No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 14 · ABRIL
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CAPÍTULO 14 · ABRIL

Cuando descubrí el mensaje del comprador en el móvil de Biel, lo primero que pensé fue una estupidez.

Qué limpio escribe.

Ni una falta, ni una palabra de más, ni una mancha. Tres meses bien pagados. Llámame antes de que cierre alternativas.

Había gente capaz de convertir la vida de otra persona en una frase sin despeinarse.

Yo llevaba días intentando no hacerlo con Biel y, aun así, había fallado por todas partes.

Lo había dejado fuera de la visita para parecer fría.

Había cortado una cláusula por él y luego me había sentido casi generosa, que era una forma fea de orgullo.

Había dicho que no quería usarlo, pero cada vez que el comprador escribía, Biel acababa en medio de la pantalla, aunque no estuviera nombrado.

Ahora sí lo estaba.

Y él me había mentido.

No una mentira enorme. No una de esas que tiran una casa. Una mentira de bolsillo. De las que una guarda porque cree que la controlará luego. Conocía bien esa especie. Yo tenía una colección completa.

Volví a la barra con la mandíbula cerrada y un trapo en la mano.

Si alguien me hubiera preguntado qué estaba limpiando, habría tenido que decir que nada concreto.

Frotaba por no contestar, por no llorar, por no subir al almacén y besarle con rabia o decirle que se fuera, que era casi lo mismo cuando una había aprendido a sentir mordiendo.

Jana me vio desde la cafetera.

—Uy.

—No.

—Ni he dicho nada.

—Has dicho uy.

—Uy es diagnóstico temprano.

—Pues guárdate el historial.

Se acercó con una taza vacía, apoyó la cadera en la barra y bajó la voz.

—¿Te ha hecho algo o has pensado tú sola durante más de tres minutos?

—Me ha mentido.

El gesto se le borró un poco.

—¿Grave?

—No sé.

—Esa respuesta es la peor. Las graves al menos traen espectáculo.

Miré hacia la terraza. Había cinco mesas ocupadas, el toldo derecho haciendo sombra donde le daba la gana, una señora peleándose con un abanico y un niño chupando una rodaja de limón que probablemente había caído al suelo antes.

Lola y Sal seguía igual. Indecente. En marcha.

Sin ninguna consideración por mi dignidad.

—El comprador volvió a escribirle —dije.

Jana dejó la taza.

—¿A Biel?

—Sí. Oferta para que se quede tres meses. Bien pagado. Sin mí.

—Qué asco de señor.

—Biel no me lo dijo.

—Qué asco de hombre.

—Le dijo que no.

Jana amagó con hablar, se mordió la frase y volvió a intentarlo.

—Esto me complica insultar con precisión.

—A mí también.

Tina salió de la cocina con una bandeja de pan.

—¿Qué pasa?

—Nada —dije.

Jana dejó escapar una risa.

Tina dejó la bandeja.

—Ya empezamos.

—El comprador quiere comprar a Biel por separado —dijo Jana.

—Jana.

—Qué. Era eso con menos papel higiénico verbal.

Tina miró hacia el almacén. Luego a mí.

—¿Y Biel?

—Dice que no.

—Dice.

La palabra me pinchó porque venía de Tina, no de mi paranoia.

—Se lo ha escrito. Lo he visto.

—Entonces cuál es el problema.

—Que me lo escondió.

Tina cruzó los brazos.

—Abril, tú has escondido medio verano en el bolsillo desde que llegaste.

—Gracias.

—No te lo digo para perdonarlo. Te lo digo para que sepamos qué pelea estamos teniendo.

Yo apreté el trapo dentro del puño.

—Estoy peleando porque ayer pensé que no quería venderlo a él y hoy me entero de que él también ha pensado en venderse un poco.

Jana alzó una mano.

—Eso ha sonado muy bien para lo fatal que es.

—No lo estoy usando para que suene bien.

—Por eso ha sonado bien.

