CAPÍTULO 14 · ABRIL #2
Nos quedamos allí, dos personas horriblemente adultas por accidente, con la verdad puesta encima sin saber dónde servirla.
—Ona lo sabe —dije.
—¿Lo nuestro?
—Todas lo saben.
—Vale.
—No digas claro.
—Esta vez era una conclusión meteorológica.
—Tampoco uses meteorología.
Se le movió la boca.
Yo también casi.
Luego se me pasó.
—Ona ha dicho que, si esto cambia la venta, tiene que ser por el local, no por una noche.
Biel dejó caer la mirada. Se pasó la mano por la nuca.
—Tiene razón.
—Lo sé.
—No significa que no me joda.
—A mí también.
Di un paso hacia él. No debería. Esa frase llevaba días trabajando horas extra. No debería tocarlo cuando estaba enfadada, ni cuando estaba asustada, ni cuando tenía una oferta encima de la mesa. El problema es que últimamente yo existía casi siempre en una de esas tres categorías.
Le toqué la camiseta con dos dedos, a la altura del pecho.
—No puedo decidir con tu boca cerca.
Biel ni pestañeó.
—Entonces no la acerques.
—No me provoques.
—No te estoy provocando. Estoy intentando no hacer otra estupidez útil para el comprador.
La frase fue tan poco sexy que me entraron ganas de besarlo.
No lo hice.
Apoyé la frente en su pecho un segundo. Solo eso. Una rendición mínima, sudada, con olor a detergente, freidora y hombre que tampoco sabía qué hacer.
Biel no me rodeó con los brazos enseguida.
Luego puso una mano en mi espalda.
Una.
Abierta.
Sin apretar.
La opción.
—No firmes desde mí —dijo.
—No aceptes nada desde mí.
—Vale.
—De acuerdo.
Nos apartamos a la vez. Torpes. Casi chocamos con el cubo. Muy a la altura del romance que podíamos permitirnos.
Cuando volvimos dentro, la mesa de las cinco fingió no mirarnos con una falta de talento ofensiva.
—Fatal —dijo Jana.
—¿Qué?
—Fingir. Lo hacemos fatal.
—Pues parad.
—No sabemos.
Me senté con Vega otra vez. Esta vez no hui cuando puso el correo delante. Biel siguió de pie junto a la barra, sin acercarse a la mesa. Bien. Mal. Correcto. Doloroso.
—La tres —dije.
Vega levantó una ceja.
—Contraoferta.
—Sí. Sin cláusulas personales. Sin Biel. Sin transición comprada. Con cuentas reales, estado real, licencia en trámite y precio que no incluya vergüenza como descuento.
Jana apoyó los codos en la mesa.
—Eso último no se pone así, pero debería.
—No lo pongas así —dijo Vega.
—Lo tengo claro.
Ona sacó el móvil, lo miró y luego lo dejó boca abajo.
—Estoy orgullosa de mí.
—Ahora no, Ona —dijo Tina.
—Lo digo bajito.
Vega redactó. Yo corregí dos frases que sonaban demasiado suaves.
Ella corrigió tres mías que sonaban a delito.
Tina aportó una amenaza que no pasó el filtro jurídico.
Jana sugirió añadir “y deje de tocar los cojones”, también descartado.
Ona propuso una versión corta para WhatsApp que Vega prohibió por el bien de la humanidad.
Al final quedó un correo seco. Limpio, pero no débil.
Rechazábamos la oferta revisada.
Aceptábamos revisar una contraoferta sin condicionantes personales.
Excluíamos cualquier acuerdo laboral con Biel o cualquier otra persona como elemento de precio.
Adjuntábamos documentación disponible.
Pedíamos respuesta por escrito antes de la mañana siguiente.
Yo lo leí tres veces.
—Esto puede hacer que se retire.
—Sí —dijo Vega.
—Y si se retira, nos quedamos con todo encima.
—Sí.
—Qué costumbre tenéis de no mentirme cuando necesito una mentira pequeña.
Tina cruzó los brazos.
—Las mentiras pequeñas luego atascan el baño.
—No tiene sentido.
—Hoy sí.
Miré a Biel.
Él se guardó la respuesta.
Aquello importaba. No porque no tuviera opinión. Porque me la estaba dejando decidir.
Levanté el móvil.
—Lo envío.
Nadie aplaudió.
Gracias.
Lo envié.
El correo salió.
Durante un segundo miré la pantalla, esperando una explosión, una señal, algo.
Nada. Solo el icono de enviado y mi reflejo oscuro encima del cristal: el pelo mal recogido, una mancha en la camiseta, los ojos cansados.
Una dueña provisional con demasiadas manos alrededor y una decisión que ya no podía fingir que venía de otro.
El servicio de la noche empezó antes de que pudiéramos digerir nada.
