No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 16 · ABRIL #2
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CAPÍTULO 16 · ABRIL #2

El cuarto de arriba se encogió de golpe: papel viejo, sal seca en la madera y calor bajo la piel. Todo era demasiado concreto para fingir una conversación racional.

—No pienso pedirte que te quedes —dijo.

—Lo sé.

—Ni que vendas.

—También.

—Pero no pienso fingir que puedo tenerte a ratos sin que me cobre algo.

Me dolió la frase en la boca.

—Yo tampoco sé tenerte a ratos.

—Pero sabes irte.

—Y tú sabes quedarte enfadado.

—Cada uno trae currículum.

Esa vez sonreímos los dos.

Fue un error.

Porque la sonrisa abrió una puerta pequeña y el cuerpo, que era bastante menos prudente que nosotras, entró por ahí.

Me acerqué yo.

Biel no cedió espacio hasta que mi mano tocó su pecho. Entonces entornó los ojos un segundo, molesto por el alivio. Lo besé más despacio que la noche anterior. Con menos rabia y más peligro. La noche anterior había servido para romper. Esto servía para mirar dónde se había abierto la grieta.

Su mano subió a mi nuca, entre el pelo húmedo. La otra se quedó en mi cintura, quieta al principio, hasta que yo tiré de él. Me apretó contra su cuerpo y el ventilador siguió haciendo ruido al lado, moviendo calor y polvo y una camiseta blanca sobre una colcha horrible.

—Abajo hay servicio —murmuró.

—Ya lo sé.

—Jana subirá.

—Jana sube hasta a los conflictos ajenos.

—Tina puede matarnos.

—A ti primero.

Se rio contra mi boca.

Eso me desarmó más que sus manos.

Lo empujé hacia la pared, entre la ventana y una caja de menús viejos. Elegante no quedó. La caja se movió y algo cayó dentro con un sonido de plástico. Biel me agarró por las caderas, firme, y me levantó lo justo para sentarme sobre la cómoda baja. La madera crujió.

—Esto se rompe —dije.

—Todo aquí se rompe.

—Consuelo pésimo.

Me besó el cuello.

Dejé de corregirle.

El calor se volvió denso, pegajoso, lleno de piel y ropa que sobraba.

Me metió una mano bajo la camiseta, despacio esta vez, dándome tiempo a apartarme.

No me aparté. Sus dedos encontraron mi espalda sudada, la marca del sujetador, el costado donde la noche anterior me había sujetado en la barra. Me arqueé sin querer.

—Dime que pare —dijo.

—No.

—Eso no es lo mismo.

Abrí los ojos.

Lo miré.

—No pares.

Lo dije bajo. Entero.

Biel respiró contra mi boca con la derrota de quien acababa de perder una discusión consigo mismo.

Me levantó la camiseta hasta el sujetador y me besó la piel del pecho, encima de la tela, con una paciencia que no pegaba con el ruido de abajo ni con la forma en que me estaba apretando la cadera.

Yo le metí las manos bajo la camiseta, le arañé la espalda sin intención fina y él soltó un sonido contra mí que me dejó sin aire limpio para pensar.

No había nada bonito en esa habitación. Ni luz buena, ni intimidad segura, ni una superficie que no pareciera prestada. Solo el servicio rugiendo debajo y nosotros dos intentando no usar el deseo como puerta de salida.

Por eso daba más miedo.

Porque aquello no traía sabor a despedida.

Biel me desabrochó el botón del pantalón y no se movió.

—Abril.

—Qué.

—Mírame.

Lo hice.

Tenía la boca roja, la frente húmeda, los ojos oscuros de deseo y de otra cosa menos cómoda.

—Si hacemos esto aquí, no lo escondo dentro como un error.

Tragué.

Abajo, alguien gritó mi nombre.

Vega.

Luego otra voz.

Ona.

Después Jana:

—¡Abril, el Ayuntamiento ha contestado y yo no entiendo si eso es bueno o si tenemos que fingir defunción administrativa!

Biel parpadeó despacio.

Yo apoyé la frente en su hombro.

Me reí.

Me reí porque la alternativa era quedarme a vivir dentro de la vergüenza.

—Nos van a matar —dije.

—A mí primero, has prometido.

Me abroché el pantalón con manos torpes. Él me bajó la camiseta sin hacer comentario, pero sus dedos se quedaron un segundo en el borde, contra mi piel.

—Luego —dije.

Biel no cedió.

—No uses luego si no sabes si existe.

Qué poca misericordia tenía cuando acertaba.

—Entonces no sé qué decir.

—Eso vale.

Bajamos separados por una distancia ridícula y con la cara de haber subido a mover cajas y encontrado la ruina de nuestras decisiones. Jana nos miró de arriba abajo en cuanto pisamos la barra.

—La defunción administrativa puede esperar un segundo, veo.

—Jana —dijo Vega.

