CAPÍTULO 16 · ABRIL
El Hostal Mar de Fora me echó con una amabilidad impecable.
No usaron la palabra echar, claro. La gente que trabaja de cara al público sabe envolver las patadas con sábanas limpias.
La chica de recepción me dijo que había una reserva larga confirmada desde hacía meses, que la habitación no podía renovarse, que lo sentía muchísimo y que podían ofrecerme una alternativa en Marblava a un precio que hizo que mi cuenta bancaria se pusiera a rezar en voz baja.
Le dije que lo entendía.
Mentí con una sonrisa bastante limpia para tener el sujetador pegado a la espalda.
Luego subí, metí mi ropa en la maleta, encontré la camiseta blanca de Biel doblada en una silla, aunque ya se la había devuelto una vez, la miré más de lo recomendable y la metí abajo del todo.
Muy madura.
Muy estable.
Muy mujer que se había enrollado con él en una barra pegajosa mientras su amiga entraba a preguntar por cartones mojados.
Bajé a Lola y Sal con la maleta arrastrando mal sobre las baldosas calientes. Una rueda hacía un ruido humillante, de juguete roto. Cala Saurina entera debía de estar escuchándolo. Una señora en la puerta de Ultramarinos Pepa me miró la maleta, luego el chiringuito, luego la maleta otra vez.
No abrió la boca.
Lo empeoró.
En Lola y Sal, Jana estaba escribiendo algo en la pizarra.
—No —dije antes de leer.
—Ni sabes qué pongo.
Miré.
MENÚ DEL DÍA: SObrEVIVIR.
—Bórralo.
—Es honesto.
—Es depresivo.
—Entonces pongo: sobrevivir con patatas.
—Jana.
Se giró y vio la maleta.
Su cara cambió.
No del todo. Jana no sabía ponerse seria sin dejar una esquina abierta para la broma, por si había que escapar.
—Uy.
—No empieces con el uy.
—Ese uy venía con equipaje.
Ona apareció desde la terraza con una bandeja vacía.
—¿Te vas?
Qué pregunta tan sencilla. Qué ganas de odiarla.
—Me han quitado la habitación del hostal.
Tina salió de la cocina con un trapo al hombro.
—Duermes arriba.
—No.
—Era información, no propuesta.
—No voy a dormir en la habitación de arriba.
Jana levantó la tiza.
—Pues la mesa cinco no creo que sea ergonómica.
—Puedo ir a Marblava.
—¿A cuánto? —preguntó Vega, que entraba por la puerta con el portátil bajo el brazo y mala cara de cobertura.
Le dije el precio.
Las cuatro contestaron a la vez.
—No.
—Qué coro más autoritario.
—Es coro con criterio —dijo Vega—. No puedes fundirte caja en hostal cuando acabamos de mandar memoria, pagar proveedor y quedarnos sin comprador.
—Gracias por resumir mi miseria.
—De nada. Sube la maleta.
—No.
Tina apoyó las manos en las caderas.
—Abril. Arriba hay cama.
—Arriba hay una cama con pasado, un ventilador muerto y cajas de facturas.
Jana hizo esa mueca suya.
—Todas tenemos pasado y seguimos funcionando con ventilación discutible.
—No ayudas.
—No pretendía.
Yo seguía agarrando el asa de la maleta. La rueda rota había dejado una línea de polvo en el suelo. Muy simbólica, si una tenía el mal gusto de buscar símbolos en una maleta barata.
Biel salió del almacén.
Claro.
Porque el universo tenía sentido del humor de camarero reventado.
Llevaba una caja de vasos bajos y una camiseta negra. Al verme, miró primero la maleta. Luego mi cara. Luego la barra, porque Biel también sabía mirar cosas para no decir otras.
—Qué pasa.
—Nada —dije.
Jana hizo un sonido asquerosamente feliz.
—Nada con ruedas.
—Me han sacado del hostal —dije, antes de que ella se montara un monólogo.
