CAPÍTULO 12 · ABRIL #2
—A cualquier sitio donde no tenga que abrirle la puerta a alguien que compra lo que otros no supieron cuidar.
Me dolió porque incluía a mi familia. A mí. A él también, quizá.
—Yo tampoco supe cuidarlo.
—No.
La sinceridad tuvo el tacto de una astilla.
—Pero has vuelto.
—Para vender.
—También.
También.
Esa palabra se había convertido en un mueble más del local.
Mi móvil vibró sobre la mesa.
Los dos miramos.
EL COMPRADOR.
Por supuesto.
No lo cogí. El móvil siguió vibrando encima del correo abierto, junto a la libreta de Lola y la caja de galletas. Sonaba contra la madera, insistente, vulgar.
—No contestes ahora —dijo Biel.
—No me des órdenes.
—No contestes ahora.
Esta vez no añadí nada.
El móvil dejó de sonar.
Entró un mensaje.
EL COMPRADOR: Respuesta hoy. Si Biel no acepta transición, la oferta baja otro tramo. Si acepta, podemos cerrar esta semana.
Leí la frase una vez.
Luego otra.
Si Biel no acepta.
Si acepta.
Biel había dejado de ser una sombra en la oferta; el comprador acababa de convertirlo en condición escrita.
Sentí vergüenza. No de lo que acabábamos de hacer. De haber permitido que alguien pusiera su nombre en una línea de negociación y que una parte de mí, aunque fuese pequeña y cobarde, hubiera pensado en usarlo para salir menos magullada.
—No —dije.
Biel mantuvo los ojos en mí.
—¿Qué?
Cogí el móvil.
—No.
—Abril.
—No voy a contestar aceptando ni rechazando ahora. Pero esto no. Así no.
Escribí sin pensar demasiado, que a veces era la única forma de no cobardear.
La Biel por escrito Ferrer Sintes no forma parte de ninguna negociación. Envíe oferta sin condiciones personales o no seguimos hablando.
Miré el texto.
No lo envié.
Mi dedo flotó sobre la pantalla.
Biel guardó silencio.
Eso ayudó.
Lo envié.
El mensaje salió.
Después vino el silencio. No de paz. De consecuencia.
Abajo, el local seguía abierto. Una silla arrastró. Tina dijo que alguien cerrara bien la nevera. Ona se rio de algo. Jana volvió a gritar que las bolsas pequeñas no estaban detrás del detergente y que todos éramos unos inútiles con vocación de desastre.
Yo apoyé el móvil girado.
—Acabo de perder dinero —dije.
—Sí.
—Mucho, puede.
—Sí.
—No me digas bien.
—No iba a decirlo.
—Ni que has ganado.
Biel dio un paso hacia mí.
—No he ganado nada.
No me tocó.
Era importante.
Y una putada.
—Lo de antes… —empecé.
—No.
—¿Me toca a mí decir no ahora?
—Te toca no explicarlo hasta hacerlo pequeño.
—¿Y tú?
—Yo voy a bajar a revisar el TPV antes de que Jana cobre una bolsa de basura como menú infantil.
Me reí. Con ganas y con pena. Una mezcla bastante indecente para estar medio desnuda por dentro.
—Biel.
Se paró en la puerta.
—Qué.
—No ha sido despedida.
No sé si era verdad.
Quería que lo fuera.
A veces querer algo verdadero no lo convierte en mentira. O eso esperaba.
Biel permaneció en la puerta, mirándome a través del calor de la habitación, con la boca todavía mía por partes, la camiseta arrugada, la cicatriz del dedo apoyada en el marco.
—Entonces no lo uses como una.
Bajó.
Me quedé sola con la libreta, la caja, el móvil con la pantalla hacia abajo y el cuerpo lleno de una intimidad incompleta que había cambiado más que si hubiéramos acabado de la forma fácil.
Me vestí bien. O lo intenté.
Cuando bajé, Jana me miró desde la barra.
—Tienes el pelo fatal.
—Gracias.
—Y la camiseta del revés.
Miré.
Tenía razón.
—Es una decisión estética.
—Es una confesión textil.
Ona levantó los ojos del móvil.
—¿Estás bien?
No respondí rápido.
Eso ya era una respuesta distinta.
—No del todo.
Tina, desde la cocina, dijo:
—Bienvenida al club. Coge un trapo.
Cogí uno.
Biel estaba junto al TPV, peleándose con la pantalla. No levantó la vista enseguida. Cuando lo hizo, no hubo promesa, ni frase grande, ni arreglo.
Solo una pregunta muda.
Yo levanté un poco el trapo.
Trabajo.
Ahora.
Él asintió.
A las ocho, el comprador respondió.
EL COMPRADOR: Entiendo. Sin Biel, mi oferta cambia sustancialmente. Mañana, si sigues interesada.
Le enseñé el mensaje a Vega primero.
Luego a Biel.
Él lo leyó y me devolvió el móvil.
—Mañana —dijo.
—Mañana.
—Hoy hay mesas.
—Hoy hay mesas.
Jana apareció entre los dos con una bandeja.
—Hoy también hay una señora diciendo que las bravas pican emocionalmente.
—Eso es culpa de Tina —dije.
—Todo lo bueno lo es —contestó Tina desde la cocina.
La noche siguió.
Yo serví, cobré, fregué, sonreí mal, me equivoqué dos veces y corregí una antes de que Biel lo viera. Él cargó cajas, arregló el TPV, me pasó una botella de agua sin comentario y no volvió a rozarme. Ni una vez.
Dolió más que si lo hubiera hecho.
A las once y media, cuando cerramos, encontré la silla fea al otro lado de la barra.
La misma.
La opción.
Me senté.
Ya no podía convertir aquello en resistencia.
Porque podía elegir hacerlo.
Biel me vio desde la cocina.
No sonrió.
Yo tampoco.
Pero durante un minuto entero, con el suelo pegajoso, el baño amenazando otra vez y el móvil lleno de una oferta peor, no pensé en salir corriendo.
Pensé en quedarme sentada un poco más.
En Lola y Sal, meterse en problemas rara vez sonaba heroico. Sonaba a nevera vieja, a cuerpo cerca y a no saber dónde poner las manos.