—Qué. Tengo ojos y los uso para el bien común.

Ona tenía el móvil en la mano, pero no estaba grabando. Lo primero que hice fue comprobarlo. Ella lo vio y bajó el móvil enseguida.

—No estoy grabando.

—Gracias.

—Ni voy a comentar nada.

—Eso no me lo creo —dijo Tina desde la cocina.

Vega empujó el portátil hacia mí.

—El Ayuntamiento ha contestado. La memoria está recibida, pero falta firma presencial de la titular responsable para mantener la actividad sin revisión. Mañana a primera hora. Tú. DNI. Documentación. Y quieren que conste la persona de apoyo en el local, pero no como responsable.

Miré la pantalla.

Las palabras estaban allí, feas y administrativas. Firma presencial. Titular responsable. Mañana.

Drama no tenía. Tenía horario de ventanilla, que era menos dramático y mucho más irritante.

—O sea —dijo Jana— que Abril tiene cita con su destino en el Ayuntamiento y nosotras tenemos que asegurarnos de que no vaya vestida de persona que huye.

—O sea —dijo Vega— que si quiere mantener Lola y Sal vivo mientras decide, firma ella.

Biel estaba a mi lado.

No me tocaba.

Lo noté más que si lo hiciera.

—Y si firmo —pregunté— qué implica exactamente.

Vega se acomodó las gafas.

—Que asumes formalmente la actividad de temporada mientras dure la regularización. No te obliga a quedarte para siempre. Pero sí a dejar de tratar esto como un favor que le haces a una ruina.

Tina apoyó un plato en la barra.

—Traducción: si abres, abres tú.

Jana levantó la tiza.

—Puedo ponerlo en la pizarra.

—Ni se te ocurra —dije.

Miré a Biel.

Él no dijo nada.

Ni bien, ni firma, ni no firmes, ni dueña. Nada. La no orden otra vez. La opción.

Qué hartura de que una silla, una botella de agua o un silencio suyo fueran más eficaces que muchos discursos.

—Mañana firmo —dije.

Nadie celebró.

Menos mal.

Vega asintió una vez. Cerró una carpeta dentro de su cabeza, casi se le vio el gesto. Tina volvió a la cocina. Ona respiró. Jana escribió algo en la pizarra de espaldas a mí.

—Jana.

—Solo he puesto bravas.

Miré.

Había puesto brAVAS y debajo, muy pequeño: con responsabilidad civil.

—Bórralo.

—Qué poco apoyo a la creatividad local.

El servicio siguió.

Siempre seguía.

A las nueve, la terraza estaba llena. A las diez, me dolían los pies y la decisión. A las once, el baño seguía vivo. A medianoche, subí un momento a dejar la maleta bien colocada en la habitación de arriba.

La camiseta blanca de Biel seguía sobre la cama.

La cogí.

La doblé.

La guardé en el segundo cajón.

No abajo del todo.

Biel apareció en el umbral.

—¿Todo bien?

Qué pregunta más suya. Qué ganas de contestar cualquier cosa que no fuera verdad.

—No.

Asintió.

—Vale.

—Mañana firmo.

—Lo he oído.

—No porque tú lo digas.

—Lo sé.

—Ni por Lola.

—También.

—Ni porque no tenga hostal.

—Abril.

—Firmo porque si me voy, quiero saber de qué me voy. Y si me quedo, aunque sea hasta decidir, no quiero hacerlo escondida detrás de ti.

Biel calló.

La habitación olía a ropa recién sacudida, polvo removido y verano encerrado. Abajo, Jana reía. Alguien pedía la cuenta. Lola y Sal seguía reclamando cosas, fiel a su mala educación.

—Ahí sí suena a ti —dijo él.

—Qué miedo.

—Mucho.

No se acercó.

Yo tampoco.

Después de lo de antes, aquella distancia pesaba más que cualquier beso.

—Buenas noches —dije.

—No vas a dormir nada con ese ventilador.

—Me he alojado en sitios peores.

—Mentira.

—Sí.

Sonrió poco.

—Si el enchufe se calienta…

—Lo apago.

—Si el baño…

—Grito.

—Si necesitas…

—Biel.

Se calló.

—Baja —dije.

—Sí.

Esta vez, cuando obedeció, no pareció castigo.

Pareció confianza.

Me quedé sola en la habitación de arriba, con mi maleta abierta, la camiseta blanca en el cajón y la cita del Ayuntamiento esperándome como una resaca con sello oficial.

Me senté en la cama.

Crujió.

—Perfecto —murmuré.

Abajo, alguien rio. El ventilador tosió aire caliente. La noche olía a fritura vieja, sal pegada y ropa ajena.

Al día siguiente iba a firmar.

No sabía si eso me acercaba a quedarme o a irme mejor.

Pero por primera vez desde que había vuelto a Cala Saurina, la decisión empezaba por mí. Me quedaba grande. También me cabía.