CAPÍTULO 13 · BIEL
A la mañana siguiente, el proveedor de bebidas decidió convertirse en persona con principios.
Eligió el peor día posible, que era una especialidad de todo el mundo alrededor de Lola y Sal.
Yo estaba detrás de la barra con una camiseta limpia que dejó de serlo a las nueve y cuarto, un café frío junto al TPV y el móvil apoyado boca abajo para no mirar si el comprador había vuelto a escribir.
Tina fregaba el suelo del pasillo del baño con una expresión que no prometía futuro.
Jana no había llegado. Ona había mandado un mensaje al grupo diciendo “voy, pero mi alma viene andando”.
Vega estaba en el Ayuntamiento, o eso decía, porque una parte de mí sospechaba que se había escondido en cualquier sitio con aire acondicionado y silencio.
Abril estaba arriba.
No hacía ruido.
Eso tampoco ayudaba.
Después de lo de la noche anterior —lo de la habitación, lo de su boca, lo de su cuerpo encima de una manta vieja que olía a verano guardado y detergente barato—, el silencio de arriba se había vuelto un animal raro.
No sabía si estaba revisando papeles, llorando sin hacer ruido, escribiendo al comprador o intentando recordar en qué minuto exacto habíamos dejado de fingir que aquello era solo tensión acumulada.
Yo lo recordaba más de la cuenta bien.
El problema de tocar a alguien que conoces de antes no es el cuerpo.
El cuerpo aprende deprisa, incluso cuando debería ser más prudente.
El problema son los gestos que vuelven sin avisar.
La manera en que Abril me había puesto la mano en la nuca en el segundo beso, no en el primero.
La forma en que había intentado reírse cuando se golpeó la rodilla contra una caja y luego me había mordido el hombro porque yo también me reí.
El silencio después, cuando no quiso que la abrazara y al minuto buscó mi mano con dos dedos, sin mirarme.
No encontré dónde guardar aquello. En el pecho no cabía y en la cabeza hacía ruido.
La freidora, al menos, tenía enchufe.
El móvil sonó.
Distribución de bebidas.
Contesté antes de que el pitido insistiera.
—Lola y Sal.
Al otro lado, el comercial habló con esa voz de persona que trae malas noticias y ya ha decidido que no son culpa suya. Factura pendiente. Bloqueo temporal. Nueva entrega condicionada a pago parcial. La palabra parcial sonó pequeña hasta que dijo la cantidad.
Miré las cajas de cerveza que quedaban en el almacén.
Miré la terraza vacía que a mediodía iba a llenarse de gente con sed, resaca tardía y el talento de pedir justo lo que faltaba.
—Hoy necesito entrega —dije.
—Hoy no sale nada sin pago.
—Te pago una parte esta tarde.
—Biel, me han dicho que el local cambia de manos.
Ahí estaba. Otra vez. El pueblo no tenía fibra óptica decente, pero para la mierda comercial funcionaba a velocidad de satélite.
—El local no ha cambiado de manos.
—Pues me llaman cuando esté claro.
—Si no me traes bebida, no hay caja. Si no hay caja, no cobras.
—Si te la traigo y mañana vendéis, tampoco.
El argumento tenía sentido. Eso me cabreó más.
—Dime cuánto.
Me lo dijo.
Parpadeé despacio.
Tina, desde el pasillo, levantó la cabeza.
—¿Mala cara de baño o mala cara de dinero?
Tapé el micrófono.
—Bebidas bloquea pedido.
—Me cago en todo lo que burbujea.
—Más o menos.
Abril bajó en ese momento con una carpeta bajo el brazo y el pelo recogido con un lápiz. Llevaba la camiseta de Lola y Sal, no una de las viejas encontradas arriba, sino una que Tina había lavado de madrugada y dejado colgada en la silla. Le quedaba grande de hombros y corta de paciencia.
Nos miró a los dos.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Tina soltó una carcajada seca.
—Ha dicho nada. Ya somos oficialmente una familia de mierda.
Abril dejó la carpeta sobre la barra.
—Qué pasa, Biel.
El comercial seguía esperando al otro lado. Abrí el altavoz y lo puse encima de la barra.
—Repítelo.
El hombre repitió factura, bloqueo, pago, riesgo de cambio de titularidad y condiciones.
Abril escuchó sin interrumpir. Eso fue lo primero raro. Lo segundo fue que no se encogió, ni miró hacia mí buscando traducción, ni abrió la carpeta para esconderse dentro de un papel.
Cogió un bolígrafo.
—¿Cuánto hay vencido y cuánto exige para desbloquear hoy?
El comercial carraspeó.
—¿Con quién hablo?
—Con Abril Rovira Mas, titular actual. Y si va a decir “actual” como amenaza, ahórreselo. Ya tenemos muchas.
Tina sonrió hacia la fregona.
El hombre dio cifras. Abril las apuntó. Preguntó por fechas, por entrega mínima, por si aceptaban transferencia inmediata y por qué parte de la deuda correspondía a consumo anterior a su llegada. Lo preguntó todo sin levantar la voz. Eso fue mucho peor para él que gritar.
A mí me dejó inútil durante unos segundos.
No por admiración limpia. La admiración limpia no existe en un chiringuito con el suelo mojado.
Me dejó incómodo porque Abril estaba haciendo justo lo que yo llevaba días pidiéndole que hiciera: ponerse delante.
Y, aun así, una parte de mí quería quitarle el teléfono para que no tuviera que pagar con su nombre cada deuda vieja.
Ese era mi problema. Confundía cuidar con ocupar.
Abril colgó diez minutos después.