Biel dejó la caja.
—Duermes arriba.
—Ya ha dicho que no —dijo Ona.
—Va a decir que sí —contestó Tina.
—Estoy aquí —dije.
—Lo sabemos —dijo Vega—. Por eso discutimos delante de ti.
Biel se acercó a la maleta.
—La subo.
—Ni se te ocurra tocarla.
Se detuvo.
Bien.
Mal.
La noche anterior, en la barra, no se había detenido tan rápido. O quizá sí y yo había tirado de él. No quería pensar en eso delante de cuatro amigas, un TPV muerto y una maleta con rueda de vergüenza.
—Puedo dormir una noche en Barcelona —dije.
—¿Y volver mañana? —preguntó Vega.
—Sí.
—¿Para abrir, firmar si el Ayuntamiento responde, corregir memoria si piden algo, revisar caja, llamar al proveedor, mirar la oferta retirada y no gastar gasolina en otra huida absurda?
—Cuando te pones así eres insoportable.
—Cuando tú te pones así eres cara.
Jana levantó la mano.
—Además, si duermes arriba podemos fingir que Lola y Sal tiene alojamiento boutique.
—Jana.
—Muy boutique no. Con baño traumático compartido.
Biel se mordió la respuesta. Seguía a medio metro de la maleta, con las manos quietas. Me estaba dejando elegir. Qué forma más sucia de presionar sin presionar.
Tina cogió el asa.
—La subo yo.
—Tina.
—No eres la única orgullosa con brazos.
No le quité la maleta.
Ese fue mi sí.
Me dio rabia que todas lo entendieran.
La habitación de arriba estaba peor cuando entrabas con intención de dormir.
Como almacén era deprimente; como dormitorio, denunciable.
Había una cama pegada a la pared, una colcha fina con flores descoloridas, dos cajas bajo la ventana, una silla plegable, el ventilador pequeño que había resucitado a golpes y un olor a papel viejo mezclado con crema solar antigua.
Tina dejó la maleta junto a la cama y abrió la ventana.
Entró aire caliente.
—Perfecto —dijo Jana—. Sauna con archivo.
Ona miró alrededor.
—Puedo hacer esto bonito.
—No quiero bonito.
—Vale. Habitable.
—Tampoco prometas milagros —dijo Tina.
En diez minutos, las cinco estaban moviendo cajas, cambiando sábanas, sacudiendo una manta, tirando servilletas viejas, discutiendo si una lámpara funcionaba y encontrando objetos que nadie quería explicar.
Un bikini rosa que no era mío. Un cargador de móvil de clavija antigua.
Tres cartas de menú plastificadas. Una pinza oxidada. Un calcetín sin pareja.
—No preguntéis por el calcetín —dijo Jana.
—Nadie iba a preguntar —contestó Vega.
—Mentira. Todas hemos pensado en sexo triste.
Ona soltó una carcajada y casi se cayó sobre la cama.
Tina la sujetó por la camiseta.
—No rompas la cama antes de que Abril la use para tomar malas decisiones.
—Gracias —dije—. Me siento muy acompañada.
—Lo estás —dijo Tina.
Y ahí, sin querer, me rompió un poco el comentario.
No lloré. No por fuerte. Por falta de energía y por calor suficiente para no añadir fluidos.
Abajo, el servicio empezó a pedirnos. Un cliente gritó que quería pagar. El aparato chilló dos veces. Biel subió al umbral con un ventilador grande, feo, lleno de polvo y muy probablemente robado a alguna esquina del Taller Marí.
—He encontrado esto.
—Eso ha encontrado guerras —dijo Jana.
—Funciona.
—Más que algunas de nosotras —murmuró Ona.
Biel entró sin mirar la cama. Lo noté porque yo sí la estaba mirando demasiado. La barra de anoche seguía entre los dos, aunque estuviéramos arriba. Su camiseta negra. Mi boca. Jana en la puerta. Su frase: llevas mi firma en la memoria y mi saliva en la boca.