Tina cogió la bandeja otra vez.

—Habla con él. Pero no en el almacén.

—¿Por qué?

—Porque vosotros dos en espacios pequeños tomáis decisiones con el cuerpo y luego nos salpica la contabilidad.

Jana señaló a Tina.

—Eso va en una taza.

—No tenemos tazas limpias —dije.

—Me encanta que mantengas continuidad en mitad de tu derrumbe.

Vega llegó a las seis con un correo impreso, el pelo recogido, gafas de sol en la cabeza y esa cara que ponía cuando el mundo no había cumplido unas normas que ella nunca había entregado por escrito.

—Reunión —dijo.

—No puedo —contesté.

—Sí puedes.

—Hay servicio.

—Jana cubre barra.

—Jana cobra según estado de ánimo.

—Precisamente por eso nadie discute con ella.

Jana hizo una reverencia pequeña.

Terminamos en la mesa de siempre: Vega, Tina, Ona, Jana y yo.

Biel no estaba. Había salido a tirar cajas, o a respirar sin nosotras, que a veces era lo mismo.

La mesa cojeaba un poco. Ona metió una servilleta bajo la pata sin que nadie se lo pidiera.

La servilleta tenía una mancha de brava. Funcionó igual. Buen resumen del local.

Vega puso el correo impreso en el centro.

—El comprador retira la mejora y mantiene la rebaja si no hay transición garantizada. Añade que, sin Biel, asume más riesgo. Y si no hay respuesta antes de mañana a las doce, se reserva derecho a retirar la oferta.

—Que la retire —dijo Tina.

—Eso da gustito y no paga facturas —contestó Vega.

Ona levantó la mirada.

—¿Todo esto sigue viniendo por el vídeo?

—No solo por el vídeo —dijo Vega—. Pero el vídeo le dio excusa. La dependencia de Biel le da otra. La deuda otra. La licencia otra.

—Soy una máquina de generar excusas para ratas —murmuró Ona.

—No —dije.

—Abril.

—No. Lo del vídeo fue una parte. Lo usó porque estaba ahí. Si no, habría usado el baño, la deuda, mi cara o la gaviota que se cagó ayer en la mesa seis.

Jana frunció la nariz.

—Esa gaviota tuvo intención.

Ona no sonrió.

Le toqué la rodilla por debajo de la mesa. No se movió, luego apoyó su mano sobre la mía un segundo. Aquello no alcanzaba para perdón entero. Los perdones enteros no cabían en aquel día. Pero era algo.

Vega señaló el papel.

—Hay tres opciones. Una: aceptas la rebaja y negocias garantías mínimas sin Biel. Dos: rechazas y esperas otro comprador, asumiendo temporada, deuda y licencia. Tres: propones una contraoferta con plazo corto, sin cláusulas personales y con documentación completa.

—La tres —dijo Jana.

—No has preguntado cifras.

—Me gusta cuando las opciones tienen dignidad y posibilidades de salir fatal.

Tina bebió agua del vaso de Ona.

—La dos también tiene dignidad.

—La dos tiene facturas —contestó Vega.

—Todas tienen facturas.

—Correcto.

Miré el correo. Las palabras bailaban poco, pero molestaban mucho. Sin Biel. Transición garantizada. Riesgo. Retirar oferta.

Yo había querido vender para que mi vida fuera más fácil de explicar.

Lola y Sal no colaboraba.

—Si rechazo —dije—, nos quedamos sin comprador.

—Probablemente —dijo Vega.

—Si acepto, vendo barato y acepto que use a Biel para presionarme.

—Sí.

—Si contra ofertó, puede mandarme a la mierda igual.

—Con bastante probabilidad.

—Tu apoyo estratégico abruma.

—Te quiero de sobra para mentirte con PowerPoint.

Jana se inclinó hacia delante.

—¿Tú qué quieres hacer si quitamos a Biel de la mesa?

Me reí.

—No se puede quitar a Biel de la mesa. Ese es exactamente el problema.

