. O llevaba tan poco que parecía una decisión. Tenía una marca de sábana en una mejilla y pinta de haber peleado con el ventilador y con dos pensamientos bastante peores.

—Buenos días —dijo.

Tina levantó la taza.

—Eso está por ver.

Abril se acercó a la barra. Miró el café. Me buscó a mí. No pidió. Esa fue su primera equivocación de la mañana: creer que yo necesitaba que pidiera.

Le puse una taza delante.

—No tiene azúcar.

—No digo que quisiera.

—Por eso no tiene azúcar.

La cogió.

Nuestros dedos no se tocaron. El café pasó de mi mano a la suya con una distancia ridícula y muy medida, después de una noche en que había terminado arriba, sola, con mi camiseta en un cajón y la firma del Ayuntamiento esperándola como un animal administrativo.

—Gracias —dijo.

—De nada.

Tina nos miró.

—Qué conversación más erótica. Voy a meter la cabeza en la freidora vacía.

—No está vacía —dije.

—Mejor.

Abril casi sonrió. Casi. Luego miró la carpeta.

—Vega llega a las ocho.

—Lo tengo claro.

—No hace falta que vengas al Ayuntamiento.

Ahí estaba.

La silla puesta por si una no podía más. La no orden. El permiso disfrazado de distancia. Abril estaba aprendiendo mis peores trucos y usándolos con una torpeza bastante ofensiva.

—No iba a entrar contigo —dije.

—Ni hablar.

—Lo has colocado encima de la barra.

Tina bebió café.

—Confirmo. Estaba al lado de las cucharillas.

Abril dejó la taza.

—Quiero hacer esto sin que parezca que me lleváis de la mano.

—Nadie te lleva de la mano.

—A veces sí.

—A veces te tropiezas con bolsas de basura y baños hostiles.

—Biel.

—Abril.

Su nombre salió demasiado bajo. Tina dejó la taza, recogió la caja de pan y se fue a la cocina con una discreción falsa.

—Voy a no escuchar desde cinco metros.

Abril apretó la carpeta contra el pecho.

—Necesito que esto sea mío si lo firmo.

—Entonces hazlo tuyo.

—Y necesito que tú no lo conviertas en una prueba.

Aquello me tocó.

—¿Una prueba de qué?

—De si me quedo. De si cambio. De si merezco entrar por la puerta sin que me miréis todos con pinta de que estoy a punto de salir corriendo.

No dije que llevaba razón.

La llevaba. El problema era que algunas verdades dichas antes de tiempo se convierten en una manera barata de ganar.

La miré. Tenía una gota de café en el labio inferior. No se había dado cuenta. Yo sí. Y eso ya empezaba a ser un problema.

—No puedo prometerte que no piense que vas a salir corriendo —dije.

—Podrías no ponerlo en cada vaso.

—Lo intento.

—Intenta mejor.

Ahí sí sonreí. Poco.

—Eso me suena.

—Te robo frases porque las de mi cabeza vienen todas con una puerta abierta.

El comentario salió sin defensa. Abril lo notó. Yo también. Por eso los dos miramos otra cosa: ella, la cafetera; yo, la caja registradora.

A las ocho menos diez, Jana entró con un croissant mordido, gafas de sol y un vestido que no respetaba ni el suelo ni el cansancio.

—Buenos días a todos menos a la humedad del baño.

—No empieces —dijo Tina desde la cocina.

—No he empezado. Estoy saludando a los enemigos comunes.

Jana vio la carpeta de Abril y se quitó las gafas.

—Uy.

Abril cerró los ojos.

—No.

—Solo he dicho uy.

—Tu uy trae música.

—Mi uy trae apoyo institucional y un poco de morbo limpio.

—Qué asco de frase.

—Gracias.

Vega llegó a las ocho en punto, con camisa azul, pelo recogido y cara de persona que había leído documentos antes de desayunar y se había sentido superior por ello.

—Tenemos cita a las nueve —dijo.

—Buenos días también a ti —dijo Jana.

—Los buenos días son para los expedientes completos.

—No tienes alma.

—Hoy no nos conviene.

Ona apareció detrás, móvil en el bolsillo y manos vacías. Eso sí era raro. Se colocó junto a Abril sin grabar, sin hacer bromas, sin pedir una foto de “propietaria con trauma” ni ninguna de sus barbaridades con filtro.

—Vengo —dijo.

Abril la miró.