Muy fina toda mi vida.
Biel enchufó el ventilador. El aparato arrancó con un ruido de helicóptero barato y una nube de polvo que nos hizo toser a todos.
—Habitable —dijo él.
—Si duermes con casco —contestó Jana.
Vega miró el reloj.
—Bajamos. Hay servicio.
—Yo me quedo un segundo —dije.
Todas me miraron con una discreción pésima.
—Para abrir la maleta —añadí.
—Claro —dijo Jana.
—Qué.
—Nada. Las maletas son muy íntimas.
—Baja.
—Bajo.
Tina fue la última en salir. Me tocó el hombro al pasar.
—Una noche arriba no te obliga a quedarte.
Me quedé con eso dentro.
—Pero tampoco la uses para decirte que ya estás perdida.
Me dejó allí con esa frase fea de útil.
Biel seguía junto al ventilador.
—Tú también puedes bajar —dije.
—Lo tengo presente.
—Entonces.
—El enchufe está flojo. Si se calienta, lo apagas.
—Puedo vigilar un enchufe.
—Has intentado negociar con el TPV hablándole mal.
—Se lo merecía.
Biel miró la maleta.
—Tienes ropa para dos días.
—No cuentes mi ropa.
—La maleta es pequeña.
—Vega me ha hecho una auditoría económica y ahora tú una auditoría textil. Qué servicio completo.
—No iba con crítica.
—Pues trabaja la cara.
Se calló.
Yo abrí la maleta solo para tener algo que hacer con las manos. Lo primero que apareció fue su camiseta blanca.
Por supuesto.
La saqué y la dejé sobre la cama con una rapidez delatora.
Él la vio.
No sonrió.
Eso me molestó más.
—Pensaba lavarla otra vez —dije.
—No he preguntado.
—Ibas a hacerlo con la cara.
—Mi cara está cansada de tener responsabilidades que no le corresponden.
—Tu cara se mete dónde quiere.
Nos quedamos mirando la camiseta blanca sobre la colcha de flores. Dos pruebas horribles de que el tiempo pasa y una sigue siendo bastante idiota.
—Lo de anoche —dije.
—No quieres hablar.
—No he dicho eso.
—Lo has dicho con todo el cuerpo desde que has entrado.
Cerré la maleta.
—Me da miedo hablar porque si hablo lo convierto en algo.
—Ya era algo antes de hablar.
—No me ayudes tan bien.
—No sé hacerlo de otra manera.
—Sí sabes. Lo haces todo el rato. Me ayudas mal, mandando, adelantándote, decidiendo.
—Ayer no decidí.
Lo miré.
—No. Ayer no.
El ventilador movía el aire caliente y el borde de la camiseta blanca. Abajo, Jana gritó que alguien sacara hielo. Tina contestó que alguien no era una persona contratada. Ona se rio. Vega dijo mi nombre con ese tono de “la vida sigue, aunque tú estés arriba haciendo el imbécil”.
No bajé.
Biel tampoco.
—No quiero que esto sea una noche de emergencia —dijo.
—Yo tampoco.
—No quiero que me beses porque te has quedado sin hostal, sin comprador y sin plan.
—Qué lista más atractiva.
—Abril.
—No te besé por eso.
—Entonces por qué.
Podía haber dicho deseo. Ganas. Rabia. Costumbre. Podía haber dicho cualquier palabra que no comprometiera demasiado.
Dije:
—Porque cuando firmaste la memoria no te quedaste con nada mío. Y por primera vez en días no sentí que ayudarme fuera una forma de meterme una cuerda al cuello.
Biel bajó la cabeza.
El comentario lo alcanzó más de lo que yo esperaba.
—No suena muy sexy —dije.
—No.
—Perdón.
—Sí suena a ti.
Me reí. Poco.
Él se acercó un paso.