No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 15 · BIEL #2
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CAPÍTULO 15 · BIEL #2

Jana había llegado y llevaba una camiseta que decía NO ME MIRES ASÍ, QUE HOY TRABAJO.

Nadie sabía de dónde la había sacado. Ona estaba haciendo inventario con una libreta limpia hasta la ofensa para lo que apuntaba.

Tina había colocado el cartel del baño con cinta nueva.

Vega estaba en la mesa que nunca callaba con el portátil abierto y la expresión de quien ya había encontrado otro problema.

—No me gusta tu cara —dijo Abril nada más verla.

—Es mutuo —contestó Vega.

—Qué hay.

—El Ayuntamiento pide memoria de actividad actualizada, fotos de terraza, justificantes de apertura y persona responsable firmante antes de cuarenta y ocho horas.

Abril dejó la caja que llevaba.

—Persona responsable firmante.

—Tú —dijo Vega.

Jana alzó una mano.

—Yo puedo firmar como testigo sexy.

—No existe esa figura administrativa —dijo Vega.

—Por eso este país va fatal.

Abril miró la terraza. Luego el pedido. Luego la barra. Luego a mí.

No dijo “yo no puedo”.

Aquello era nuevo.

Dijo:

—Vale. Después de servicio lo hacemos.

Vega parpadeó.

—¿Vale?

—No me obligues a repetirlo. Igual me arrepiento por principios.

Tina apareció con el cubo.

—La jefa firma.

—La jefa te tira el cubo.

—El cubo tiene historial. No lo recomiendo.

El servicio de mediodía arrancó con esa noticia encima, y por una vez no nos hundió.

Nos puso a trabajar con una especie de mala leche ordenada.

Abril cobró mejor. Revisó dos veces. Apuntó el pago al proveedor en tres sitios.

Le dijo a Jana que no inventara nombres para los platos porque “bravas con trauma” no era una categoría útil.

Le pidió a Ona fotos de terraza sin caras y sin encuadrar bonito lo que estaba roto.

Le pidió a Tina que revisara el baño cada hora y Tina contestó que no sabía si aquello contaba como confianza o condena.

A mí me dio órdenes.

Bien dadas.

Ahí se torció todo.

—Biel, las cajas vacías tienen que salir de delante antes de que parezcamos un punto limpio con cerveza.

—Sí, dueña.

—No uses ese tono.

—Qué tono.

—El de estar orgulloso y querer disimularlo porque te crees más interesante así.

Jana, al pasar, dijo:

—Ha mejorado mucho leyendo cejas.

—Tú a mesa dos —dijimos los dos.

A las cuatro, después de un servicio aceptable y tres discusiones con el TPV, Abril subió a la habitación con Vega para empezar la memoria. Yo seguí abajo recolocando cajas. No tenía que subir. No debía subir. Tampoco tenía que mirar cada vez que oía sus pasos en el techo.

Subí a los veinte minutos con una excusa pobre: el albarán del proveedor.

Abril estaba sentada en el suelo, descalza, con el portátil de Vega encima de una caja y una botella de agua entre las piernas.

Tenía el pelo suelto, pegado al cuello por el calor.

Vega escribía. Ona seleccionaba fotos en el móvil.

Jana se había tumbado junto a la ventana con una bolsa de hielo en la nuca.

Tina no estaba; el baño la reclamaba con derechos de familia.

—Albarán —dije.

Abril levantó la mano.

Se lo di.

Nuestros dedos se tocaron.

Accidente no fue. Tampoco alcanzó para llamarlo otra cosa.

Ella no retiró la mano enseguida.

Vega carraspeó.

—Gracias, Biel.

Traducción: baja.

Bajé.

A las seis y media, la memoria seguía sin terminar y la terraza empezaba a llenarse. Abril bajó con las mejillas encendidas, el portátil cerrado contra el pecho y una decisión mala en la cara.

—Necesito que firmes tú una parte técnica —me dijo.

—Qué parte.

—Temporada. Turnos, apertura real y gente entrando por la puerta.

—Vale.

—No es que entres en nada.

—Ya.

—No eres aval.

—Abril.

—No quiero que nadie pueda usar tu firma para…

—Abril.

Se calló.

—Firmo lo que sea verdad —dije—. Nada más.

Miró al suelo.

—Eso debería ser fácil.

—En Lola y Sal nada es fácil.

—Excepto mancharse.

—Eso te lo compro.

Firmé el papel al lado de la barra, con el TPV pitando porque alguien había dejado una tarjeta encima, Jana preguntando si podía adoptar una sombrilla y Tina diciendo desde el baño que había encontrado “una cosa” y nadie debía preguntar.

Abril miró mi firma.

No había promesa allí. Ni papel raro. Ni transición. Solo mi nombre en un papel que decía lo que era verdad: que yo había estado abriendo, cargando, negociando, sosteniendo, hasta que ella pudiera decidir si quería hacerlo o no.

—Gracias —dijo.

—De nada.

—No me gusta deberte cosas.

—Ya.

—Pero esto sí.

Lo dejé pasar.

Si hablaba, iba a estropearlo.