Entraron cuatro mesas de golpe, una reserva ausente de todos los papeles, un señor que aseguraba haber dejado unas gafas el día de San Juan y una pareja que quería cenar “algo ligero” y pidió bravas, calamares y tres cervezas.
El TPV funcionó durante cuarenta minutos, una generosidad sospechosa.
La bomba del baño quedó instalada de forma provisional por el del Taller Marí, que cobró menos porque Tina le dio miedo o porque Abril le preguntó por factura delante de todos. Nunca lo sabremos.
Biel y yo trabajamos separados.
No fríos.
Separados.
Él en cocina y almacén. Yo en barra y terraza. Cuando necesitaba algo, me lo decía sin tocarme. Cuando yo necesitaba pasar, decía detrás y él se apartaba. Esa palabra vulgar, detrás, acabó haciéndome más daño que cualquier caricia. Porque la decía bien. Porque no invadía. Porque estaba cumpliendo.
A las diez menos diez, recibí respuesta del comprador.
El móvil vibró encima de la caja.
Lo miré.
No lo abrí.
Llamé a Vega con la mirada.
Ella vino. Jana vino también porque Jana no respetaba fronteras y porque sus manos estaban limpias por primera vez en toda la noche.
Tina se asomó desde cocina. Ona dejó una bandeja en la mesa equivocada y se acercó corriendo a recuperarla antes de que nadie se diera cuenta. Biel siguió donde estaba.
—Ábrelo —dijo Vega.
Lo abrí.
EL COMPRADOR: Retiro la oferta. No puedo operar con esta falta de claridad. Suerte con la temporada.
Leí el mensaje una vez.
Otra.
Una tercera porque mi cerebro tenía la esperanza estúpida de que las palabras se recolocaran si las miraba con suficiente mala leche.
Retiro la oferta.
Suerte con la temporada.
Jana silbó por lo bajo.
—Qué hijo de…
—Jana —dijo Vega.
—No iba a decir nada creativo.
Ona se llevó la mano a la boca.
Tina dejó desde la cocina:
—Mejor.
Todas la miramos.
—Qué —dijo—. Era un rata. Ahora tenemos ratas menos una.
—Y comprador menos uno —dijo Vega.
—Eso también.
Yo no podía apartar la vista del mensaje.
Había imaginado muchas formas de perder la venta. Un problema legal, una deuda escondida, una decisión mía, una pelea con Biel. No había imaginado que, cuando pasara, el primer sentimiento no fuera pánico.
Fue alivio.
Pequeño.
Culpable.
Muy cabrón.
Luego llegó el pánico, claro. Tampoco hacía falta idealizarme.
—Nos hemos quedado sin comprador —dije.
Vega asintió.
—Sí.
—Y con la deuda.
—Sí.
—Y con la licencia.
—Sí.
—Y con el baño.
Tina levantó la mano desde dentro.
—El baño ahora está mejor que nosotras.
No me reí.
Casi.
Biel salió de la cocina. Se acercó despacio, con un trapo al hombro y las manos húmedas. No miró mi móvil. Luego me tocó a mí.
—¿Estás bien?
Qué pregunta más idiota.
Qué necesaria.
—No.
—Vale.
—No digas vale.
—Qué palabra quieres.
No sabía. Y odié que se me notara.
La terraza seguía llena. Una mesa pidió otra ronda. El TPV protestó. Alguien preguntó si quedaban almejas. Ona contestó que quedaba fe, pero poca. Jana se rio. Tina gritó que quedaban patatas si nadie volvía a distraerla con dramas empresariales.
La vida, otra vez, se negó a poner música de fondo.
Guardé el móvil.
—Hoy hay mesas —dije.
Biel aguantó un segundo más.
—Hoy hay mesas.
Vega cogió el correo impreso y lo dobló.
—Mañana pensamos.
—Mañana lloras si quieres —dijo Jana.
—Hoy cobras —añadió Tina.
Ona levantó la bandeja equivocada.
—Y yo llevo esto a la mesa correcta antes de que me denuncien.
Me quedé junto a la barra, con el mensaje del comprador cerrado y las manos sobre la madera marcada.
Lola y Sal olía a aceite, sudor, lejía y verano usado.
La ese del cartel seguía medio torcida. La bomba del baño hacía un ruido nuevo.
El congelador grande respiraba mal. Mis amigas estaban allí, insoportables, vivas, juzgándome con cariño defectuoso. Biel también.
No tenía comprador.
No tenía salida limpia.
No tenía excusa para decidir rápido.
Cogí dos vasos altos del estante correcto.
—Mesa cinco —dije.
Biel me pasó una botella de agua fría antes de que saliera.
No me tocó.
No me salvó.
Solo me la dejó en la mano.
La opción.
Salí a la terraza con la bandeja, los pies doloridos y una verdad nueva pegada a la nuca: ya no estaba atrapada por la oferta.
Me había quedado atrapada en lo que venía después de decir que no. Lo de antes, al menos, tenía manual.