—No. El problema es que lo metes en todas las respuestas y luego te enfadas cuando el comprador hace lo mismo.

Aquello me sentó mal.

Porque era de Jana. Y porque no venía con chiste suficiente para esconderse.

—No es justo.

—No. Pero es verdad por un trozo.

Tina asintió.

—Un trozo grande.

—Gracias a todas por esta lapidación con hielo.

Ona se quitó las gafas de sol de la cabeza y las dejó sobre la mesa.

—Abril, si vendes, vende porque quieres una vida fuera. Si no vendes, que no sea porque te acostaste con Biel.

Nadie se movió.

El local entero pareció bajar volumen.

Yo la miré.

—¿Perdón?

Ona tragó saliva, pero siguió. La muy cabrona siguió.

—No soy tonta. Ninguna lo es. Ayer no bajasteis igual. Y hoy Biel tiene cara de perro abandonado con factura. Lo digo fatal porque no sé decirlo bien: si esto cambia la venta, tiene que ser por el local, no por una noche.

Jana hizo una mueca.

—Crudo, pero útil.

Tina miró a Ona con algo muy cercano al respeto.

Vega no dijo nada. Esa fue su forma de confirmar.

Yo me levanté.

—Voy a trabajar.

—Abril —dijo Vega.

—No. Ahora no.

—No estás escapando bien.

—Me da igual la técnica.

Fui hacia la barra. Tenía las manos frías y el cuello caliente. Muy lógico todo. Cogí una bandeja, luego otra, luego dejé las dos porque no sabía qué mesa las necesitaba. Un turista me pidió la cuenta. Le llevé pan. Tina me lo quitó de la mano antes de que llegara.

—Almacén no —me dijo.

—Déjame en paz.

—Almacén no.

—No soy una adolescente.

—Por eso te pido que no actúes con el coño y la rabia en el mismo volante.

—Tina.

—Qué.

—Te quiero, pero ahora mismo podrías callarte.

—Podría. No me sale.

Salí por la parte trasera, no al almacén. Al menos le di esa victoria. Fui hasta la ducha exterior, donde el grifo seguía goteando una gota cada pocos segundos. Ploc. Ploc. Ploc. Muy poético si una tenía una conmoción cerebral. Yo solo tenía una decisión metida en la garganta.

Biel apareció dos minutos después.

Naturalmente.

—Tina me ha dicho que no viniera —dijo.

—Y has venido.

—Soy malísimo siguiendo órdenes que me convienen.

—Eso ya lo sabía.

Se quedó a un metro. Lejos para un sitio tan pequeño. Cerca para mi sistema nervioso.

—Siento lo del mensaje.

—Qué parte.

—Haberlo escondido.

—¿Y haberlo pensado?

—Eso no lo siento.

Me reí sin humor.

—Por supuesto.

—No lo siento porque fue verdad. Lo pensé. Estaba cansado y pensé que una oferta clara podía ser más fácil que quedarme en medio de tu salida, de la deuda, del comprador, de tus amigas, del baño y de todo esto.

Señaló alrededor. El cañizo, la ducha, las cajas, la terraza al otro lado. Todo esto. El sitio entero convertido en una discusión.

—Pero no lo acepté —añadió.

—Tardaste.

—Sí.

—Y yo ayer corté la cláusula en el momento.

—Porque tú necesitabas demostrar que no me vendías.

Me dolió. Mucho. Bien.

—Vete a la mierda.

—Puede ser. Pero dime que no hay una parte de ti que se sintió limpia haciéndolo.

Tragué aire por la nariz.

La gota cayó otra vez.

Ploc.

—No me gustas cuando aciertas —dije.

—A mí tampoco.

—Yo no quería sentirme buena por no venderte.

—Ya.

—Pero me sentí.

Biel asintió. Nada más.

—Y tú no querías sentirte tentado por una nómina.

—No.

—Pero te sentiste.

—Sí.