Esa noche cerramos tarde. La memoria quedó enviada a las once y cuarenta y dos, desde el móvil de Vega, porque el wifi del local no estaba preparado para la administración pública. Abril apretó enviar y todos nos quedamos mirando la pantalla, pendientes de que saliera humo.

—Enviado —dijo Vega.

Jana levantó los brazos.

—Somos una empresa seria. Sucia, pero seria.

Tina dejó una fregona contra la pared.

—Mañana nadie dice la palabra memoria.

Ona guardó el móvil.

—Ni contenido.

—Tú nunca digas nunca —dijo Jana.

Abril no se rio. Estaba mirando la notificación de enviado. Luego vino a mí con los ojos.

—Has firmado.

—Sí.

—Aunque no querías entrar en nada.

—No he entrado en nada.

—Has entrado en Lola y Sal.

Me salió una risa baja, cansada.

—Tarde para descubrirlo.

Las demás empezaron a recoger. Vega subió por su portátil. Jana se llevó una bandeja equivocada y Tina le gritó sin fuerza. Ona salió a tirar cartones.

Abril y yo nos quedamos junto a la barra, con el papel de la memoria impreso, su móvil lleno de correos y mi firma en una hoja que no debía importar tanto.

—No sé si voy a poder pagar todo esto —dijo.

—Nadie lo sabe el primer mes.

—Yo no tengo un mes.

—Hoy no decidas.

—Ayer tampoco.

—Vas mejorando.

Me empujó el hombro con dos dedos.

Poco.

Miré su mano.

Ella también.

El local estaba casi apagado, pero no del todo. Siempre quedaba una luz mala encendida en algún sitio: la del baño, la de la nevera, la del cartel torcido. Abril olía a sudor, detergente barato, papel caliente y limón de la barra. Yo debía de oler peor.

—Biel.

—Qué.

—No he querido venderte.

—Lo sé de sobra.

—No lo sabes.

—Hoy sí.

Respiró hondo. Muy mal. Esa forma suya de prepararse para hacer algo que luego iba a negar.

Se acercó.

Yo no me moví.

—No hagas esto porque no tienes comprador —dije.

—No hagas tú de puerta cerrada porque tienes miedo a que salga otra vez.

La frase fue sucia. Exacta. Le habría contestado si su mano no hubiera subido a mi camiseta y se hubiera agarrado ahí, en mitad del pecho, sin suavidad bonita ni estrategia. Solo dedos cansados, calor y una rabia que llevaba años buscando dónde ponerse.

—Abril.

—Dime que no.

Podía.

Debía, quizá.

Me callé.

Ella tiró de mi camiseta y me besó.

Aquello no trajo reconciliación ni orden. Me besó con la boca seca, con el cuerpo pegado al mío y las manos mal puestas, una en mi camiseta y otra en mi nuca. Yo la agarré por la cintura y la subí contra la barra sin pensarlo. La madera estaba pegajosa. A ella le dio igual. A mí también.

Me abrió la boca con un sonido bajo, casi de enfado. Le mordí el labio lo justo para que respirara contra mí y se quedara quieta un segundo, solo uno. Tenía la piel caliente bajo la camiseta, los músculos tensos de todo el día, un temblor pequeño en el vientre que me subió directo a la cabeza.

—Esto es una idea pésima —dije contra su cuello.

—Tenemos historial.

Me reí sobre su piel.

—No presumas.

—Cállate.

Me besó otra vez.

La puerta de la cocina se abrió.

—Si estáis usando la barra para ejercicios raros, avisad para no apoyar pan mañana —dijo Jana.

Abril se apartó tan rápido que casi se golpeó con el grifo de cerveza.

Yo la bajé al suelo.

Jana no estaba escandalizada. Estaba encantada y cansada. Una combinación muy suya.

—Fuera —dijo Abril.

—Claro. Yo soy el problema.

—Jana.

—Vale, vale. Solo venía a decir que Ona ha encontrado otro cartón mojado y Tina quiere saber si eso cuenta como residuo con trauma o reciclaje normal.

Abril se tapó la cara con las manos.

Yo apoyé la frente en la barra.

Jana se fue cantando bajito algo que no reconocí.

Durante cinco segundos no nos movimos.

Luego Abril dijo:

—No ha pasado.

—Ha pasado bastante.

—No me ayudes.

—No estaba ayudando.

Levantó la cabeza. Tenía la boca roja, el pelo más suelto, la respiración rota en un sitio que conocía muy bien.

—Tengo que irme al hostal.

—Sí.

—Mañana a las ocho.

—Sí.

—No digas nada.

—Abril.

—Qué.

—Llevas mi firma en la memoria y mi saliva en la boca. Algo habrá que decir algún día.

Me miró con una mezcla de rabia, deseo y ganas de tirarme un vaso.

—Mañana —dijo.

Salió.

Yo seguí solo detrás de la barra, con el cuerpo todavía pegado a ella y una frase estúpida rondándome: quizá Abril ya no tenía comprador, pero seguía teniendo una salida.

Y yo acababa de poner mi nombre en medio. Con boli imaginario, mala letra y cero escapatoria.