No vendas el verano (Lola y Sal 1) CAPÍTULO 13 · BIEL #2
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CAPÍTULO 13 · BIEL #2

Me fui al almacén con la excusa de contar cajas. El almacén olía a cartón húmedo, lejía y ese pescado fantasma que ya formaba parte del inmueble. Abrí el mensaje apoyado contra la pared, junto al congelador grande.

EL COMPRADOR: Mi propuesta para ti sigue vigente, incluso si Abril rechaza la cláusula. Tres meses bien pagados. Llámame antes de cerrar alternativas.

Lo leí dos veces.

La primera con rabia.

La segunda con cansancio.

Eso me jodió.

Porque durante un segundo, uno solo, pensé en lo fácil que sería aceptar algo claro.

Tres meses. Dinero. Horario. Un papel. No una espera.

No una mujer con media vida fuera y una mano todavía caliente sobre mi pecho.

No una mesa de amigas opinando. No un chiringuito que se caía por veinte sitios y, aun así, me dolía en todas partes.

Tres meses bien pagados para hacer lo que ya hacía.

Solo que sin Abril.

Solo que con otro dueño.

Solo que con la garganta cerrada cada vez que alguien preguntara por Lola.

Guardé el móvil sin contestar.

El congelador dio un golpe.

—Ni tú te lo crees —le dije.

La puerta del almacén se abrió.

Abril entró con una caja de botellas vacías en brazos.

—¿Hablas con electrodomésticos ahora?

—Son más razonables que algunos proveedores.

—Punto para los electrodomésticos.

Dejó la caja en el suelo. La dejó mal. Iba a caer.

La sujeté con el pie antes de que se volcara.

—Gracias —dijo.

—De nada.

No nos movimos.

El almacén seguía siendo una idea pésima para estar a solas.

Demasiado pequeño. Demasiado lleno de cosas que exigían manos.

La noche anterior estaba en cada caja, aunque no hubiera pasado allí.

Abril llevaba el pelo recogido y un mechón pegado al cuello.

Yo tenía el móvil en el bolsillo, pesando más que la caja.

—Biel.

—Qué.

—Lo de esta mañana… No quiero que pienses que estoy pagando para hacerme la santa.

—No pienso eso.

—Mientes regular.

—Estoy practicando.

Se cruzó de brazos.

—Estoy intentando no usar el dinero como salida limpia.

—Lo tengo presente.

—Y no usarte a ti como motivo bonito para no vender.

Eso me tocó peor.

—No soy motivo bonito de nada.

—No. Eres un problema con llaves.

La risa me salió antes de poder evitarla.

Abril también sonrió. Poco. Cansada.

Luego miró mi bolsillo.

No sé qué vio. Quizá nada. Quizá la forma en que yo había metido la mano allí dos veces desde que entró. Quizá solo mi cara.

—¿Quién te ha escrito?

—Nadie importante.

Tercera mentira de la mañana.

La peor.

Su sonrisa desapareció.

—Está bien.

No insistió.

Eso hizo más ruido que si hubiera gritado.

Cogió una caja más pequeña, la levantó y salió del almacén.

Me quedé allí, con el móvil en el bolsillo y la sensación de haber pisado algo que olía mal, aunque no estuviera en el suelo.

A las dos, llegó la entrega reducida de bebidas.

Tarde, caliente y con tres cajas menos. Abril salió a recibirla con la factura en la mano.

El repartidor intentó soltar el comentario de siempre, algo sobre “a ver si os aclaráis con la venta”.

Abril le pidió el albarán y le señaló dos errores antes de que llegara al final de la frase.

—La dueña muerde hoy —dijo Jana a mi lado.

—¿Hoy?

—Vale. Hoy usa dentadura completa.

La miré.

Jana me estudió un segundo con esa cara suya de parecer frívola hasta que te encontraba la arteria.

—Tú también tienes pinta de haber mordido algo que no debías.

—Qué precisión tan desagradable.

—Es un don. Me lo dieron al nacer junto con el pelo y la mala elección de hombres.

—¿Nil entra en esa categoría?

—Nil entra donde le dejo, y últimamente le dejo más cerca de lo prudente.