—No hace falta.

—Ya. Por eso vengo.

Tina salió de la cocina con una bandeja.

—Yo no. Alguien tiene que abrir y evitar que Jana cobre cafés con propina obligatoria.

—La propina obligatoria se llama pedagogía —dijo Jana.

—Se llama robo pequeño.

—Los robos pequeños son los que sostienen el tejido social.

Vega dio una palmada seca.

—Ayuntamiento. Ahora.

Abril cogió la carpeta. Antes de salir, miró la barra. El TPV apagado. La pizarra en blanco. Las neveras. La mesa coja. El cartel visto por dentro, torcido incluso desde la sombra.

Luego me buscó.

—No vengas dentro.

—De acuerdo.

—Lo digo en serio.

—Lo he oído.

—No hagas cara de mártir útil.

—Esa es mi cara normal antes de las nueve.

Jana se metió el croissant en la boca para no reírse. Fracasó bastante.

Fui con ellas hasta el Ayuntamiento de Cala Saurina porque había documentos que solo yo sabía dónde había guardado Lola y porque Abril, por mucho que insistiera en ir sin mano, todavía no sabía distinguir una carpeta de licencia de una carpeta de menús de 2018 con dibujos de calamares.

No entré en la sala.

Me quedé en el pasillo, junto a una máquina de agua que no enfriaba, un tablón de anuncios lleno de horarios de recogida, cursos de natación del Club Aleta y un cartel sobre convivencia nocturna que decía que, ante incidencias por ruido o alteración, podía intervenir la Policía Local o los Mossos d’Esquadra.

Mossos. En Cala Saurina hasta las advertencias tenían territorio.

Abril vio el cartel antes de entrar. Lo leyó. Luego levantó los ojos.

—Ni una broma.

—No he abierto la boca.

—Tus cejas han mirado “ruido”.

—Mis cejas tienen experiencia en San Juan.

Vega la empujó casi con el bolso.

—Dentro.

La puerta se cerró.

Me quedé fuera con Ona.

Ona apoyó la espalda en la pared y sacó el móvil. Lo miró. No lo desbloqueó.

—Estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano —dijo.

—Se nota.

—No sé qué hacer con las manos si no grabo.

—Cargar cajas cura mucho.

—Qué método más feo.

Jana se había quedado en la puerta del Ayuntamiento hablando con una señora que probablemente no conocía de nada hacía tres minutos y ya estaba recibiendo un resumen de su vida.

Tina no había venido, pero se sentía igualmente en la nuca.

Vega, dentro, hablaba bajo y claro. La voz de Abril se escuchaba menos.

Eso me puso nervioso.

—No puedes entrar —dijo Ona.

—No me he movido.

—Te has movido por dentro y haces ruido.

La miré.

—¿Tú también?

—Soy la expuesta. Veo cosas, aunque no las suba.

—No empieces con tus etiquetas.

—No son etiquetas. Son condenas con buena tipografía.

No dije nada.

Al otro lado de la puerta, Abril dijo algo. No entendí qué. Después hubo silencio. Papeles. El clic de un bolígrafo. La voz del técnico municipal, cansada y neutra:

—La declaración responsable implica asumir el mantenimiento de actividad, condiciones de seguridad, ocupación autorizada de terraza y comunicación de incidencias relevantes.

Ona dejó de jugar con el móvil.

Yo miré la puerta.

La firma no tenía boca, ni cama arriba, ni manos en la cintura. Pesaba más. Era su nombre metido en el sitio por la vía oficial. Abril Rovira Mas no estaba ayudando desde fuera. Estaba respondiendo por él.

Y responder por algo cansa más que quererlo.

El bolígrafo sonó contra la mesa.

Una vez.

Luego otra.

No sé cuántos papeles firmó. Tres, quizá cuatro. En mi cabeza fueron demasiados.

Cuando salió, no parecía distinta.

Eso me jodió.

Una parte imbécil de mí esperaba una señal externa.

Algo. La carpeta más pesada, la espalda más recta, la cara de dueña escrita en la frente.

Pero Abril salió con el mismo pelo algo húmedo, la misma camiseta negra, la misma marca de sábana casi borrada y los mismos ojos de haber aguantado una cosa sin pedir permiso para romperse.

Vega salió detrás, satisfecha de esa forma seca que tenía ella de ganar sin celebrarlo.

—Hecho —dijo.

Jana asomó desde la puerta.