CAPÍTULO 15 · BIEL
La mañana después de perder al comprador, Abril llegó antes que yo.
Eso no debería haberme molestado.
Me molestó.
La encontré a las ocho y doce tras la barra, con una camiseta verde ajena a Lola y Sal, el pelo recogido con una goma negra y un boli entre los dientes.
Tenía la caja abierta, tres montones de monedas sobre una servilleta y una libreta apoyada encima del TPV, que seguía apagado y por tanto conservaba una inocencia falsa.
En la puerta del baño había pegado un cartel escrito a mano.
SI SE ATASCA, NO INSISTAS. AVISA. NO SEAS HÉROE.
Debajo, con otra letra, alguien había añadido: especialmente si has comido almejas.
Jana, seguro.
—Has abierto —dije.
Abril alzó la mirada sin quitarse el boli de la boca.
—He entrado. Abrir implica que esto funcione.
—Has levantado la persiana.
—La persiana ha colaborado menos que un adolescente, pero sí.
Dejó el boli sobre la libreta y volvió a contar monedas. No había triunfo en su cara. Había enfado con una suma. Algo nuevo y viejo a la vez. Abril siempre había discutido con los números hasta ponerlos contra la pared.
—No tenías que venir tan pronto —dije.
—Tampoco tenía comprador. Me he quedado con una agenda preciosa.
—Abril.
—No pongas esa voz.
—Cuál.
—La de hombre que quiere decir algo útil y va a decir algo que me cabree.
Dejé las llaves sobre la barra. El golpe fue pequeño. Ella lo oyó igual.
—No estoy contento porque se haya retirado.
Ahí sí dejó de contar.
—Bien.
—Tampoco estoy triste.
—Qué amplitud emocional.
—Estoy intentando no ser un cabrón.
—Muy ambicioso para antes de las nueve.
El comentario fue bueno. La cara, no. Tenía los ojos hinchados de haber dormido poco o mal o nada. La camiseta le caía torcida de un hombro. En la muñeca llevaba tinta azul, la misma de la tarde anterior, o una nueva. En Lola y Sal las manchas se renovaban sin pedir permiso.
Abril cerró la caja.
—No sé qué hacer con el alivio de los demás.
—Quién se ha aliviado.
—Jana me ha mandado un audio de un minuto diciendo que el comprador tenía “energía de papel con letra pequeña”. Ona ha puesto tres corazones y luego los ha borrado. Tina ha dicho “mejor”. Vega ha contestado “ahora veremos números reales”.
—Tina ha sido la más clara.
—Tina siempre es la más clara porque no usa frases de cojín.
Me apoyé en la barra, a distancia. Después del día anterior, todas las distancias venían medidas por un funcionario con mala leche.
—¿Y tú?
—Yo qué.
—¿Estás aliviada?
Abril miró la terraza vacía. Las mesas seguían húmedas de rocío y de una limpieza mediocre.
El toldo derecho hacía una bolsa fea en una esquina.
En la pizarra todavía ponía almejas de confianza relativa, porque Jana había borrado “almejas” y lo demás se había quedado allí como un acto de terrorismo.
—Estoy sin comprador, con una licencia a medio ordenar, un baño que tiene personalidad, dos proveedores pendientes y una caja que no llega a nada. Si eso es alivio, viene bastante mal vestido.
El teléfono fijo sonó.
Los dos lo miramos.
—Ese aparato huele el miedo —dijo ella.
Contesté.
—Lola y Sal.
El proveedor de bebidas no saludó. Quien llama para pedir dinero suele ahorrar educación.
No hacía falta que Abril oyera la conversación entera. Le bastó verme la cara.
—¿Qué quiere? —preguntó cuando colgué.
—Cobrar.
—Original.
—No descarga hoy si no pagamos una parte antes de las doce.
La comisura de su boca se movió. No hacia la risa.
—Cuánto.
Se lo dije.
No parpadeó, pero la vi hacer cuentas con los ojos.
—No hay eso en caja.
—No.
—Y sin bebida no abrimos tarde.
—Abrimos, pero mal.
—Mal ya abrimos de serie. Necesito categorías nuevas.
—Abrimos con cerveza justa, sin refrescos suficientes y con Jana inventando agua con rodajas de limón como propuesta de autor.
Abril cogió la libreta.
—Dónde está el proveedor.
—Port Saurí. Tiene el camión parado allí antes de repartir a Marblava.
—Vamos.
—No.
—No decidas por mí.
—No digo que no puedas ir. He dicho que no voy a llevarte a que te humilles antes de desayunar.
—Qué consideración tan bonita y tan inútil.
—Abril.
—Si es deuda de Lola y Sal, voy yo.
—Puedes llamar.
—Por teléfono somos un chiringuito sin comprador y con baño hostil. En persona, al menos llevo cara de no haber dormido.
—Eso no suele mejorar las negociaciones.
—A mí sí. Doy pena con mala leche.
Cogió las llaves antes que yo.
No las de la furgoneta. Las del local. Las suyas.
Ese detalle me dio más fuerte de lo que debería.
Tina entró en ese momento con una bolsa del Forn Nuri y el pelo mojado.
—No me gusta esa energía.
—Vamos a Port Saurí —dijo Abril.
Tina dejó la bolsa.
—No me gusta confirmada.
—El proveedor no descarga si no pagamos.
—Entonces llevad pan. A veces el pan evita asesinatos.
—No vamos a asesinar a nadie —dije.
Tina levantó la barbilla.
—Tú ayer querías romperle la nariz a una camisa.