Miró hacia la terraza. Nil Borràs Vidal estaba apoyado en la valla, hablando con Ona y con una caja de limones a los pies. Otra grieta. Otro desastre esperando turno.

—No robes foco —le dije.

Jana alzó la mirada hacia mí, ofendida.

—Perdón, protagonista secundario.

Me reí.

Abril se giró desde el reparto al oírme. Su mirada fue directa. Luego bajó a mi bolsillo.

Mierda.

A las cuatro, el servicio se nos fue de las manos.

La entrega reducida no bastó, el baño obligó a cerrar diez minutos, un niño vomitó junto al toldo izquierdo y la mesa tres pidió el libro de reclamaciones porque las almejas “tenían carácter”.

Tina les dijo que también tenían concha y nadie protestaba.

Vega llegó sudada, seria y con una carpeta del Ayuntamiento bajo el brazo. No traía buenas noticias.

—La subsanación entra —dijo—, pero piden justificar continuidad si hay cambio de titularidad durante la temporada.

Abril se apoyó en la madera.

—Traduce sin hacerme odiarte.

—Si vendes ahora, el comprador puede exigir más garantías o retrasar la operación. Si no vendes, hay que sostener actividad y ordenar deuda.

—Ambas opciones son una patada.

—Sí.

—Gracias por no decorarla.

—No hay presupuesto para flores.

Abril miró hacia mí.

Yo no dije nada.

Tenía la propuesta del comprador en el bolsillo. Otra garantía. Otra forma de sostener actividad. Otra palanca.

No había contestado.

Pero no haber contestado no era lo mismo que haber sido limpio.

A las seis y media, cuando el servicio aflojó, fui al almacén otra vez y abrí el mensaje. Escribí una respuesta.

No.

La miré.

Muy corta. Demasiado cómoda.

La borré.

Escribí otra.

No vuelvas a escribirme sobre esto. Si tienes una oferta para el local, se la haces a Abril. Yo no entro en tu operación.

La envié.

Miré el doble check sin sentirme mejor.

Detrás de mí, la puerta del almacén estaba abierta.

Abril estaba allí.

No sé cuánto había visto.

Lo suficiente.

Siempre lo suficiente.

—¿Era él? —preguntó.

—Sí.

—¿Te ha vuelto a ofrecer quedarte?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

El ruido de fuera siguió. Vasos, una silla, Jana diciendo que no quedaba limón porque el universo tenía guion propio.

—Desde mediodía.

Abril apartó la mirada.

No hizo una escena.

Eso me clavó más hondo.

—Me has mentido.

—Sí.

—Lo sé.

—No digas bien.

—No controles mis palabras.

Merecido.

Me guardé el móvil.

—No he contestado hasta ahora.

—No te he preguntado eso.

—Ya lo sé.

—Te he preguntado por qué me has mentido.

Esa era la pregunta que uno se merece cuando decide ser cobarde a media jornada.

—Porque por un segundo me dio vergüenza haberlo pensado.

Abril levantó la cabeza.

—¿Pensaste en aceptar?

—Pensé en lo fácil que sería tener una cosa clara.

Le tembló la boca. Muy poco.

—Cómo no.

—No lo uses así.

—¿Cómo?

—Como si acabara de traicionarte.

—No sé todavía qué has hecho.

La frase era justa. Eso no la hacía menos incómoda.

Di un paso hacia ella. No mucho. El almacén no daba para gestos grandes.

—Le he dicho que no. Y que no vuelva a escribirme. Tarde, pero se lo he dicho.

—Tarde —repitió.

—Sí.

—Yo corté una cláusula por ti anoche.

—Lo tengo claro.

—No. No lo sabes si al día siguiente escondes que te ha escrito.

—Abril…

—No. Ahora me toca a mí no dejarte arreglarlo rápido.

Ahí cerré la boca.

Bien hecho, por una vez.

Abril respiró hondo. Miró las cajas, el congelador, el suelo húmedo. Luego se volvió hacia mí.

—Tengo que volver a barra.

—Abril.

—Trabajo. Ahora.

Usó mi palabra muda.

Salió.

Acabé con el móvil en la mano y el olor a cartón mojado alrededor. No pensé nada bonito. Pensé que, sin vender el local, algo dentro de mí acababa de salir baratísimo.