—Necesitan un pago parcial antes de las once y media. Si no, no entregan. Con ese pago desbloquean treinta por ciento de pedido hoy y el resto mañana.
—No tenemos esa caja —dije.
—Lo sé.
—Abril.
—Ni lo intentes.
—No vas a poner dinero personal para aumentar valor a un comprador que te está apretando.
—No voy a poner dinero personal para él.
—El dinero no sabe para quién trabaja.
—Pues se lo explicamos en una servilleta.
Jana apareció por la entrada de la terraza en ese momento, gafas torcidas, moño dudoso y una bolsa de hielo apoyada contra la nuca.
—He oído dinero y servilleta desde la calle. He venido a sufrir en comunidad.
—Bebidas bloquea pedido —dijo Tina.
Jana dejó la bolsa sobre la mesa del centro.
—Qué detalle. San Juan nos dejó resaca y ahora llega Hacienda con gas.
—No es Hacienda —dijo Abril.
—Todo lo que pide dinero antes de las doce es Hacienda emocional.
Abril abrió la carpeta. Sacó una hoja con cuentas hechas a mano, tachones, una columna de caja real, otra de deudas urgentes y otra titulada cosas que nos van a morder.
Me fijé en el nos.
Mal sitio para fijarse.
—Si pago esta parte como préstamo mío al local, se registra. No regalo nada. No maquillo nada. Se incluye en cuentas como deuda a titular. Si vendo, se recupera o se negocia. Si no vendo, al menos hoy no nos quedamos sin cerveza.
—Estás hablando de no vender —dije.
—Estoy hablando de no hundirme por cabezona antes de decidir si vendo.
Tina dejó la fregona apoyada contra la pared.
—Eso me ha gustado.
—No lo pongas en una taza —dijo Abril.
—No tenemos taza limpia.
Yo señalé la hoja.
—Déjame revisarlo.
Abril no me la dio.
—La he revisado con Vega por teléfono.
—Vega no sabe cuánto bebió mesa nueve ayer.
—Tú sí, pero Vega no intenta salvarme de cada número con pinta de mártir.
Jana se puso una mano en el pecho.
—Uy.
—Jana —dijimos los tres.
—Vale. Voy a fingir que ordeno vasos.
No ordenó nada. Se quedó cerca.
Abril apoyó la hoja sobre la barra, pero mantuvo dos dedos encima. Pequeña frontera. Bastante clara.
—Biel, anoche corté una cláusula que me hacía vender mejor a costa de meterte a ti en medio. Hoy voy a pagar bebidas porque si no no abrimos bien. Las dos cosas son decisiones mías. Puedes opinar. No puedes quitármelas.
Eso debería haberme tranquilizado.
Me cabreó.
Porque sonaba a despedida adulta. A alguien aprendiendo a marcharse sin dejar platos sucios.
—Perfecto —dije.
Su cara cambió.
—No uses perfecto conmigo.
—¿Estoy usando palabras autorizadas? Pan, hielo, caja, cobrado, gracias.
—Eres idiota.
—Hoy sí.
Tina alzó una mano.
—Confirmo.
Abril cogió el móvil.
—Voy a hacer la transferencia.
—No.
—Biel.
—No sin que vea las condiciones.
—Las tienes delante.
—Quiero verlas.
—¿Porque no te fías de mí?
La pregunta salió rápida. Por debajo llevaba otra. Más vieja. Más sucia.
No contesté a la primera.
—Porque me fío más de la cuenta de tus ganas de arreglar de golpe lo que te hace sentir culpable.
Jana dejó de tocar vasos.
Tina dejó pasar el silencio.
Abril miró la hoja. Durante un segundo pensé que iba a romperla. Luego inspiró por la nariz, despacio.
—Puede ser.
Me quedé sin respuesta.
En ella, aquello era nuevo: admitir la grieta sin convertirla en cuchillo.
—Pero la caja sigue necesitando bebida —añadió—. Y tú razón no arregla eso.
También era verdad.
La peor clase de conversación es esa en la que los dos tienen razón y la nevera está medio vacía.
A las once, hicimos la transferencia.
A las once y cinco, bebidas confirmó entrega reducida para la tarde.
A las once y siete, el baño volvió a hacer ruido.
Jana levantó un dedo.
—Propongo cerrar y abrir un monasterio de silencio con patatas.
—Tú durarías ocho minutos —dijo Tina.
—Siete, si hay monjes guapos.
A Abril se le escapó una risa corta. Me miró sin querer o queriendo poco. Yo aparté la vista tarde.
La mañana siguió en modo supervivencia: mover mesas, limpiar, llamar a Taller Marí para una segunda revisión del baño, discutir con Noguera porque las sardinas venían más pequeñas, poner cartel de “sin terraza completa hasta las dos” y aguantar a dos turistas que preguntaron si después de San Juan “el ambiente seguía animado”.
—Animado está el baño —contestó Jana.
Tina la echó de la barra.
A mediodía, Abril estaba en la mesa que nunca callaba con Vega al teléfono y una libreta llena de números.
Tenía un boli mordido entre los dientes, las piernas cruzadas sobre la silla y una mancha de café en el muslo.
No encajaba con alguien a punto de vender un negocio.
Tampoco con alguien que ya se hubiera quedado.
Estaba en medio, que era el peor sitio: allí todo tira de ti.
Mi móvil vibró.
EL COMPRADOR.
El nombre en mi pantalla me dio asco antes de leer.
No lo abrí.
Lo puse boca abajo.
Volvió a vibrar.
Abril miró al frente desde la mesa.
—¿Todo bien?
—Sí.
Mentira pequeña. De las que ensucian enseguida.