—Era una camisa muy concreta.
—Las camisas empiezan concretas y luego sale el atestado.
Abril levantó la cabeza.
—Mossos, Tina. Aquí sería atestado de los Mossos.
—Me da igual quién escriba la tontería si acabamos saliendo en el grupo del pueblo.
Abril cogió dos barras de la bolsa y las metió bajo el brazo.
—Pan preventivo. Vamos.
La furgoneta olía peor que el día anterior porque yo había dejado una bolsa de trapos húmedos en la parte trasera. Abril subió, hizo una mueca y bajó la ventanilla antes de sentarse del todo.
—Esto tiene ecosistema.
—No insultes a un vehículo que te lleva a negociar deudas.
—La insulto con cariño.
—No tienes cariño para una furgoneta.
—Hoy tengo cariño para cualquier cosa que no me pida una transferencia.
Arranqué.
Port Saurí estaba a cinco minutos, pero el camino se alargó con una furgoneta de reparto parada donde no debía, dos turistas caminando por la calzada y una señora que sacó una silla a la puerta justo cuando yo giraba. Cala Saurina no tenía tráfico. Tenía obstáculos con nombre.
Abril iba repasando la libreta sobre las rodillas.
—No puedo pagarlo entero.
—Ya.
—Podríamos pagar una parte hoy, otra después del fin de semana y pedir que mantenga la entrega mínima.
—Podríamos.
—No me hables con esa cara de haberlo pensado antes.
—Lo he pensado.
—Pues finge menos superioridad.
—Estoy conduciendo una furgoneta con olor a trapo muerto. Mi superioridad está herida.
Casi sonrió. Lo vi en el perfil.
En Port Saurí, el camión estaba junto a la zona de carga, detrás de una fila de cajas vacías. El proveedor de bebidas, con suficiente mala cara para no necesitar presentación, hablaba por teléfono apoyado en la puerta. Al vernos, colgó con una lentitud teatral.
—Lola y Sal —dijo.
Abril bajó de la furgoneta antes que yo.
—Abril Rovira Mas.
Él la miró. Luego a mí.
—Ya sé quién eres.
—Mejor. Ahorramos presentación incómoda.
Abril llevaba las dos barras de pan bajo el brazo, la libreta en una mano y el móvil en la otra. No traía pinta de empresaria. Tampoco de niña perdida. Traía sueño, mala leche y ganas de usar el cansancio como herramienta contundente.
—No descargo sin pago —dijo él.
—Pago parcial hoy.
—No.
—Sí.
—No trabajo así.
—Usted lleva años trabajando con Lola y Sal con notas en servilletas, barriles devueltos tarde y llamadas de mi madre a horas ofensivas. No me venda ahora un sistema alemán.
El hombre me observó.
Yo levanté las manos.
—Habla con la dueña.
Abril no me dio las gracias. Bien. Las gracias habrían estropeado la postura.
El proveedor resopló.
—Tu madre pagaba.
—Tarde, muchas veces.
—Pero pagaba.
—Yo también.
—No te conozco.
Abril abrió la libreta, arrancó una hoja y escribió algo encima de una caja de plástico.
—Ahora me conoce un poco. Pago hoy esta cantidad en efectivo.
Esta tarde hago transferencia de otra parte cuando cierre caja.
El lunes queda el resto. Mientras tanto, descarga lo mínimo para abrir.
Si no abrimos, no cobrará. Si abrimos mal, cobrará peor.
Si abrimos bien, puede seguir enfadado con dinero entrando.
El hombre cogió la hoja.
—Esto no es un pacto.
—Es mi letra y mi nombre. Para empezar, pesa más que una llamada de teléfono.
—¿Y si no pagas?
—Vendrá a Lola y Sal, se apoyará en la barra y me lo dirá delante de medio pueblo, que es bastante más sucio que un correo.
Me mordí la lengua para no sonreír.
El proveedor seguía serio. Pero ya no miraba la furgoneta. Miraba a Abril.
—La mitad del pedido.
—Tres cuartos.
—La mitad.
—Dos tercios y le devuelvo hoy todas las cajas vacías clasificadas, sin que tenga que buscarlas detrás del almacén ni maldecir a nadie de mi sangre.
Ahí sí sonrió. Un poco.
—Tu madre escondía cajas.
—Mi madre escondía de todo. No podemos resolver la herencia completa antes de las doce.
Aceptó.
No con alegría. Nadie aceptaba nada allí con alegría real. Lo hizo con una mezcla de fastidio, cálculo y ganas de ver si Abril cumplía.
Mientras cargábamos, ella intentó levantar una caja de refrescos que le quedaba grande. La dejé hacer dos segundos. Luego cogí un extremo.
—No.
—No estoy ayudándote. Estoy ayudando a la caja.
—La caja no tiene orgullo.
—Por eso aprende antes.
Me miró por encima del plástico.
—Hoy estás especialmente idiota.
—Tengo presión competitiva.
—De quién.
—De ti negociando con pan bajo el brazo.
Esta vez se le escapó la risa entera.
Fue pequeña, pero me pilló de frente.
El proveedor bajó otra caja del camión.
—Si vais a coquetear, me pagáis suplemento de espera.
Abril se puso roja.
Yo no.
Mentira. También.
—No estamos coqueteando —dijo ella.
—Peor para todos —contestó el proveedor.
A las once y media estábamos de vuelta en Lola y Sal con dos tercios de pedido, una promesa de pago, cajas vacías clasificadas en la parte trasera y el pan preventivo aplastado entre el asiento y la puerta.